La Justicia es una de las palabras más difíciles de definir y de las que más se ha escrito. Filósofos y juristas han tratado de encontrar una respuesta a ¿Qué es justicia? Kelsen dijo “No hubo pregunta alguna que haya sido planteada con más pasión, no hubo otra por la que se haya derramado tanta sangre preciosa ni tantas amargas lágrimas como por ésta; no hubo pregunta alguna acerca de la cual hayan meditado con mayor profundidad los espíritus más ilustres, desde Platón a Kant. No obstante, ahora como entonces carece de respuesta”.
Sin embargo a pesar de la dificultad que supone definir que es Justicia, todas las personas tenemos la capacidad suficiente para distinguir entre lo que es justo o injusto. Esa capacidad natural que a priori todas las personas tienen para distinguir lo justo de lo injusto es lo que hoy día y en la situación en la que nos encontramos de profunda crisis económica, política, social e institucional, nos tiene que servir para hacer valer nuestros derechos frente a malas actuaciones de la Administración, organismos públicos, representantes políticos y otros que sólo buscan su beneficio propio.
La Ley es igual para todos, dijo el Rey en su mensaje de Navidad. Pero la realidad es otra, no todos somos iguales ante la Ley, aunque el artículo 24 de la Constitución garantiza la tutela judicial efectiva gracias al cual todas las personas pueden acceder a la justicia, no todas tienen medios suficientes para acceder a ella. Si todos somos iguales, todos debemos tener los mismos medios de acceso a la justicia.
Según el barómetro del CIS de febrero de 2011 el 82,6 % de los encuestados cree que las leyes favorecen unos más que a otros (a ricos y políticos) frente al 14,3% que piensa que la ley protege por igual y el 36% cree que la Administración de Justicia funciona mal. Con este panorama no es de extrañar que se haya perdido la confianza en la Justicia. Por eso es necesaria una vuelta a los ideales de Justicia de Platón y Aristóteles, y generar de
nuevo la confianza en las instituciones públicas.
En alguna ocasión un profesor de Derecho nos dijo “para ser un buen jurista sólo hace falta tener sentido común y estudiar un poco de Derecho” y tenía toda la razón. El sentido común esa facultad que posee la mayoría de las personas, para juzgar razonablemente las cosas” parecer ser que hoy día esta demodé. A los jueces sólo le interesa aplicar la ley, no razonan, no aplican la ley al caso concreto, para ellos no existe la equidad.
Un ejemplo claro de juez con sentido común es Emilio Calatayud, juez de menores de Granada que entre otras sentencias condena a impartir cien horas de clase de informática a un joven que había provocado daños por valor de 2000 euros, condena a cien horas de servicio a la comunidad patrullando junto a un policía local por haber conducido temerariamente y sin permiso, condena a aprender a leer y a escribir a un joven ladrón. Según Emilio Calatayud “el delito se paga sirviendo a la sociedad”.
Estas y otras sentencias ponen de manifiesto que existen otros medios para aplicar el Derecho y para que se haga Justicia. Este tipo de condenas son más beneficiosas para la sociedad en su conjunto como para los condenados que ven como con un poco de esfuerzo pueden salir de la delincuencia. En definitiva lo que los jueces y magistrados deben hacer ahora más que nunca es aplicar la Ley sin miedo y sin presiones. Confiemos en el sentido común de los magistrados.
Araceli Exojo Pino
Estudiante de Derecho