Mis batallas las libro solo. Siempre. A cara descubierta y firmando con mi nombre. Sin vanguardia, retaguardia o flancos que me sirvan de broquel, contengan la envestida o absorban lanzas, flechas o balas. Pero, desgraciadamente, en toda batalla hay daños colaterales. Consecuencias indirectas y adversas, inevitables. Éste es el caso de la Asociación Cultural “Naufragio” —a cuyas filas me honro pertenecer—, la cual se ha visto salpicada por las opiniones desfavorables surgidas a raíz de mi último artículo —“’Semanasantería’, credos y utopías”—, publicado a través de este medio.
Jamás he empleado su nombre ni sus armas para enfrentarme a una idea o defender una postura. Lo lamento mucho. Por ellos. También por otros. Aquellos que, debido a la generalidad aplicada a los términos «portadores» y «público», se han visto arrastrados por la marea de mis propias palabras. Reconozco que no todos entran en los grupos recogidos por mí. Daños colaterales.
Dos ideas planteaba en aquel artículo. Primero, que el acto público desarrollado en las calles de Lucena durante la Semana Santa poco se asemeja a un acto religioso. Segundo, que la separación entre Iglesia y Estado ha de darse en todos los niveles de la vida social y pública (ciertamente, hablé de acto de «dación de pésame», cuando en realidad es de «agradecimiento por la invitación»; rectifico, sí; aunque esto no altera el fondo).
No reclamo el fin de la santería en favor de otra manera de portar los tronos. Ojo. Simplemente me limito a criticar actitudes, comportamientos, poses. Entiendo que todo acto religioso implica humildad, solemnidad, gravedad. Formas respetuosas en la ejecución del rito. Sinceramente, tras más de treinta años de testimonio directo en distintos puntos de la ciudad, no he observado esto en los portes de muchos de los santeros o en una grandísima parte de la multitud, agolpada a modo de público. Lo siento, seré así de torpe. No lo he visto. O no me ha dado esa impresión. Sufro ceguera crónica. Qué le vamos a hacer. Si el ser santero supone cierto grado de altanería, considero que choca con la humildad y modestia cristianas. Respecto a la participación de los poderes del Estado a través de las autoridades municipales y la injerencia de la Iglesia en asuntos de Gobierno, únicamente añadiré que ninguna costumbre, ninguna tradición está por encima de la Constitución.
Hubiese sido más fácil publicar el referido artículo en un medio que impidiera o limitara los comentarios de particulares anónimos. Pero entonces no habría existido debate, ni discusión. Los apoyos recibidos, unos más próximos a mi posición y otros extendidos a distintos aspectos de la Semana Santa lucentina —en ningún momento mencioné a las cofradías o a las juntas de santeros—, han servido para demostrarnos a todos la existencia de un tema latente en el sentir de una parte de la población; pese a no hablarse de él. Ante esto, podemos optar por enterrar el debate por vía de fanatismos exacerbados o miedos incomprensibles, si bien no por ello va a desaparecer. Será un problema no resuelto, el cual volverá, antes o después, a salir a la luz. No obstante, tenemos la posibilidad de elegir afrontar el debate, con valentía, por sanidad e higiene social; reflexionar todos, porque nadie es titular de la verdad absoluta, sobre en qué hemos fallado y cómo podemos mejorar, hallando un lugar de encuentro. En qué hemos degenerado o dónde nos perdimos.
Verdaderamente, recurrí a un tono, a un leguaje duro, directo, irreverente, de cabreo. Provoca y remueve, lo sé. Zarandea, golpea, hiere. Utilizar la indignación o la mera irritación engalanadas con las joyas del cultismo literario no habría alcanzado el propósito. El cabreo es una respuesta familiar que todo y a todos alcanza, y se comparte. En artículos anteriores ya me indigné cuando critiqué el desafuero al ilustre lucentino Hurtado Izquierdo o la agresión sexual a una periodista en Egipto, y a casi nadie importó. Al fin y al cabo la indignación es solo de uno.
Cualquier lucentino está legitimado para manifestar públicamente su opinión sobre nuestra Semana Santa. Es su derecho. Y su privilegio. Quien mantenga que todo es perfecto tal y como está, sin necesidad de reconducción o renovación, siempre podrá deleitar y tratar de convencer con un texto razonado y coherente, de razonable extensión, publicado debidamente.
Julián Valle Rivas.
Jurista y novelador