Feliz Viaje, por Julián Valle Rivas

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Desde hace un tiempo me veo obligado a viajar a Madrid una vez al año al menos, y, por cuestiones horarias, recurro al AVE. Al principio, este medio era sinónimo de confort, relajación, tranquilidad y, en consecuencia, respetuoso silencio. Sin embargo, en los últimos años, este distintivo ha quedado archivado. Un ejemplo fue mi postrero, el pasado otoño.

Accedí al vagón de un tren de la tarde y, como tengo por costumbre, anulé el sonido del teléfono móvil. Es más, sobre el dintel de la puerta, bien visible, un luminoso rogaba a los pasajeros proceder de tal modo, añadiendo que para hablar por el móvil se utilizaran las zonas de plataformas, con el objeto de no molestar al resto de viajeros. Todo muy bonito y civilizado… No me había acomodado en el asiento, cuando aparecieron tres cuarentonas escandalosas, tope modernas, oye, o sea, vistiendo como sus hijas adolescentes, fashion al cuadrado, o al cubo, con vaqueros descoloridos, blusas anchas, pañuelos multicolores al cuello y botas de media caña. Buscaban sus asientos, entre estruendosas carcajadas, cargadas con bolsas de tiendas exclusivas.

Al lado, un hombre joven, alto y trajeado montaba, junto a su ordenador portátil, toda una parafernalia de dispositivos, como dispuesto a dirigir una guerra nuclear desde el tren, camino a Madrid. Delante, una mujer de mediana edad usaba el móvil para hablar con Puri, notificarle su inminente salida de Córdoba y, de paso, su reciente encuentro con Toñi, quien, al parecer, era una furcia de mucho cuidado. En esto, dos mujeres gitanas, madre e hija, llevando en brazos a un churumbel, ocupaban los asientos tras de mí. El vagón iba prácticamente completo, pero, salvo posterior excepción, los demás eran meros secundarios.

Así, una azafata anunciaba por megafonía el inicio de la marcha, nos deseaba un feliz viaje y recordaba el asunto del silencio y del móvil. La película que se empezó a proyectar era “Génova”, un dramón pendenciero —con todos mis respetos a Colin Firth—; además, la pantalla de cinco pulgadas me quedaba a veinte metros, por lo cual, sin libro a mano, la idea era descansar… Bella intención… El fulano informatizado comenzó a telefonear a clientes, confirmando reuniones y descubriéndonos lo provechoso de su viaje, con una apretada agenda de dos días. Suertudo él, me dije, por tener un trabajo; pero a ver qué coño nos importaba —a mí y al resto— su concilio a las siete con Perico el de los palotes y a las nueve con san Bernardina de Mantua.

Desde luego, a quien importaba un carajo era a la amiga de Puri, la cual seguía empecinada en pregonar las cantoneras aventuras de Toñi, convenciendo al personal de que su último compañero de sábanas fue un estafador y un chuloputas. Por mi parte, alcé la vista hacia el luminoso para comprobar —estas cosas pasan— si se le había agotado la pila. Allí continuaba, no obstante, con el rollo de las plataformas y las molestias, cuando la “Marcha Radetzky” sonó a todo volumen y un vejestorio barbudo descolgó para responder a la llamada. En el entretanto, las Barbies cuarentonas sostenían un elevado debate sobre los complementos en las tendencias otoñales, y la pareja gitana mostraba, en desmedido tono, su preocupación por la precaria salud del patriarca mientras hacían caso omiso a los berrinches del mocoso que marcaron el trayecto.
 

Para mi consuelo, cada vez que atravesábamos un túnel, al imbécil de las nuevas tecnologías y a su vecina, la imbécila, se les anulaba la cobertura durante la conversación. Aunque, por contra, el enano halló distracción metiendo la mano por entre el claro de los asientos, manoseando y tirando de mi cazadora. De esta forma, ciscándome en sus muertos, me giré, mirándolo de un modo que debió de asustarlo, pues se estremeció, se retrepó en su abuela —ellas se mantenían a lo suyo, sin percatarse— y, pese a retomar el berreo, no volvió a asomar un dedo.
 

Lo curioso de toda la anécdota es el pasotismo mezquino y la desvergüenza de la gente. La descortesía social, o incluso el bochornoso espectáculo al ser testigo de cómo las azafatas (o azafatos), obligadas (u obligados) a velar por los pasajeros (o las pasajeras) y hacer cumplir las normas, cruzaban el vagón sin darse por enteradas (o enterados). La pérdida de las buenas maneras, de la educación, el desprecio por la corrección o la impúdica incivilidad que nos desvaloriza como sociedad, y como seres humanos.
 

Porque, sin llegar al extremo de firmar un voto de silencio, una cosa es el diálogo íntimo y otra, la ruin algazara. Y, después de todo, el tren llegó a su hora. Viaje puntual, por supuesto. Feliz viaje, los cojones.

 

Julián Valle Rivas.

Comentarios
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otra vez...   |2012-01-03 09:50:38
Usted es muy libre de imitar el estido del Sr. Pérez-Reverte en su
prosa...!Pero es que hasta le plagia la temática! Lo hizo con el Bar de Lola y
no hay ahora más que bucear un poco por la red para encontrar este mismo
artículo (por supuesto mucho mejor escrito) en el XLSEMANAL. Un saludo
Anónimo   |2012-01-03 09:55:42
a cada artículo que te leo me caes más gordo julián
Anónimo   |2012-01-03 11:04:58
Largo camino nos queda por delante para alcanzar los mínimos en recuperar o
aprender normas de convivencia y respeto entre los españoles. Lo de pregonar
nuestra vida a las cuatro voces y vientos lo vemos en algunas de las TV de
cobertura nacional y lo tenemos como deporte. Pido una intervencion para que en
la TV se exigan unos mínimos de educacion y privacidad. Es mi petición a los
Reyes Magos de 2012. ¿Tendré suerte?
yoyo  - desverguenza?   |2012-01-03 11:48:02
Cuando hablas de desverguenza es parecida a la que tu muestras cuando te
refieres a las personas que viajaban en el tren, refiriendote a ellas con
terminos machistas, vejativos y racistas no?
Anónimo   |2012-01-04 11:00:25
Siento decirtelo (Reverte), pero en Semanal lo haces mucho mejor
Anónimo   |2012-01-04 14:30:04
Tienes mucha razón, Julián. Llevo varios años cogiendo el AVE y también me
he fijado en el cambio de comportamiento.
JJ  - Los buenos modales ya no se llevan   |2012-01-05 01:53:32
Estas cosas ocurren porque ahora en los trenes viaja cualquiera; y porque la
educación no está de moda, y sobre todo, la cultura en España, que deja mucho
que desear en cuanto a país del entorno europeo del que se trata. Esto no sólo
se observa en los trenes, sino en el sistema educativo, en la política, en la
televisión. En cuanto a Reverte, yo diría que ese señor es muy exagerado,
extremista e irrespetuoso. Con lo cual no tiene parangón,... Un saludo, y
enhorabuena por tu escrito.
Lucentino exiliado  - Tiene razón Julián   |2012-01-05 16:15:11
Doy fe de lo que comentas. Es lamentable. A mí un día me tocó una reportera
de canal cuatro y me dio una hora de viaje que para mí se queda. No paraba de
hacer llamadas telefónicas (en castellano y en catalán) quejándose de lo
cansada que estaba, de que no paraba...en fin, una pataleta propia de un vago a
quien no le gusta trabajar.
El desmadre lo viví sin embargo en un autobús,
viniendo desde Andújar hasta Córdoba, cuando una familia de gitanos rumanos
gritaba y jaleaba los pedos de uno de ellos, con la consiguiente atmósfera que
se creó en la máquina. Encima el desvergonzado tuvo la osadía de decir:
"Nadie se ha muerto por un pedo..." con su acentillo del este.
Arturo  - Vivir de la renta   |2012-01-08 13:12:36
Pues eso, una copia burda del trabajo de otro, deja de imitar a Reverte y
centrate en hacer algo por ti msimo
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