En el amplio baúl de mis recuerdos tengo una imagen, que guardo rodeada de la nebulosa propia del largo tiempo que desde entonces ha transcurrido, pero reforzada por la fuerte impresión que debió suponer para un pequeñajo de tres a cuatro años su llegada a Córdoba.
Nuestra familia tenía una historia parecida a otras muchas de la posguerra y mis padres trataban de formar un hogar como tantas otras familias ferroviarias en una apartada barriada cordobesa, que la gente conocía como Los Olivos Borrachos.
Llegábamos desde un pueblecito de Granada y nos bajábamos en la pequeña estación de Cercadillas en Córdoba, de la mano de mis padres, oriundos de Aguilar de la Frontera, Rafael y Francisca y siempre acompañados de mi abuela materna y con mi hermanito, un año más pequeño que yo.
Debí sentirme a gusto integrándome inmediatamente en ese apartado barrio con muchísimos críos, puesto qué, de donde venía solamente había tenido la compañía de mi abuela, mi hermanito y mis padres. Esto fue posible gracias a qué, junto a mi casa, a la derecha según salías, estaba la escuela de María con un enjambre de niños y niñas, donde cada tarde aprendíamos la tabla de multiplicar cantando.
Estas canciones y los juegos que organizábamos en el patio es lo que más recuerdo de aquellos primeros tiempos y de que mi madre tendía a diario en la Azotea las sábanas que mi hermanito mojaba por las noches, que se veían desde el cole y servían para martirizar a Pepillo.
Cierto día que mi madre tuvo que acudir a la escuela por algo relacionado con mi hermano, ella para disculparlo por alguna travesura dijo a María, la maestra, en presencia de otros niños: ¡es que mi Pepillo es muy chinche!
Esta expresión que al parecer traía mi madre de Granada, le valió a mi hermano el apodo de Chinche y por ende a mí del hermano del Chinche y a veces del Chinche grande, puesto que en el barrio que estaba integrado por gente que venía de los pueblos, se mantenía bastante el uso de los Motes.
Una anécdota simpática para recordar es que cierto día en que el Pepillo había hecho una travesura de las suyas, mi madre lo persiguió hasta la cama y cogiendo los pantalones cortos que estaban por allí, empezó a darle con ellos en la cabeza de éste, que gritaba como loco y mi madre le decía:
Niño que te estoy dando solo con los pantalones y Pepillo llorando respondía: ¡Si mamaíta, pero es que tengo los trompos en los bolsillos!
Las calles del barrio eran de gruesos guijarros y rudimentarias aceras y cierto día que jugábamos en la calle con el vecino Rafalín, mi abuela María, que vivía con nosotros y siempre estaba pendiente sobre todo de Pepillo que era travieso como ninguno, nos avisaba que tuviéramos cuidado porque había muchos “chinos” en el suelo. Rafalín que tenía mucha gracia le respondía con guasa: ¡Abuela que no son chinos ni japoneses, que son pedruscos!
He aquí un escrito que hice en el 2004 en recuerdo a esa escuela o “Miga” como también se decía y a donde
había que llevarse la silla, así como de otras que había en el Barrio:
Escuelas de Los Olivos
Repartidas por sus calles desde el camino a la vía
varias escuelas había que intentaré recordar
para todas las edades la educación se impartía
que el barrio de los Olivos era también cultural.
En González Aurioles estaba la de María
era también guardería muy famosa en el lugar,
con un patio muy frondoso que muchas flores tenían
donde pronto se aprendía cantando a multiplicar.
Qué maestra tan señora y qué carácter tenía,
te atendía a cualquier hora con mucha sabiduría
y era Emilio su marido la persona más discreta
que siempre iba subido muy serio en su bicicleta
también su hija Isabel, en confección una experta,
daba clases de coser en las horas de la siesta.
Justo al lado de la Iglesia, en la calle del camino
los colegios de Falange masculino y femenino
no mezclaban los dos sexos por evitar la ocasión
de que las niñas y niños tuvieran la tentación
que la Iglesia reprimía con su dura religión.
En la calle Juan de Ávila una figura se agranda
que por temas de política habían tenido encerrado
el Campeón, el abuelo de mi buen amigo Aranda
siguió siendo profesor en cuanto fue liberado.
Desde su Gamba de Oro lo recuerda Manuel Parra
que cuando era pequeño a aquella escuela acudía
allí aprendía a escribir y también caligrafía
y hoy tiene buen restaurante con mariscos en su barra.
También el señor Navarro en la calle La Austriada
era profesor muy serio y su clase es recordada.
Y en Mariano de Cavia, como se nos va a olvidar
al bueno del señor Reche, profesor particular
su hija mayor Maruchi y la menor era Emilia
que hace poco falleció y consternó a su familia.
La calle Fuente Obejuna tenía las del gobierno
y en sus aulas tiritabas con el frío del invierno
a su maestro don Poli después de estar jubilado
le dieron un homenaje que aun hoy es recordado.
Y muy cerca de mi casa en la esquina con la vía,
pero en la acera de enfrente de la escuela de María,
Luís López daba clases en aquella gran cocina
enseñándonos el Álgebra con su dura disciplina.
En calle Fuente Obejuna estaba el señor Ocaña
a quién alguno recuerda por sus capones con saña
por seguir aquel refrán que en tiempos se comentaba
que se aprendía mejor, la letra que a sangre entraba.
Como ustedes ven amigos, historias por recordar
del Barrio de los Olivos, quedan miles por contar.
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Juan Priego
julio 2025
Cada día es más complicado distinguir la realidad de la ficción. La llegada de los primeros televisores a los hogares fue una revolución, semejante a las acaecidas tras la invención de la imprenta, la máquina de vapor o la radio, al convertirse en la ventana por la que la gente se asomaba al mundo y por la que los mundos entraban en sus vidas. A no pocas personas les cogió en una edad avanzada y fueron numerosas las que saludaban y despedían a los presentadores como anfitriones que atendían a la visita con la debida cortesía y urbanidad.
La revolución digital ha puesto patas arriba el mundo complicando aún más la confusión entre realidad y ficción con el advenimiento de la “realidad virtual”, la “realidad aumentada" y el “metaverso” (combinación de las primeras). Quienes no pertenecemos a las generaciones nativas digitales a duras penas nos manejamos en un mundo más nuevo que la América de Colón y quienes sí pertenecen a ellas a duras penas son capaces de entender y controlar la realidad que les rodea. Es la tormenta perfecta para cambiarlo todo sin que nada cambie.
Los mercados, siempre ellos pero no en solitario, se han ocupado y preocupado de que el desarrollo de las nuevas tecnologías atienda a satisfacer sus necesidades reales, tangibles y materiales, que para eso ponen la pasta y mandan. Coinciden tales necesidades, siglos después, con las de quienes pilotaron el desarrollo de la imprenta, la radio y la televisión. Convertir las herramientas que han transformado la realidad a todo lo largo de la historia de la Humanidad en eficientes instrumentos de doctrina y control es la especialidad de la casa.
La informática contribuye al progreso de la civilización en todos los ámbitos de la vida de una forma inconcebible hace veinte o treinta años. Esa misma informática está modificando los usos y costumbres sociales, en numerosos aspectos de una manera regresiva para el individuo y la colectividad. La imprenta, la radio y la televisión, que acercaron la cultura, la información y la formación a la población, fueron utilizadas en distintos momentos por los poderes públicos y privados para ejercer la manipulación y la tiranía sobre la ciudadanía.
La información es poder y la conectividad a internet demuestra una capacidad para influir en las personas como nunca antes se había visto. George Orwell auguró en su novela “1984” (publicada en 1949 e inspirada en “Nosotros”, de Yevgueni Zamiatin, escrita en 1920) lo que está sucediendo hoy. Nadie hizo caso, a excepción de los poderes que calcan hoy lo que Orwell atribuyó al Gran Hermano, incluyendo las Policías del Pensamiento y la Neolengua. La Inteligencia Artificial acabará arrastrando a la sociedad a la realidad virtual de Matrix.
El actual deterioro del pensamiento crítico tiene mucho que ver con el empeño del poder por desmantelar la Educación Pública y sustituir las humanidades por contenidos relacionados con los mercados, la especulación y el consumismo. El bien común ha perecido en una sociedad donde odio y violencia abren la puerta al “malismo” de siempre, a la misoginia, a la homofobia, al racismo y a otras formas más graves de desentenderse del prójimo, como las guerras y los genocidios participados por un capitalismo neofascista que amenaza la paz.
Que en la época de la Inteligencia Artificial, el turismo espacial, la cirugía robótica, Alexa y Siri, el control domótico desde el móvil y los vehículos sin conductor, el nivel intelectual en el primer mundo sea similar al de épocas de analfabetismo y al de países subdesarrollados, es mala señal, muy mala. Que el dinero necesario para el bienestar social, para la sanidad, la vivienda y la educación, se invierta en armas que sólo sirven para destruir y matar es una pésima noticia, la peor posible. Sin pensamiento crítico y armados, el desastre está servido.
Pepe Morales
Ese punto y seguido para la humanidad que fue Internet orillaba la cotidianeidad social, humedeciendo los albores de un nuevo periodo histórico. Los satélites dominaban la circunnavegación espacial y la era de la información había revolucionado las transmisiones. Los medios de comunicación, como cuarto poder, se muscularon inflamando sus venas con una miríada de datos que transitaban entre paralelos y meridianos en milésimas de segundos. La mitad de los años noventa era para ellos el preludio de una fagocitación inminente de los tres poderes estatales… Qué lejos estaban de prever que aquella arma internáutica se convertiría, a la postre, en su perdición. Que cualquier mindundi de tres al cuarto podría emitir la información en tiempo real, sirviéndose de un mero aparatito telefónico. Que cualquier cantamañanas con un ordenador a su disposición podría crean su propia página de contenidos, incluidos los informativos. Que los ciudadanos podrían continuar sosteniendo su nivel de borreguismo sin necesidad de pagar por ello.
También el cine debía hacerse eco de tan intrigante y apasionante paisaje, y evolucionar y revolucionar como lo hacían los medios de comunicación; no en vano, «Matrix» (Andy y Larry Wachowski, 1999; Lilly y Lana, después) estaba al caer. La saga Bond, sello de actualización a la realidad de su época, cual cronista de inspiración idólatra, no iba a dejar pasar la oportunidad de ambientar su nueva entrega en aquella marabunta de las transmisiones informativas… Y Pierce Brosnan, desde luego, protagonizaría la historia.
Se mantuvo la confianza en Bruce Feirstein, para que, en solitario, desarrollara un nuevo guión original a partir de tales premisas. Pese a su éxito anterior, la decimoctava entrega sería dirigida por el canadiense Roger Spottiswoode, un veterano profesional que se había curtido en el oficio durante los años setenta como editor (aprendiéndolo como asistente de edición en los sesenta) de títulos tales como «Perros de paja» (Sam Peckinpah, 1971), «La huida» (Sam Peckinpah, 1972, como consultor), «El jugador» (Karel Reisz, 1974) o «El luchador» (Walter Hill, 1975); que participó en el novedoso guión de «Límite: 48 horas» (Walter Hill, 1982); y que se ganó el respeto como director en filmes como «Bajo el fuego» (1983), «El último hombre inocente» (1987, para televisión) o «En el filo de la duda» (1993). Pocas producciones modernas o contemporáneas (o ninguna) han sabido reconocer el mérito de la segunda unidad. Nunca se ha expuesto el menosprecio en la saga Bond, que no se ha olvidado de sobreimpresionar los nombres de sus directores en los créditos iniciales o de apertura. La encomiable labor de Vic Armstrong en el largometraje se refleja soberanamente en las variadas escenas de acción que, en solitario o en comandita con Spottiswoode, crea y dirige. Con Peter Lamont embarcado (y discúlpeseme el simplón juego de palabras) en esa mastodóntica empresa que fue «Titanic» (James Cameron, 1997), se contrató al experimentado decano Allan Cameron para el diseño de producción. Un maestro como Robert Elswit (recomiendo un vistazo a su filmografía y encarecidamente su último trabajo en la espléndida miniserie «Ripley» —Steven Zaillian, 2024—), regaló al espectador planos sublimes, como director de fotografía. Igual de plausible, la edición del dueto Michel Arcand y Dominique Fortin. Las miniaturas eran patrimonio de John Richardson, quien no decepcionó con los barcos y la nave antirradar a escala 1:8, fabricados para la película, cuyas secuencias fueron rodadas en el estanque de la bahía de Rosarito (México), el más grande del mundo, construido, claro, para «Titanic». BJ Worth, como de costumbre, se ocupó del estupendo salto en caída libre de cuatro kilómetros, para el cual no podría desplegar el paracaídas hasta que no restaran sesenta metros. El especialista francés Jean-Pierre Goy fue el encargado de conducir la moto para la secuencia de acción en la ciudad asiática, la cual incluyó un salto entre edificios sobre un helicóptero en vuelo. Se levantó una rampa de treinta metros, debiendo alcanzar el piloto una velocidad de ochenta kilómetros por hora para el salto y aterrizar en una montaña de tres pisos de cajas de cartón, montadas tras la fachada del edificio, que amortiguaron el literal aterrizaje. El espíritu de la saga venera el trabajo manual o artesanal frente al digital, lo que supuso que esto último apenas se limitara a las hélices del helicóptero, para las escenas de riesgo, a la ampliación de fondos en la desescalada con el cartel del rascacielos o a la composición de la secuencia submarina; pues, por ejemplo, para la persecución en el garaje, dispusieron de hasta diecisiete vehículos. En el apartado musical, un cuasi bisoño David Arnold, que ya se había responsabilizado de obras como las de Roland Emmerich, «Stargate» (1994) e «Independence Day» (1996), ejecutó una banda sonora notable, que conjugó a la perfección la naturaleza de cada secuencia; y Sheryl Crow deleitó con una más que interesante canción principal.
El elenco, en su núcleo de secundarios, invariable, con Judi Dench, Samantha Bond, Desmond Llewelyn y Joe Don Baker. Teri Hatcher, debutante en la gran pantalla con ese brutal entretenimiento que es «Tango y Cash» (Andrei Konchalovsky, 1989), había participado en algunos largometrajes menores, pero, en verdad, era famosa por su protagonismo en la serie de televisión «Lois & Clark» (1993-1997). Michelle Yeoh, estrella del cine asiático, con más de diez años en la profesión, especializada en películas de acción, aprovechó, sin duda, la oportunidad que se le brindó. Jonathan Pryce, incuestionable secundario del cine, brillante y profesional, se declaró encantando por interpretar a un villano del carácter de Elliot Carver, tan distanciado de los ordinarios de las películas de acción de los noventa, a los que no podría haberse ajustado. El imponente físico del alemán Götz Otto encajaba a la perfección con el típico secuaz de campo de la saga. Ricky Jay era un popular mago que aparecía con frecuencia en las películas de David Mamet; por hacer la gracia, se rodó una escena que incorporaba un truco de magia con cartas, la cual hubo de excluirse del montaje final. Apunte curioso, la aparición como Ministro de Defensa del guionista, noble y demás Julian Fellowes, a cuya biografía me remito.
Y, con el homenaje al inolvidable Albert R. Broccoli, eterno propietario de Eon Productions, se estrenó, en 1997, «El mañana nunca muere».
En la frontera rusa prolifera el menudeo ilegal de armas. Durante una operación conjunta del MI6 y la Marina Real Británica, con la colaboración del ejército ruso y retransmisión en directo, sobre un mercado negro, el terrorista Henry Gupta (Ricky Jay) se delata. Acaba de adquirir un decodificador satelital estadounidense robado, haciendo procedente la inmediata destrucción del bazar criminal por vía sumarísima, por lo que el almirante Roebuck (Geoffrey Palmer) ordena a la fragata HMS Chester el lanzamiento de un misil, pese a las protestas de M (Judi Dench) acerca de la presencia en el lugar de su agente espía, que, no siendo competencia de la Marina, puede ir apañándoselas buenamente. Entre dimes y diretes, misil lanzado y cuenta atrás para impacto, el agente en cuestión enfoca un avión a reacción con armamento atómico. Las consecuencias, ahora (esa explosión del material atómico), excederían de lo previsto. Con el misil fuera del alcance de la señal de autodestrucción emitida por la fragata, no queda sino procurar retirar el elemento nuclear de la ecuación. Allá que va, entonces, el agente espía, que no es otro que James Bond, 007, abriéndose paso, a base de hostiar y ametrallar a los malos, hasta el avión; deja inconsciente al copiloto y despega justo en el instante en el que el misil impacta en el objetivo, hasta el punto de que mana de la cortina de fuego arrasador generada, cual ave fénix regenerada, para desahogo de la sala de control británica. Ah, Bond todavía no está a salvo. Un avión gemelo ha conseguido despegar tras él y el copiloto ha despertado y trata de ahorcarlo con un cable. Pilotando con las rodillas, 007 esquiva y contiene los ataques enemigos, se coloca bajo el avión contrario y eyecta al copiloto que lo atraviesa, matando dos pajarracos de un tiro, nunca mejor dicho, o tecleado. Rebasada la fase liminar, la fragata británica HMS Devonshire navega por las aguas del mar de la China Meridional cuando es hostigada por unos cazas chinos que le acusan de invadir sus aguas nacionales. La tripulación de la fragata comprueba que permanece en ruta internacional. La diferencia de referencias geográficas se ha de culpar a Gupta, que está usando el decodificador para provocar el conflicto. Mientras el incidente se sucede, un barco antirradar perfora con un proyectil la fragata y desintegra un caza de un misilazo; operación que es inspeccionada por Elliot Carver (Jonathan Pryce), magnate de las telecomunicaciones, desde la sede de su grupo de comunicación (CMGN) en Hamburgo. Su objetivo es crear noticias por medio de sucesos desestabilizadores que le permitan ampliar su emporio: «No hay mejor noticia que una mala noticia». El MI6, receloso de los detalles de la exclusiva publicada en el periódico Tomorrow, propiedad del Grupo Carver, obtiene un margen de 48 horas para investigar, antes de que el Ministerio inicie un ataque contra China; además, algún satélite del Grupo parece también implicado. James Bond, interrumpido en mitad de una clase recordatoria de danés, o con la profesora de danés, en Oxford, es convocado para la misión. Su antigua relación con Paris (Teri Hatcher), la esposa de Carver (chivada por Moneypenny —Samantha Bond—), puede serle de provecho, y la ceremonia que Carver ha organizado en Hamburgo para celebrar el lanzamiento de una cadena de noticias, el momento oportuno. Aterriza, pues, 007 en la ciudad alemana, donde Q (Desmond Llewelyn) le surte del nuevo BMW 750iL, customizado como Dios o la Reina manda y dotado de un teléfono de control, adicionado con un reproductor de huellas digitales, un descargador eléctrico y una llave universal. En la fiesta, la tapadera como banquero le durará el habitual par de segundos, aunque suficiente para que la trama lo presente ante Carver, lo acerque a Paris e introduzca a una bella y enigmática mujer china, quien resultará ser la agente Wai Lin (Michelle Yeoh). Los secuaces de Carver, con Stamper (Götz Otto) a la cabeza, intentan, sin éxito, acabar con el agente británico, tentativa de homicidio de la que 007 se venga fastidiándole la fiesta al magnate. Al menos, tras una noche rememorativa de afectos pasados, Paris desvela a Bond la entrada de un sótano secreto, lo que terminará pagando con su vida. Antes, 007 accede con facilidad a la guarida y recupera el decodificador. La salida ya no será tan asequible: una rondadora Wai Lin hace saltar las alarmas. Evolucionada la sección de tiroteo y evasión, de regreso a su habitación de hotel, Bond encuentra el cadáver de Paris. Carver ha contratado los servicios del sicario Dr. Kaufman (Vincent Schiavelli) para asesinar a la pareja y montar un escenario que responsabilice al Agente. El plan se le vuelve a torcer y Bond se libra de la trampa, ejecutando sin piedad a Kaufman. Para deshacerse del equipo de esbirros, empecinado en su coche a fin de recobrar el decodificador, Bond deberá recurrir a sus artilugios y destrozar el BMW, en una impresionante escena de persecución en el interior de un garaje. Apurado por el tiempo, Bond se reúne con el agente de la CIA Jack Wade (Joe Don Baker), quien recibe el decodificador y lo ayuda a adentrarse en las profundidades marinas donde se halla hundido el Devonshire, topándose, a lo largo de la incursión submarina, con la agente Wai Lin y descubriendo que han sustraído un misil nuclear. Al emerger, la pareja es apresada por Stamper, que los conduce hacia la presencia de Carver en las oficinas del Grupo en Saigón (Ho Chi Minh), donde, por supuesto, el villano describe su malévolo plan, que ha contado con la inestimable cooperación del general chino Chang (Philip Kwok). La sin par destreza de los agentes concede a la narración una espectacular secuencia de huida y persecución en moto (BMW 1170 cc, oh casualidad) por las calles saigonenses. Aliados contra Carver y sus infames paniaguados, e informando a sus respectivos gobiernos, rastrean la posible ubicación del barco antirradar, el cual asaltan y plagan de bombas. Wai Lin es capturada y Carver le revela su propósito de disparar el misil nuclear británico contra Pekín, desencadenando una guerra mundial, que permitirá a Chang intermediar en la paz, despejando su camino al poder, y otorgar a Carver los derechos de transmisión en China, como contraprestación. Bond irrumpe en embestida, los agentes revientan la nave, con auxilio externo, y se da muerte a Stamper y Carver muy salvaje y sangrientamente, como corresponde en estas lides. El cierre de la entrega no innova, ataja o bifurca, así que la pareja de agentes disfruta de su ratito romántico, al despiste de los ojos amigos que los buscan.
Siempre culmino el visionado de «El mañana nunca muere» con el dulzor de la satisfacción acariciando los recovecos de mi paladar y sublimando, de pura comprensión del espacio, por entre las comisuras de mis labios. En práctica equiparación con «GoldenEye» (1995), me ofrece todo lo que necesito que me ofrezca. Un Brosnan prodigioso en su papel de 007: la indolencia, el desafecto, la inteligencia, la belleza, la seducción, la persuasión, la pericia, el talento, la resiliencia…; un genial villano histriónico o comedido, según se requiera; y unas mujeres, personajes e interpretaciones, magníficas, a años luz de las mostradas en las décadas anteriores, si bien, guardando esa perenne belleza. Me deleita cada segundo de metraje entre Bond y Paris, ese reencuentro sensacional, esa frialdad con la que 007 ejecuta a Kaufman, esa despedida del cuerpo inerte de la mujer, cariñosa, aunque ausente de lágrimas. El director de fotografía compone un plano sobresaliente, admirable, con Bond y Paris de pie, cara a cara, cuerpos en contacto, en la habitación del hotel, él acaba de deslizar suavemente su vestido, ella de espaldas, ambos escorados a la derecha de la imagen, envueltos por una luz cálida y tenue. Las escenas de acción con el coche y la moto se englobarían entre las mejorcitas de la saga y, en general, la narrativa se desarrolla con fluidez y solvencia, para una historia de las míticas. Una complaciente aventura de 007, en definitiva… Qué más se puede pedir.
Julián Valle Rivas
Llevo un tiempo queriendo reflexionar sobre las ideologías y los razonamientos y he aquí qué, intentando contrastar mis pensamientos, me he asomado a Internet y lo que he visto me ha dejado “PATIDIFUSO”.
Lo primero que he encontrado cuando he puesto “ideologías y reflexiones”, me ha parecido mientras lo repasaba, que estaba sencillamente leyendo lo que yo pensaba. Pero, sólo al final me he dado cuenta (a pesar de estaba escrito al principio en letra muy pequeña), que lo que había leído estaba creado por la Inteligencia Artificial.
Justo en ese momento empezó a caerme bien la IA, de la que tan mal uso hace demasiada gente y por hoy me limitaré a copiarla aquí para mis inteligentes amigos lectores y la remataré con una corta reflexión de mi cosecha escrita antes de la consulta, aunque sólo sea para estar seguro que yo soy yo, y no un producto de la susodicha IA…
¡Ah! Ahora me dedicaré a buscar, a ver que cuenta la IA sobre los asesinatos de Israel en Gaza y los recientes en las colas del hambre, la invasión de Putin a la nación de Ucrania, las locuras de Trump o el comportamiento errático de la derecha en España.
Si los poderes fácticos en el mundo se percatan, mal porvenir le veo yo a la Inteligencia Artificial, a menos que le inyecten una dosis de genes contaminados para que los defiendan a “Ellos”.
Ahí va la copia de lo que la IA opina sobre las ideologías y las reflexiones, antes de que esa contaminación se produzca y la Inteligencia artificial cambie de bando y se alinee con Trump, con Putin, Netanyahu y con la derecha española:
Vista creada con IA
Las ideologías son sistemas de ideas, valores y creencias que explican y justifican la realidad, influyendo en la forma en que los individuos y grupos perciben y se relacionan con el mundo. Las reflexiones sobre las ideologías nos permiten analizar su origen, función y efectos en la sociedad, cuestionando su impacto en la política, la economía y la cultura.
El concepto de ideología:
• Un sistema de ideas:
Las ideologías no son simplemente opiniones, sino sistemas estructurados de creencias y valores que se transmiten y se comparten dentro de un grupo social.
• Explicación y justificación:
Las ideologías pretenden explicar la realidad, dar sentido a los fenómenos sociales y justificar las relaciones de poder existentes.
• Influencia en la acción:
Las ideologías influyen en la forma en que las personas actúan, tanto individual como colectivamente, moldeando sus decisiones y comportamientos.
• Diversidad de ideologías:
Existen diversas ideologías, como el liberalismo, el socialismo, el comunismo, el nacionalismo, entre otras, cada una con sus propias ideas y objetivos.
Reflexiones sobre las ideologías:
• Análisis crítico:
Las reflexiones sobre las ideologías nos permiten analizar críticamente su origen, su función y su impacto en la sociedad.
• Cuestionamiento de la realidad:
La reflexión cuestiona las verdades establecidas y nos permite identificar los intereses que subyacen en las diferentes ideologías.
• Identificación de sesgos:
La reflexión nos permite identificar los sesgos y las distorsiones que pueden estar presentes en las ideologías, así como las alternativas a considerar.
• Diálogo y debate:
La reflexión promueve el diálogo y el debate en torno a las ideologías, enriqueciendo el conocimiento y fomentando la diversidad de perspectivas.
Ejemplos de reflexión sobre ideologías:
• El impacto de la ideología en la política:
¿Cómo las ideologías influyen en la toma de decisiones políticas? ¿Cómo se utilizan las ideologías para legitimar el poder?
• La influencia de la ideología en la cultura:
¿Cómo las ideologías moldean los valores culturales y las identidades sociales? ¿Cómo se transmiten las ideologías a través de la cultura?
• La relación entre la ideología y la economía:
¿Cómo las ideologías influyen en las políticas económicas? ¿Cómo se utilizan las ideologías para justificar las desigualdades económicas?
En resumen, la reflexión sobre las ideologías es fundamental para comprender la complejidad de la sociedad y poder tomar decisiones informadas y críticas. Termino con esta corta pincelada de mi cosecha:
De ideologías y reflexiones
No me digas tú el porqué
ni el cómo ni tus razones,
no me hables de tu fe…
¡Que esto va de reflexiones!
Juan Priego
junio 2025
Hoy, 27 de junio de 2025, se cumple un año de la última concentración que se celebró en la Plaza Nueva para reclamar las mejoras sanitarias que nuestra ciudad necesita. Después de ese lapso de tiempo, la situación que vivimos en Lucena, está peor pese a la lucha de la mayoría de los lucentinos y las lucentinas.
Lucena es una ciudad valiente. Lo es cuando ves como gracias al esfuerzo de sus hombres y mujeres se ha convertido enuna referencia industrial para toda Andalucía. Se ve la valentía cuando mantiene y defiende sus tradiciones sin dejarse influir por modas ajenas a la ciudad que sí se están haciendo notar en otros lugares. Es valiente cuando se crean eventos e iniciativas gracias al empuje de colectivos que luchan para que disfrutemos de actividades sin parangón en otros puntos del país.
Ahora nos toca ser valientes en la lucha por nuestra Sanidad. Una lucha en la que nos va la vida. La nuestra y la de nuestros seres queridos. La Junta de Andalucía ha decidido que nuestra ciudad siga siendo de Segunda o de Tercera, en lo que a servicios sanitarios se refiere. Después de un año, para lo único que se dieron prisa fue para anunciar el traslado de las Urgencias, haciéndolo coincidir con la puesta de largo de nuestro movimiento en un claro intento de desactivación, que les ha vuelto a retratar, porque como anunciamos no cumplirían los plazos y a día de hoy no se sabe cuando se llevará a cabo el traslado.
La situación es peor, porque además de que la Junta de Andalucía siga sin escuchar a nuestro colectivo, tampoco lo hace con los representantes de nuestro Ayuntamiento. Ya va para año y medio esperando una cita con la Consejera de Salud, sin que haya habido hueco en su agenda, mientras la situación se deteriora más. Y sobre todo, la situación es peor porque se ha roto la unidad que había en esa concentración hace un año. De esa foto se ha caído el alcalde de nuestra ciudad junto con todo el Partido Popular.
Su ausencia en la reivindicación colectiva, la primera vez en casi 20 años de lucha en Lucena, que un alcalde da la espalda a la sociedad civil organizada en lucha por mejoras sanitarias, no es más que una estrategia de división y desgaste. Pese a nuestras reiteradas invitaciones y solicitudes para que se ponga al frente de este movimiento, éstas no han sido escuchadas.
Su ausencia no es baladí ni carente de tacticismo. Su negativa a estar con la ciudadanía organizada desvirtúa nuestro movimiento, acusándolo de politización. Da gasolina a tertulianos interesados, de bar, medios de comunicación y de redes sociales, que invierten su tiempo en acusar con falsedades en defensa de otros intereses que desde luego nada tienen que ver con la defensa de la Sanidad. Aquéllos que nos acusan de politización, dígannos, ¿Qué se hace cuando se invita por activa y por pasiva a alguien y rechaza la invitación para poder mantener una coartada que defienda los intereses de su partido?
La negativa del Alcalde, provoca desafecto, provoca que tengamos que dedicar esfuerzos en defendernos de ataques en lugar de usar ese tiempo en construir. Provoca, que en una ciudad valiente hayan personas y colectivos que no quieran dar un paso adelante en la lucha colectiva que vivimos por miedo a perder subvenciones y apoyos institucionales. Todo eso provoca una desunión que ni hemos buscado ni pretendemos mantener.
Lucena necesita la valentía de sus ciudadanos y ciudadanas en lucha por lograr unos servicios sanitarios dignos. Necesitamos dejar de mendigar y exigir dignidad. Necesitamos un alcalde valiente, que como han hecho otros alcaldes del Partido Popular, Écija, Herrera, Algámitas..., se enfrente a Juanma Moreno cuando es necesario porque con la salud de sus ciudadanos no se juega. Necesitamos acabar con la división y tener a toda una ciudad peleando por lo que es de Justicia. A otras ciudades se lo regalan, nosotros vamos a conquistar nuestros derechos. En Lucena no asustan los retos.
La Mesa de Unidad Ciudadana, seguirá luchando como siempre. Con esfuerzo voluntarioso de hombres y mujeres que sacan tiempo de dónde no lo hay para luchar por la Sanidad. Con falta de recursos económicos que nos permitan afrontar grandes acciones que nos reclaman nuestros vecinos y vecinas, como volver a llenar la ciudad de banderolas en cada balcón reivindicando nuestro hospital. Seguiremos trabajando con prudencia y tacticismo pues sabemos que hay quien celebraría el más mínimo fallo por nuestra parte y sería una fuente de ataques por su parte.
Pasos cortos pero firmes. Vamos a seguir luchando todo el tiempo que sea necesario. Y esperaremos que en un año nuestro mensaje a la ciudadanía sea más positivo y desde luego que la desunión se haya acabado.
Alcalde, Aurelio, ¿Por qué no luchas con nosotros?
Mesa Unidad Ciudadana Lucena por su Hospital
Hacen mirar al dedo para ocultar la luna. No les basta con que la luna tenga una cara oculta porque el periodo de rotación sobre su eje es el mismo que el de traslación alrededor de la Tierra: quieren que no se vea, hacer como que no existe. Agitan el dedo índice para señalar, acusar y acosar, como un anzuelo para atraer la mirada boba y la boca incauta del pez que acabará siendo un pescado. Quien mira el dedo no ve las algas, insectos, larvas, gusanos, crustáceos, detritos orgánicos y plantas acuáticas que son el alimento real: sólo el anzuelo.
Los programas electorales del bipartidismo son como la cara oculta de la luna, un corta y pega que quieren ocultar porque, una de dos: o son mentira o, peor, son verdad. Por eso agitan los dedos señalando fruslerías que no alimentan al pez pero son cebos que atraen su atención para pescarlo. Los mejores cebos que utilizan los pescadores de votos son medios dóciles, togas militantes y el río revuelto de las redes sociales. Cuando algún sabio señala la luna, el narcotizado electorado, besugos de hecho y merluzos de derecho, mira al dedo.
El dedo índice se agita al ritmo que marcan las cotidianas noticias manipuladas, los rumores continuos sin confirmar y los peligrosos desatinos judiciales, como el tambor de las galeras, como el péndulo oscilante durante un show de hipnosis delante de un público que nunca se plantea la veracidad del espectáculo. El método es de radiofórmula: un tema comercial, sin importar la calidad, es emitido por los medios bien regados con publicidad institucional y repetido por un coro de tertulianos y opinólogos. Funcionan bien los importados de EE.UU.
Nunca espere que un embaucador le hable de Sanidad, Educación, Pensiones, Vivienda o Dependencia… para eso tiene su dedo señalando los asuntos de interés para usted y la sociedad: le hablará de la corrupción ajena, no de la suya, del terrorismo, no del franquismo, de la Patria, no del país, de enemigos, no de convecinos, de invasores extranjeros, no de personas, de okupas, no del atraco habitacional, de negocio, no de sanidad, de odio, no de convivencia. Y usted mirará el dedo asintiendo y canturreará el estribillo sin analizar la letra.
Los dedos señalan el caos y un país colapsado, un estado que no funciona y su ruptura, la ruina y la debacle económica, la hecatombe y el apocalipsis, el armagedón. En la superficie lunar, el Ibex 35 iguala los 14.000 puntos de 2008 tras alcanzar sus empresas un récord de beneficios de 62.724 millones en 2024 (31.768 para la banca, el mejor año de su historia), el independentismo ha caído al 40%, hay un récord de 21,8 millones de trabajadores, el paro ha bajado a niveles de 2008 y la economía encabeza el crecimiento en toda la eurozona.
Se comprende que quieran ocultar la luna. Es incomprensible, o tal vez no, que la mayoría no quite ojo a los dedos que señalan lo que señalan y magnifican los voceros mediáticos y togados deformando la realidad en un esperpento digno de un espectáculo, un negocio o la realidad virtual. Analizando TikTok, Instagram, Facebook, Twitter, Youtube o Telegram, se explica que parte de la juventud entregue su voto (y su futuro) a defensores del fascismo y delincuentes. Analizando los programas de más audiencia de TV, se explica lo inexplicable.
El congreso para que Ayuso releve a Feijóo al mando del PP servirá para dar un repaso con el dedo al gobierno causante de la pandemia, la erupción del volcán palmero, la guerra de Ucrania, el apagón en Europa o la parada de la red ferroviaria. Los dedos señalarán a ETA y Venezuela, a Begoña y Ábalos, a la inmigración de patera y a los okupas. Los Peinados y Marchenas, los 7.291 cadáveres del covid y los 228 de la dana, los entornos de Ayuso y Feijóo, Mazón y la Gürtel, Page y Susana, quedarán, de nuevo, en la cara oculta de la luna.
Pepe Morales
