Blanquear bancos, por Julián Valle Rivas

El concepto siempre había adoptado una simple apariencia de servicio. Una apariencia, insisto, y remarco el pluscuamperfecto. A mí me lo pareció en su momento. Después ha ido mutando hacia formas indeterminadas e incoherentes, impropias de su condición primigenia. Pero si escarbamos por entre la tongada pustulosa de podredumbre que envuelve su esencia, quizá todavía sea posible encontrarla (la esencia), mohosa y quebradiza; esencia recluida, precipitada al abismo, alcanzable mediante forzoso ejercicio espeleológico e identificable mediante reverberación angulosa y resbaladiza sobre los angostos resquicios abisales. Y un servicio, anotaba, como prestación de un conjunto de facultades e instrumentos puestos a disposición del interesado que los requiera.


En esa esencia de orígenes perdidos en la memoria del tiempo, el banco era un lugar de depósito de dinero garantizado. Un lugar seguro, se suponía. Alejado de las incertidumbres del hogar, tradicional estanco de colchones herniados de sobres, bolsas, cajas y otros elementos de custodia pecuniaria. A cambio de este servicio de depósito, el cliente contratante abonaba o satisfacía una cuantía cierta y determinada o consentía que el banco empleara el dinero en depósito en operaciones financieras particulares. O ambas contraprestaciones, que, puestos a la contraprestación, mejor hacerlo por exceso que por defecto. De cualquier modo, la confianza se depositaba sin distinción. Para la mayoría de los clientes, se trataba del dinero ganado con el literal sudor de la frente, con el tesón diario, impregnado de sacrificios, avatares y mucha dedicación y empeño. Y, claro, no era el tema como para arriesgarse… O, bueno, tal vez sí.


Hoy la cuestión no está tan clara. Si antaño el banco era una entidad para el depósito garantizado, hogaño sus funciones no se muestran tan definidas, asumiendo curiosas competencias de gerente inmobiliario o agente de seguros. Más recientemente, también ha aceptado la tarea de confidente del Estado (¡elúdase el oficio de inspector!), ofrecida con mucha floritura legal y marco normativo, y la justificación (excusa) de la lucha contra el blanqueo de capitales. Lucha loable, como toda lucha dedicada a la erradicación de delitos, aunque ha logrado desvanecer aquella relación de confianza derivada de la prestación del servicio, al pasar a convertirse en herramienta de control gubernamental.


Lo cierto es que el cometido de agente de seguros no se barrunta sino como la prolongación de su carácter prestamista, al que se le anexa ese régimen hipotecario capcioso en el cual impera la deuda sobre la propiedad del inmueble gravado (o la pérdida de la propiedad). No vivimos en la edad media, faltaría, y el Shylock de turno no reclamará al prestatario una libra de su propia carne, lo que no significa que se vaya a conformar con los intereses pactados o que se vaya a jugar el importe de la cantidad entregada. El préstamo concedido integrará una suerte de paquete de seguros, desde el ordinario del seguro de vida (¡que la muerte no bloquee el cumplimiento del deber!) hasta las variopintas coberturas aplicadas al recargo. Así, para financiar la compra de un coche, el banco (vestido de entidad financiera) endosa el seguro de neumáticos, además del seguro de la franquicia estipulada en el de todo riesgo que, por la cara, ha aplicado a la suma prestada. Igual para la hipoteca, de la que resulta imposible evitar el seguro de hogar, el de rellano, el de escalera (fluctuará según el número de pisos y de escalones), el de zaguán y el del número del portal (por si se desconcha o, peor, cae encima de la crisma de un parroquiano con carencias de fortuna). Ante el vibrante panorama, estúpido sería no aprovechar el tirón creando una filial o rama social dedicada a los seguros, con personalidad jurídica independiente, por descontado.


Lo de la gerencia inmobiliaria es la consecuencia, inmediata y comprensible, de ese particular y bienaventurado régimen hipotecario… Qué voy a contar, o teclear, que no se sepa… La crisis económica de 2007-2008 colapsó el mercado financiero, arruinó a familias y aplastó a deudores hipotecarios, perdiendo su propiedad, su hogar, mientras el peso de la carga conservaba su exponencial incremento. La titularidad inmobiliaria de las entidades bancarias se multiplicó, había que darle una salida al estocaje con una nueva filial o rama social dedicada al parque inmobiliario residual, y personalidad jurídica independiente.


En el ínterin, llegó el momento en el cual se había descubierto que los bancos habían acumulado basura financiera para cubrir medio planeta. Sin embargo, las sociedades bancarias no eran cochinos ciudadanos arruinados que no tenían donde caerse muertos. No. Las sociedades bancarias eran personajes de postín, de puro y copa de coñac, de atusarse los bigotazos a carcajada limpia en clubes tapizados de terciopelo. Las sociedades bancarias o las personas al frente de ellas, cuya responsabilidad en el despiporre era nula, razón por la que no podían sufrir las consecuencias, tampoco la pérdida de la propiedad, del hogar, porque la responsabilidad era de la sociedad. Con ello, acudieron al rescate los estados. Lo hicieron abriendo las puertas del Tesoro Público, o sea, del dinero de los ciudadanos (de sus impuestos), incluido el de las familias arruinadas y de los deudores aplastados, quienes sí habían perdido su propiedad, su hogar. Las sociedades bancarias se pusieron en filita, muy modositas y bien peinaditas, la manita extendida, y los estados, en lugar de ingresar el dinero público en las cuentas de los ciudadanos afectados por la descomposición bancaria (que para eso era público, o sea, de los ciudadanos, de sus impuestos), lo fueron colocando sobre las manitas extendidas de las modositas sociedades bancarias, algunas de las cuales terminaron adoptadas por otras de mayor empaque.


Normal que se reforzaran los controles sobre las entidades bancarias, que, tratando de redimir aquellos pecadillos o de devolver el favor gubernamental, de blanquear su imagen corporativa, accedieron a tomar el papel de chivatos planteado por el Estado (¡elúdase el oficio de inspector!), manteniéndolo permanentemente informado de los movimientos en cuenta de sus clientes, aquellos que contrataron sus servicios para depositar su dinero que quedaría garantizado por el Banco de España (o sea, el banco de los ciudadanos), aquellos que les satisfacen una cuantía cierta y determinada o les consienten emplear su dinero en operaciones financieras o ambas contraprestaciones. Hasta el punto de que los bancos harán lo que no hace la Policía Nacional: avisar de que el DNI caducará en breve, y, ¡ojo!, renuévese, para evitar problemas en la cuenta, en esa cuenta en la que se deposita el dinero, según la contratación de los servicios suscrita con el banco. Y, ¡cuidado!, justifíquese todo ingreso destacable. Y, ¡eh!, facilítese la documentación acreditativa de la nómina, la pensión, la facturación… Y, ¡oiga!, gestión internáutica, página web, aplicación móvil… y a joderse toca, si se jaquea la cuenta, la culpa no es bancaria… Y, en fin, a joderse toca, es verdad, con estos malditos soplones.


Julián Valle Rivas

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