Debate, por Pepe Morales
A cualquier cosa le llaman hoy debate. Si al recoger los huevos en el gallinero doméstico las pitas se alteran y cacarean al unísono, alguien llamará a la situación debate aviar. Tal cual. La escena difiere muy poco de lo que habitualmente se ve en la televisión o se escucha en la radio y que los medios se empecinan en llamar “tertulia”. El summum del guirigay se escenifica, cada vez que hay ocasión, en las sedes de la soberanía popular: Congreso, Senado, parlamentos autonómicos, diputaciones y salones de plenos municipales.
A nada que se pegue el oído a las conversaciones cotidianas en el transporte público, las salas de espera, los comercios o las plazas, se constata que el contraste de opiniones, el debate, ha sido sustituido por un duelo a garrotazos de argumentarios mediáticos sin mayor profundidad de análisis ni comprensión por parte de quienes los cacarean. Los gallineros 3.0 son extensiones digitales en foros y redes sociales con más putrefacción en los suelos y palos donde picotean pollos y pollas bajo la mirada de los gallos y el acecho de las zorras.
La oratoria clásica, basada en la elocuencia, la retórica, y la dialéctica, ha sucumbido ante la facundia vana, la labia hueca, la palabrería estéril, la monserga iterativa, el parloteo vacío y el palique tabernario. La argumentación se limita a argumentarios partidistas “prêt-à-porter”, el razonamiento se mide en decibelios sin premisas y la lógica es algo obsoleto, sin utilidad. Las tertulias y los debates son diálogos de sordos cuyos participantes no se escuchan entre sí, empecinados en exponer sus propios puntos de vista sin prestar atención a los ajenos.
A la contrastada ineptitud discursiva de tertulianos e “influencers”, se añade la mamporrera y tendenciosa moderación de quienes dirigen estas tertulias obedientes y estos debates sumisos, cuando no militantes, donde se educa a la ciudadanía. La polarización es a la vez objetivo, hilo conductor y consecuencia de estos cacareos, como se puede comprobar en la calle, sea pontificando sobre fútbol, dogmatizando sobre Sanidad y Educación o enfatizando opiniones con poco fundamento sobre cualquier asunto que se ponga a tiro conversacional.
Especialistas en controversias artificiales, no dudan en rematar cualquier información con coletillas como “...de lo que todo el mundo habla”, “...intenso debate” o “...la polémica está servida” para indicar que habrá culebrón al respecto durante los siguientes días o semanas. Como el chicle, se mastica cualquier tema con avidez, se infla en efímeras burbujas y es sustituido por otro cuando comienza a endurecer. Como el chicle, estos “debates” acaban manchando el suelo, estropeando la ropa o algo peor si la burbuja estalla en cara y cabello.
Cada vez quedan menos oradores y oradoras, especie en peligro de extinción, con criterio propio, capaces de mantener debates serenos y meditados, con parámetros de diálogo que permitan una fluidez óptima de los mensajes entre cada emisor y su(s) receptor(es). El respeto al turno de palabra es algo fundamental en todo proceso de comunicación, así como la escucha activa cuando el turno corresponde a otras personas. Hubo épocas en las que las tertulias eran tertulias, los debates eran debates y las ideas volaban en total libertad.
Si algo puede empeorar, empeora. Tertulias y debates contaminan con lo más abyecto del ser humano, proyectando en la sociedad el odio y la violencia que exhiben sus señorías en escaños y ruedas de prensa, el odio y la violencia del fanatismo futbolero, de los ultras de Desokupa, de los cabezas rapadas, del machismo, la homofobia, el racismo y el sectarismo.
Pepe Morales
