Dignidad y conformismo a la carta, por Pepe Morales

rebaño ovejasSe suele pregonar de la Justicia que es ciega, aunque tal ceguera es un trampantojo que trata de ocultar lo evidente: como mucho, es tuerta; del ojo derecho para más señas, según corroboran su propia y dilatada historia y muchas de las actuaciones más recientes en todas las instancias del ecosistema togado. Lo mismo cabe decir de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y hasta de las diferentes iglesias con las que topan razón y ciencia. El triunfo de este tipo de artificios conceptuales se basa en el método goebbelsiano de propaganda, manipulación y desinformación seguido al pie de la letra por las derechas políticas y mediáticas.

Hablábamos ayer de borregos y pastores, de balidos y salmodias, y de divisas ganaderas. Los cabestros de los rebaños tienen la misión de agitar el cencerro para evitar descarríos y conatos de rebelión en la granja. La inercia hace sonar el cencerro con la misma desidia que la militancia salmodia el argumentario de partido venga a cuento o no y, si hiciera falta, distorsionará la realidad para acomodarla a sus intereses. Donde ayer hablábamos de asco hacia la España del bulo, la desinformación y la manipulación, que no del país, el interés espurio de la voz de su amo retuerce lo leído para abundar en la tesis contraria a lo escrito, ésa que da asco.

Es propia de populistas la verborrea grandilocuente para vencer voluntades y convencer al público de que su crecepelo es científico, incuestionable, casi divino. En un alarde de huida de la literalidad, instalan en la audiencia la idea de que los escritos ajenos deben ser interpretados, como la Biblia, por quien maneja las palabras como marionetas y construye verdades infalibles, irrefutables y únicas. Así, el cencerro reduce lo razonado y razonable a la palabra “asco” adosada a “lo que compartimos” (quien no lo comparta, es enemigo a batir) para desgranar acto seguido la letanía reaccionaria repetida mil veces por tertulianos, plumillas y la orquesta del Titanic facha para hacerla pasar por verdad.

El cencerro propone como alternativa al asco dos conceptos incompatibles con el pastoreo: dignidad e inconformismo, nada menos. La dignidad, en su boca, es una utopía usurpada por quienes defienden la mercantilización salvaje de las necesidades y los derechos de las personas por encima de toda ética. El conformismo es una exigencia de los pastores a la cabaña basada en el miedo al cayado, la piedra disparada con la certera honda y el ladrido amenazador del perro a todo borrego que se salga un ápice de la cañada o el aprisco. Dignidad y conformismo a la carta, aunque haya que prostituir la objetividad.

Uno se pregunta por la dignidad negada a las víctimas del decreto que condenó a sufrir y a morir a personas mayores sin seguro privado y la dignidad pisoteada, por quien lo decretó, de los familiares que exigen reparación a una Justicia tuerta y partidista. Uno se pregunta por la dignidad de quien, por frívola inacción, provocó el ahogamiento de cientos de personas y la de quienes excusan todas esas muertes de forma inmoral, como suelen acostumbrar. Uno se pregunta por la dignidad de esa misma gente al justificar el genocidio gazatí y aplaudir las agresiones y asesinatos del grosero Trump, dictador, putero, íntimo de Epstein, golpista, misógino, homófobo y racista. Comparar tales indignidades políticas con la fatalidad de Adamuz es sembrar odio interesado.

Sorprende el conformismo a la carta ofrecido por voceros y cuñados al compás de las consignas dictadas por la maquinaria reaccionaria y repetidas por los medios amansados con publicidad institucional. Mirando de cerca, en Lucena, quienes usaron el Hospital para pedir el voto y lo descartaron tras ser votados, desprecian el inconformismo indignado de asociaciones y plataformas cívicas por los engaños de Moreno Bonilla y Aurelio. En el PP lucentino, en el cordobés, en el andaluz y en el nacional apuestan de forma indignante por la Sanidad Pública como negocio de amiguetes y utilizan a sus voceros para exigir conformismo a la ciudadanía.


En los cuentos de rebaños y pastores, el lobo muerde cuando oye o lee algo que pueda incomodar al capataz o incitar a la rebelión en la granja. Si alguien dice ante lo que hay que conformarse y ante lo que no, desconfíe: bajo la piel de cordero y el cencerro acecha el lobo. Y muerde.

Pepe Morales

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