El estilo rococó, por Julián Valle Rivas
No recuerda mi hermano que, como escribiera De Prada, «Todo escritor —y esto es una norma que no admite excepciones— nace con vocación de olvido. […] Cuando aparece la tentación, cuando el escritor ansía el fervor del público, o elabora proyectos que lo alivien del olvido, está traicionando su destino. […] Sólo el escritor menor, alejado de intrigas y conciliábulos, permanece fiel a su designio…». Tampoco recordaría, de haber fabricado las metáforas, que Raniero de Mónaco se casó con Grace Kelly y Arthur Miller, con Marilyn Monroe, pese al cabezón de uno y las gafotas de otro… Aunque, en fin, hay que reconocer que el primero era príncipe y el segundo, un prestigioso dramaturgo.
Aun así, desconozco las motivaciones que exigen reducir el esmero intelectual de un texto hasta niveles tontucios o medio analfabetos, primos consanguíneos del aborregamiento social. El cerebro es un músculo cuyo desarrollo solicita una rutina que se vaya incrementando exponencialmente, de acuerdo con el avance de su madurez, y una construcción rústica de sujeto, verbo y predicado no ayuda más que a pasar el trámite sin el esfuerzo anhelado por el fortalecimiento; para ello ya existen los actuales sistemas de enseñanza, planificados para instruir en el conocimiento arrinconando la cultura del esfuerzo. Esfuerzo, constancia, dedicación y paciencia a lo largo de la etapa lectiva del alumno no se valoran en la actualidad. Los discentes son aleccionados en la cultura de la simpleza y la inmediatez, auspiciadas por imperativos inferiores al mínimo, reivindicaciones prácticas básicas, que inflan las notas medias en aras de subir escalafones en informes y esquemas internacionales. No pensar es la consigna. ¡Que no piensen!, puesto que la estupidez es simétrica o equitativa a la docilidad. Y es nuestro futuro.
Al teclear, no pretendo imponer ese estilo alambicado que mi hermano, chancero y pullista (¡pero con cariño!), adjetiva con el lema «rococó». Mis actividades al teclado no se dirigen a retorcer mente y lenguaje hasta abarrotar la narración de refinada ornamentación, cincelada con aguja reservada a coser telas de seda oriental. La armonía, en cambio, sí es objetivo a alcanzar. Asemejar el texto a una composición musical que, al leerse, emane proporción y concierto y una grata sensación de placidez, y conmueva, catalice sentidos y sentimientos. Tales acordes, sonidos diferentes combinados, configuran el continente que, para revelarse o exhibirse, requiere el contenido, ese mensaje sincero y honesto que se transmite al lector; por lo cual ha de ajustarse como si de licra se tratase. En consecuencia, el estilo no depende tanto de mí —que también, es evidente— como de la idea que deseo enviar y su grado de impresión. No se reduce la cuestión a una ejecución premeditada. Cierto es que, ante las teclas, cada cual tiene su estilo, y el mío es un estilo de armonicismo absoluta y rastreramente egoísta y solipsista, que jamás piensa en el lector; únicamente piensa, cerrados los ojos del alma durante la completa lectura, en seducir a través del compás de la pieza que conecta corazón y mente y que no aparta estilos, mientras marque el ritmo de los sentimientos… Argumento que, por supuesto, no me privará de la condenada generalización de mi hermano, al compartir ascendientes.
Julián Valle Rivas
