Inteligencia versus doctrina, por Pepe Morales

La Inteligencia Artificial, aún en pañales, va muy por delante de la Inteligencia Natural de la mayoría de las personas. En ello tiene mucho que ver la eterna dialéctica entre ciencia y creencia, entre materia y espíritu, entre lo humano y lo divino, entre progreso e involución. En tiempos de robots bajo control humano que desafían y vencen a la muerte, encontramos personas que lo fían todo a rezos a los tótems, y no es sólo gente longeva, también nativa digital, conectada, de cabello coloreado, pendientes en la lengua y vírgenes tatuadas.

Milenios de cruz y espada, de inquisición, autos de fe, hoguera, martirio, condena, pecado y culpa han dejado en las personas la impronta del miedo como sostén de la fe y de la ciencia como esencia diabólica, origen de pecados y enemiga a batir. La iglesia, para su propia supervivencia, ha usado el control de la cultura y la educación en todas sus formas para imponer su doctrina y combatir la ciencia. Hay una Europa laicista desarrollada, otra en desarrollo atada a religiones y hay subdesarrollo de Domund en África, Sudamérica y Asia.

En España es usual que gobernantes pueblerinos y aldeanos ocupen lugares destacados en las pompas y performances católicas. También es habitual que concedan bastones de mando, medallas, llaves de la ciudad, alcaldías perpetuas y otros honores mundanos a cristos y vírgenes con la solemnidad debida a Jefes de Estado o reconocidas celebridades. Estos fastos populistas son comunes a la mayoría de los gobiernos municipales sin apenas distingo ideológico por la mera utilización impúdica y electoralista de la simbología religiosa.

Del ámbito político y religioso, se pasa con naturalidad al económico y al empresarial. En fechas recientes, pasada la temporada alta de fervor místico y torrijas, el poder terrenal y el celestial han acudido al reclamo comercial de establecimientos que abren sus puertas y sus datáfonos al pueblo de Lucena. Con chaquetas inaugurales, el alcalde ha posado para los publirreportajes acompañado por un cura distinto en cada cita comprometida: uno de sotana y estola, el otro de paisano, con discreto espantaputas y hojas de olivo a modo de hisopo.

No quedan muy lejanos los tiempos en que las imágenes de cristos y vírgenes, en marco barroco o con chinchetas colgadas, presidían hogares y negocios en dura competencia con Juanito Valderrama en barberías, Pamela Anderson en talleres, Rocío Jurado en zapaterías o Butragueño en fontanerías. Eran tiempos en que una cruz, solitaria o flanqueada por fascistas, estigmatizaba las aulas de la Escuela Pública y las consultas de los Ambulatorios. Los oscuros y aciagos tiempos del nacionalcatolicismo vuelven hoy con postureo populista.

Está muy bien que cada comunidad exprese su folclore ancestral en completa libertad y que se declaren sus fiestas populares de interés turístico. El levantamiento de piedras o el corte de troncos en Euskadi, los castells en Catalunya, las fallas en Valencia y los carnavales o la semana santa en toda España, son manifestaciones folclóricas que sirven para descansar unos días y para aligerar bolsillos. Todos estos eventos causan molestias (ruido, movilidad, suciedad, por ejemplo) y gasto público, soportables cuando afectan a unas pocas fechas.

No es tolerable que toda la población, le guste o no, vea alterada su vida diaria a cada poco con la excusa del folclore o que éste contamine la docencia y la convivencia en los centros escolares de titularidad pública. Es inadmisible el adoctrinamiento católico con obispos en las aulas o aterrorizar al alumnado de guardería, hasta desatar los llantos y encoger los corazones, con el insufrible estridor de una corneta tocando el torralbo. La religión es un asunto privado y se debe respetar al no creyente. La cosa se está yendo de las manos.

Pepe Morales

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