LA DIGNIDAD DE NO CONFORMARSE, por Fernando Manuel García Nieto

Designer 12Decir que una persona siente “asco de ser español” puede sonar rotundo; pero no ilumina el problema, lo oscurece. Confunde al país con quienes lo gestionan y convierte un malestar legítimo en un rechazo improductivo. No es lo mismo aborrecer la ineficacia que despreciar aquello que compartimos. Precisamente porque la libertad de pensamiento es el oxígeno de una democracia, conviene ejercerla sin convertir la crítica en autodescrédito.


Toda persona tiene derecho a expresar su juicio, por ácido que sea. Faltaría más. Ahora bien, hay una frontera, a veces invisible pero real, entre el cabreo legítimo y el nihilismo estéril. Cuando la ciudadanía encoge el gesto ante el enésimo titular de mala gestión o siente que la confianza en las instituciones se le escurre entre los dedos, no es por capricho ni por masoquismo: es una señal de alerta democrática.


Pensemos en el accidente ferroviario de Adamuz. Las preguntas que muchas personas se hacen, sobre mantenimiento, decisiones técnicas o responsabilidades, no nacen del odio a su país, sino del compromiso con la vida de quienes viajan, con el uso de los recursos públicos y con la rendición de cuentas. Ese descontento no es un defecto de fábrica; es, de hecho, un síntoma de salud cívica.


Por eso conviene precisar las palabras. El asco es una emoción de retirada; la indignación, una energía de transformación. Confundir la ineficacia de una administración con la esencia de una nación es un error de bulto. España no es un boletín oficial, ni un despacho, ni la suma de fallos logísticos en un tramo de vía. España es la exigencia de que esas vías funcionen; es la cultura de pedir explicaciones a quien decide; es la libertad de decir “esto no me gusta” y convertir esa frase en el principio de una solución.


Esto se entiende mejor cuando miramos de cerca. En Lucena, asociaciones vecinales y plataformas cívicas han demostrado que la indignación bien encauzada consigue cambios: desde reclamaciones por servicios públicos hasta propuestas concretas para mejorar la movilidad, la seguridad o el mantenimiento de espacios comunes. No se trata de exhibir banderas ni de renegar de ellas, sino de cuidar lo que es de todos con una vigilancia serena y perseverante. En lo local se aprende una lección útil: lo que se nombra con rigor se puede corregir; lo que se desprecia sin matices se abandona.


Separar la paja del trigo exige calma: distinguir bulos de datos, errores de responsabilidades, y opiniones de decisiones verificables. La ciudadanía es perfectamente capaz de reconocer cuándo algo no funciona; y también de exigir que funcione sin por ello desautorizarse a sí misma. La crítica fundada no degrada la convivencia: la fortalece.


Menos golpes de pecho por la supuesta vergüenza de pertenecer y más rigor para señalar con nombre y apellidos aquello que debe mejorar. Podemos, y debemos, ser profundamente críticos con la gestión de lo público por parte de nuestro Gobierno, porque sobran los motivos. Pero la salida no es el desprecio: es la exigencia. No necesitamos sentir asco de nuestro país; necesitamos exigirle más. Eso es, sencillamente, dignidad democrática.

Fernando Manuel García Nieto

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