La moral de trinchera y la quiebra de la moderación, por Fernando Manuel García Nieto
La reflexión en torno a la moral y la ética en el debate público contemporáneo pone de relieve una deriva preocupante: la transformación de la política en una confrontación de bandos donde el adversario deja de ser un legítimo oponente ideológico para convertirse en un enemigo moral. Cuando las discrepancias técnicas y de gestión se trasladan al plano absoluto del bien contra el mal, la democracia liberal entra en una fase de desgaste que erosiona los espacios de encuentro y centralidad.
Un claro ejemplo de esta tendencia se observa en ciertos análisis de cariz progresista en los que se retuerce el concepto de la moral y la ética para descalificar de manera apriorística las ideas liberales y conservadoras. El error de este enfoque reside en una profunda ceguera ante “la viga en el ojo propio”: se asume desde la izquierda una supuesta superioridad ética ligada a la justicia social o el progreso, mientras se obvia de forma sistemática que el uso táctico de la moral es una herramienta de descalificación empleada con simetría especular por ambos extremos del espectro político.
Históricamente, la apelación a los valores y principios éticos no ha sido patrimonio exclusivo de ninguna corriente.
Desde la izquierda se tiende a etiquetar cualquier medida de rigor fiscal, reforma de mercado o defensa del orden público como insolidaria o carente de empatía, deslegitimando al adversario bajo el prisma de la vanguardia social. Y desde la derecha se denuncian las políticas intervencionistas o colectivistas como ataques directos a la libertad individual, la legalidad institucional y la cultura del esfuerzo.
Este uso instrumental de la moral se alimenta, además, de un fenómeno global marcado por el paralelismo en la resurrección de los extremos ideológicos. Tal como recuerda la resolución del Parlamento Europeo sobre la memoria histórica de 2019, tanto el nazismo/fascismo como los regímenes comunistas totalitarios dejaron un saldo de catástrofes humanitarias equiparables. Hoy en día, la dialéctica pública recurre interesadamente a estos fantasmas para inocular miedo: se agita el peligro del neofascismo frente a cualquier giro conservador en materia de soberanía, mientras se blanquean o minimizan las derivas iliberales, el populismo autocrático y el intervencionismo asfixiante que replican esquemas de raigambre comunista en Europa y en Iberoamérica. El resultado es un tablero en el que ambos extremos se acusan recíprocamente de falta de moral, quebrando por completo la moderación.
Esta quiebra de los espacios templados no surge de la nada; puede responder a una doble causa estructural y tecnológica que ha transformado la esfera pública. Por un lado, los partidos tradicionales renunciaron a su papel histórico de mediación, síntesis y búsqueda de grandes acuerdos, prefiriendo atrincherarse en relatos identitarios simplificados para fidelizar a sus bases. Por otro lado, el impacto de los entornos digitales y los algoritmos de las redes sociales ha premiado de forma implacable la polarización emocional, el titular estridente y el maniqueísmo, castigando cualquier matiz o complejidad argumental.
Cuando se utiliza la moral como trinchera, se incurre en un grave sesgo de legitimidad democrática que ignora deliberadamente el pluralismo axiológico. Las ideas liberales y conservadoras no carecen de ética; se sustentan en una concepción legítima basada en la responsabilidad individual, la libertad de elección, la limitación del poder estatal y la preservación de las instituciones que garantizan el Estado de derecho. Sostener un doble rasero, en el que se denuncia la quiebra de la convivencia ajena mientras se justifican o pasan por alto las propias alianzas con populismos autocráticos o la erosión de los contrapesos institucionales, invalida cualquier pretensión de superioridad moral.
La política democrática no puede sostenerse sobre la deshumanización del discrepantе. Reducir la pluralidad ideológica a una batalla entre la luz de la virtud propia y la oscuridad reaccionaria del otro bloquea cualquier salida constructiva a los problemas reales de la ciudadanía. Recuperar la salud democrática exige abandonar el monopolio de la ética, reconocer la legitimidad de las diversas concepciones del orden social y asumir que el disenso no es una patología moral que deba ser extirpada, sino el fundamento indispensable de una sociedad abierta.
Fernando Manuel García Nieto
