La moral, por Pepe Morales

Se trata de un concepto abstracto, un constructo cultural, que afecta a las personas a nivel individual y colectivo y regula su proceder en relación con los conceptos de “bien” y “mal”. Se puede considerar como un conjunto de normas, valores, costumbres y creencias que ajustan las conductas personales en la sociedad en función de lo que es considerado bueno o malo, correcto o incorrecto. Transmitida de una a otra generación a través de la familia, el sistema educativo y la cultura, está sujeta a cambios en las diferentes sociedades y épocas.

Aunque opera en el imaginario colectivo como sinónimo de moral, la ética responde a una reflexión filosófica y crítica sobre la misma y el fundamento de sus valores, en un plano más colectivo que individual, más social que personal. También comparte afinidad semántica con lo espiritual, lo religioso, que trata de trasladar a la sociedad cierto maniqueísmo radical con el objetivo de imponer preceptos privados en el ámbito público de forma dogmática y legal.

En una sociedad plural, diferentes posiciones ideológicas tienden a apropiarse de conceptos vagos o abstractos como Patria o Libertad dotándolos de significados afines a su ideario político, en muchas ocasiones de forma sectaria y excluyente. Lo mismo ocurre con la Moral y la Ética, agravando la situación el hecho de que la apropiación traspasa el ámbito de lo grupal hacia una atomización individual, en cualquier caso de forma interesada y sesgada.

A tal punto se entrelazan los términos y sus conceptos que, en muchas ocasiones, es necesario acudir al origen de las normas y las creencias de la comunidad o al modo en que las personas asumen sus valores para contextualizar determinadas conductas. Es evidente la coexistencia sincrónica de una moral religiosa con otra laica y una tercera social o cultural que pueden ser ejercidas por las personas de forma pública (social) o privada (individual).

No es extraño que moral y ética sean utilizadas como armas arrojadizas en determinados ámbitos para zaherir por unos a quien observa un comportamiento considerado amoral y contrario a la ética, con argumentarios de ida y vuelta que poco después son utilizados por los segundos en contra de los primeros. Es lo que tienen los conceptos abstractos y el escaso rigor con que son usados de cara a un público con el pensamiento crítico castrado.

La elasticidad y la laxitud del concepto “moral” lleva a paradojas como la de que muchos autoproclamados cristianos no aprecien contradicción al justificar el genocido en Gaza, las guerras instigadas por EEUU, la criminalización de extranjeros pobres, la persecución de quienes practican la diversidad afectiva, la especulación de los mercados o el desahucio de Maricarmen (los desahucios). ¿Con padrenuestros y avemarías se restaura la inmoralidad?

La moralidad, entreverada con el patriotismo, lleva a situaciones peligrosas cuando la moral autónoma (cada persona actúa según sus propios principios racionales y su conciencia) es sustituida por la heterónoma (las normas son impuestas por miedo a un castigo). A grandes rasgos, es lo que sucede hoy en un mundo que ha olvidado el asalto a la vida derivado de la moral fascista para repetir el error reemplazando la figura de Hitler por la de Donald Trump.

No es un caso aislado. En España, el nacionalcatolicismo de la dictadura de Franco vuelve por sus fueros de la mano de Aznar, Ayuso, Abascal, Feijóo, los grises y el TOP. En Italia, Meloni recupera la figura de Mussolini, En Argentina, Milei reencarna a Videla. En Chile, Pinochet es resucitado por Kast. En este mundo globalizado, el fascismo vuelve a ser una amenaza real y muy próxima en el tiempo. Hasta Alemania. Y no se trata de casos aislados.

Pepe Morales

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