Mirar a otro lado, por Pepe Morales

Entre las miserias más practicadas por la humanidad está la de mirar a otro lado, desviar la vista y la razón ante lo desagradable y, en muchas ocasiones, perjudicial. Se trata de una reacción infantil basada en la creencia de que, cerrando los ojos, desaparecen los peligros y los problemas, una reacción egoísta y nada eficaz aprendida en sociedad desde la infancia en forma de hábito como el hablar, el comer, la higiene o montar en bici: “¡Niño: eso no se dice, eso no se hace, eso no se piensa!”. La variable política se conoce como equidistancia.


Pensar, como el pilates o el yoga, es un sano ejercicio al alcance de todo el mundo aunque no todas las personas lo practican. Analizar, sopesar y ponderar –razonar con pensamiento crítico– es como el ajedrez: necesita conocimiento, estudio y práctica, algo que provoca rechazo en la mayoría de la población. Opinar y despotricar en público es como caminar, algo que se hace de forma mecánica, instintiva, como una rutina necesaria e inevitable que todo el mundo practica, pero poca gente lo hace con calzado, frecuencia y ritmo adecuados.


Por norma general, mirar a otro lado suele conllevar mala conciencia y cierta incomodidad, por “el qué dirán”. Para sortear estas aflicciones, quienes crean las situaciones incómodas suelen aportar sofismas en forma de argumentarios simples a los que el personal se aferra como a un clavo ardiendo. Es terreno abonado para que el “cuñadismo” dé rienda suelta a sus fobias, detrás de las cuales no es excesivamente complicado identificar sus filias. Pero no comente usted nada al respecto para no alterar en demasía a la bestia que llevan dentro.


La barra del bar, la peluquería, la puerta del colegio, el parque, los eventos familiares o las reuniones con amistades suelen ser escenarios preferentes para, como acostumbran a decir con pretendida pero espuria audacia, “mojarse” y soltar de carrerilla el argumentario aprendido, poniendo por testigo a tal o cual personaje o medio de comunicación que para el “cuñado” gozan de infalibilidad papal. Antes de la osadía, exploran al auditorio para detectar la presencia de desconocidos o, mucho peor, de conocidos capaces de pensar y rebatirles.


Quienes miran a otro lado suelen hacerlo de frente si alguien “se moja” y opina, pongamos por caso, sobre diversidad afectiva, migración, religión o dignidad laboral. Si quien se moja es alguien a quien consideran inferior, una ráfaga de mentiras y medias verdades saldrá disparada de sus bocas en tono agrio y autoritario, elevando la voz para ser oídos sobre los demás y acallar posibles réplicas, que es la forma habitual que tienen de llevar razón. No se reprimen a la hora de recurrir, si hiciera falta, al insulto y la descalificación de forma grosera.


Tan chabacana oratoria es la que enseñan en las tertulias sobre temas sociales, políticos o deportivos que tienen lugar a diario en radios y televisiones. Un ejemplo es El Chiringuito de Bufones, pero hay más. En esta escuela de comunicación también enseñan que una misma persona, sin más aval que ser tertuliano o tertuliana, está capacitada para hablar en diez minutos sobre oscilación de flujos de potencia en la red eléctrica, especies de la Amazonía y del bosón de Higgins. Todo ello sin “mojarse”, vaya a meter la pata y pierda chollo y fama.


Así, el machismo sobrevive gracias a quienes no son machistas ni feministas, la homofobia se alimenta de quienes toleran la homosexualidad dentro del armario, el racismo se apoya en quienes no son racistas… ¡peeeero! y el fascismo expande sus raíces en quienes no son de izquierdas ni de derechas. Son algunas formas de mirar a otro lado de quienes se quejan por todo y culpan a todos de sus miserias y desgracias. Haga la prueba: pregunte al cuñado qué opina del genocidio en Gaza y no se sorprenda si contesta “Yo no entiendo de política”.

Pepe Morales

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