Saga Bond: Daniel Craig (IV), por Julián Valle Rivas
Llámese pundonor, dada la inesperada cumbre milmillonaria de «Skyfall», llámese mano bien untada con manteca verde o llámese atracción y convencimiento por la historia propuesta, como finalmente confesó Sam Mendes, quien había aceptado repetir como director de la nueva entrega, hecho que no ocurría desde la era Timothy Dalton, con John Glen. Por apuntarse a la fábrica de moneda y timbre, también se apuntó el mismo Daniel Craig, como coproductor y con facultades de decisión en el guión.
El caso es que los fajos de billetes que se iban acumulando imparablemente sobre la mesa actuaron a modo de pila alcalina, potenciando la capacidad inspiradora del trío de escritores John Logan, Neal Purvis y Robert Wade, componiendo una historia en consonancia con su anterior guión, para la que aprehendieron algunas referencias del personaje de Hannes Oberhauser del relato «Octopussy» (1966), con más profundidad de personajes y un Bond más experimentado que sus compañeros, quienes no dejarán de confiar en él y ayudarlo. Y una historia rematada con un material clásico de la saga: la organización criminal SPECTRA y su jugoso entorno, aprovechando que en 2013, a raíz, de nuevo, del tirón de «Skyfall», lo habían logrado. Merecería artículo aparte el culebrón de los derechos de «Operación trueno» y el litigio con Kevin McClory. Sólo recordar que Ernst Stavro Blofeld, Número 1 o jefe de SPECTRA, fue un personaje creado para «Operación trueno» (1961) que constituyó la trilogía de novelas consumada con «Al servicio secreto de Su Majestad» (1963) y «Sólo se vive dos veces» (1964). Como tecleaba, el impacto de «Skyfall» reforzó la posición de MGM y Danjaq para alcanzar un acuerdo con los herederos o gestores del patrimonio de McClory y rebajar la idea alternativa o plan b de la organización Quantum a mera sucursal olvidable y olvidada. Aprobada, pues, por director, actor y productores la historia de Logan, Purvis y Wade, éstos emprendieron el trabajo de redactar el guión, cuyo lustre fue encargado a Jez Butterworth, de quien, se dice, había colaborado para «Skyfall» sin acreditar. Butterworth era y es un dramaturgo y guionista, que perfeccionó, sobre todo, los diálogos entre 007 y el villano, y cuyos últimos trabajos serían las recomendables series para televisión «La agencia» (2024) y «Tierra de mafiosos» (2025).
La premisa de actuación del equipo se aferraba a la seña de identidad de la saga, al realismo, a la primacía de lo material o artesanal, reduciendo a la mínima expresión el empleo de los efectos visuales, a cargo de Steven Begg, supeditados a la superposición de imágenes o a completar escenarios en el montaje final. Quizá por eso, al supervisor de efectos especiales y miniaturas, veterano de la casa, Chris Corbould, se le dejó montar la mayor explosión de la historia del cine (volando por los aires el complejo de Blofeld), con ocho mil ciento cuarenta litros de queroseno, veinticuatro cargas con un kilogramo de explosivo cada una y un ordenador conectado a cada explosivo. «Una toma —se vanagloriaba Mendes, testigo privilegiado de la proeza en el paraje desértico marroquí—. Subes las escaleras, línea de diálogo, la mayor explosión de la historia del cine, plano de salida, corte». También destacó Corbould en la genial explosión y derrumbe de la escena mexicana, llevada a cabo en los estudios Pinewood. Para volver a aspirar a la perfección en las secuencias de acción, se mantuvo la confianza de la dirección y fotografía de la segunda unidad en Alexander Witt, quien extremó la escena de persecución de coches por las calles de Roma, para la que recurrieron a ocho Aston Martin DB10, fabricados a medida para la película; incluso el equipo técnico de Fórmula 1 Williams acondicionó su modelo del Jaguar C-X75 de híbrido eléctrico a motor de combustión interna. Aunque su intervención no ha sido tan constante como la de otros integrantes, la labor de los directores de fotografía siempre ha sido digna de reverencia. Hoyte Van Hoytema sumaba una década de experiencia en producciones de la región de Escandinavia, expandiendo su trabajo con «The Fighter» (David O. Russell, 2010), la maravillosa «El topo» (Tomas Alfredson, 2011) o «Her» (Spike Jonze, 2013), cuando fue recomendado a Christopher Nolan y fotografió una brillantez, «Interstellar» (2014), para encabezar la filmografía del director y guionista británico. Para la fotografía de esta entrega de la saga elabora Van Hoytema una magistral paleta de colores, desde la vívida miscelánea mexicana hasta la tonalidad anaranjada romana, algo difuminada en el interior de la casa de Lucia Sciarra, pasando por los níveos blancos azulados del escondite austríaco del Señor White (qué goce de plano, el de Bond aproximándose a la cabaña todo de negro, como deslizándose sobre la superficie de la laguna), más sucios para el interior de la cabaña, los apagados para la clínica o el juego de sombras en la reunión de la organización criminal. Al hilo de Christopher Nolan, habitual suyo era el editor Lee Smith, cuyos inicios compaginó con la edición de sonido, y se había distinguido, además, en los títulos de Peter Weir «El show de Truman» (1998) y «Master and Commander: Al otro lado del mundo» (2003), validando su profesionalidad en el resultado del largometraje. El diseñador de producción Dennis Gassner persistió en ese enfoque de exterioridad y verismo por el que venía apostando desde las últimas entregas, y hay que reconocerle que, de consuno con Mendes y sus asistentes, construyó una secuencia mexicana esmerada, meticulosa hasta el perdido pormenor del encuadre (absorbió un alto porcentaje del presupuesto), entre la plaza Manuel Tolsá y la de la Constitución (o el Zócalo), con mil quinientos extras, ciento setenta maquilladores y cuarenta especialistas mezclados entre la multitud. El especialista en acrobacias aéreas en helicóptero Charles Aaron, a los mandos de su Messerschmitt-Bölkow-Blohm Bo 150 de Red Bull, amoldado con una manita de pintura para el evento, se ocupó del particular pilotaje en México, dejando los tirabuzones y otras locuras, por seguridad y calidad del aire, para la zona abierta de Palenque. Thomas Newman se debió ganar un sobresueldo únicamente por la sutilidad en la recreación de la naturaleza diegética y extradiegética del plano secuencia de la introducción mexicana, sin desmerecer la restante aportación a la banda sonora. Pese a ser una bonita canción la escrita e interpretada por Sam Smith, su voz se me suele antojar en exceso aguda para la saga.
Al consolidado elenco conformado por Ralph Fiennes, Naomie Harris, Ben Whishaw, Rory Kinnear y el regreso de Jesper Christensen, se añadió al actor de moda (no por ello menos magnífico) Christoph Waltz. Hasta la fecha, en la columna del débito de la saga, imperdonablemente, había permanecido el nombre de Monica Bellucci, quien, a sus cincuenta y un años, nada había de envidiar a actrices pasadas, presentes y futuras. La francesa Léa Seydoux irradiaba talento innato y supo ofrecer ese punto de experiencia buscado por el director y los productores. La presencia física de Dave Bautista no puede ocultar, con expresa remisión a su filmografía, la versatilidad de su faceta actoral. El muy solvente dublinés Andrew Scott había forjado su carrera circulando sin reparo del teatro a la televisión y al cine, adquiriendo su mayor fama con la serie «Sherlock» (2010-2017). Equipo artístico con el protagonismo absoluto, claro está, de Daniel Craig, cuya imagen frente a la boca del cañón recobra, en 2015, la apertura del metraje para «SPECTRE».
«Los muertos están vivos». México DF. 2 de noviembre. Día de Muertos. La multitud abarrota las calles de la ciudad. Comparsas, pasacalles, bailes, música, disfraces y celebración de la fiesta. Un personaje vestido de blanco, enmascarado y con sobrero, cruza el plano que pasa a centrarse en una pareja igualmente ataviada para la ocasión. En una secuencia, la cámara sigue a la pareja hacia el interior de un hotel, toma el ascensor y, apasionada, entra en la habitación. Ella (Stephanie Sigman), sensual, se acerca a la cama, preparada para un momento sicalíptico, cuando, al girarse, su acompañante se ha deshecho del disfraz y aparece impecablemente trajeado y con una Glock 17 con el kit KPOS al hombro. El amante no es otro que James Bond, 007. Todavía en secuencia única, Bond sale por el balcón, camina por la cornisa y espía la habitación del edificio vecino, donde el misterioso personaje de blanco, Marco Sciarra (Alessandro Cremona), se ha reunido con un par de mafiosos para cerrar un enigmático trato. Se habla de una cita a las seis de la tarde (un inmediato detalle del reloj de la fachada indicará que son las cinco menos cinco) y del Rey Pálido. Dispuesto 007 a descargar el arma sobre los malos, el humo del tabaco delata el láser. Tanda de disparos y una explosión que derriba la fachada sobre el lugar del Agente, quien trata de librarse del aplastamiento, sin impedir caer entre las ruinas. También se ha librado Sciarra, y una mirada entre los dos basta para que éste emprenda la huida, valiéndose del gentío para camuflarse. En la plaza lo aguarda un helicóptero al cual Bond sube, iniciándose una pelea a muerte con victoria, por supuesto, para 007, quien, a los mandos de la aeronave, examina el curioso anillo arrebatado del dedo de Sciarra, con el grabado del símbolo de un pulpo. En el despacho de M (Ralph Fiennes), enfurecido por la difusión mediática de los acontecimientos de México y la parca justificación de Bond, le advierte de la delicada situación del Servicio doble cero, con la inminente restructuración de agencias y la fusión con el MI5. Bond está suspendido indefinidamente. Coincide la sanción con la presentación de Max Denbigh (Andrew Scott), Jefe del Servicio de Seguridad Conjunto, encargado del nuevo Centro de Seguridad Nacional y del proyecto de red de vigilancia global, que implica a nueve países («Nueve Ojos»), a quien 007, socarronamente, apoda como C. Durante la noche, Moneypenny (Naomie Harris) entrega a Bond en su casa de Londres los restos recuperados de la finca Skyfall (hallará documentos de la adopción temporal de James Master Bond y una foto algo quemada de su juventud con su padre adoptivo y el hijo, cuyo rostro ha desaparecido) y éste le muestra el vídeo que recibió tras el fallecimiento de la anterior M (Judi Dench), en el cual ella le ordena la que ha sido y será su misión, que encuentre a Sciarra, lo mate y asista a su funeral. El funeral será en Roma dentro de tres días. Convocado en la guarida secreta de Q (Ben Whishaw), se le inyecta a Bond nanotecnología de control y localización, si bien le pide al Jefe de Intendencia que oculte su posición durante un tiempo. El suficiente para apropiarse del Aston Martin DB10 y viajar hasta Roma, donde la narración del funeral de Sciarra atiende a un extraño personaje, que se percata de la presencia del Agente británico, y a la viuda, Lucia Sciarra (Monica Bellucci), desamparada y en peligro de muerte. Precisamente, esa misma noche, en su casa, Bond la salva de ser asesinada. Seducida y necesitada, Lucia se deja llevar por el amor del Agente y le revela la reunión de la organización criminal a la que pertenecía su marido, que se celebrará a medianoche. No si antes procurarle a la viuda la protección de su amigo Felix Leiter, y recurriendo al anillo conseguido en México (simple añagaza, pues todos los secuaces están prevenidos), Bond se adentra en la asamblea general de la organización, uno de cuyos puntos del día será la selección de los postulantes a asesinar al Rey Pálido, imponiéndose las credenciales de Hinx (Dave Bautista). A continuación, el presidente de la asamblea villanísima (Christoph Waltz), quien parece conocer bien a Bond, lo descubre, comenzando una persecución en coche por las calles de Roma, con Hinx al volante de un Jaguar C-X75, tras él. Aprovecha 007 el tranquilo paseo por la ciudad italiana para llamar a Moneypenny, quien le informa que el Rey Pálido no es otro que el Señor White (Jesper Christensen), pidiéndole que investigue a Franz Oberhauser. Parecía muerto en avalancha Oberhauser, junto a su padre, resultando no ser así, porque era él el presidente de la asamblea villanísima. A costa de la integridad material del Aston Martin, como de costumbre, esquiva Bond a Hinx, para acudir al escondrijo austríaco del Señor White, donde se refugia al borde de la muerte, envenenado por talio. Antes de suicidarse con el arma de Bond, le confiesa que la pista que pretende comprende proteger a su hija, en la Clínica Hoffler, para que lo conduzca hasta L’Americain. En la clínica, el primer contacto con la doctora Madeleine Swann (Léa Seydoux) es poco fructífero. Surge Q para echar una mano, poniéndose a analizar el anillo de Sciarra, en tanto sortea la presión de unos sicarios, y 007 se lanza al rescate de Madeleine, secuestrada por Hinx y su equipo de paniaguados. Proyectada la oportuna secuencia de acción, que manifiesta la inmune condición de la pareja (y la inmortalidad de Hinx), se salta a la explicación de Q acerca del anillo, vinculado a los malvados de las entregas anteriores de la era, rematada por Madeleine con el nombre de la organización: SPECTRA. L’Americain, en Tánger, era el hotel donde los padres de Madeleine pasaron su luna de miel. Allí, una habitación secreta construida por el Señor White concede a la pareja unas coordenadas en pleno desierto, hacia donde se dirige en tren (ella le cuenta un suceso de su infancia que servirá de base para la siguiente entrega de la saga), para terminar de enamorarse durante el trayecto, previo ataque de Hinx, contrarrestado por medio de actuación conjunta. Mientras, en Londres, M, derrotado por el programa Nueve Ojos y abatido por la impotencia, apercibe a Q y Moneypenny, deseosos de ayudar a Bond, de que 007 está solo en su misión y que deben destruir todo el sistema de seguimiento y documentación. El desértico complejo maloso que se ha montado Oberhauser para desarrollar sus mefistofélicos planes escenifica un sector del metraje que mezcla en coctelera fría la exposición del perverso objetivo, desde luego, con todo el programa Nueve Ojos a su disposición y con C en nómina; el rencor y la envidia de Oberhauser al hijo adoptado, por los que asesinó a su padre y fingió su propia muerte, para resucitar como Ernst Stavro Blofeld; la tortura de Bond; el recurso del clásico reloj bomba, que hiere a Blofeld y otorga la evasión de la pareja; y la megalítica explosión del maligno complejo. De vuelta a Londres, habrá de acaecer el desenlace. Pronto, Madeleine, incapaz de soportar el estilo de vida o de cambiar a Bond, se desvincula del equipo táctico formado por él, M, Q, Moneypenny y Bill Tanner (Rory Kinnear). Los esbirros de turno fuerzan a 007 a personarse en el antiguo edificio del MI6, acondicionado para ser derruido con explosivos; de manera que los demás se encaminan hacia el Centro de Seguridad Nacional con la intención de jaquear el sistema y detener a C. Ambos argumentos transcurren en paralelo. El del Centro de Seguridad concluye con el jaqueo del sistema y la accidental muerte de C, al enfrentarse a M. Por su parte, el protagonizado por Bond teatraliza los variados decorados montados por Blofeld, demonizándole y responsabilizándole del contexto. Perdido un ojo por las heridas infligidas en su complejo, anuncia a 007 que hará explotar el edificio en tres minutos y que Madeleine está ahí encerrada. A contrarreloj, con el villano a escape en helicóptero, Bond corre desesperado de un rincón a otro, hasta que (¡oh, milagro!) da con Madeleine justo para tirarse en altura sobre una red de protección y abandonar en lancha el edificio antes de la explosión. A lo largo del Támesis, aún 007 dispara al helicóptero (¡cuidado con la efectividad en distancia de sus pistolas!). Acierta al motor, el helicóptero cae, Blofeld sobrevive, arrastrándose mal herido, cual serpiente, sobre el asfalto; Bond lo alcanza, apunta con su Walther PPK; a cada uno de sus lados, no muy lejos, M y Madeleine lo contemplan; el dilema: continuar siendo un asesino o dejar de serlo; Blofeld le insta a disparar, ha de decidirse. James Bond decide no matar, arroja su arma y se marcha con Madeleine. El largometraje se cierra con Bond pidiendo un último favor a Q, y, sentando en su viejo Aston Martin DB5 (de reparaciones en la Sección), Madeleine en el asiento del copiloto, arranca el viaje hacia un futuro por escribir.
Denostada y criticada en años recientes, considero «SPECTRE», en cambio, un gran producto, al nivel brindado por el periodo Craig. Entretenida, emocionante. Aventuras, acción. Múltiples escenarios, realismo en los efectos, excelente fotografía, buena banda sonora, bien rodada, mejor montada, espectáculo a raudales, historia interesante, Monica Bellucci… Tal vez, Christoph Waltz vaya sobrepasado (¡pero qué villano de la saga no desborda la excentricidad y el histrionismo!) y las motivaciones de su personaje no se hayan elucidado correctamente. O Léa Seydoux no fuera la mejor elección para el papel, como pareja de Craig, entendiendo la eterna juventud que aparenta el rostro de la actriz y la notable diferencia de edad entre ambos (diecisiete años). O el enamoramiento de la pareja sea desmesuradamente fulminante o automático. O la narración se desvíe en algún que otro circunloquio. O no recaudara los mil millones (¡pero no se desprecian sus casi novecientos!). O los denostadores y críticos exageren en demasía. Porque «SPECTRE» es una película grande, como se escribe, con todas sus letras en mayúscula.
Julián Valle Rivas
