Saga Bond: Daniel Craig (y V), por Julián Valle Rivas

sin tiempo para morirLa pandemia y sus efectos fueron algo inesperado, incluso para la productora de una saga de más de cincuenta años de antigüedad, cuya estructura de trabajo estaba tan calibrada que tenía en plantilla a dos generaciones de técnicos, auspiciando una esencia y una uniformidad, una marca registrada.


    En consecuencia, la preproducción se puso en marcha en 2016. Finiquitado el acuerdo (o lo que sea que hubiera) de MGM con Sony, lo que se hacía extensivo a Columbia y a 20th Century, la distribución sería a cargo de Universal. Danny Boyle era un director británico más que contrastado, había sido el encargado de la gala inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, lo que había sumado un corto en el cual 007, interpretado, cómo no, por Daniel Craig, recogía a la reina Isabel II en el palacio de Buckingham, para llevarla hasta el evento. Con tales precedentes, Boyle aceptó dirigir la siguiente entrega de la saga. Enfrascado en la segunda, y muy reclamada, parte de «Trainspotting» (2017), entró de lleno posteriormente, ofertando a los productores una miríada de conceptos e ideas para el personaje y la saga, que les hicieron rechinar los dientes. No terminaron de convencerse, y los ánimos y la confianza se desvanecieron. Danny Boyle dejó el proyecto. Previsto el inicio de la producción para diciembre de 2018, hubo de ser interrumpido.


    Teclear sobre los productores implica teclear sobre el mismo Daniel Craig, quien participó en todas las facetas del largometraje. Expirado su contrato, se reenganchó, esperando redondear una etapa que se había caracterizado por una evolución y un desarrollo biográfico incesante del personaje principal. Quizá los productores pensaron que agotar el periodo Craig con un Jamen Bond feliz y amante esposo, desligado del MI6, y un Blofeld entre rejas no era manera de terminar con la historia de un personaje inexorablemente vinculado al servicio de Su Majestad, adicto a los excesos y marcado por la muerte y la tragedia, cuya esposa había sido asesinada el día de la boda. Dado que el retraso era perder dinero, se hacía perentorio elegir un director que comenzara a trabajar. Cary Joji Fukunaga era un director estadounidense que, cumplidos los cuarenta y un años, había sido reconocido y premiado desde su época de estudiante. Gravitante del panorama independiente, «Jane Eyre» (2011), la dirección y producción de la prodigiosa primera temporada de la serie «True Detective» (2014) y su participación en el guión de «It. Capítulo I» (Andy Muschietti, 2017) avalaron su selección. Pronto elaboró, junto con el inseparable tándem Neal Purvis y Robert Wade, una historia que el trío se preocupó de trasladar a un guión, en el cual Craig tuvo mucho que sugerir, como el encarecido toque de la actriz y guionista británica Phoebe Waller-Bridge, en pleno éxito por sus series «Crashing» (2016), «Fleabag» (2016-2019) y «Killing Eve» (2018-2022). Y sesgos de todos ellos se aprecian en el resultado, por ejemplo, la primera parte de la introducción, los planos cenitales y el plano secuencia de las escaleras de la base enemiga se me antojan sello de Fukunaga, como apostaría que el papel de Ana de Armas, igualmente recomendada por Craig, después de trabajar con ella en «Puñales por la espalda» (Rian Johnson, 2019) —precisamente, gracias al retraso en la producción de la entrega—, sería obra de Waller-Bridge. Finalmente, sin acreditar, se cita la labor del cineasta y dramaturgo Scott Z. Burns, con el objetivo de perfilar algunos personajes e historias.


    Alexander Witt retomó la dirección y fotografía de la segunda unidad. La dirección de fotografía del sueco Linus Sandgren, baqueteado en el corto y la televisión desde la década del 2000, se favoreció con títulos como «La gran estafa americana» (David O. Russell, 2013) o la maravillosa «La La Land» (Damien Chazelle, 2016); en el año 2025, ha sustituido al fantástico Greig Fraser para la fotografía de la tercera parte de «Dune», de Denis Villeneuve (año y director volverán a ser tecleados en las líneas de colofón). Se mantiene la transcendencia de la destreza de Chris Corbould y su equipo, para los efectos especiales, complementados por los efectos visuales supervisados por Charlie Noble. Se construyeron, «ex professo», ocho Aston Martin DB5, una rampa de ocho metros adherida a la muralla para el salto en moto, que el especialista Paul Edmondson hubo de afrontar a cien kilómetros por hora, y se persiguió superar el grado de la explosión de la anterior entrega, con tanques de butano, detonadores computarizados y ciento treinta y cinco kilogramos de explosivos. El diseñador de producción de Mark Tildesley, con aires residuales de la relación de Danny Boyle con el proyecto, dotó a su obra de una naturaleza más unida al estudio, rompiendo los esquemas del periodo Craig, la cual transitó entre el brutalismo de la base isleña y el realismo de la recreación de La Habana en Pinewood. La edición fue actividad conjunta de Tom Cross y Elliot Graham. Para la banda sonora, se contrató al mismísimo maestro Hans Zimmer, cuyo conocido «muro de sonido» repiquetea en los momentos de mayor tensión y acción. La canción principal, interpretada por Billie Eilish, coautora con su hermano Finneas O’Connell. Y, tributo a un Bond enamorado, suena «We Have All the Time in the World», de «007 al servicio secreto de Su Majestad» (1969).


    Exigua novedad, en el equipo artístico. Léa Seydoux, Ralph Fiennes, Ben Whishaw, Naomie Harris, Rory Kinnear, Jeffrey Wright y Christoph Waltz. Forjando, poco a poco, su nombre en Hollywood y el resto del ámbito internacional, la angelical belleza y el talento de Ana de Armas mereció su pequeño hueco en el metraje, avasallando al resto del elenco durante los minutos de protagonismo de su personaje. Lashana Lynch provenía de la televisión, prácticamente, hasta que fue fichada para «Capitana Marvel» (Anna Boden y Ryan Fleck, 2019). En el estrellato de su carrera, Rami Malek podría encajar en el perfil villanesco esbozado. Ni Dali Benssalah ni Billy Magnussen parecían encajar, en cambio, en el clásico perfil de la saga de esos sicarios contundentes y rotundos, pero ahí quedan, para la posteridad.


    Las dificultades en la producción se fueron sucediendo. Al retraso por la partida de Danny Boyle, se incrementó la lesión en el tobillo de Craig, en mayo de 2019, quien tuvo que ser operado, y los daños en Pinewood a causa de una explosión, al mes siguiente. Y, cuando todo estaba listo para el estreno en abril de 2020, la pandemia. Se fijó fecha de estreno en noviembre de 2020 y se reprogramó para abril de 2021, visto el arraigo de la enfermedad. Las conversaciones entre Michael G. Wilson y Barbara Broccoli y los productores estadounidenses de MGM fueron tensas. Éstos presionaron a los hermanastros para que se olvidaran del estreno en salas de cine y se avinieran a un convenio con las plataformas de distribución a través de Internet (las más beneficiadas con el confinamiento), rezando para no entrar en pérdidas con la producción. Para acentuar la presión, Amazon anunció la compra de MGM en mayo de 2021. Como Christopher Nolan hiciera con «Tenet» (2020), Wilson y Broccoli se enrocaron en que el espíritu de la saga se caracterizaba por disfrutar de un visionado en salas de cine y, ganando la batalla, «Sin tiempo para morir» se estrenó allí, en los cines, en septiembre-octubre de 2021.


    Arranca el acto introductorio con el recuerdo de una pequeña Madeleine Swann (Coline Defaud) en su casa junto al lago, al cuidado de una madre beoda y drogada (Mathilde Bourbin), donde irrumpe un extraño sujeto enmascarado que acusa al padre de asesinar a su familia, dispuesto a aplicar, por vía sumarísima, la Ley del Talión. Sin ser capaz de evitar el acribillamiento de la madre, la pequeña Madeleine se hace con un arma escondida bajo el fregadero y abate al asaltante, quebrando parte de su máscara. Escasa de fuerzas, detendrá su arrastre del cuerpo enemigo fuera del hogar. Momento en el cual éste recupera la consciencia. La pequeña Madeleine huye cruzando el lago helado, cuya superficie se resquebraja, y se hunde en sus aguas. El asesino observa a la niña luchar por su vida a través la capa transparente y se decide a rescatarla. Rememorada la fase previa, James Bond y Madeleine Swann (Léa Seydoux) continúan su viaje romántico en el Aston Martin DB5 hasta la ciudad italiana de Matera, donde está enterrada Vesper Lynd. Bond necesita perdonarla y perdonarse (como le recomendó su amigo Rene Mathis antes de morir en sus brazos), y rehacer su vida con Madeleine. Una tarjeta a los pies de la tumba de Vesper con el símbolo de SPECTRA alerta a Bond, cuando explota una bomba allí colocada, que aturde al exagente durante unos segundos. Un equipo de la organización criminal intenta matarlo, por lo que se verá obligado a desoxidarse y volver a la acción, valiéndose de los tradicionales artilugios instalados en su coche. Convencido de que ha sido una trampa de Madeleine, sin atender a su negativa y a sus ruegos, la pone a salvo (atención al gesto de la mujer que se lleva la mano al vientre), aunque se separa de ella. Cinco años después, en el presente, otra vez, un equipo de SPECTRA, que parece ser controlado por Ernst Stavro Blofeld (Christoph Waltz), pese a su encierro en prisión, ataca un laboratorio secreto del MI6 y roba un nanovirus biotécnico, conocido como Proyecto Heracles, con la ayuda de uno de los científicos, Valdo Obruchev (David Dencik). El nanobot, arma biotecnológica definitiva, ha sido diseñado para adaptarse a las secuencias de ADN, lo que le permite seleccionar a las víctimas, siendo inofensivo para los demás; si bien, se descubrirá más adelante, el sujeto portador lo será a perpetuidad, vetando su contacto o aproximación con posibles destinatarios de la afectación. La pista de Obruchev llega hasta La Habana, así que Felix Leiter (Jeffrey Wright), acompañado de Logan Ahs (Billy Magnussen), acude a su viejo amigo James Bond, de retiro poco espiritual en Jamaica, para que lo atrape. Reticente al principio, la visita de Nomi (Lashana Lynch), la actual Agente 007, y la presión de M (Ralph Fiennes) para que no se entrometa le hacen cambiar de opinión, asignándole Leiter una agente de apoyo y enlace, Paloma (Ana de Armas). En La Habana se celebra una reunión o pseudo bacanal erótico-festiva del conglomerado SPECTRA al completo. Blofeld y su lugarteniente, Primo o Cíclope (Dali Benssalah), quienes previenen la intervención de Bond, preparan los nanobots para asesinarlo. O eso creen, porque Obruchev da el cambiazo con la programación, acabando con los integrantes de SPECTRA. Entre Paloma y Bond esquivan a los paniaguados de la organización criminal y a Nomi, y Bond consigue entregar a Obruchev a Leiter y Ash, para descubrirse que, en realidad, todo había sido un complot urdido por Lyutsifer Safin (Rami Malek) y ejecutado por el propio Ash. La reacción de éste genera una refriega en la que muere Leiter, los malosos se escapan y Bond ha de regresar a Londres. Con la inestimable colaboración de Moneypenny (Naomie Harris) y Q (Ben Whishaw), se le revela a Bond (y al espectador) el entramado del Proyecto Heracles y SPECTRA, que posee millones de secuencias de ADN. Toca retornar al Servicio Secreto, toca recuperar el estatus de doble cero y toca visitar a Blofeld, quien sólo recibe a su psiquiatra, Madeleine. Pero ésta ha sido chantajeada por Safin para que asista a la sesión portando los nanobots que matarán a Blofeld. Se arrepiente Madeleine en el último segundo, sin embargo, Bond ya la ha tocado, por lo que los nanobots han pasado a su cuerpo y mata a Blofeld. SPECTRA ha quedado desarticulada. Una visita de Bond a Madeleine en su casa familiar sirve para conocer a la hija, Mathilde (Lisa-Dorah Sonnet), cuya paternidad la mujer le desmiente. Se personan con aviesas intenciones los secuaces de Safin (en sus filas milita Cíclope, también agente doble, entonces), de los cuales Bond liquida a un buen puñado, Ash entre ellos, sin lograr impedir que secuestren a Madeleine y Mathilde. Localizado Safin en una vieja base de la Segunda Guerra Mundial ubicada en una isla entre Japón y Rusia, pretende el villano, alegando un chiflado enamoramiento, quedarse con Madeleine, aun a costa de su hija. Nomi y James Bond, 007, restablecido su número, con el soporte de Q y la supervisión de M, se infiltran en la base, ametrallan, explosionan, muere Obruchev, Bond y Safin intercambian un diálogo esperpéntico o psicodélico, recurriendo el bellaco al escudo de la pequeña Mathilde de un modo tontorrón e irrisorio, patético, para abandonarla a su suerte de un modo todavía más tontorrón e irrisorio, más patético; liberan a Madeleine y a su hija; 007 permanece en la base para abrir las compuertas, viabilizando la efectividad de los misiles con los que el Servicio Secreto destruirá la base y los nanobots; muere Cíclope; y se enfrentan Bond y Safin, aprovechando éste —antes de morir, claro está— para exponerlos a nanobots programados con el ADN de Madeleine y Mathilde. Apenas sin tiempo (para morir) para marcharse de la isla antes de ser bombardeada y contaminado con un mal biotecnológico que le entorpecerá cualquier acercamiento a su familia, James Bond, 007, se despide de Madeleine y fallece pulverizado por la lluvia de misiles. La trama concluye con el homenaje de sus compañeros y con Madeleine y Mathilde en su Aston Martin V8 Vantage, camino de una nueva vida, durante cuyo trayecto la madre hablará a la hija de su padre Bond, James Bond.


    Padece «Sin tiempo para morir» del mal de la última entrega de las grandes eras, convirtiéndose en la menor o la peor de la etapa Craig. La cuestión es que el liminar y el primer acto son minutos de metraje excelentes, con intensidad y desarrollo narrativos y visuales dignísimos. No obstante, rebasada la sección con la portentosa Paloma (qué grande Ana de Armas) y la muerte de Felix Leiter, todo va cuesta abajo hasta descarrilar en el acto postrero. El problema, creo, radica en el guión, en el diseño de Lyutsifer Safin y en los aparentes tejemanejes de edición que hubieron de producirse durante los meses de confinamiento. Que se concibiera como el cierre de un periodo no justifica que se decidiera acabar por medio de un simple chasquido de dedos con una organización capital como SPECTRA y su Número 1 Blofeld, para aferrarse a un villano sin fundamento, de quien no se terminan de comprender sus motivaciones ni propósitos o metas, y mucho menos sus decisiones finales, que se plagan, en los careos con Bond, de comportamientos estúpidos, descacharrantes y desquiciantes. Y, por supuesto, como había que matar a alguien, y no se va a matar a una madre y a su hija, pues se mata a James Bond, a la raíz y entidad misma de la saga, que queda más dramático, sin duda, que, cuidando siempre de ellas, distanciarse para protegerlas, al no poder desarraigarse del Servicio Secreto, porque lo que hace James Bond no lo hace nadie, porque, con lo que hace, James Bond salva vidas. Luego, Zimmer, en la música, y Sandgren, en la fotografía, excepto instantes puntuales, no se distinguen especialmente. Si hay que ser benevolente con el último acto o, directamente, si se prescinde de él, «Sin tiempo para morir» es una buena película que decepciona a medida que se va apagando, cual bombilla a la que se le va privando del flujo de su dinamo.


    Lo anunciado se cumplió. En marzo de 2022, Amazon compró MGM, con su catálogo de películas. Eon, Danjaq, los hermanos Michael G. Wilson y Barbara Broccoli aún conservaron, como lo hacían desde hace sesenta años, como lo habían hecho Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, los derechos creativos de la saga. Pero la dependencia era mutua. Amazon sabía que bastaba con decirles no hasta exasperarlos. De esta forma, la próxima entrega jamás avanzaba. Al final, la soledad de Barbara Broccoli y los ochenta y tres años de Michael G. Wilson se impusieron, cedieron y vendieron sus derechos o un alto porcentaje de ellos a Amazon en febrero de 2025, a cambio del Óscar Honorífico (y un fajo de billetes, faltaría). No serán muchos los productores que afirmen que vivieron de una franquicia (no, George Lucas también produjo la saga de Indiana Jones), muchos menos que fuera negocio familiar. Gregg Wilson, hijo de Michael G. Wilson, se había incorporado como asistente de producción en «Quantum of Solace» (2008), para escalar a productor asociado en las posteriores entregas. Se barruntaba o barruntaba yo su designación como sucesor natural… Va a ser que no.


    Durante el verano de 2025, se informó que Denis Villeneuve dirigiría la nueva entrega y que Steven Knight la guionizaría. Nombres que, en principio, no defraudarían. En una de sus últimas entrevistas, una eminencia como Desmond Llewelyn ya apostilló las pautas para una película de la saga: «Es cierto que Cubby siguió lo dictado por Fleming. Le preguntaron: ¿En qué consiste una buena película de suspense? Y respondió: Añade todas las ventajas de una vida de lujo. Viste a Bond con las ropas adecuadas, con el fondo y la chica perfectas. Sitúa la historia en los lugares más bellos e ideales. Describe hasta los más ínfimos detalles. Y dale un ritmo vertiginoso que nadie note sus idiosincrasias».


    La saga no va de un símbolo. En «Sin tiempo para morir», no dejan de repetir los personajes que 007 es sólo un número. Tal vez lo sea. Sin embargo, la saga no es sólo 007, es James Bond como 007. Un Bond, James Bond, con unos rasgos, cualidades, condiciones, idiosincrasias esenciales, básicas (las del personaje, no de las películas que declaraba Broccoli). Todo lo demás no será sino amagos de 007, James Bond de marca blanca. No será mi 007, no será mi James Bond, no será mi saga.


Julián Valle Rivas

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