Saga Bond: Daniel Craig (III), por Julián Valle Rivas

skyfall james bond 007El cincuenta aniversario de la saga fue para la película milmillonaria, y no hay mejor regalo para tan relevante cumpleaños. Pero no fue sencillo. De hecho, fue el fruto del destino, o de la enésima bancarrota de MGM, que desplazó su preproducción hasta hacer coincidir la vigesimotercera entrega con la efeméride.


    Barbara Broccoli y Michael G. Wilson, nobleza obliga, debían ofrecer un producto especial, después de medio siglo de espectáculo y entretenimiento para varias generaciones de espectadores. En el universo cinematográfico, James Bond había excedido su condición de mero personaje de ficción a la de símbolo o emblema, en eterno caminar de puntillas, sobre el delgado trazo que divide al héroe y el antihéroe.


    En esta ocasión, John Logan complementaría a Neal Purvis y Robert Wade. Mastodóntico guionista de «Un domingo cualquiera» (Oliver Stone, 1999), «Gladiator» (Ridley Scott, 2000), «El último samurái» (Edward Zwick, 2003), «El aviador» (Martin Scorsese, 2004), «Sweeney Todd» (Tim Burton, 2007) o la injustamente despreciada «Coriolanus» (Ralph Fiennes, 2011); Logan sabía cómo potenciar los diálogos, preocupándose por las secuencias compartidas entre Bond y M, que se deslizarían hacia la idea primigenia de la muerte de la veterana jefa, que impele la trama y que viene a cerrar una aparente circunferencia de un nuevo modelo de 007, optimizada (la circunferencia) con el rescate de los personajes de Moneypenny y Q y un epílogo expositivo que sucede a un final que había dejado atrás el arquetípico escarceo amoroso de la pareja protagonista.


    El británico Sam Mendes era un director de teatro que se había apuntado a un par de incursiones en la pequeña pantalla a principios de los noventa y que, con treinta y cuatro años, optó por la dirección de largometrajes en la industria hollywoodense para ganarse los laureles con «American Beauty» (1999) y asentarlos con «Camino a la perdición» (2002), en cuyo elenco estaba Daniel Craig. Entre risas nerviosas, contaba la anécdota de que, años antes, había aconsejado a Craig rechazar el papel de James Bond, para no quedar encasillado. Cuando lo llamaron para la dirección, él, que, amén de británico de pro, había crecido con el personaje, accedió de inmediato. Había sido contratado en 2008, tras el estreno de «Quantum of Solace», y quedó vinculado al proyecto como consultor, a la espera de mejores épocas. En aquel momento, Peter Morgan había sido el autor del guión, de cuyo borrador prescindió el director. Aunque los mentideros divulgaron que la composición de la música para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 le impidió participar en la entrega, David Arnold lo negó, asegurando que la selección de Thomas Newman fue de Mendes, puesto que había trabajado con él con anterioridad (lo que no merma su experiencia y profesionalidad, que se constatan en los resultados de la película). Como también lo había hecho el curtido director de fotografía Roger Deakins, quien, desde mediados de los setenta, se ejercitaba en el oficio, firmando títulos como «Cadena perpetua» (Frank Darabont, 1994), «Fargo» (Joel Coen, 1996), «El gran Lebowsky» (Joel Coen, 1998), «Una mente maravillosa» (Ron Howard, 2001), «El bosque» (M. Night Shyamalan, 2004) o «No es país para viejos» (Joel Coen y Ethan Coen, 2007). Está última con Javier Bardem. Precisamente, hay un curiosísimo vídeo de rodaje de una de las escenas nocturnas del asalto a la mansión Skyfall en la cual se le puede ver sosteniendo la cámara para grabar a Bardem, intentando no ser arrastrado por el vendaval de las hélices del helicóptero a escasa distancia (el español sí perdió la dentadura postiza).  Adele interpretó la excelente canción principal, escrita junto con Paul Epworth, quien la produjo.


    Ya he tecleado que uno de los paradigmas de la saga es reservar espacio en los créditos iniciales a los puntales del cuerpo técnico, que normalmente se relacionan en su integridad en los finales, como reconocimiento a un cardinal buen hacer. A veces, los escenarios megalíticos de Ken Adam y Peter Lamont habían evocado esa fantasía con la que los productores habían impregnado el universo 007. Dennis Gassner conservó la apuesta realista de la era Craig y la ambientación exterior que acogió para «Quantum of Solace», al extremo de erigir la mansión solariega de la familia Bond (¡sólo su edificación externa!) en la reserva natural de Hankley Common, en Surrey, o la ciudad abandonada de Silva; o contrastar los estéticos entornos de Estambul, Shanghái y Macaco. Lo que no descartó los tradicionales platós cinematográficos, en los estudios Longcross, para la escena exterior de la charca helada, o en Pinewood, para la parte acuática (de cuyo rodaje se encargaron Mendes y el director de fotografía submarina Mike Valentine), para el interior del edificio de Shanghái, para el casino de Macao o para el descarrilamiento, con treinta y seis metros de vagones. Como de costumbre, todo el despliegue de acción no habría sido posible sin el equipo de efectos especiales, liderado por Chris Corbould, de miniaturas, por Steven Begg, y de especialistas, por Gary Powell. La edición corrió a cargo de Stuart Baird, quien había montado «Casino Royale» (2006). Al igual que Alexander Witt había sido director y fotógrafo de la segunda unidad.


    Judi Dench y Rory Kinnear (y Michael G. Wilson, con su cameo) convoyaron a Daniel Craig en su tercer título. Se me concederá no malgastar teclas para referirme a tres monstruos de la interpretación, como son Ralph Fiennes, Albert Finney y Javier Bardem, auténtico privilegio para la saga. Naomie Harris cargaba un bagaje; su primer papel destacado había sido en «28 días después» (Danny Boyle, 2002), y todavía se hallaría en dos entregas de «Piratas del Caribe» (Gore Verbinski, 2006 y 2007) y en «Corrupción en Miami» (Michael Mann, 2006). Bérénice Marlohe, de madre francesa y padre chino-camboyano, era una modelo y actriz que, con algunas apariciones en la televisión francesa, tuvo aquí su largometraje para descollar. Ben Whishaw llevaba más de una década en la profesión, había coincido con Daniel Craig en los filmes «Laye Cake» (Matthew Vaughn, 2004) y «El intruso» (Roger Michell, 2004); sin embargo, el protagonismo fue con la coproducción «El perfume» (Tom Tykwer, 2006). El sueco Ola Rapace, por el contrario, había circunscrito su carrera a la discreción en el ámbito nacional y a ser el marido de Noomi Rapace entre 2001 y 2011.


    El rodaje comenzó en noviembre de 2011, anticipado por una rueda de prensa de postín. Mendes se empecinó en grabar en la ciudad de Londres, en localizaciones poco emblemáticas, si bien reconocibles, como la estación de Metro, hasta colmar en esa vista general de las banderas británicas desde la azotea del antiguo Departamento de Energía y Cambio Climático, alegoría de la vuelta a casa de 007, al servicio activo. Entre marzo y mayo de 2012, la producción se trasladó a Turquía, donde Mendes había planificado una sucesión de escenas en las que los espacios se iban tendiendo, abriendo o ampliando, con accidentes de vehículos mediante efectos artesanales, estructuras montadas en el techo de los coches para que fueran conducidos por especialistas al tiempo que se filmaba a los actores y Daniel Craig y Ola Rapace sobre un tren en marcha dándose una paliza. En octubre de 2012, se estrenó «Skyfall» en el Reino Unido.


    Se presenta James Bond, 007, de misión en Estambul. Algún compañero ha caído o está gravemente herido, pero M (Judi Dench), dirigiendo en tiempo real con comunicación auricular, no le consiente prestar auxilio, como tampoco la agente destinada en la ciudad (Naomie Harris). Ambas lo apremian a recuperar el disco duro, con una transcendental lista, de manos de un peligroso mercenario (Ola Rapace). Así que la agente, al volante de un Land Rover Defender, lo recoge, emprendiéndose una persecución que pasa de los coches a las motos, de las calzadas a los tejados del Gran Bazar y, de un salto, a un tren, con mucho intercambio de tiro y mucho estropicio por el camino. Subidos al tren, la Walther PPK de Bond se antoja ridícula ante la cascada de balas lanzadas por la Glock 18 del misterioso asesino, por lo que recurre a una excavadora (el espectador sabe que no es vehículo novedoso para él) con la cual trata de contrarrestar el ataque, sin impedir un disparo en el hombro. Al desengancharse su vagón, el brazo de la máquina, aferrado al de delante, será el puente idóneo para 007, quien embarca recomponiendo los puños de la camisa (a tales alturas del espectáculo, a cualquier mindundi se le habría reventado alguna costura del traje). La caza llega al techo del tren, con los dos personajes dándose de lo lindo por el disco duro, hasta que, en éstas, la agente, que, disponiendo de apenas unos segundos para una sola oportunidad, no tiene clara la puntería en la refriega, dispara por perentoria orden de M, acertando sobre Bond, que caerá al río inconsciente, desapareciendo en la corriente. Han pasado tres meses y al comandante James Bond se le da por fallecido. M escribe su obituario la noche anterior a su reunión con Gareth Mallory (Ralph Fiennes), Presidente del Comité de Inteligencia y Seguridad, quien confirma que el disco duro contenía los nombres de los agentes de la OTAN infiltrados en las organizaciones terroristas de todo el mundo, cuya existencia queda oculta a los aliados. Entonces, Mallory plantea la jubilación de M, liderando él mismo la transición, lo que ella rechaza, tajante. Durante el viaje de regreso a la sede del MI6, el jaqueo del ordenador de M, manifestándose la frase «Piensa en tus pecados» («“Think on your sins”»), precede a la explosión de la propia sede. El impacto de la noticia recorre el planeta, enterándose Bond, perdido en una isla paradisíaca, abandonado a un despropósito depresivo, autodestructivo y orgiástico de alcohol, mujeres y riesgo, quien se materializa hecho una piltrafa en casa de M con intención de reincorporarse al servicio, lo cual ella autorizará, si supera las pruebas físicas y psicológicas en la base temporal, instalada en búnkeres y pasadizos de guerra; condicional banal, pues los desastrosos resultados no evitan que M apruebe el retorno de 007, esquivando las reticencias de Mallory. Y es que fragmentos de bala todavía adheridos al cuerpo de Bond permiten identificar al matarife de Estambul como el francés Patrice, cuyo rastro encarrila hacia Shanghái, que será su nuevo destino, previa escena con Q (Ben Whishaw), para ser surtido, tras permuta de pullas, de una nueva Walther PPK/s de 9 milímetros con sensor de huellas y un radio transmisor. En la ciudad china, Bond sigue a Patrice hasta un edificio desde donde, armado con un rifle de francotirador personalizado, el sicario asesina a un hombre, que, atendido por una hermosa mujer y acompañado de dos secuaces, ha entrado en la habitación del edificio de enfrente para ver un cuadro, y muriendo con la anuencia de todos los presentes, que retiran el cadáver inmutables. Arremete al instante el Agente británico contra el francés, dándose una lucha encarnizada que acaba con el mercenario en caída libre y sin respuestas para Bond; por su parte, la mujer del otro edifico ha sido testigo del suceso. Una particular ficha de un casino de Macao hallada en el maletín del rifle de Patrice es la pista que guía a 007, mientras en Londres se hacen públicos cinco nombres de agentes encubiertos, con amenaza de otros cinco cada semana. A Macao acude la agente de Estambul, en apoyo de 007, y ya en el casino, Bond, que al entregar la ficha ha sido confundido con Patrice, recibe un maletín con dinero (en euros, claro) y se reúne con la mujer de Shanghái, Sévérine (Bérénice Marlohe), quien promete llevarlo hasta el hombre que lo ha organizado todo, a cambio de que lo mate, a fin de liberarse de su yugo y terror. Aprovecha Sévérine para advertirle de que no estaba planeado que el sicario saliera del casino con el dinero, vivo, se entiende; razón por la cual, si sobrevive a la agresión de los secuaces, su velero partirá en una hora. ¡Y no hay mayor incentivo para 007 que la recompensa de una travesía sicalíptica! Consumado el pacto y activado el transmisor de Q, la pareja, apresada por una banda de paniaguados, arriba en una isla desierta (se explicará que el misterioso hombre fue el causante de la repentina huida de la población de la isla, al generar un pánico irreal). Separados, Bond, maniatado a una silla en una sala plagada de servidores y ordenadores, aguarda la aparición del villano, Raoul Silva (Javier Bardem), antiguo agente del MI6, que se sintió traicionado por M, al dejarlo a su suerte en manos enemigas, siendo torturado durante meses. Tienta, por ello, a 007, para que se una a su causa, estimulándolo con el dato de que M lo engañó con los resultados de las pruebas, que fueron negativos, para, poco después, en un retorcido y macabro juego, asesinar a Sévérine, a lo cual Bond reacciona matando a sus esbirros, momento en el que los helicópteros de los Servicios británicos se aproximan. Con Silva detenido en el cuartel del MI6, se completa un tanto la historia del villano, cuyo nombre verdadero es Tiago Rodríguez. Sus operaciones clandestinas en Hong Kong, al margen de las misiones del MI6, le valieron enemigos en China, por lo que M, como cínico gesto de buena voluntad durante la transición hongkonesa, lo desamparó ante las autoridades chinas, que lo torturaron, perdiendo parte de la mandíbula debido al mal estado de la cápsula de cianuro del molar. De cualquier manera, el pifostio montado con la publicación de los agentes encubiertos, asesinados por ello, obliga a M a comparecer en una comisión pública. Durante su ausencia, Silva se introduce en el sistema del Servicio Secreto, jaqueándolo, a través de uno de sus ordenadores requisados. Escapa Silva, matando a sus guardas y disfrazándose de policía. Perseguido por Bond, disparos y descarrilamientos subterráneos de por medio, consigue llegar a la comisión, donde no mata a M porque la intervención de Bond y Mallory lo frena. Con tal panorama, 007 decide proteger a M por su cuenta, y, conduciendo su mítico Aston Martin DB5 (los vehículos modernos pueden ser detectados), que conserva impoluto, la custodiará en la finca familiar Skyfall, en el páramo escocés, cuyo guardés Kincade (Albert Finney) se unirá al equipo. El trío se las ingenia para arrostrar las acometidas antagonistas (descubrirán la localización, por supuesto), sin soslayar la devastación del Aston Martin, el estrago en la mansión solariega y la mortal herida de M. No obstante, Kincade y M logran retirarse hasta la capilla familiar cercana (la cámara se enfocará en la lápida de los padres de Bond), en tanto 007 va liquidando a los últimos esbirros de Silva. Éste encuentra a M en la capilla, debilitada por la pérdida de sangre, y, justo cuando se proponía que M se suicidara y él simultáneamente muriera amontonando sienes, 007 le clava un cuchillo en la espalda, muriendo. Al poco, M fallece en los brazos de James Bond. El epílogo narra cómo M ha legado a Bond la figurita del bulldog de porcelana blanca envuelto en la bandera, como signo de continuidad en su labor de agente secreto, y la agente de Estambul se presenta formalmente como Eve Moneypenny, que ha dejado el trabajo de campo para ser la secretaria del nuevo M, Gareth Mallory, quien exhibe a Bond la carpeta de una misión, si acepta volver al Servicio. «Será un placer, M —contesta Bond—. Será un placer».


    «Skyfall» es, incuestionablemente, una gran película. De un acabado impecable, la historia se desarrolla de un modo coherente y equilibrado; la acción está muy medida, en aras de un posicionamiento más pausado de los personajes y de la trama; y la fotografía es exquisita: las paletas de colores para las escenas de Shanghái, Macao y Escocia; la posición de la cámara en encuadre fijo y sin cortes, que va acercándose a los dos personajes que pelean cuerpo a cuerpo en el edificio de Shanghái, cubiertos por las sombras que provocan las intensas luces del fondo; la secuencia nocturna iluminada por el fuego de la finca Skyfall. La música cataliza las escenas, impulsándolas a un nivel superior. El predominio de un diseño de producción exterior e hiperrealista, en la línea marcada para la anterior entrega, fortalece el estilo pergeñado para la era Craig, englobando o absorbiendo al espectador en la historia con mayor magnitud. Y luego está el villano. Con un elenco muy solvente (las tres actrices principales, de sobresaliente), y un Daniel Craig mimetizado con el carácter del personaje, Javier Bardem configura un villano para el recuerdo, un villano de icónico a legendario, que eclipsa a Bond, cuando comparten plano. En la lista de villanos de una saga en la que el valor del protagonista se mide por el valor de su adversario, no son muchos los que decepcionan. Silva habrá de ser colocado en los primeros puestos, a la altura de los mejores. En conclusión, comparativamente, ¿es preferible «Casino Royale» o «Skyfall»? Éste que suscribe quizá prefiera la entrega de 2006, aunque, ¿acaso es un crítico objetivo al efecto?


Julián Valle Rivas

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