Saga Bond: Pierce Brosnan (III), por Julián Valle Rivas

Se culminaba el milenio y también el contrato con Pierce Brosnan. Sus dos entregas habían funcionado más que aceptablemente entre la crítica (la primera, sobre todo) y el público, y el margen bianual era un principio impositivo para la productora. En 1999, al igual que dos años antes, Brosnan estrenaba por triplicado (aunque en la versión de «El secreto de Thomas Crown» de John McTiernan recordemos mejor a una espectacular René Russo), sin embargo, la exigencia física de la saga y el escaso paréntesis entre rodajes pasaría factura al actor. En primavera, «Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma» (George Lucas) y, en verano, «Matrix» (Andy y Larry Wachowski; Lilly y Lana, ulteriormente, insisto) habían revolucionado el género de acción; así que todavía transcurrieron los meses con la confianza tensa en un estilo tradicional, en una forma de hacer cine que se aferraba a una naturaleza analógica en un mundo que se columbraba netamente digital.
La decimonovena entrega de la saga proyectaría una historia del tándem Neal Purvis y Robert Wade, pareja entonces bisoña, que tomó como título la divisa de la familia Bond (remítase a «007 al servicio secreto de su Majestad», 1969) y escribió el guión; pareja que se perpetuaría, a emulación de Richard Maibaum y Michael G. Wilson; y pareja de luces y sombras, en función del tercero contratado para rematar la faena (llegarán Paul Haggis y John Logan) y su entusiasmo (del tercero): Bruce Feirstein participó de nuevo en el guión. En las décadas anteriores, con sistemas de rodaje ortodoxos, sin demasiadas trabas en postproducción, y compromisos heredados de la antigua industria, conservar a un director se asemejaba a una cuestión de honra. Michael Apted era un veterano profesional británico, cuyo bagaje en la acción era, no obstante, parvo, lo que fue motivo de confesada preocupación. Formado en la televisión de los sesenta, no había dejado de trabajar, al saltar a la gran pantalla, y nunca se desligó de sus orígenes, apostando, con enorme éxito, por el documental. Títulos como «Gorky Park» (1983), «Gorilas en la niebla» (1988), «Acción judicial» (1991) o «Nell» (1994) habían acreditado su valía para los gerifaltes del otro lado del charco, por lo que bastó con adherirle una sólida segunda unidad, en la que repetiría Vic Armstrong, de la mano del coordinador de especialistas Simon Crane, y a Adrian Biddle, un director de fotografía muy solvente, responsable de largometrajes como «Aliens: El regreso» (James Cameron, 1986), «La princesa prometida» (Rob Reiner, 1987), «Willow» (Ron Howard, 1988) o «Thelma & Louise» (Ridley Scott, 1991); quien supo captar a la perfección los escenarios catedralicios recuperados con el retorno de Peter Lamont, o sus espacios más opresivos, en el interior del oleoducto o el submarino. Había colaborado Apted con otro decano como Jim Clark, que asumiría la edición de un largometraje para el cual una sola de sus secuencias, la persecución de lanchas en el Támesis, requirió siete semanas de rodaje. El río mantenía en la ciudad su condición industrial y comercial, siendo un suplicio de papeleos y permisos. Su caudal hacía delicada una escena de persecución, con mareas que podía descontrolar la acción. Esa pasión por lo artesanal, esa máxima de que las cosas sólo parecen reales cuando se hacen de verdad, ese más y mejor, trajo la adaptación de una lancha de competición de trescientos caballos y ocho cilindros en v, con una doble propulsión inversa que superaba las cuatro mil revoluciones para una vuelta aérea (el tonel) de trescientos sesenta grados, varios modelos de rampas para los saltos de las embarcaciones, velocidades de más de cien kilómetros por hora, cámaras con estabilizadores eléctricos y rodaje simultáneo de grupos de seis para asegurar la toma, especialistas avezados tanto para trompos fluviales como para arrasar atracaderos, dos agentes reales colocando cepos que quedaron empapados hasta el punto de no poder reproducir sus frases y un actor de la talla de Brosnan, dispuesto a manejar las lanchas en agua y tierra, para esos impagables planos de verismo. Luego estaban la frecuencia de explosiones y la practicidad prototípica de los artilugios, con el supervisor de efectos especiales Chris Corbould, y las siempre funcionales miniaturas de John Richardson. La Cúpula del Milenio no había terminado de erigirse, por lo que debieron concertarse con el equipo de operarios durante los seis días que precisaron para completar la escena. A pesar de todo, es posible que ninguno de estos pormenores se comparase con el agobiante rodaje en Bilbao, donde la multitud apenas podía ser contenida y menos acallada. Nada que ver con el tranquilo paisaje rocoso de Cuenca, que fingió el religioso espacio opositor de Azerbaiyán. Sigue correcta la labor musical de David Arnold, quien compuso, de consuno con Don Black, la canción interpretada por la banda Garbage, con su vocalista Shirley Manson.
Los papeles de M y Moneypenny no se despegaron de Judi Dench y Samantha Bond, respectivamente. Sophie Marceau era una estrella del cine francés, que ganó reconocimiento internacional con la producción estadounidense «Braveheart» (Mel Gibson, 1995), de ideal imagen para el candoroso personaje de Elektra King. Por el contrario, Denise Richards, de belleza y físico incontrovertidos, no había descollado en el área fílmica hasta «Starship Troopers» (Paul Verhoeven, 1997), para desencajar mandíbulas con «Juegos salvajes» (John McNaughton, 1998); recayó sobre ella la enorme dificultad de otorgar credibilidad al personaje de una doctora en física nuclear: Christmas Jones. Mucho más alejada de su prototipo la italiana María Grazia Cucinotta, en ese singular papel de auxiliar del banquero, acreditada como «la chica del cigarro». Robert Carlyle era el actor de moda, tras el estreno de Full Monty (Peter Cattaneo, 1997), sobradamente cualificado para encarnar al villano Renard. Repitió Robbie Coltrane como Valentin Zukovsky y se postuló a John Cleese, aprendiz de Q. Porque, después de diecisiete entregas, Desmond Llewelyn se despidió de la saga, triste y fulminantemente; lo que se escenificó en la ficción bajo notas jocosas o burlescas, se metamorfoseó en tragedia. Falleció en accidente de tráfico en diciembre de 1999, mes siguiente al estreno de «El mundo nunca es suficiente».
Durante un extenso preliminar, se tropieza el espectador con el agente James Bond, 007, por las calles de Bilbao, acudiendo a la sede del Banco Suizo de Industria, donde recupera el dinero de Sir Robert King, magnate petrolero y amigo de M, aunque no se dará por satisfecho con tan simple transacción: el informe que King compró con el dinero había sido robado a un agente del MI6 después de matarlo, y quiere un nombre. Las evasivas del banquero Lachaise (Patrick Malahide) hacen que 007 recurra a un sistema más contundente. Lachaise es apuñalado en la refriega por una joven auxiliar que aguardaba en la sala (Maria Grazia Cucinotta) y Bond, ante el inminente asalto de la Ertzaintza, escapa con el dinero saltando por un balcón del edificio y reteniendo la caída con la cuerda de una cortina atada a un secuaz. Arribado en el MI6, es felicitado por King y M (David Calder y Judi Dench), quienes le explican que se trataría de un informe del departamento ruso de Energía. Al parecer hicieron creer a King que era un documento secreto en el que se identificaba a los terroristas que atacaron el oleoducto que está construyendo en el entorno del Mar Caspio. Retirado King para recoger su dinero, 007 se da cuenta de que está recubierto con un explosivo plástico, que el propio King activa al aproximarse mediante un microchip oculto en su alfiler de solapa, muriendo al instante. A través del boquete que la explosión ha causado en el edificio, Bond ve a la auxiliar del Banco Suizo en una lancha en pleno Támesis, asegurándose de la fructificación del atentado. Así que se apodera de un prototipo de lancha de la Sección Q y comienza una persecución fluvial que culmina con el suicidio de la auxiliar, opción que prefiere ante la previsible reacción abominable de su jefe a una detención, y la lesión de Bond en un hombro. El entierro de King, sólo útil para presentar a su hija Elektra (Sophie Marceau), da paso a la dirección del MI6, constituida en Escocia, que excluye de la misión a 007, debido a su lesión, por lo que procede convencer a la doctora Molly Warmflash (Serena Scott Thomas), bajo método sicalíptico, de su óptima condición para el servicio activo, esfuerzo advertido socarronamente por Moneypenny (Samantha Bond). Una visita más pausada al departamento de Q (Desmond Llewelyn) visualiza la incorporación de su discípulo, chistosamente denominado R (John Cleese), describe el nuevo BMW Z8 a disposición del Agente británico, demuestra la función conversora en bola protectora autoinflable del abrigo polar, expone unas llamativas gafas de cristales azulados (metraje adelante se particularizará su uso de rayos X subyugados por la censura, al no poder atravesar la ropa interior) y escenifica la posteriormente apesadumbrada despedida del viejo Q de la saga: «No estarás pensando en jubilarte pronto… ¿verdad?», le pregunta Bond, con sincera cohibición. «Presta atención, 007 —le responde Q, presto—. Siempre he intentado enseñarte dos cosas. Primera, jamás permitas que te vean sangrar». «¿Y la segunda?», se interesa Bond. «Ten siempre un plan de fuga», sentencia Q mientras desaparece de plano, descendiendo en una plataforma. La investigación de Bond revela que Elektra fue secuestrada tiempo atrás por el terrorista Victor Sokas, Renard (Robert Carlyle), cuyo rescate el padre, asesorado por M, se negó a pagar, si bien Elektra consiguió huir. Le extraña aquí a 007 que la cantidad recuperada en Bilbao coincida con la cuantía fijada para el rescate. En cualquier caso, la historia continuó con el encargo a 009 de la misión de acabar con Renard, en la cual, pese a dispararle en la cabeza, la bala no lo mató de inmediato, sino que, alojada en su cerebro, le está provocando una paulatina pérdida de sentidos y facultades, hasta su íntegro final. La misión de proteger a Elektra traslada a Bond a Azerbaiyán, donde la pareja es atacada por un comando de villanos en parapente, al cual 007 derrota con su muy habitual derroche de destreza esquiadora y un poco de auxilio de su abrigo polar reconvertible; y la necesidad de obtener respuestas, al casino en Bakú regentado por Valentin Zukovsky (Robbie Coltrane), quien le confiesa, tras mostrarle una bandera de la Unidad Antiterrorista de Energía Atómica, extraída del lugar del ataque parapentista, que Renard pertenecía a la Unidad y en la actualidad podría trabajar como mercenario de las industrias petroleras competidoras de King, que también construyen sus oleoductos para suministrar a Occidente. Inesperadamente, aparece Elektra, dispuesta a perder un millón sin despeinarse; indiferente desprendimiento que escama al Agente. En paralelo, la trama delata al Jefe de Seguridad de Elektra, Sasha Davidov (Ulrich Thomsen), como agente a sueldo de Renard, de manera que, reunidos con el científico del Departamento Ruso de Energía Atómica Mikail Arkov (Jeff Nuttall), éste es ejecutado y Davidov habrá de asumir su identidad. Y se alarga la noche, porque ya tardaba 007 en disfrutar de un intervalo de amor con Elektra (pero la tardanza se ha debido a la expresa orden de M, que la estima como a una ahijada, cumplida hasta donde se ha podido: Bond no es de piedra y las insinuaciones de la mujer se tornan irresistibles), que aprovecha la trama para que ella relate cómo se fugó de sus captores, para después adentrarse el Agente en el entramado empresarial King, cazando a Davidov en aleve actuación (cadáver de Arkov en el maletero, incluido) y asesinándolo. Suplanta al suplantador, pues, y es subido a un avión en cuyo aseo se valdrá de su habilidad en pretecnología para sustituir con su foto la de Davidov en la tarjeta de seguridad de Arkov, todo muy acreditativo de los falaces relevos (por no dejar al lector con la intriga, apostillo que la foto la recorta de su tarjeta como comercial de Universal Exports; el detalle del pegamento o la plastificación o desplastificación se reserva a la imaginación del espectador). Aterriza en medio del desierto de Kazajistán, donde se ha desplegado un equipo del Organismo Internacional de Energía Atómica que manipula a placer bombas atómicas de la extinta Unión Soviética. Destaca la doctora Christmas Jones (Denise Richards), quien no tardará en averiguar la impostura pergeñada por el Agente (pero el veterano de la saga sabe que las imposturas de Bond aguantan unos segundos de metraje). Surge Renard por el lugar, en el ínterin, con el ánimo emprendedor a punto de agenciar una bomba, y claro, se forma una reyerta a base de tiros y explosiones (el complejo subterráneo va a reventar sí o sí, otro dato consabido por el espectador veterano), durante la cual una frase de Renard permite a Bond comprender que, en realidad, la malvada del episodio es Elektra. Salvan la vida 007 y la doctora, sin poder impedir que roben la bomba, a la que le han retirado el localizador, y en la residencia de Elektra en Bakú, con M que ha acudido presurosa a la llamada de socorro de la joven, todavía excusa Bond el comportamiento de la hija de King supeditado por el Síndrome de Estocolmo. La narrativa retoma el estado de la bomba atómica robada, la cual circula a gran velocidad a lo largo del oleoducto King, por lo que serán Bond y la doctora Jones quienes asuman el compromiso de impedir su explosión, recorriendo el interior de las gigantescas tuberías petrolíferas con un deslizador hasta toparse con la bomba, de la que la doctora desmonta el medio núcleo de plutonio con el que está cargada, y lo hace sin desactivarla, por indicación expresa de 007; de modo que, al explotar, todos creen que la pareja a muerto, acontecimiento estremecedor que envalentona a Elektra, desenmascarándose ante la perpleja mirada de M y haciéndola su prisionera. Elektra King reivindica el imperio económico que pertenecía a su madre y que su padre gestionó libremente como si fuera propio; de ahí su odio, su venganza y su mefistofélico proyecto. Ha llegado la hora de restituir el nombre de su madre a la primera línea. Mientras, Bond se entera del giro de Elektra y de la detención de M, y elucubra acerca del paradero de la otra mitad del núcleo de plutonio. En Valentin Zukovsky y aquel millón que Elektra le entregó en el simulacro de juego de cartas está, sin duda, la clave. Personados Bond y la doctora en la fábrica de beluga de Zukovsky, la voluntad encaminada a retorcerlo hasta hacerlo confesar, el helicóptero aserradero de Elektra (el guión se fijó en él muchos minutos antes), afanado en eliminar cualquier huella de su fechoría, repasa la fábrica a placer con la intención de lonchear el culazo de Zukovsky. A cambio de destruir el BMW, el trío se libra del ataque; pese a, el ruso cae a un estanque de beluga, revés del que se beneficia 007 para interrogarlo. Es el proveedor de Elektra y el pago del casino le facilitaba un submarino nuclear capitaneado por su sobrino, que se encuentra atracado en la sede del Servicio Federal de Seguridad ruso en Estambul. La situación de la bomba, del submarino y de M queda determinada cuando ésta se vale de la pila de un reloj de mesa para activar el localizador desinstalado por Renard. El malicioso plan de la abyecta pareja implica un petardazo nuclear en el Bósforo, de suerte (para la pareja; de mala suerte, para el resto) que se arruinen los oleoductos competidores, concentrando King el monopolio. Ahora la trama se acerca a su cénit y se suceden los eventos vertiginosamente. Renard y sus esbirros asesinan al sobrino de Zukovsky y su tripulación y atrapan a 007 y la doctora, que son separados: Renard embarca a la doctora en el submarino y Elektra dará rienda suelta a su depravación sentando a Bond en un garrote vil (no sin antes embutir el lema familiar). La providencial (y oportuna) intervención de Zukovsky y sus paniaguados liberta al Agente, a costa de la vida del ruso. Elektra, acorralada por Bond, presume, engreída, que 007 será incapaz de asesinarla. La percepción de su error será su último pensamiento. Con rapidez, Bond aborda al submarino, deshaciéndose de cualquiera que se le pone por delante. Rescata a la doctora Jones y, durante la escaramuza, asaetea a balazos los mandos del submarino, que, descontrolado, se dirige a la profundidad abisal. Aún Renard se empecina en armar la carga nuclear. La gresca, en la que el villano cuenta con la ventaja de no sentir el dolor, se resuelve incrustando Bond el cilindro de plutonio en el pecho de Renard. El Agente y la doctora abandonan el submarino a través de una cámara de misiles, justo para evitar el estallido de la nave. El clásico cierre del grupo de la agencia estatal hallando a Bond de celebración (ribetes navideños para esta entrega) con la doctora Jones ennegrece la pantalla prometiendo el retorno del personaje.
Adolece «El mundo nunca es suficiente» de un guión, quizá, no tanto mejor armado como mejor narrado, porque, a veces, tropieza y, a veces, directamente, se hunde (se antoja fallo severo que Bond emplee, ante el cuerpo inerte de Elektra, idéntico gesto que con Paris). Carece de la constante tensión en la trama y la acertada fuerza en la acción de las dos entregas anteriores. El problema estriba, además, en la floja (o pésima) interpretación de sus dos actrices protagonistas, más patente en Denise Richards, lo que se achacaría, por benevolencia, a su inexperiencia. O, por ser ecuánime, no resultan interpretaciones flojas, pues la de Robert Carlyle, si acaso, roza lo apto para el trámite; sino que las de los tres actores distan de la lógica mimetización de Brosnan… Pero alivio la tecla de quisquillosidad. Declaró el protagonista, en la rueda de prensa hongkonesa, celebrada el 2 de diciembre de 1999, que es la esencia de Bond la crueldad, el vodka Martini, el sexo, su arma —«su trabajo es matar, tiene licencia»—, su lado oscuro, el ingenio, el encanto y las frases graciosas. Y el largometraje la ofrece (la esencia). Y ofrece paisajes maravillosos, escenarios megalíticos, acción que aspira a la superación y al modo tradicional, una historia original, villanos malísimos delirantes de grandeza, aventura, fantasía, entretenimiento. Y, por supuesto, fracasa al confrontarse con las dos anteriores; sin embargo, tal hecho no motiva su minusvaloración.
Julián Valle Rivas
