No se elaboró una lista de bajas, ni tampoco interesó elaborarla, por lo que, nada más se conoció la desastrosa y trágica noticia en la península, cientos de madres, hijas, hermanas, esposas y novias se embarcaron rumbo al Rif. Allí, recuperadas las posiciones entre septiembre y noviembre de 1921, todas enlutadas, comitiva fúnebre en pena, con el alma destrozada, recorrieron los campos de las batallas en busca del cadáver de ese hijo, ese padre, ese hermano, ese marido o ese novio, cuya desventura ignoraban, aunque tan sólo pudieran recuperar una medalla o una reliquia que devolver a casa.
Las cifras oscilaron entre los diez y los doce mil muertos. Con tamaña catástrofe, se demandó una profunda instrucción que investigase los hechos y determinase responsabilidades. Para ello, se designó al general Juan Picasso González, militar de reconocido prestigio en el Ejército (y primo del padre del famoso pintor), quien concluyó la misión encomendada con un exhaustivo Informe, resultado de un complejo y voluminoso Expediente.
Seguro de su lógico proceder durante la contienda en el Rif, el Alto Comisario Dámaso Berenguer fue el primero en apelar por la instrucción, en la creencia de que no le alcanzaría. Cuando Picasso le requirió los planes operacionales dirigidos al general Fernández Silvestre y sus tropas, presionó al Ministro de Guerra Juan de la Cierva, quien ordenó a Picasso dejar al margen la actuación de Berenguer, limitándose a los jefes, oficiales y tropa en el cumplimiento de sus obligaciones militares. Picasso no se arredró, tomó declaración a casi ochenta personas y, después de nueve meses de trabajo, cerró su Expediente de unos dos mil quinientos folios. Tres meses más tarde, el 18 de abril de 1922, Picasso entregó su Informe en el Ministerio de Guerra. Cuando se reveló la constancia en el Informe tanto de la negligencia de los generales Berenguer y Navarro como de la temeridad del general Fernández Silvestre, sin obviar las vergüenzas del sistema que destapó, Picasso fue poco menos que repudiado en el Ejército.
El Consejo Supremo de Guerra y Marina y la Fiscalía Militar hallaron indicios de responsabilidad penal y se procesó a treinta y nueve militares, incluyendo a los treinta y siete oficiales responsabilizados en el Informe Picasso, el general Berenguer entre ellos. Más bochornosa fue la Comisión Parlamentaria que pretendió depurar responsabilidades políticas y que, con encendidas acusaciones (el nombre del Rey salió a colación en varios momentos), escándalos y filtraciones, saltó a una segunda Comisión Parlamentaria. Trabada en su exigencia de documentación militar a la Junta de Defensa Nacional (y con el nombre del Rey de nuevo pululando), decidió convocar al Pleno de la Cámara, para celebrar votación general el día 2 de octubre de 1923. Sin embargo, el 13 de septiembre, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, dio un golpe de Estado, disolvió las Cortes y proclamó la dictadura, con el beneplácito del Rey. El proceso de responsabilidad política se dio por finalizado.
La España de los años veinte del pasado siglo era una sociedad hundida en una profunda crisis general, era una sociedad errática, muy convulsa, dueña de un sistema desestructurado y corrupto, quebrado en todas sus formas y manifestaciones. España no era una sociedad del siglo XX, era un caos a punto de estallar. Repercutir la responsabilidad del Desastre en una o varias personas, aun siendo sobre un Rey, sería un parche defectuoso. Desde luego que la inconsciencia del Rey y la negligente soberbia de sus generales fueron culpables de la calamidad española en el Rif, pero condensar esta culpa en ellos supondría velar el contexto socio-político preponderante.
Porque, cuando las primeras noticias del Rif iban llegando a la península, la población se puso a ello, dejando en evidencia al Estado y delatando la corrupción subyacente. Se organizaron rifas, tómbolas, suscripciones y colectas; los toreros, terminada su faena, ponían el capote en mitad de la plaza, rogando donaciones al público; en Bilbao, se compró un tanque; jóvenes por miles se acercaron voluntarios, ansiosos de venganza, a las oficinas de reclutamiento (se conformaría una expedición ulterior), también médicos; se intentó componer un Tercio de Voluntarios Catalanes en Barcelona; provincias compraron aviones y, en Zaragoza, se anunció colecta para comprar el avión, las bombas y los gases; los funcionarios contribuyeron con días de sus pagas; invirtiendo cuatro días, un diputado, sabedor de la inutilidad de las ametralladoras, compró seis fusiles ametralladores en Francia y, presentándolos en Melilla, se preguntó la razón por la que el Ministerio o el Estado no se agenciaba cientos; se acumularon cuarenta mil soldados voluntarios en Melilla, en espera de la reconquista del territorio, sin lugar donde hospedarse, dormían en la calle, de modo que la marquesa de Urquijo adquirió y envió cuatro mil colchonetas, que se entregaron en dos días; se importaron mil caballos, cuando los mandos y sus familias galopaban airosos por España…
En fin, dedico los últimos tecleos de este amargo relato a los miles de españoles forzados al servicio, víctimas del tiempo que les tocó vivir; a quienes, faltos de instrucción, de vida y de mundo, murieron huyendo, presas del pánico; a quienes, instruidos y ordenados, dieron su vida en defensa de sus compatriotas… y también a quienes sobrevivieron, que fueron entrando en Melilla durante los días y las semanas posteriores, consumidos por el hambre y la sed, por el miedo y el estrés, por la penalidad y el martirio. Imagen a la que el general Picasso, testigo compungido, se refirió como «el goteo de muertos».
Julián Valle Rivas
Desde finales de julio, el 24, catalizada por la ofensiva a Nador, la sublevación rifeña había explotado, la cuenta atrás se había consumido y la sedición indígena se había propagado por el campo de operaciones.
Con Monte Arruit a la vista, se desató en el arranque de la columna española en repliegue una estampida descontrolada. La soldadesca, gente de leva y sin instrucción militar, echó a correr despavorida. Algunos oficiales trataron de restituir el orden, encontrando la muerte a manos de sus propios soldados delirantes. En retaguardia, con las municiones agotadas, el empleo de la bayoneta era el único medio de defensa, baldío frente al fuego enemigo, falleciendo el capitán Arenas de un disparo en la cabeza a las puertas de Monte Arruit. Por su parte, Navarro se adentró en la posición con novecientos hombres, cuatrocientos habían quedado por el camino, cuando la posición la ocupaban unos dos mil. Ésta tenía un perímetro de quinientos metros, con la aguada fuera, a otros tantos, y sin víveres ni municiones. Desde Melilla, de donde procedió la orden, se intentó aprovisionar el campamento mediante pasadas aéreas que soltaban bloques de hielo limitados en número, algunos de los cuales caían fuera del perímetro. Los soldados, absolutamente trastornados, sucumbían a las añagazas rifeñas que prometían en clamores agua, alimento y salvación, saltaban el parapeto y corrían para morir acribillados por el fuego enemigo, y también por el amigo, imperante por las ordenanzas.
El 2 de agosto, los rifeños atacaron frontalmente la entrada de Monte Arruit, temerosos a la aparición de refuerzos, dada su proximidad a Melilla, siendo rechazados por los atrincherados españoles. Pero, precisamente desde Melilla, el Alto Comisario Berenguer era consciente de su impotencia para atender a la aportación de refuerzos, al disponer de mil ochocientos hombres, reclutas o administrativos, en su conjunto, sin una división completa de socorro anclada en costa, por lo que autorizó entablar negociaciones. Era el día 6 de agosto, habían pasado cuatro días desde el ataque a la posición y la vía ferroviaria que comunicaba con Melilla había desaparecido.
El día 8 de agosto, los sitiados en Monte Arruit seguían sin agua ni víveres. Abd El-Krim había ordenado respetar la rendición, bajo pena de muerte, y Berenguer remitió mensaje por heliógrafo a Navarro: «Si no han llegado emisarios, le autorizo a tratar con enemigo que le rodea, a base de entrega de armas, pues mi principal deseo, una vez extremada la defensa al punto que lo han hecho, es salvar la vida de esos héroes en los que tiene puesta la vista España entera, que los admira»… Vale.
Así, Navarro, quien ya había advertido que lo que se concentraba extramuros no era más que chusma de inmerecida confianza, comisionó al comandante Jesús Juan Villar Alvarado, mando de la columna que fue a Abarrán a montar el parapeto, a parlamentar con los rifeños. Todavía el día 9, un grupo de cabecillas indígenas manifestó su interés en negociar con Navarro la entrega del campamento, con unos acuerdos mínimos: los españoles no serían hostilizados en su salida, se facilitaría transporte para los heridos y los más graves se quedarían custodiados por una guardia de cincuenta hombres en la posición y se entregarían todas las armas, a excepción de las pistolas de los oficiales. Condiciones que se aceptaron.
Habían entregado las armas los soldados y partían en columna hacia Melilla, cuando los rifeños, de repente, los atacaron a través de dos filas armadas parapetadas a la espera, que empezaron a fusilar a los españoles, quienes se dispersaron, huyendo frenéticos por el terror. Los rifeños, entonces, emprendieron la caza al hombre, a tiros o apuñalándolos, mientras se multiplicaban apareciendo por doquier para matar y matar a los españoles enloquecidos y en fuga. Ávidos de sangre española, los rifeños asaltaron la posición de Monte Arruit, entrando a degüello, sin respetar hombres desarmados ni heridos, en una matanza indiscriminada. El general Navarro fue hecho prisionero, junto a seiscientos hombres, siendo el resto masacrado. Unos dos mil cuatrocientos muertos, en total.
Aunque, de vuelta al sito de Annual, hubo quien sobrevivió, un exiguo número, por supuesto. Hombres solos, en parejas o en reducidos grupos, que lograron ocultarse por los campos, atravesándolos hasta posiciones amigas. Otros caminaron hacia el sur, siendo asilados en territorio francés, tras inoportunas reticencias.
A lo largo de aquellas interminables semanas de desastre, espanto y atrocidad, Melilla sintió el aliento de la toma muy de cerca. El pánico se adueñó de la población civil, que reclamó, descorazonada, armamento para su defensa. Como también ocurrió en otras posiciones. En Zeluán, por ejemplo, al noreste de Monte Arruit y estación ferroviaria, el 3 de agosto, unos quinientos hombres, entre destinados, Guardia Civil y fugados del Desastre, se hicieron fuertes en la alcazaba, resistiendo diez días de asedio. Rematados los víveres y las municiones, plantearon conversaciones con los rifeños, por las cuales acordaron entregar la plaza, a cambio de permitirles viajar hasta Melilla. Suscrito el pacto y desarmados los españoles, los rifeños los mataron, quemándolos después, hasta una suma de cuatrocientos. Más al norte, en Nador, a unos diez kilómetros de Melilla, atacada el 24 de julio y muy desguarnecida por la estrategia de retaguardia planificada por el mando, se llamó a cualquiera capaz de portar un arma, organizándose una defensa con doscientos soldados y paisanos que se atrincheró en la iglesia y la fábrica de harina, primero, hasta que hubo que evacuar la iglesia y sólo quedó la fábrica, la cual fue acribillada los días de sitio. Con cincuenta bajas a sus espaldas, los sitiados trataron la rendición con los rifeños, el desarme y la entrega de la posición, concediéndoles la marcha a Melilla con la familia. Trato que en esta ocasión sí fue respetado, quizá por la cercanía con la ciudad española, fortísima posición histórica amurallada que Abd El-Krim no llegó a atreverse a atacar.
Julián Valle Rivas
“El vivir mismo y el vivir bien es conveniente al hombre de dos modos, uno temporal o intramundano, y otro eterno, o como se acostumbra a decir, celeste. Y porque este segundo modo de vivir, a saber, el eterno, no lo pudieron persuadir por demostración la universalidad de los filósofos, ni es de las cosas manifiestas por sí mismas, por eso no se cuidaron de legarnos aquellas cosas que se hacen en fuerza de ese modo. Pero del vivir y del bien vivir o de la vida buena según el primer modo, el terrestre, y de las cosas que son necesarias para él, los filósofos ilustres tuvieron conocimiento por demostración de modo casi perfecto.” Marsilio de Padua, El defensor de la paz.
El siglo XIV que vivió Marsilo de Padua (1275-1342), es un periodo convulso en Europa por las difíciles relaciones Iglesia-Estado. En él tiene lugar un enfrentamiento entre el Papado y el Emperador por la supremacía del poder político en el seno de la cristiandad. Esta será la causa de sucesivos enfrentamientos armados y de numerosas intrigas políticas.
El detonante del conflicto entre el Imperio y el Vaticano fue la existencia de dos candidatos al trono del Sacro Imperio Romano Germánico, Luis de Baviera y Federico de Habsburgo, y la pretensión del Papa Juan XXII de designar al sucesor al trono imperial y de gobernar los territorios imperiales de Italia. El Papa excomulgó a Luis de Baviera y este a su vez, siguiendo el consejo de nuestro autor, hizo destituir al Papa y se coronó Emperador por aclamación del pueblo. El conflicto duró veinte años.
Durante este siglo se libra en Europa la Guerra de los 100 años entre Francia e Inglaterra, en Portugal y Castilla se estaban produciendo sendos enfrentamientos civiles, e Italia estaba dividida en bandos, a favor y en contra del Imperio, en una lucha por el poder entre los Estados ciudad que componían dicho territorio. Además, la peste bubónica recorre el continente en 1348.
Al mismo tiempo la supremacía universal pretendida en occidente por ambos poderes iba quedando cada vez más lejos. Los Estados nacionales se habían fortalecido en los siglos inmediatamente anteriores, y la influencia sobre los monarcas por parte de estos era cada vez menor, quedando reducida, en el caso del imperio, en simple cortesía y respeto hacia la institución en los reinos más fuertes.
Los teóricos de la época, en sus conclusiones, prepararán la definitiva separación de la Iglesia y el Estado, característica definitoria de los Estados Modernos a partir del S. XV. Y es aquí donde encaja el texto anterior y la influencia política de su autor. El fragmento indicado pertenece a su obra más importante, el “Defensor Pacis” (1324), un tratado que escribe con la intención de acabar con las contiendas y difundir la paz.
Este pensador nace en Padua, en la actual Italia, de familia burguesa, gente de leyes. Estudia en su ciudad Derecho, Medicina y Filosofía, y allí tiene contacto con filósofos averroístas de los que tomará “partes” para su pensamiento político. El averroísmo establece la relación entre la Filosofía y la Fe, de modo que ambas son dos niveles de una misma sabiduría, dos formas de llegar al conocimiento divino, otorgando un mayor rango a la razón (Averroes, Discurso Decisivo, S. XII). Esta idea resultará capital en el establecimiento de un pensamiento y una política laica en la Europa de los siglos posteriores.
Por su averroísmo, y por la crítica al poder temporal del Papado, tendrá que exiliarse buscando el amparo de Luis de Baviera, a quien dedicó esta obra. Fallece siendo miembro de la corte imperial de Múnich.
Siguiendo el pensamiento de Aristóteles, explica que la comunidad civil tiene como fin “el vivir bien”. Pero esto, en nada guarda relación con la vida eterna según la fe, sino con lo mundano y temporal. La buena vida se alcanza mediante el uso de la razón. Los “antiguos filósofos” enseñaron, desde la experiencia, que para lograr esta vida plena se precisa que los ciudadanos vivan en armonía, libres de toda opresión, que se respete la Ley y la Justicia, y que estén cubiertas las necesidades básicas y la seguridad de los individuos.
La Ley a la que se refiere el autor del texto no es la ley de Cristo, sino la ley de los hombres. En una interpretación averroísta de Aristóteles, está convencido de la distinción entre lo que podemos creer según nuestra fe, y lo que podemos conocer mediante el uso de la razón, ambas realidades igualmente ciertas, pero en planos distintos.
Y para que la comunidad viva en armonía y se respete la Ley y la Justicia, es necesario que la sociedad cuente con gobernantes, legisladores y jueces, es decir, reyes que gobiernen con templanza, representantes del pueblo elegidos por este que redacten las leyes, y jueces que castiguen su incumplimiento. También será necesario que las necesidades básicas vitales y la seguridad estén garantizados por los distintos oficios y el ejército respectivamente. Pero no siempre es necesario contar con sacerdotes.
La función de estos últimos será guiar espiritualmente a la sociedad, enseñar que hacer o no hacer para alcanzar la vida eterna, y lo que hay que creer según la fe. Y esto tiene que ver con el modo de “vivir bien” eterno que el paduano menciona en el texto del inicio.
Esta separación de lo eterno y lo mundano bien puede tener un antecedente en la obra de San Agustín, la “Ciudad de Dios” escrita en el siglo V. El obispo de Hipona realiza en ella una primera separación de ambas realidades al exponer su pensamiento político, basado en la existencia de una “ciudad celestial” que vive en paz eterna, como peregrina en este mundo o “ciudad terrenal”.
Posteriormente fue Dante (1265-1321) el que en su defensa del imperio a través de la obra “De Monarchia”, expresa que el Emperador depende inmediatamente de Dios, y que el Papa debe abandonar sus pretensiones de controlar el gobierno político, ya que Cristo apartó a sus apóstoles del poder temporal. La misión de la Iglesia es otra, según el florentino, y consiste en llevar a los hombres a la vida eterna, quedando por tanto el Emperador libre de la influencia pontificia y la sumisión a esta.
Esta visión es compartida por el contemporáneo de Marsilio, Guillermo de Occam (1295-1350), el cual defiende en su obra “Sobre el Gobierno Tiránico del Papa” que la misión del vicario de Cristo no es dominar ni aterrorizar, ya que su autoridad es espiritual y no ha de mezclarse en asuntos temporales.
El “Defensor de la Paz”, como hemos explicado, además de un impulso para la paz, es una declaración de la independencia y legitimidad del pensamiento laico, que ya no necesitaría aprobación de la Iglesia. Es decir, una política, una legislación y unos valores que no tienen que coincidir con la ley de Cristo ni con la voluntad de la Iglesia.
Fernando M. García Nieto
En Dar Drius, Navarro empezó por desarmar a las cabilas amigas, que todavía no se habían enterado de la escabechina, y evacuar los puestos que dependían de aquella posición, misión que encomendó al Regimiento Alcántara, que había venido protegiendo a la columna (dentro del margen de sus posibilidades) desde el mismo Annual.
Empero, la mayor preocupación de Navarro era que, rebasada la noticia, estallara la revuelta en aquella retaguardia dispersa y en manos de cabilas de dudosa lealtad (recuérdese la estrategia en retaguardia estipulada por el mando español), quedando aislados de Melilla. Con ello, en la madrugada del 23 de julio, Navarro ordenó enviar a los Regulares a Nador para que fueran desarmando a las cabilas, y él mismo se movió con el resto de la columna hasta Batel, a unos veinte kilómetros al este, cruzando el río Igan, y próxima a la cabecera de la vía ferrovial.
Con tropas de defensa en vanguardia y retaguardia, la columna de repliegue partió de Dar Drius, iniciándose, presto, el tiroteo rifeño sobre ella. La columna aceleró el paso mientras los heridos se iban quedando atrás, cayendo en manos rifeñas, para morir, la mayoría, bajo agónicas torturas. Más adelante, los indígenas obstaculizaron el camino, por primera vez, con caballería, que cargó contra la masa humana, defendida en sus flancos por el Regimiento Alcántara, que hizo lo indecible por contener el ataque.
Aquel 23 de julio, a la altura del río Igan, un cauce por aquella época seco, el Regimiento de Caballería Alcántara aún contaba con unos de seiscientos jinetes cohesionados e instruidos y, en palabras del mismo teniente coronel Primo de Rivera, en aquella hora crítica, no quedaba sino cumplir con la Patria y el sacrificio. Alrededor de la zona, multitud de rifeños emboscados acechaban la oportunidad, así que era perentorio cubrir los flancos para que la columna vadeara la dificultad del cauce. Primo de Rivera reagrupó a sus hombres, arengándoles: «¡Soldados, ha llegado la hora del sacrificio! Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacemos, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. ¡Vamos a demostrar que no lo somos!». Tras lo cual, pistola en mano, cargó junto con sus hombres contra los rifeños. Y volverían a cargar hasta en siete ocasiones más, cada vez con menos hombres y caballos, más heridos, cansados y sedientos todos, entre la infinita pedrea de balas. La última carga con los caballos ya al paso, y a pie la marcha por la ladera arriba, al arma blanca. Cargaron los soldados y el muchacho del cornetín de órdenes. Cuando faltaron hombres para cerrar las filas, cargaron los tres alféreces veterinarios, el teniente médico y el capellán, para hacerlo, finalmente, los catorce maestros herradores y los trece jóvenes de la banda de música del Regimiento, y morir todos. Al anochecer, sólo sesenta y siete supervivientes, agotados y desbordados de heridas, consiguieron ganar la posición de Batel con sus caballos agarrados por las bridas. Primo de Rivera murió más tarde, ya en agosto, en la posición de Monte Arruit, víctima de las heridas, al haberle extirpado un cañonazo uno de sus brazos el 31 de julio.
En la reducida posición de Batel, campamento sin permanencia para servir la cabeza ferroviaria, pronto Navarro se percató de que no podría acoger a la totalidad de la columna española que se acercaba, sin obviar la inexistencia de depósitos de agua, víveres y municiones. Era un campamento vacío. En tal situación, a unos dos kilómetros al sureste se hallaba la posición de Tistutin, punto de partida ferrovial, por lo que decidió dividir la columna, enviando a un bloque hacia allí y cobijando el otro en Batel.
Erraría el lector al identificar la referencia ferroviaria con un imponente, tal vez mediano o utilitario, tren de transporte de mercancías y personas. Lo que solía partir de Tistutin era un aparatejo adaptado a la vía férrea conocido como tractorrail. De cualquier modo, el auxilio ferroviario se barruntaba en cuenta atrás. Los españoles podrían disponer de él, fuera como fuera, el periodo de tiempo vacante hasta que la noticia se expandiera por la zona. En el ínterin, en Batel, sin provisión alguna, simultáneamente a la llegada de hombres desfallecidos por la sed, se recibió una comunicación de Melilla que ordenaba replegarse hasta la posición de Monte Arruit, a más de quince kilómetros al noreste y a unos treinta al sur de Melilla.
La madrugada del 29 de julio marchó, pues, la columna hacia Monte Arruit, procurando colocar a los heridos en el centro del despliegue, con Navarro a pie en vanguardia y el capitán Félix Arenas Gaspar cerrando la retaguardia. El castigo rifeño fue, por supuesto, inmediato: muchos indígenas aguardaban parapetados a la salida, tornándose de una intensidad insostenible con las primeras luces del día y deshaciendo la columna española, hasta el punto de que, en retaguardia, se luchaba cuerpo a cuerpo. A sumar, el grupo de la Policía indígena que hasta aquel segundo se había mantenido fiel, percatándose del oscuro escenario, volvió las armas contra los españoles, rematando a los heridos del camino. Aquella concentración de fuego rifeño contra los heridos, con el habitual apoderamiento de botín y material bélico, concedió, triste resulta teclearlo, una necesaria tregua a la unidad de Arenas, que se recompuso.
Julián Valle Rivas
“A no ser que los filósofos sean los reyes en los Estados o los actualmente llamados reyes y soberanos sean filósofos en verdad y con suficiencia, y no se vea unida una cosa a otra, el poder político y la filosofía, y a no ser que una ley rigurosa aleje de los asuntos públicos a esa multitud de individuos a los que sus talentos les llevan exclusivamente a una o a otra, no habrá remedio, querido Glaucón, ni para los males que devastan los Estados ni incluso, creo yo, para los del género humano.” Platón: La República.
El texto anterior es un fragmento del diálogo “La República”, que trata sobre un tema central en el pensamiento político de Platón; el gobierno del rey filósofo y la necesidad de unir política y filosofía.
Platón (428-347 a.C.) nace en Atenas de familia aristocrática durante la primera fase de la guerra del Peloponeso que enfrentaba a Atenas con Esparta y que se saldó en el 404 a.C. con la derrota ateniense. Sirve como soldado de caballería en los últimos compases de esta contienda.
Tras la victoria espartana se instaura en Atenas el gobierno de los treinta tiranos, de tipo oligárquico, del que Critias, pariente de Platón, formaba parte. Se siente tentado por la vida pública, pero descarta la posibilidad de dedicarse a la política por la tiranía de aquel gobierno. Al año siguiente se produce el golpe de Trasíbulo y la vuelta de la democracia ateniense.
El caos moral que caracteriza al sistema democrático reinstaurado y la injusta condena a muerte de su maestro Sócrates, le hacen desistir definitivamente de la vida pública para dedicarse a la filosofía. Tras años de viajes, en los que toma contacto con la escuela pitagórica, retorna a Atenas donde funda la Academia para escribir y enseñar filosofía. Albergaba el propósito político de formar a las élites para intentar la regeneración de su ciudad.
Como hemos dicho, este filósofo es discípulo de Sócrates, principal protagonista de “La República”, pero esto es decir poco. Hoy conocemos el pensamiento de Sócrates a través de la obra de Platón, principalmente por medio de sus primeros diálogos. Por tanto, la principal influencia sobre Platón es la que recibió de su maestro en Atenas.
En “La República”, Platón plantea la naturaleza de la justicia como la base de la convivencia política, y proyecta una ciudad ideal organizada racionalmente hasta el extremo. Esta organización de la polis griega recuerda de algún modo el régimen político de Esparta. En este modelo de Estado incardina el gobierno del rey filósofo, como el ideal, pues sólo los sabios conocen la verdad y están libres de ambiciones, siendo ellos los únicos capaces de conducir a la felicidad y lograr el bien común para la comunidad mediante el ejercicio de la virtud y del buen gobierno.
El resto de los sistemas de gobierno basados en la aristocracia, la oligarquía, la timocracia, democracia y tiranía, están influenciados por las pasiones del hombre y son imperfectos, y por tanto son rechazados en este primer modelo de “La República”.
Pero en la evolución de su pensamiento político, y en su posterior diálogo “Las Leyes”, termina aceptando como forma de gobierno a la mezcla de monarquía y democracia, siempre que no fuera posible el modelo de rey filósofo. En esta obra, se observa una pérdida de confianza en que los gobernantes puedan llegar a ser verdaderos filósofos, sabios que tomen la razón y la virtud como guía de sus actos. El ateniense acabaría aconsejando el sometimiento de estos a la Ley, como instrumento imprescindible para lograr el bien común.
Este modelo del gobierno de los sabios es una constante en la vida de Platón y aparece en sus obras posteriores. En la práctica, intentará implantarlo en Siracusa aconsejando al tirano Dionisio II, lo que le costó la libertad temporalmente y casi la vida.
Posteriormente, tras su muerte, sus discípulos de la Academia, Aristóteles incluido, intentarán llevar este modelo de gobierno a otras ciudades griegas.
Una versión de esta idea platónica la volvemos a encontrar en la obra del pensador árabe Al-Farabi, “La Ciudad Ideal”, un tratado político del siglo X. En su concepción jerárquica de la realidad social, compara la sociedad con el cuerpo humano, estableciendo una similitud entre el jefe del estado y la cabeza, como órgano más perfecto, que organiza al resto de miembros corporales. Atribuye al gobernante la función de organizar el funcionamiento de la sociedad. Para ello este deberá generar hábitos que la conduzcan a la perfección, convirtiéndose en ejemplo a imitar por el resto de los ciudadanos. El mejor gobernante será aquel capaz de gobernarse a sí mismo apartándose de las pasiones y los placeres, y guiándose por la razón.
De este modo llegará a la cima del conocimiento humano, con la ayuda divina, quedando así capacitado para su importante tarea.
Igualmente encontramos otra adaptación del “rey filósofo” en la obra de Averroes “Exposición de la República de Platón”, en el S. XII. El cordobés explica, en el tratado primero de la obra, como el hombre es incapaz de vivir aislado, y que es en sociedad donde únicamente puede satisfacer todas sus necesidades. La sociedad perfecta requiere de la especialización y la división del trabajo en función de las capacidades de sus individuos. Y es por esta misma razón que los gobernantes se han de guiar por los principios de la sabiduría. Para ello es indispensable que los sabios filósofos ocupen el poder, y que descubran las capacidades de cada ciudadano para asignarle la tarea que mejor convenga a la comunidad. Expone también que el “jefe supremo de la ciudad” habrá de elegirse entre los más sabios y virtuosos amantes del bien común, que no se dejen coaccionar ni seducir por los deseos o las pasiones.
El pensamiento político renacentista también recibe influencias del modelo platónico de gobierno. Esta etapa está caracterizada por la proliferación de teorías sobre la sociedad ideal. Las obras de Tomás Moro, “Utopía”, Campanella con “La Ciudad del Sol”, y Francis Bacon, están influidos por el pensamiento platónico. A modo de ejemplo, podemos citar la obra de este último, “Nueva Atlántida”, que nos muestra una sociedad en la que los sabios y hombres de ciencia son los más poderosos y regulan el funcionamiento de la ciudad.
La influencia de Platón y su modelo de gobierno filosófico en el pensamiento político universal llega hasta nuestros días. Quizás podamos encontrar alguna relación entre el gobierno de los sabios que propuso el griego y los gobiernos de tecnócratas expertos reclamados en algunas sociedades en estos últimos años de crisis mundial. Esta relación la podemos establecer, con las necesarias adaptaciones a nuestra época, en el uso de la ciencia y el análisis científico, es decir, de la sabiduría y la razón, para la resolución de los problemas políticos.
Hoy, sin embargo, encontramos numerosas evidencias de que la forma de gobierno propuesta por Platón en la Antigüedad está siendo trascendida por decisiones políticas adoptadas desde parámetros postmodernistas, basados en los sentimientos y las identidades individuales. El tiempo dirá cuál es el camino correcto en la forma de gobernar y hacer política, pero la actualidad no se presta al optimismo si observamos el ambiente de crispación social y radicalidad que estamos viviendo.
Fernando M. García Nieto
Annual era una hoya rodeada de montes y de alturas no dominadas, con la aguada fuera de un campamento español diseñado con insuficiente fortuna defensiva y ofensiva, plagado de ángulos muertos, sin hospital de campaña ni establecimientos de reservas de agua.
Desde el repliegue del último convoy de socorro a Igueriben y la llegada del puñado de soldados que logró alcanzar la posición de Annual (para morir tras el esfuerzo), el caos allí era evidente. La preocupación y el miedo se iban manifestando en la soldadesca española a medida que se reunían muertos, heridos y fugitivos en torno a la tienda del General. La moral se hundía progresivamente de manera irremediable.
La madrugada del 21 al 22 de julio fue todo lo tranquila que cabía esperar, dadas las circunstancias. Pero los víveres, el agua y las municiones se habían agotado, por lo que aquella noche Fernández Silvestre reunió a sus jefes para trazar un plan de actuación, que el General orientó hacia una retirada rápida e inmediata, esto es, por sorpresa. Ante las preguntas de los oficiales en demanda de una detallada planificación, Fernández Silvestre respondió: «Aunque la operación nos cueste un 50% de bajas, será preferible a quedarse aquí, de donde no saldremos ninguno». Hubo quien propuso aguardar refuerzos, a lo que el General replicó: «Ni serán eficaces ni llegarán a tiempo».
La idea, entonces, era que la retirada fuera cubierta por el Regimiento de Caballería Alcántara y las mías de la Policía indígena. Aunque, claro, con el sitio asediado, las altas temperaturas, la escasez de víveres, agua y soporte armamentístico y sanitario, retirarse, en el Rif, no era como avanzar. «Yo asumo la responsabilidad de la operación —se plantó Fernández Silvestre— y la de ordenar la evacuación de estas posiciones. De ello voy a dar cuenta al Gobierno, y de todo respondo yo con mi persona y empleo. Y acuérdense de esto el día de mañana».
La mañana del 22, todavía algunos jefes discutían, en la misma puerta de la tienda del General, el tema de la evacuación. Entre ellos, el coronel Francisco Manella Corrales, jefe efectivo del Regimiento Alcántara, y también de la posición de Annual, de ahí que hubiera sido suplido en la labor de control sobre el Regimiento por el teniente coronel Fernando Primo de Rivera. El caso era que Manella protestaba, al haber sido el único que votó en contra de la evacuación de Annual, gritando que estaba dispuesto a suicidarse, cuando tal desatino ocurriera. Así que un capitán le reconvino, pues con tales declamaciones sólo lograría deprimir a la tropa, a lo cual Manella espetó: «¡No me importa!». El descontrol, por ende, y la falta de lógica se patentaban ya en la oficialidad.
Aquella mañana del 22, la columna inició la salida de la posición como pudo. Los heridos montados en artolas cargadas por mulos apenas dirigidos; los jefes desconcertados, lanzando órdenes contradictorias, solapadas por los rumores de que el General, que había sido visto enloquecido y presa del pavor («¡Corred, corred, soldaditos, que ese diablo está a punto de llegar!»; otra versión apunta: «¡Corred, soldaditos, que viene el coco!»), se había pegado un tiro con su pistola (su cadáver nunca se encontró, y existen variadas explicaciones sobre su final)… Sin orden ni concierto ni planificación, los sitiados iban saliendo al descubierto, en campo abierto, conforme tenían la oportunidad, flanqueados por el Regimiento Alcántara. El pánico, guiado por la ausencia de una organización coordinada, presidida por una fuga por sorpresa, comenzó a adueñarse del lugar, fustigado por un contagio de suma rapidez. Los soldados tomaban caminos y se adentraban en desfiladeros desguarnecidos, mientras quedaban ocupados por los rifeños, quienes todavía no habían lanzado un solo disparo.
Fue una marabunta y una avalancha. Ante la estrechez del desfiladero de Izumar, las unidades españolas, en huida y confusas, se fueron agolpando (a pie, a caballo, vehículos, heridos en bestias), al tiempo que hombres, animales y máquinas se despeñaban a lo largo de los barrancos laterales. La columna se desbarató y, desde aquel instante, ya fue imposible recomponer una unidad siquiera; de hecho, muchos oficiales se arrancaron u ocultaron sus divisas, al objeto de no ser señalados.
Colapsado el paso de Izumaz, quienes consiguieron superarlo o sortearlo se encaminaron, rumbo sureste, hacia Ben Tieb, base de la Legión y esperanza de salvación. Sin embargo, la Legión se había trasladado a Ceuta para realizar una serie de operaciones. Durante el camino, los rifeños recogieron armamento y animales abandonados, e incluso se hicieron con soldados demasiado extenuados como para oponerse. Otros, directamente, atacaron a los españoles, disparándoles, golpeándolos hasta la muerte y mutilándolos, entre el terror y el sufrimiento de los soldados (me ahorraré el detallado tecleo del ensañamiento rifeño, resultando fácilmente localizable con una somera investigación).
En Ben Tieb, donde no se hallaba la Legión, pero se disponía de municiones para hacerse fuertes y esperar a los refuerzos, se extendió la noticia de que el general Navarro había enfilado con tropas hacia la siguiente posición: Dar Drius, a unos quince kilómetros. De tal forma, los españoles, hostigados y aniquilados continuamente por acciones de violencia y horror por parte de los indígenas, atravesaron Ben Tieb sin detenerse. Cierto que Dar Drius era una posición bien fortificada; además, estaba abastecida de agua, víveres y munición. No obstante, la columna en fuga, conformada por hombres locos y desesperados, carecía de dominio. El teniente coronel Eduardo Pérez Ortiz, al mando de Dar Drius, necesitó horas para detenerlos, algunos de los cuales fue imposible y siguieron adelante.
Julián Valle Rivas
