GOBIERNO NO DEMOCRÁTICO (III): SOCIEDAD CIVIL VERSUS POPULISMO, por Fernando M. García Nieto

“Si los hombres que viven en los países democráticos no tuvieran ni el derecho ni el gusto de unirse con fines políticos, su independencia correría grandes peligros, pero podrían conservar durante largo tiempo sus riquezas y su cultura; mientras que, si no adquirieren la costumbre de asociarse en la vida ordinaria, la civilización misma estaría en peligro. Un pueblo en el que los particulares perdieran el poder de hacer aisladamente grandes cosas sin adquirir la facultad de producirlas en común volverían pronto a la barbarie”. (La Democracia en América, Tocqueville, 1835)


    En la deriva antidemocrática de un país tiene un papel clave la fortaleza de la sociedad civil, ese tejido de organizaciones creadas por la gente que se asocia para ayudar a definir y promover sus propios intereses. Estas asociaciones no son necesariamente de carácter político. Pueden ser empresariales, sindicales, profesionales, deportivas, culturales, artísticas, gastronómicas, etc.


    La sociedad civil es crucial para la vida democrática, como hemos dicho, porque permite a los individuos organizarse, articular sus preferencias y construir redes de interrelación que trascienden las divisiones económicas, sociales o políticas de una sociedad, cohesionándola.  La viabilidad y la salud de nuestras democracias dependen de una sociedad civil fuerte y vibrante. Este tejido de asociaciones es un campo de pruebas de la democracia y sientan la base de las   futuras instituciones democráticas.


    En los sistemas autoritarios se puede palpar la debilidad de la sociedad civil o incluso su práctica ausencia. Quienes ostentan el poder, o quienes quieren acapararlo, adoptan medidas activas para absorber, controlar o destruir cualquier forma de acción independiente del Estado o no sancionada por este. También hay casos en que la sociedad civil apenas cuenta con precedentes en un país o se ve obstaculizada por divisiones étnicas o de otro tipo de fracturas sociales o políticas. Este es el caso de los países del este de Europa tras el derrumbe de la Unión Soviética o de los países africanos independizados después de 1945. Los primeros por haber vivido tantos años bajo el totalitarismo comunista y los segundos por las fronteras que se trazaron de forma caprichosa en la Conferencia de Berlín en 1885.


El resultado es una sociedad que concibe al Estado como el principal, o incluso el único, ámbito de organización social, y que se centra en hacerse con el control del Estado en vez de construir instituciones fuertes al margen de este, conservando la costumbre social y política de su pasado totalitario y/o colonial.


    Este énfasis en el Estado en ocasiones viene de la mano del populismo. El populismo no es una ideología concreta, hay populismos de izquierda y de derecha. Sus líderes derivan su poder de un planteamiento anti institucional. Lleva aparejada la idea de que las élites y las instituciones políticas establecidas no representan la voluntad popular, y que un nuevo movimiento “libre de ideología” y dirigido por un líder carismático, puede marcar el comienzo de “un nuevo orden”. A todos se nos erizan los poros de la piel con estas palabras y lo que evocan en nuestra mente al recordarnos hechos históricos execrables del siglo pasado.


Según los populistas “la gente necesita recuperar el Estado y situarlo en el camino correcto”. Este problema no tiene por qué desembocar obligatoriamente en un resultado antidemocrático, pero, sin embargo, puede desestabilizar las prácticas democráticas de un sistema político y sentar las bases para que lleguen al poder líderes antidemocráticos.


    Por último, hay que señalar que la sociedad civil se puede, también, desarrollar en un régimen democrático reforzando tendencias antidemocráticas. Muchos países libres acogen en su sociedad organizaciones activas con estas tendencias, grupos y asociaciones que defienden la preeminencia de los derechos de un grupo social, étnico, o religioso, por encima de todos los demás, como, por ejemplo, los grupos anti musulmanes de Estados Unidos o de otros países occidentales, algunos grupos indigenistas de América Latina, y otros grupos fundamentalistas repartidos por el mundo.


Estos, aunque nos pese, también son sociedad civil, a pesar de que su discurso, organización interna, y estrategias de movilización y participación política distan mucho de ser democráticas. Una mayor actividad civil de estos grupos puede socavar de facto la democracia cuando sean capaces de persuadir a un número suficiente de personas para que juzguen legítimo el proceso político solamente si sus necesidades específicas son satisfechas marginando a los demás. Este fenómeno se da por ambos lados del espectro político y amparados en un disfraz de juego democrático.

Fernando M. García Nieto

GOBIERNO NO DEMOCRÁTICO (I) 

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