GOBIERNO NO DEMOCRÁTICO (y V): LA CULTURA POLÍTICA, por Fernando M. García Nieto
Aristóteles en el S. IV y Montesquieu en el S. XVIII afirmaban que las diferentes formas de gobierno reflejaban las virtudes que prevalecen en cada pueblo. La victoria nazi en la Alemania de Weimar se ha atribuido a que era “una democracia sin demócratas” (Bracher, 1955). La suerte de un sistema político está condicionada por las actitudes y los valores de su gente.
El concepto de cultura política se basa en la idea de que las normas y valores de una sociedad, configuran su panorama político. Influyen en la preferencia por determinados tipos de políticas públicas, en lo concreto, y en la preferencia por un sistema político en general.
La democracia se construyó sobre valores liberales, basados en la libertad, el respeto de los derechos humanos, la justicia, la igualdad, la solidaridad, el individualismo, el constitucionalismo, el imperio de la ley y la separación iglesia-estado. A estos valores se les ha denominado comúnmente como “valores occidentales”. La cultura democrática nace en Occidente como resultado de su historia, su religión y su filosofía.
Algunos estudiosos argumentan que estos valores no condujeron a la democracia, sino que fue la práctica democrática occidental la que engendró los mismos (Rustow, 1970).
Otros señalan que algunas civilizaciones albergan valores políticos no democráticos (Huntington, 1993), y que por tanto cuanto más nos alejemos de Occidente y de sus valores, menos probable será el desarrollo de la democracia. Estos argumentos incomodan a parte de la academia y a determinados sectores sociales, porque son difíciles de demostrar y parecen un estereotipo.
Muchos rechazan el hecho de que una determinada cultura excluya de antemano el gobierno democrático. Las sociedades y sus gentes son demasiado diversas para tener un único conjunto de valores, y las diferencias en sus culturas políticas vienen dadas por la historia, la religión, la estructura social del país y otras instituciones que determinan un conjunto de ideas contradictorias a veces, y otras veces coincidentes, en constante interacción y reinterpretación.
Sin embargo, la cultura es más inamovible de lo que pensamos. La modernización de un país no hace necesariamente que su cultura se occidentalice y adopte los valores del laicismo, el individualismo y la democracia liberal occidental.
La cultura islámica concibe el poder político y el poder religioso como una misma cosa. Las leyes son dictadas por Dios para ser cumplidas y defendidas, y la democracia es considerada un anatema. Los valores asiáticos confucianos de la tradición cultural y religiosa de Asia priorizan la conformidad, la jerarquía y la obediencia, lo que favorece un régimen político que limite la libertad en pro de la armonía y el consenso social. En ambas culturas encontramos ejemplos de países desarrollados y modernos que se alejan de los valores occidentales y la democracia, como Arabia Saudí o China.
Debemos ser cautelosos al hacer afirmaciones sobre las consecuencias de la cultura en la política, y no caer en el determinismo. Podemos estar de acuerdo en eso. Pero lo que todos podemos intuir a pesar de nuestra limitada formación científica, es que la cultura, aunque no es del todo determinante, sí puede moldear la democracia de forma distinta en cada país o región, porque puede fomentar ciertas identidades e ideas que catalizan la democracia y otras que la obstaculizan.
Pero ¿cómo llega al poder un gobierno autoritario? y ¿cómo logra mantenerse? La respuesta no se antoja sencilla, pero ya hemos visto que existen numerosos factores que ayudan a explicar el surgimiento y mantenimiento de un gobierno no democrático, como la modernización, las estrategias de las élites, la sociedad civil, la influencia internacional y la cultura política, por citar los que me parecen más importantes. Todos ellos dependen del espacio y el tiempo, es decir, lo que explica el régimen de un país en un momento dado podría ser irrelevante en otro momento o en otro país. No son matemáticas.
Fernando M. García Nieto
