Papeleras, sí gracias (y si están vacías, mejor), por Vicente Dalda

Indudable el civismo. Ese concepto tan bonito que todos defendemos… siempre que haya una papelera cerca, claro. Porque hay que ayudar al civismo. No basta con pedirlo, ni con apelarlo en discursos bien entonados. El civismo, como las plantas, necesita riego. Y en este caso, el agua se llama papeleras.


Hace unos días, en la bajada de la Virgen de Araceli —uno de esos días en los que Lucena se vuelca, se emociona y se echa a la calle— pudimos comprobarlo con bastante claridad… y con algo menos de limpieza. Calles sucias, la carretera de bajada del santuario con más restos de los deseables, y papeleras… pocas, llenas y, en algunos casos, casi piezas de colección.


Porque claro, pedir civismo cuando no hay dónde ejercerlo tiene su aquel. Es como pedir silencio en mitad de una mascletá.


Pues bien, señor alcalde, Aurelio: escuche. Pero escuche de verdad, no solo en esas reuniones tan estupendas para la foto y el titular. Que la solución no hay que inventarla, que ya está inventada.


Estructuras ligeras, bolsas serigrafiadas, prácticas, visibles, baratas. Las que se colocan en Córdoba y en tantas otras ciudades cuando hay eventos. No estamos descubriendo la pólvora, estamos pidiendo algo bastante más sencillo: sentido común con soporte metálico y bolsa incorporada.


Porque el civismo, sí, es cosa de todos. Pero las papeleras… esas, curiosamente, son cosa del Ayuntamiento.
Y oye, con un poco de ayuda, igual hasta funciona.

Vicente Dalda

Toros y obispos en campaña, por Pepe Morales

Si hay algo que ejemplifica el concepto de “chiringuito”, si algo ilustra el significado de “paguita”, “derroche”, “populismo” y otras manipulaciones lingüísticas utilizadas de forma sectaria por las derechas, basta con echar un vistazo a las subvenciones y el gasto que destinan al mundo de los toros, una actividad cerril cuyo apoyo institucional contrasta con el descabello al que están sometiendo a la Sanidad, la Educación y la Dependencia, entre otros servicios públicos del Estado del Bienestar al que pretenden cortar dos orejas y rabo.

Si hay algo que clarifique parábolas bíblicas como las de los sepulcros blanqueados (Mateo 23:27-32), el Becerro de oro (Éxodo 32), la expulsión de los mercaderes del templo (Lucas 19:45-48), el canto del gallo (Mateo 26:34) o la figura de Judas Iscariote (Juan 12:3-8), basta con echar un vistazo al Vaticano y a la Conferencia Episcopal, donde las prácticas terrenales se apartan de lo predicado por los evangelios y los alejan del reino de los cielos (Marcos 12:14-17), dejando claro que el suyo sí que es de este mundo (Juan 18:33-36).

Toreros, banderilleros, mozos de espadas, picadores, monosabios y ganaderos se lanzan al ruedo electoral con las únicas luces de sus trajes y el convencimiento de que sus faenas obsoletas no tienen mayor sostén que el dispendio a cuenta del erario público. Perdidos los apoyos populares, sólo cuentan con los de personajes ultramontanos como Carlos Herrera o Bertín Osborne, decadentes aristócratas, figurantes políticos y nostálgicos sin más futuro que el pasado. Aún así, hacen el paseíllo en el circo electoral sin miedo alguno al escarnio.

Obispos, arzobispos, cardenales, deanes, capellanes, ecónomos, párrocos, curas, frailes, monjas, sacristanes, monaguillos y cofrades están implicados en la eterna cruzada contra el maligno, personificado hoy día en quienes fueron elegidos democráticamente en las dos últimas citas electorales a nivel nacional. El tradicional posicionamiento conservador de la Jerarquía Católica, que la llevó a dar nombre, y más, a la dictadura nacionalcatólica, la lleva hoy a hacer campaña desde púlpitos y foros a favor de los herederos del régimen totalitario.

La programación de Canal Sur, con el Partido Popular, ha aumentado de forma bochornosa los espacios taurinos, con audiencia residual, y las retransmisiones de eventos religiosos, con una cobertura mayor si cabe que la de 13TV, ese chiringuito al que la Conferencia Episcopal da casi el doble de dinero que a Cáritas. Se trata de una inversión publicitaria más eficaz y rentable que la tradicional propaganda electoral y que, además, se prolonga a lo largo de todo el año y escapa al control de la Junta Electoral y del Tribunal de Cuentas.

No son estos populismos privativos de las derechas: véanse a los “socialistas” Fernández Vara o García-Page defendiendo las corridas desde el tendido de sombra y a muchos otros y otras entregando medallas y alcaldías perpetuas a vírgenes y santos. Las anacronías de añejas monteras y vetustas sotanas sobreviven, en esta España arcaizante que no acaba de soltar el lastre de tradiciones que poco aportan al progreso y mucho al inmovilismo, por su comunión con las derechas que les permiten medrar en los erarios a cambio de apoyos.

Capotes y monteras, estolas y sotanas tienen garantizada su presencia pública durante el mes festivo elegido para celebrar unas elecciones con más populismo y más manipulación que Susana Díaz en la Real Maestranza o en la Esperanza de Triana. Una ocasión ideal para hacer campaña electoral Bonilla y caja ganaderos y cuadrillas, obispados y cofradías.

Pepe Morales

Votar por la salud, por Pepe Morales

Ni dinero, ni amor: salud, sólo salud y nada más que salud. Salud a toda costa para evitar que un catarro, una cefalea o un pinchazo en el costado se lleve por delante a un bebé, a una anciana o a quien sufra un mareo en el curro o el gimnasio. Los síntomas de un catarro pueden enmascarar una neumonía, un dolor de cabeza puede responder a un problema cardiaco y un pinchazo en el costado… ¡buf! Lo recomendable es una atención médica lo más inmediata posible, pero en la Andalucía del PP es imposible más allá de las Urgencias.

Desde que Moreno Bonilla ha metido el bisturí a la Sanidad Pública y desvía presupuesto al negocio de la privada, cualquier nadería de las citadas invita a la inquietud cuando se acude a Salud NO Responde y la cita más cercana para el médico de familia es a dos semanas vista de media, ya sea presencial o telefónica. La inquietud se torna ansiedad y depresión cuando se intenta obtener una cita para el especialista, una operación o una simple prueba diagnóstica. Se podría equiparar la situación a la de una eutanasia no solicitada ni deseada.

La ciudadanía, temiendo por su salud y desconfiando de la virgen del Socorro (patrona de las urgencias y de las emergencias por la gracia de Bonilla), acaba rascándose el bolsillo y contratando una póliza de seguro privado para comprobar que la lista de espera es parecida a la de la Pública y que la aseguradora de turno (Línea Directa, La Caixa o El Corte Inglés, por ejemplo) puede poner pegas y exigir copagos. Como último recurso, queda rezar a la virgen para que no escatimen en pruebas necesarias y que no utilicen catéteres reciclados.

Las consecuencias de la privatización de la Sanidad deberían alertar a la ciudadanía sobre los riesgos para la salud, algo que puede resultar letal. En el caso de los cribados de cáncer de mama, más de 300.000 mamografías fueron derivadas a la sanidad privada, cuyos fallos en la gestión han dado lugar a gravísimas consecuencias para unas 2.000 mujeres no informadas a tiempo de los resultados, siendo citadas con hasta un año de retraso. La insólita, y vergonzosa, respuesta de la Junta ha sido intentar matar al mensajero: AMAMA.

La externalización de las emergencias del 112 (también bajo la advocación de la virgen) iniciada por el PSOE llevó a Sanz y Bonilla, desde la oposición, a pedir su internalización, como consta en el diario de sesiones del Parlamento andaluz, y hoy la Junta desvía dinero a empresas privadas amigas: a Ilunion (ONCE), más de 16.000.000 € al año por el servicio, cuando el coste de personal no llega a 11.000.000. La comisión que investiga el accidente de Adamuz ha tenido que pedir las grabaciones del 112 a la jueza tras negárselas la Junta.

Desde la oposición, Sanz, Bonilla y Aurelio reclamaban un Hospital Público para Lucena y, al obtener mayorías (absoluta Bonilla y holgada Aurelio), han usado los votos para favorecer al hospital privado y negar el Hospital Público exigido y prometido para captar esos votos. Un clásico: deteriorar lo público para justificar su privatización, como están haciendo con la Educación, como hizo el Secretario de Estado de Servicios Sociales, sr. Bonilla, recortando 3.000 millones en Dependencia entre 2011 y 2014, lo que afectó severamente a Andalucía.

Pronto habrá elecciones en esta tierra. Teniendo claro para qué usa el PP sus mayorías y habida cuenta de que mucha gente vota como si fuera Eurovisión, un “reality” de la tele o una apuesta por el Real Madrid o el Barcelona, hay que preguntarse si votará Lucena a los verdugos de sus Servicios Públicos, tropezando, una vez más, con la misma piedra. Salud.

Pepe Morales

PAZ Y SALUD, por José Antonio Sánchez Jiménez

Hoy se cumplen veintitrés años de la muerte de Julio Anguita Parrado, alcanzado por un misil mientras realizaba labores de corresponsal de guerra durante la invasión de Irak, llevada a cabo por Estados Unidos y secundada por otros países, entre ellos España, bajo el Gobierno de José María Aznar. “Malditas las guerras y los canallas que las hacen” fue la frase pronunciada por Julio Anguita.


Ahora la historia se repite en Irán. Nada hay más contrario a la salud que las guerras, que causan centenares de miles de muertes directas y dejan a las poblaciones en situaciones de extrema vulnerabilidad ante posibles enfermedades.


En la otra cara de la moneda, hoy, 7 de abril de 2026, se celebra el Día Mundial de la Salud, establecido por la OMS, que promueve una campaña en la que hace un llamamiento a los gobiernos, a los científicos, a los trabajadores de la salud y a la ciudadanía para que apoyen los hechos y las orientaciones basadas en la ciencia, protejan la salud, reconstruyan la confianza en la salud pública y respalden las soluciones científicas para un futuro más saludable.


Luchar por reconstruir la confianza en la salud pública es lo que hace la plataforma “Lucena por Hospital”, que ayer pidió el apoyo de la ciudadanía convocando una concentración en la plaza de San Juan de Dios, ante las puertas del edificio que hace más de cincuenta años albergó el último hospital en Lucena.


Lucena es el municipio más grande de la provincia, con más de 43.000 habitantes, superando en más de un 40% al siguiente. Lucena merece y necesita un hospital.


La concentración no fue muy masiva, pero como señalaba el portavoz de la plataforma, el número de lucentinos y lucentinas identificados con el objetivo de conseguir el hospital no puede medirse solo por los allí presentes. Luchar por un hospital es luchar por una sanidad pública y de calidad (hospital privado ya tenemos).


Fue emotivo escuchar el lamento de una chica que había perdido a su amiga, víctima de los cribados de mama, por un diagnóstico tardío; y el grito de una mujer desesperada con su enfermedad, que tenía que esperar hasta diciembre para una cita con la especialista.


Y esto no son errores médicos ni casos puntuales: es el fallo de un sistema sanitario descuidado por un gobierno del Partido Popular, presidido por Juan Manuel Moreno Bonilla. Una falta de asistencia que genera muerte y dolor, y que castiga especialmente a la población más débil.


Porque vivir en una zona de renta alta o baja —es decir, ser rico o pobre— tiene consecuencias directas para la salud. En las grandes poblaciones, los centros de salud situados en los barrios donde las familias tienen rentas en el 25% más pobre presentan tiempos de espera mucho mayores que los de los barrios situados en el 25% más rico.
Hay varias causas que explican este hecho. En los barrios pobres no existe la posibilidad de acudir a un centro de salud privado: no pueden costearlo, y eso genera mayor presión sobre el servicio público. En los barrios ricos, en cambio, pueden pagarse un seguro privado y acudir directamente al especialista sin pasar por el médico de cabecera.


Además, en las zonas de mayor renta la alimentación, la movilidad y el tipo de trabajo son mejores, lo que se traduce en una mayor calidad de vida y mayor esperanza de salud.


La gente con menos recursos participa menos en las elecciones, lo que genera menor presión sobre los políticos para incrementar la inversión pública en sus barrios. Se produce así un círculo perverso: más pobreza, menos inversión, menor participación política, menos compromiso institucional… y más desconexión del sistema político.
Tenemos dos caminos: hacernos ricos o luchar por nuestra salud.


Tenemos un arma poderosa: nuestro voto. Y el día 17 de mayo podemos usarla. Quien pueda hacer, que haga.

José Antonio Sánchez Jiménez

Memes y memos, por Pepe Morales

Consultar el diccionario es una sana costumbre, tanto o más que hacer deporte o seguir la dieta mediterránea en lugar de rendirse al sedentarismo y la comida basura. Mens sana in corpore sano. Curiosear en la palabra cotidiana “meme” depara la sorpresa de aludir, en primera instancia, al “rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación”. Y a continuación, una definición más acorde con su utilización en el ámbito de las redes sociales: “imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet”.

La primera acepción sitúa ciertas tradiciones al margen de la creatividad, el pensamiento crítico y, en cierta medida, el progreso social, una especie de renuncia colectiva que aleja al “homo” del “sapiens”. La imitación es un mecanismo propio de individuos con una merma de personalidad sacrificada en aras de la pertenencia gregaria a un determinado grupo o el seguidismo ciego a terceras personas (véanse las tiranías de la moda o de los influencers). Aunque pudiera parecerlo, los términos “meme” y “memo” no comparten etimología.

La memez es una característica compartida por quienes se aferran al meme para justificar conductas y tics culturales de complicado encaje en una sociedad demócrata y por quienes difunden memes con perversos fines ideológicos a través de internet. Un miraje semántico parece unir al memo con el meme, idea reforzada por los perfiles de quienes comparten esta práctica y de quienes se valen de ellas y ellos para convertir en tradición la detestable cultura del odio y la violencia como viene siendo práctica habitual en los medios y las redes.

Construir un meme es de una simpleza que bordea la estupidez, ajustada a la mente de quienes lo crean y lo replican, gentes cortas de pensamiento y precario raciocinio. Amén de amenazas y cadáveres, el memo Trump crea memes a diario sobre inmigrantes, mujeres, personas LGTBI o musulmanes que son replicados a nivel global por mentes de desarrollo inestable. En España lo hacen neandertales como Ayuso o Feijóo y cromañones como Abascal o Alvise y luego son replicados por hordas de ultraderecha en forma de pintadas en fachadas y mobiliario urbano o cánticos en los estadios de fútbol antes y después del “lo, lo, loolo, lololo, lolo, lololo, lo, lo…”, un himno cutre a la altura de sus embrutecidos credos.

Es para echarse a llorar cuando se escucha a personas, presuntamente mayores de edad y con supuestos estudios superiores, armar ripios como “que te vote chapote” (pegadizo y tóxico como el reguetón) o recurrir a la picardía infantiloide de un “me gusta la fruta” para tapar un “hijo de puta” ladrado en sede parlamentaria a quien ostenta la Presidencia del Gobierno. De Ayuso y Feijóo no se puede esperar más. De parte de sus seguidores y sus votantes, tampoco. Abascales y Alvises no llegan ni a eso: lo suyo es el odio y los insultos.

Es para echarse a llorar ver a pandillas doceañeras, móvil en la diestra, bebida energética en la siniestra y vapeador rulando de mano en mano, capaces de integrar en una sola frase vocabulario machista, xenófobo, homófobo y racista (aprendido en casa, internet, letras de reguetón y otros etcéteras). Son rasgos culturales y conductuales transmitidos de unos a otras a imitación de lo más deleznable de las generaciones que les preceden y que difunden en sus redes sociales. Es un síntoma más del fracaso de una sociedad abocada al desastre por quienes utilizan los memes para embaucar, con el perverso objetivo de cosechar votos y utilizar el poder para suprimir los derechos cívicos de toda la sociedad, sean memos o no.

Pepe Morales

Estado natural, por Julián Valle Rivas

Que los fenómenos meteorológicos ya no son como eran se trata de una evidencia indiscutible. En España, al menos en el sur, la primavera y el otoño apenas nos aguantan cuatro o seis semanas, si alcanzan las ocho semanas, nos produce extrañeza; los restantes ocho o diez meses se los reparten el verano y el invierno.

Los periodos de calor cada vez son más frecuentes y los de calor extremo, más prolongados. En los ciclos de sequía, que siempre los hubo y los habrá, se aprecian fluctuaciones en sus intervalos de regularidad. Las lluvias, con incidencia nacional, no son aquellas tardes idílicas contempladas a través de la ventana al calor de la lumbre, sino auténticos diluvios universales, que caen a plomo, como si los cerrojos de las esclusas de los cielos hubieran reventado o el dios que fuere los hubiera descorrido con no poco ánimo vengativo o aleccionador. Son lluvias destructivas, arrolladoras, que no distinguen entre creyentes e infieles y circulan ineluctables, o se filtran por las tierras permeables, cargando y recargando los acuíferos hasta hacerlos brotar o manar, colmadas sus bolsas subterráneas. Y, sin embargo, las administraciones del Estado, muchas de las cuales no dejan de predicar sobre el cambio climático, la ecología, los gases emitidos a la atmósfera y hay que ver cómo estamos destruyendo el planeta y qué le vamos a dejar a nuestros hijos; esas mismas administraciones del Estado, cuando se produce la catástrofe por lluvias, la califican de fuerza mayor, inevitabilidad que les permite eludir la responsabilidad. Cierto que es muy escaso el margen de contención, casi nulo, frente a la fuerza de la naturaleza, que todavía la vanidad humana desprecia o se cree, ilusa, avezada para combatir en igualdad de condiciones.


Un ejemplo se puede observar en los cauces de los ríos. Basta con un placentero recorrido por sus tramos rurales, para descubrir cómo en los cauces (no en las márgenes o en las orillas) han germinado auténticos ecosistemas vegetales, que se han convertido, a un tiempo, en refugios ornitológicos. A ello, se suma la sedimentación propia del arrastre de la corriente. El resultado manifiesto es la desaparición del cauce, sobre todo, en las zonas llanas, donde la repercusión de la sedimentación es más propicia; o es un elevado nivel de obstrucción. El agua, en definitiva, su corriente, se queda sin caja por la que circular, y desborda e inunda las tierras, los muebles y los inmuebles circundantes, así como aquellos que, por efecto de las pendientes, se cruzan a su paso. La desaparición o la desmedida reducción del cauce no es un estado inmutable, se puede revertir; de hecho, requeriría el simple control, mantenimiento y limpieza del cauce en cuestión. Y aquí sí que se topa con el verdadero obstáculo.


El dominio hidráulico intercomunitario es competencia de las Confederaciones Hidrográficas, el intracomunitario, de las Comunidades Autónomas, si ostentan las competencias, o del Ministerio, en caso contrario. El dominio hidráulico, en definitiva, es público. Es el dominio público hidráulico. El problema radica en que las administraciones y organismos públicos competentes para actuar sobre el dominio público hidráulico, y, por ende, para actuar sobre los cauces de los ríos, lo hacen por omisión, proceden por inactividad, que es la hermanastra del desinterés, al amparo del conocido como principio del estado natural o de la condición natural, que es el padrastro de la responsabilidad evitada. Que el cauce de un río quede obstruido o desaparezca en la práctica, a base de sedimentos (que incluyen todos los restos de materiales arrastrados) y de auténticos vergeles, dejando a sus aguas sin caja o camino por el que circular, no es consecuencia, entonces, del abandono del cauce, por falta de mantenimiento y limpieza, sino que es consecuencia de su estado natural. Tecleado de otro modo, es la propia naturaleza de los cauces fluviales, que al final quedan obstruidos o desaparecen, la que tiende a la sedimentación y la germinación de vergeles descontrolados. Luego, con los desbordamientos e inundaciones, quedan destrozadas las explotaciones agrícolas, por las que no lloramos, o lloramos menos, al cabo, son cultivos, claro… Aunque no pensará igual el agricultor que pierde su cosecha. Agricultor que acude a la Justicia (otra administración del Estado), reclamando la responsabilidad patrimonial de la administración, y le responde, como en la Sentencia de la Audiencia Nacional de 9 de febrero de 2024: «La administración deja constancia de que un río es una formación de tipo natural, la cual no sólo vehicula las avenidas y la carga sólida, sino que, además, tiene una función ambiental y de reserva de la fauna asociada […].

Como ya se ha indicado, dichas inundaciones se producen de manera natural y forman parte de la dinámica del río, ya que el río, en esta parte baja de vega, ya en su parte final, hasta su desembocadura, en el río Genil, tiene tramos con muy escasa capacidad de evacuación, al ser zonas de depósito de tierras, dada su escasa pendiente». Y ahí te las apañes, y sin obviar que también suele surgir la monserga de la fuerza mayor, como exclusión de la responsabilidad administrativa. Pero, si un río o un arroyo se desbordan con frecuencia inferior a diez años, puede que se deba a la incapacidad de su cauce para soportar el curso de las aguas, por su proceso de reducción ininterrumpida. Si la intensidad de las precipitaciones es causa de fuerza mayor, puede que su frecuencia transforme lo extraordinario en ordinario.


Esto en terreno rústico. En terreno urbano, la trama se complica, con los conflictos de competencias con los ayuntamientos y diputaciones. Después, será el turno de la tragedia y del lamento. Y será el turno de la foto y del careto de circunstancias. Y será el turno de la promesa y de la subvención. Y será el turno de aguardar a la próxima. Porque dónde se invierte (désele un sentido eufemístico al vocablo) el dinero público lo atestiguamos cada día por los medios de comunicación. Mientras, los médicos han de convocar huelgas, las carreteras gastan unos socavones vergonzosos, los muretes se derrumban y, por desgracia, los raíles ferroviarios se quiebran y desprenden, pues, si se liberaliza el sector y se multiplica el tráfico, deberá multiplicarse el control y el mantenimiento, lo cual significaría que las administraciones públicas del Estado asumirían al completo sus deberes, obligaciones y responsabilidades, escenario que, realmente, no es su estado natural.

Julián Valle Rivas

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