Una calle para Adamuz, por Vicente Dalda

escudo ayuntamiento adamuzVicente Dalda: Ilmo. Sr. Alcalde-Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Lucena Ilmo. Sr. D. Aurelio Fernández García y a los Señores Concejales y Concejalas del Ayuntamiento de Lucena Lucena, 20 de enero de 2026.

Ilustrísimo Sr. Alcalde,
Señores Concejales y Concejalas:


Me dirijo a ustedes, como vecino de Lucena, con el fin de solicitar formalmente que la Comisión de Nominación de Calles de este Ayuntamiento estudie y, en su caso, eleve al Pleno municipal la propuesta de denominar una vía pública de nuestra ciudad con el nombre “Adamuz”, como reconocimiento a un pueblo y a unos vecinos ejemplares.


Esta iniciativa tiene su origen en el extraordinario comportamiento, solidaridad y compromiso humano demostrados por el municipio cordobés de Adamuz y sus vecinos, pueblo hermano de nuestra misma provincia, con motivo del reciente accidente ferroviario. Su rápida intervención, ayuda desinteresada y apoyo a las personas afectadas constituyeron un ejemplo de civismo, humanidad y valores que merece un reconocimiento público e institucional.


La denominación de una calle con el nombre “Adamuz” supondría no solo un gesto de gratitud, sino también un símbolo permanente de solidaridad entre municipios cordobeses, de ayuda mutua y de los valores que deben inspirar a nuestra sociedad, dejando constancia de ello para las generaciones presentes y futuras.


Por todo lo expuesto, les ruego tengan a bien valorar esta propuesta en el órgano municipal competente y, si así se estima oportuno, someterla a la consideración del Pleno del Ayuntamiento.


Sin otro particular, y agradeciendo de antemano su atención, reciban un cordial saludo.
Atentamente,
Vicente Dalda
Lucena

Carta abierta al alcalde de Lucena, por Vicente Dalda

cabalgata reyes seguridadCARTA ABIERTA AL ILMO. SR. AURELIO FERNÁNDEZ GARCÍA Alcalde-Presidente del Ilustre Ayuntamiento de Lucena
Sr. Alcalde:
La Cabalgata de la Ilusión, organizada por la histórica Peña de los Reyes Magos de Lucena, se ha convertido en uno de los eventos festivos más multitudinarios no solo de la ciudad, sino de toda la provincia. Año tras año, miles de familias —muchas procedentes de municipios cercanos— acuden a Lucena para vivir una cita que tiene como protagonistas indiscutibles a los niños, auténtico corazón de esta celebración.


Ese éxito creciente, que es mérito indudable de la Peña organizadora y de la tradición lucentina, trae aparejada una realidad incuestionable: cada vez son más las personas concentradas en el recorrido, y cada vez mayor el riesgo si no existe una planificación de seguridad acorde a la magnitud del evento.


Hemos sido testigos directos de cómo niños de muy corta edad se lanzan a recoger caramelos y regalos arrojados desde las carrozas, poniéndose en ocasiones en una situación de grave peligro, llegando incluso a introducirse literalmente debajo de las propias carrozas en movimiento, sin que existan protecciones físicas, perímetros de seguridad ni barreras que impidan estos comportamientos de riesgo. Lo que para muchos puede parecer una escena entrañable es, en realidad, una situación potencialmente trágica. La responsabilidad legal no es abstracta: es directa.


La Ley 13/1999, de Espectáculos Públicos y Actividades Recreativas de Andalucía, así como su desarrollo reglamentario, establece con claridad que los eventos celebrados en la vía pública deben contar con condiciones adecuadas de seguridad, prevención de riesgos, control de accesos y protección de los asistentes, con especial atención cuando existen menores de edad y vehículos en movimiento interactuando con el público.


Estas obligaciones no recaen únicamente en los organizadores. El alcalde, como máxima autoridad municipal, es el responsable directo de autorizar, supervisar y garantizar que dichas condiciones se cumplan de forma efectiva. No se trata de una responsabilidad genérica ni compartida de manera difusa: la legislación andaluza y el marco del régimen local sitúan en la Alcaldía el deber último de velar por la seguridad ciudadana en actos multitudinarios.


El contraste con la Procesión Magna

Este mismo año, Lucena ha sido capaz de organizar con éxito la Procesión Magna, un evento de enorme complejidad logística, para el que se articularon dispositivos visibles de seguridad, coordinación policial, planificación sanitaria y control de flujos de público, todo ello comunicado con antelación y ejecutado con rigor.


Resulta difícil de explicar que un evento como la Cabalgata de la Ilusión, con una presencia masiva de niños y una interacción directa entre carrozas y público, no cuente con un nivel de planificación y visibilidad en materia de seguridad equivalente al desplegado en la Procesión Magna. La diferencia no es menor: en la cabalgata el riesgo es más imprevisible y afecta directamente a menores.


Ilusión sí, pero con garantías

La tradición, la emoción y la magia no pueden servir de sustituto a la prevención, ni la buena voluntad puede reemplazar a los planes de seguridad. La ciudadanía confía en que el Ayuntamiento, y muy especialmente su Alcalde, haya previsto, evaluado y reducido los riesgos inherentes a un evento de estas características.


La seguridad no es un añadido ni una opción secundaria. Es una obligación legal y moral, y su cumplimiento es responsabilidad directa de la Alcaldía. Garantizar que ningún niño corra peligro bajo una carroza no es una exigencia exagerada: es el mínimo exigible en una sociedad que protege a sus menores.


Lucena puede seguir presumiendo de su Cabalgata de la Ilusión. Pero para hacerlo con orgullo pleno, la ilusión debe ir acompañada de seguridad real, visible y planificada.


Vicente Dalda
Lucena, enero de 2026

Saga Bond: Daniel Craig (IV), por Julián Valle Rivas

spectre james bond daniel craigLlámese pundonor, dada la inesperada cumbre milmillonaria de «Skyfall», llámese mano bien untada con manteca verde o llámese atracción y convencimiento por la historia propuesta, como finalmente confesó Sam Mendes, quien había aceptado repetir como director de la nueva entrega, hecho que no ocurría desde la era Timothy Dalton, con John Glen. Por apuntarse a la fábrica de moneda y timbre, también se apuntó el mismo Daniel Craig, como coproductor y con facultades de decisión en el guión.


    El caso es que los fajos de billetes que se iban acumulando imparablemente sobre la mesa actuaron a modo de pila alcalina, potenciando la capacidad inspiradora del trío de escritores John Logan, Neal Purvis y Robert Wade, componiendo una historia en consonancia con su anterior guión, para la que aprehendieron algunas referencias del personaje de Hannes Oberhauser del relato «Octopussy» (1966), con más profundidad de personajes y un Bond más experimentado que sus compañeros, quienes no dejarán de confiar en él y ayudarlo. Y una historia rematada con un material clásico de la saga: la organización criminal SPECTRA y su jugoso entorno, aprovechando que en 2013, a raíz, de nuevo, del tirón de «Skyfall», lo habían logrado. Merecería artículo aparte el culebrón de los derechos de «Operación trueno» y el litigio con Kevin McClory. Sólo recordar que Ernst Stavro Blofeld, Número 1 o jefe de SPECTRA, fue un personaje creado para «Operación trueno» (1961) que constituyó la trilogía de novelas consumada con «Al servicio secreto de Su Majestad» (1963) y «Sólo se vive dos veces» (1964). Como tecleaba, el impacto de «Skyfall» reforzó la posición de MGM y Danjaq para alcanzar un acuerdo con los herederos o gestores del patrimonio de McClory y rebajar la idea alternativa o plan b de la organización Quantum a mera sucursal olvidable y olvidada. Aprobada, pues, por director, actor y productores la historia de Logan, Purvis y Wade, éstos emprendieron el trabajo de redactar el guión, cuyo lustre fue encargado a Jez Butterworth, de quien, se dice, había colaborado para «Skyfall» sin acreditar. Butterworth era y es un dramaturgo y guionista, que perfeccionó, sobre todo, los diálogos entre 007 y el villano, y cuyos últimos trabajos serían las recomendables series para televisión «La agencia» (2024) y «Tierra de mafiosos» (2025).


    La premisa de actuación del equipo se aferraba a la seña de identidad de la saga, al realismo, a la primacía de lo material o artesanal, reduciendo a la mínima expresión el empleo de los efectos visuales, a cargo de Steven Begg, supeditados a la superposición de imágenes o a completar escenarios en el montaje final. Quizá por eso, al supervisor de efectos especiales y miniaturas, veterano de la casa, Chris Corbould, se le dejó montar la mayor explosión de la historia del cine (volando por los aires el complejo de Blofeld), con ocho mil ciento cuarenta litros de queroseno, veinticuatro cargas con un kilogramo de explosivo cada una y un ordenador conectado a cada explosivo. «Una toma —se vanagloriaba Mendes, testigo privilegiado de la proeza en el paraje desértico marroquí—. Subes las escaleras, línea de diálogo, la mayor explosión de la historia del cine, plano de salida, corte». También destacó Corbould en la genial explosión y derrumbe de la escena mexicana, llevada a cabo en los estudios Pinewood. Para volver a aspirar a la perfección en las secuencias de acción, se mantuvo la confianza de la dirección y fotografía de la segunda unidad en Alexander Witt, quien extremó la escena de persecución de coches por las calles de Roma, para la que recurrieron a ocho Aston Martin DB10, fabricados a medida para la película; incluso el equipo técnico de Fórmula 1 Williams acondicionó su modelo del Jaguar C-X75 de híbrido eléctrico a motor de combustión interna. Aunque su intervención no ha sido tan constante como la de otros integrantes, la labor de los directores de fotografía siempre ha sido digna de reverencia. Hoyte Van Hoytema sumaba una década de experiencia en producciones de la región de Escandinavia, expandiendo su trabajo con «The Fighter» (David O. Russell, 2010), la maravillosa «El topo» (Tomas Alfredson, 2011) o «Her» (Spike Jonze, 2013), cuando fue recomendado a Christopher Nolan y fotografió una brillantez, «Interstellar» (2014), para encabezar la filmografía del director y guionista británico. Para la fotografía de esta entrega de la saga elabora Van Hoytema una magistral paleta de colores, desde la vívida miscelánea mexicana hasta la tonalidad anaranjada romana, algo difuminada en el interior de la casa de Lucia Sciarra, pasando por los níveos blancos azulados del escondite austríaco del Señor White (qué goce de plano, el de Bond aproximándose a la cabaña todo de negro, como deslizándose sobre la superficie de la laguna), más sucios para el interior de la cabaña, los apagados para la clínica o el juego de sombras en la reunión de la organización criminal. Al hilo de Christopher Nolan, habitual suyo era el editor Lee Smith, cuyos inicios compaginó con la edición de sonido, y se había distinguido, además, en los títulos de Peter Weir «El show de Truman» (1998) y «Master and Commander: Al otro lado del mundo» (2003), validando su profesionalidad en el resultado del largometraje. El diseñador de producción Dennis Gassner persistió en ese enfoque de exterioridad y verismo por el que venía apostando desde las últimas entregas, y hay que reconocerle que, de consuno con Mendes y sus asistentes, construyó una secuencia mexicana esmerada, meticulosa hasta el perdido pormenor del encuadre (absorbió un alto porcentaje del presupuesto), entre la plaza Manuel Tolsá y la de la Constitución (o el Zócalo), con mil quinientos extras, ciento setenta maquilladores y cuarenta especialistas mezclados entre la multitud. El especialista en acrobacias aéreas en helicóptero Charles Aaron, a los mandos de su Messerschmitt-Bölkow-Blohm Bo 150 de Red Bull, amoldado con una manita de pintura para el evento, se ocupó del particular pilotaje en México, dejando los tirabuzones y otras locuras, por seguridad y calidad del aire, para la zona abierta de Palenque. Thomas Newman se debió ganar un sobresueldo únicamente por la sutilidad en la recreación de la naturaleza diegética y extradiegética del plano secuencia de la introducción mexicana, sin desmerecer la restante aportación a la banda sonora. Pese a ser una bonita canción la escrita e interpretada por Sam Smith, su voz se me suele antojar en exceso aguda para la saga.


    Al consolidado elenco conformado por Ralph Fiennes, Naomie Harris, Ben Whishaw, Rory Kinnear y el regreso de Jesper Christensen, se añadió al actor de moda (no por ello menos magnífico) Christoph Waltz. Hasta la fecha, en la columna del débito de la saga, imperdonablemente, había permanecido el nombre de Monica Bellucci, quien, a sus cincuenta y un años, nada había de envidiar a actrices pasadas, presentes y futuras. La francesa Léa Seydoux irradiaba talento innato y supo ofrecer ese punto de experiencia buscado por el director y los productores. La presencia física de Dave Bautista no puede ocultar, con expresa remisión a su filmografía, la versatilidad de su faceta actoral. El muy solvente dublinés Andrew Scott había forjado su carrera circulando sin reparo del teatro a la televisión y al cine, adquiriendo su mayor fama con la serie «Sherlock» (2010-2017). Equipo artístico con el protagonismo absoluto, claro está, de Daniel Craig, cuya imagen frente a la boca del cañón recobra, en 2015, la apertura del metraje para «SPECTRE».


    «Los muertos están vivos». México DF. 2 de noviembre. Día de Muertos. La multitud abarrota las calles de la ciudad. Comparsas, pasacalles, bailes, música, disfraces y celebración de la fiesta. Un personaje vestido de blanco, enmascarado y con sobrero, cruza el plano que pasa a centrarse en una pareja igualmente ataviada para la ocasión. En una secuencia, la cámara sigue a la pareja hacia el interior de un hotel, toma el ascensor y, apasionada, entra en la habitación. Ella (Stephanie Sigman), sensual, se acerca a la cama, preparada para un momento sicalíptico, cuando, al girarse, su acompañante se ha deshecho del disfraz y aparece impecablemente trajeado y con una Glock 17 con el kit KPOS al hombro. El amante no es otro que James Bond, 007. Todavía en secuencia única, Bond sale por el balcón, camina por la cornisa y espía la habitación del edificio vecino, donde el misterioso personaje de blanco, Marco Sciarra (Alessandro Cremona), se ha reunido con un par de mafiosos para cerrar un enigmático trato. Se habla de una cita a las seis de la tarde (un inmediato detalle del reloj de la fachada indicará que son las cinco menos cinco) y del Rey Pálido. Dispuesto 007 a descargar el arma sobre los malos, el humo del tabaco delata el láser. Tanda de disparos y una explosión que derriba la fachada sobre el lugar del Agente, quien trata de librarse del aplastamiento, sin impedir caer entre las ruinas. También se ha librado Sciarra, y una mirada entre los dos basta para que éste emprenda la huida, valiéndose del gentío para camuflarse. En la plaza lo aguarda un helicóptero al cual Bond sube, iniciándose una pelea a muerte con victoria, por supuesto, para 007, quien, a los mandos de la aeronave, examina el curioso anillo arrebatado del dedo de Sciarra, con el grabado del símbolo de un pulpo. En el despacho de M (Ralph Fiennes), enfurecido por la difusión mediática de los acontecimientos de México y la parca justificación de Bond, le advierte de la delicada situación del Servicio doble cero, con la inminente restructuración de agencias y la fusión con el MI5. Bond está suspendido indefinidamente. Coincide la sanción con la presentación de Max Denbigh (Andrew Scott), Jefe del Servicio de Seguridad Conjunto, encargado del nuevo Centro de Seguridad Nacional y del proyecto de red de vigilancia global, que implica a nueve países («Nueve Ojos»), a quien 007, socarronamente, apoda como C. Durante la noche, Moneypenny (Naomie Harris) entrega a Bond en su casa de Londres los restos recuperados de la finca Skyfall (hallará documentos de la adopción temporal de James Master Bond y una foto algo quemada de su juventud con su padre adoptivo y el hijo, cuyo rostro ha desaparecido) y éste le muestra el vídeo que recibió tras el fallecimiento de la anterior M (Judi Dench), en el cual ella le ordena la que ha sido y será su misión, que encuentre a Sciarra, lo mate y asista a su funeral. El funeral será en Roma dentro de tres días. Convocado en la guarida secreta de Q (Ben Whishaw), se le inyecta a Bond nanotecnología de control y localización, si bien le pide al Jefe de Intendencia que oculte su posición durante un tiempo. El suficiente para apropiarse del Aston Martin DB10 y viajar hasta Roma, donde la narración del funeral de Sciarra atiende a un extraño personaje, que se percata de la presencia del Agente británico, y a la viuda, Lucia Sciarra (Monica Bellucci), desamparada y en peligro de muerte. Precisamente, esa misma noche, en su casa, Bond la salva de ser asesinada. Seducida y necesitada, Lucia se deja llevar por el amor del Agente y le revela la reunión de la organización criminal a la que pertenecía su marido, que se celebrará a medianoche. No si antes procurarle a la viuda la protección de su amigo Felix Leiter, y recurriendo al anillo conseguido en México (simple añagaza, pues todos los secuaces están prevenidos), Bond se adentra en la asamblea general de la organización, uno de cuyos puntos del día será la selección de los postulantes a asesinar al Rey Pálido, imponiéndose las credenciales de Hinx (Dave Bautista). A continuación, el presidente de la asamblea villanísima (Christoph Waltz), quien parece conocer bien a Bond, lo descubre, comenzando una persecución en coche por las calles de Roma, con Hinx al volante de un Jaguar C-X75, tras él. Aprovecha 007 el tranquilo paseo por la ciudad italiana para llamar a Moneypenny, quien le informa que el Rey Pálido no es otro que el Señor White (Jesper Christensen), pidiéndole que investigue a Franz Oberhauser. Parecía muerto en avalancha Oberhauser, junto a su padre, resultando no ser así, porque era él el presidente de la asamblea villanísima. A costa de la integridad material del Aston Martin, como de costumbre, esquiva Bond a Hinx, para acudir al escondrijo austríaco del Señor White, donde se refugia al borde de la muerte, envenenado por talio. Antes de suicidarse con el arma de Bond, le confiesa que la pista que pretende comprende proteger a su hija, en la Clínica Hoffler, para que lo conduzca hasta L’Americain. En la clínica, el primer contacto con la doctora Madeleine Swann (Léa Seydoux) es poco fructífero. Surge Q para echar una mano, poniéndose a analizar el anillo de Sciarra, en tanto sortea la presión de unos sicarios, y 007 se lanza al rescate de Madeleine, secuestrada por Hinx y su equipo de paniaguados. Proyectada la oportuna secuencia de acción, que manifiesta la inmune condición de la pareja (y la inmortalidad de Hinx), se salta a la explicación de Q acerca del anillo, vinculado a los malvados de las entregas anteriores de la era, rematada por Madeleine con el nombre de la organización: SPECTRA. L’Americain, en Tánger, era el hotel donde los padres de Madeleine pasaron su luna de miel. Allí, una habitación secreta construida por el Señor White concede a la pareja unas coordenadas en pleno desierto, hacia donde se dirige en tren (ella le cuenta un suceso de su infancia que servirá de base para la siguiente entrega de la saga), para terminar de enamorarse durante el trayecto, previo ataque de Hinx, contrarrestado por medio de actuación conjunta. Mientras, en Londres, M, derrotado por el programa Nueve Ojos y abatido por la impotencia, apercibe a Q y Moneypenny, deseosos de ayudar a Bond, de que 007 está solo en su misión y que deben destruir todo el sistema de seguimiento y documentación. El desértico complejo maloso que se ha montado Oberhauser para desarrollar sus mefistofélicos planes escenifica un sector del metraje que mezcla en coctelera fría la exposición del perverso objetivo, desde luego, con todo el programa Nueve Ojos a su disposición y con C en nómina; el rencor y la envidia de Oberhauser al hijo adoptado, por los que asesinó a su padre y fingió su propia muerte, para resucitar como Ernst Stavro Blofeld; la tortura de Bond; el recurso del clásico reloj bomba, que hiere a Blofeld y otorga la evasión de la pareja; y la megalítica explosión del maligno complejo. De vuelta a Londres, habrá de acaecer el desenlace. Pronto, Madeleine, incapaz de soportar el estilo de vida o de cambiar a Bond, se desvincula del equipo táctico formado por él, M, Q, Moneypenny y Bill Tanner (Rory Kinnear). Los esbirros de turno fuerzan a 007 a personarse en el antiguo edificio del MI6, acondicionado para ser derruido con explosivos; de manera que los demás se encaminan hacia el Centro de Seguridad Nacional con la intención de jaquear el sistema y detener a C. Ambos argumentos transcurren en paralelo. El del Centro de Seguridad concluye con el jaqueo del sistema y la accidental muerte de C, al enfrentarse a M. Por su parte, el protagonizado por Bond teatraliza los variados decorados montados por Blofeld, demonizándole y responsabilizándole del contexto. Perdido un ojo por las heridas infligidas en su complejo, anuncia a 007 que hará explotar el edificio en tres minutos y que Madeleine está ahí encerrada. A contrarreloj, con el villano a escape en helicóptero, Bond corre desesperado de un rincón a otro, hasta que (¡oh, milagro!) da con Madeleine justo para tirarse en altura sobre una red de protección y abandonar en lancha el edificio antes de la explosión. A lo largo del Támesis, aún 007 dispara al helicóptero (¡cuidado con la efectividad en distancia de sus pistolas!). Acierta al motor, el helicóptero cae, Blofeld sobrevive, arrastrándose mal herido, cual serpiente, sobre el asfalto; Bond lo alcanza, apunta con su Walther PPK; a cada uno de sus lados, no muy lejos, M y Madeleine lo contemplan; el dilema: continuar siendo un asesino o dejar de serlo; Blofeld le insta a disparar, ha de decidirse. James Bond decide no matar, arroja su arma y se marcha con Madeleine. El largometraje se cierra con Bond pidiendo un último favor a Q, y, sentando en su viejo Aston Martin DB5 (de reparaciones en la Sección), Madeleine en el asiento del copiloto, arranca el viaje hacia un futuro por escribir.


    Denostada y criticada en años recientes, considero «SPECTRE», en cambio, un gran producto, al nivel brindado por el periodo Craig. Entretenida, emocionante. Aventuras, acción. Múltiples escenarios, realismo en los efectos, excelente fotografía, buena banda sonora, bien rodada, mejor montada, espectáculo a raudales, historia interesante, Monica Bellucci… Tal vez, Christoph Waltz vaya sobrepasado (¡pero qué villano de la saga no desborda la excentricidad y el histrionismo!) y las motivaciones de su personaje no se hayan elucidado correctamente. O Léa Seydoux no fuera la mejor elección para el papel, como pareja de Craig, entendiendo la eterna juventud que aparenta el rostro de la actriz y la notable diferencia de edad entre ambos (diecisiete años). O el enamoramiento de la pareja sea desmesuradamente fulminante o automático. O la narración se desvíe en algún que otro circunloquio. O no recaudara los mil millones (¡pero no se desprecian sus casi novecientos!). O los denostadores y críticos exageren en demasía. Porque «SPECTRE» es una película grande, como se escribe, con todas sus letras en mayúscula.


Julián Valle Rivas

Carnaval de Navidad, por Pepe Morales

navidadlucena2021plazanuevaAcabado el breve pero rentable carnaval de “jalogüin”, la ciudadanía ha cambiado el “truco o trato” (¿qué querrá decir?) y las casas disfrazadas de presuntos escalofríos por el “feliz navidad, jo, jo, jo” y las fachadas disfrazadas con luminarias de puticlub de carretera, todo a beneficio de grandes superficies y plataformas de venta online. La cultura consumista impulsada por el neoliberalismo anglosajón ha desplazado las castizas rebajas, arrasadas y por un “black friday” multinacional de precios fraudulentos con falsa apariencia de ganga.

España es una fiesta de máscaras que esconden carencias históricas de los españoles y las españolas a la hora de interpretar y comprender la realidad, de identificar bulos y de asumir la desinformación como la palabra de un dios. La charanga y la pandereta siguen siendo el buque insignia de la Marca España para regocijo del cuñadismo, la erudición de peluquería, la filosofía de taberna y el populismo que identifica la Libertad con tomar cañas en la vía pública usurpada al peatón y convertida en un abusivo apéndice de la hostelería.

“Jalogüin” se ha confirmado como precoz carnaval adoctrinador en el derroche manirroto inculcado desde preescolar. La navidad –con su cena de Nochebuena, su desenfreno de Nochevieja y su disloque de Reyes como santísima trinidad del despilfarro– es la decana en la programación de la educación para el consumismo, materia transversal que permea el sistema educativo, el beneficio empresarial y la cuenta de resultados de los medios de comunicación. Oigan “Navidad, tiempo de gastar” de CasiCreativo o “Villancico” de Ska–P.

Dicen, quienes veneran a ídolos y adoran a los Becerros de Oro, que la Navidad es una tradición cristiana, “Un negocio millonario con la fe de los cristianos” canta Ska–P. Tradición y negocio se dan la mano en torno a parroquias y obispados que estiran sus celebraciones a casi todos los meses del año, cargando al erario público la mayor parte del gasto y haciendo, a la hora de contribuir, de su capa un sayo. Pongan escribas y fariseos, césares y prelados una vela a dios y otro al diablo cuando acudan disfrazados a las misas del gallo.

Bocas que comen langosta y vocean homilías hablarán de caridades, de amor al prójimo y de otras lindezas huecas ante vírgenes y santos saturados de pedrería y mantos en plata y oro ricamente bordados. Poco que ver con la homilía de un mártir comunista: “Nunca tuve zapatos, / ni trajes, ni palabras: / siempre tuve regatos, / siempre penas y cabras. / Me vistió la pobreza, / me lamió el cuerpo el río, / y del pie a la cabeza / pasto fui del rocío”. Los católicos adalides de la “Libertad” borraron sus versos, pero no la Historia, en Madrid.

Del poeta del pueblo son los versos que ponen a la sociedad de la opulencia ante el espejo de la creciente desigualdad el día de los bolsillos rotos, el cinco de enero, la fecha por antonomasia para el postureo social, para comprar afectos de grandes y pequeños, para ocultar al corazón lo que piensa el cerebro: “Por el cinco de enero, / cada enero ponía / mi calzado cabrero / a la ventana fría. / Y encontraban los días, / que derriban las puertas, / mis abarcas vacías, / mis abarcas desiertas”. Mentes obesas ignorando al mundo famélico.


Entre tanto brilli–brilli, hiperbólicos disfraces, campanadas, excesos etílicos, confeti, gorros y matasuegras, abetos de los chinos, guirnaldas y belenes de cartón piedra, pasarán al reino del olvido el racismo, la homofobia, la violencia contra las mujeres, el problema de la vivienda, el trabajo precario, la Sanidad y la Educación privatizadas, la dependencia que no llega, la especulación alimentaria, los crímenes y amenazas del loco norteamericano, las hambrunas, las guerras y el genocidio en Gaza. ¡¡Feliz carnaval y próspero año nuevo!!

Pepe Morales

Navidad, matemáticas y otras ficciones políticas, por Vicente Dalda

juan manuel moreno bonilla juanm amoreno ppj unta andaluciaLa Navidad suele traer consigo buenos deseos, villancicos… y, en ocasiones, declaraciones que uno no sabe si envolver para regalo o devolver al remitente. Este año, el protagonismo lo ha tenido Alberto Núñez Feijóo, que en un alarde pedagógico navideño vino a sugerir que los andaluces no saben contar. No especificó si se refería a contar ovejas, años de gobierno o promesas electorales, pero el mensaje quedó claro: el problema nunca es la política, sino el ciudadano que hace mal las cuentas.


La afirmación resulta especialmente entrañable cuando se pronuncia desde un partido que confía mucho en la memoria selectiva. Porque, ya que hablamos de contar, quizá convendría repasar a

lgunos números sencillos, de esos que se enseñan en primaria y no requieren calculadora: uno, dos… y tres.


Ahí aparece el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, también del Partido Popular, que en su día prometió solemnemente gobernar solo dos legislaturas. Dos. Ni dos y medio, ni dos “si las circunstancias lo aconsejan”. Dos, como los mandamientos básicos de cualquier compromiso político: prometer y, a ser posible, cumplir. Sin embargo, la aritmética popular parece haber cambiado: donde antes había un límite claro, ahora hay una tercera candidatura perfectamente justificada por esa ciencia exacta llamada “contexto político”.


Quizá el error no esté en los andaluces, sino en el método. Tal vez contamos mal porque nos dijeron que el dos era dos, cuando en realidad significaba “las que hagan falta”. O porque entendimos que una promesa era un compromiso, cuando en realidad era una sugerencia orientativa, revisable y ampliable según la demanda.


Decía Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». En política española, y muy especialmente en fechas navideñas, la cita adquiere categoría de programa electoral. Se prometen límites y luego se estiran; se habla de respeto al votante mientras se le explica, con condescendencia, que no sabe sumar.


Así que, señor Feijóo, puede que los andaluces sepamos contar mejor de lo que parece. Contamos promesas, contamos mandatos y, sobre todo, contamos las veces que se nos dice una cosa y se hace la contraria. Y eso, créame, no es un problema de matemáticas, sino de credibilidad.
Feliz Navidad… y felices cuentas.

Vicente Dalda

Cuando los extremos se tocan… también en lo que cobran del Ayuntamiento, por Vicente Dalda

pleno organizativo ayuntamiento lucena 22 junio 2023Dicen que la política es un círculo y que los extremos se tocan. En Lucena parece que no solo se tocan ideológicamente, sino también en lo que cobran del Ayuntamiento.


En el mismo Pleno conviven VOX (Laura Sánchez Sicilia) e Izquierda Unida (Miguel Villa Luque). Extremos opuestos en el discurso, pero perfectamente alineados en algo muy concreto: el sistema de retribuciones que ellos mismos aprobaron por unanimidad.


Ambos concejales no están liberados, mantienen sus trabajos fuera del Ayuntamiento y, aun así, acuden religiosamente a todo: cinco comisiones informativas, plenos y consejos de administración de las empresas municipales. El resultado de tanta vocación institucional: unos 38.000 euros brutos al año, sin dedicación exclusiva.


Y aquí viene el dato revelador: cada asistencia a una comisión —que en muchos casos no dura más de una hora— se paga en Lucena a 410 euros. Para ponerlo en contexto, esa cantidad se aproxima al alquiler mensual medio de un piso en la ciudad. Es decir, una hora de comisión equivale, para muchos vecinos, a un mes de vivienda.


La comparación es aún más ilustrativa: en Cabra, según informa el propio alcalde del municipio, la asistencia a una comisión se retribuye con 60 euros. Misma provincia. Mismo tipo de órgano. Duración similar. Siete veces menos.


Por si fuera poco, cada grupo municipal recibe asignación económica propia y dispone de un asesor a jornada completa pagado con dinero público. Todo ello, igualmente, aprobado en el Pleno por unanimidad.
Conviene recordar un pequeño detalle: los políticos son los únicos trabajadores que se fijan sus propias retribuciones. No hay convenio, no hay empresa, no hay negociación externa. Se sientan, votan… y queda aprobado.


¿Es legal? Sí. ¿Es transparente? También. ¿Es ejemplar? Esa ya es otra cuestión. Aquí no se acusa a nadie de no trabajar. Solo se pone el espejo delante. Que cada cual saque sus propias conclusiones

Vicente Dalda

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