Decir que una persona siente “asco de ser español” puede sonar rotundo; pero no ilumina el problema, lo oscurece. Confunde al país con quienes lo gestionan y convierte un malestar legítimo en un rechazo improductivo. No es lo mismo aborrecer la ineficacia que despreciar aquello que compartimos. Precisamente porque la libertad de pensamiento es el oxígeno de una democracia, conviene ejercerla sin convertir la crítica en autodescrédito.
Toda persona tiene derecho a expresar su juicio, por ácido que sea. Faltaría más. Ahora bien, hay una frontera, a veces invisible pero real, entre el cabreo legítimo y el nihilismo estéril. Cuando la ciudadanía encoge el gesto ante el enésimo titular de mala gestión o siente que la confianza en las instituciones se le escurre entre los dedos, no es por capricho ni por masoquismo: es una señal de alerta democrática.
Pensemos en el accidente ferroviario de Adamuz. Las preguntas que muchas personas se hacen, sobre mantenimiento, decisiones técnicas o responsabilidades, no nacen del odio a su país, sino del compromiso con la vida de quienes viajan, con el uso de los recursos públicos y con la rendición de cuentas. Ese descontento no es un defecto de fábrica; es, de hecho, un síntoma de salud cívica.
Por eso conviene precisar las palabras. El asco es una emoción de retirada; la indignación, una energía de transformación. Confundir la ineficacia de una administración con la esencia de una nación es un error de bulto. España no es un boletín oficial, ni un despacho, ni la suma de fallos logísticos en un tramo de vía. España es la exigencia de que esas vías funcionen; es la cultura de pedir explicaciones a quien decide; es la libertad de decir “esto no me gusta” y convertir esa frase en el principio de una solución.
Esto se entiende mejor cuando miramos de cerca. En Lucena, asociaciones vecinales y plataformas cívicas han demostrado que la indignación bien encauzada consigue cambios: desde reclamaciones por servicios públicos hasta propuestas concretas para mejorar la movilidad, la seguridad o el mantenimiento de espacios comunes. No se trata de exhibir banderas ni de renegar de ellas, sino de cuidar lo que es de todos con una vigilancia serena y perseverante. En lo local se aprende una lección útil: lo que se nombra con rigor se puede corregir; lo que se desprecia sin matices se abandona.
Separar la paja del trigo exige calma: distinguir bulos de datos, errores de responsabilidades, y opiniones de decisiones verificables. La ciudadanía es perfectamente capaz de reconocer cuándo algo no funciona; y también de exigir que funcione sin por ello desautorizarse a sí misma. La crítica fundada no degrada la convivencia: la fortalece.
Menos golpes de pecho por la supuesta vergüenza de pertenecer y más rigor para señalar con nombre y apellidos aquello que debe mejorar. Podemos, y debemos, ser profundamente críticos con la gestión de lo público por parte de nuestro Gobierno, porque sobran los motivos. Pero la salida no es el desprecio: es la exigencia. No necesitamos sentir asco de nuestro país; necesitamos exigirle más. Eso es, sencillamente, dignidad democrática.
Fernando Manuel García Nieto
Puede sonar duro el titular, pero refleja la sensación que produce un rebaño de borregos cuando balan a coro las salmodias dictadas por los pastores, en un ejercicio gregario de renuncia a la facultad de opinar con criterio propio. Ese o esa borrega de divisa rojigualda en la muñeca, a juego con la que cuelga del retrovisor de su coche o del balcón de casa, es una docta eminencia a pesar de que su currículo escolar naufragara en la ESO. Como si de una exigencia genética se tratara, abre la boca y opina con vehemencia de cualquier tema.
Escuchar sus diatribas, en la taberna o el supermercado, en público o en privado, elevando la voz para percutir el máximo de oídos, es una condena que no soportaría el mismísimo Sísifo. Sus palabras –eco de lo escuchado en un informativo cualquiera, de lo cacareado en una u otra tertulia mediática, de lo escrito en cualquier titular de prensa paniaguada o de lo excretado en las redes sociales– emanan de las oquedades de sus cabezas como abruptas monsergas de ritmo vacuo y melodía desafinada, a la altura de su precariedad intelectual.
Con la ignorancia, la desinformación y el bulo por banderas, han convertido el patriotismo en un peligroso dogma que excita la furia y evoca un amargo olor a sangre. Nada les impide sacar pecho y despreciar a Erastótenes de Cirene –”¿quién es ése?”, dirán entre risas–, a Pitágoras –“el de los catetos”, gritarán–, a Aristóteles –“viejuno superado”, sentenciarán– o a la ciencia cuando se trata de sostener que la tierra es plana. ¿Para qué razonar o perder tiempo en argumentar si lo ha dicho Shaquille O’Neil avalado por sus cuatro anillos de oro?
Con estos mimbres, acabamos de asistir a la enésima vergüenza nacional a cuenta de los cadáveres esparcidos en las vías de Adamuz. Apenas cuarenta y ocho horas ha durado la empatía y el respeto a las víctimas del luctuoso accidente. La patria no merece dejar pasar la ocasión de aprovechar el suceso para sembrar una especie tan extendida y nociva como la cizaña. Cuando no eran ni media docena los muertos contabilizados, la extrema derecha de Vox ya lanzaba la especie de que el descarrilamiento del tren se debió a la corrupción.
Apenas había una docena de víctimas, cuando reclamó todos los focos (su especialidad) la inefable Ayuso para desarrollar la teoría del caos como fórmula infalible para menospreciar a su desnortado jefe de filas y contraprogramar la insólita responsabilidad institucional de su presunto rival en el PP Moreno Bonilla. A partir de ese preciso momento, la movilización de la brigada mediática fue tan inmediata como previsible, con el ruin e irrenunciable objetivo de aprovechar el doloroso amasijo de hierros y restos humanos para desgastar al gobierno.
La extravagancia argumental desatada por el pensamiento ultraconservador se ha fijado como meta equiparar el desastre y su gestión con la vergonzosa y espantosa actuación de Ayuso con los protocolos de la vergüenza durante el covid y a la irresponsable e inhumana actuación de Mazón antes, durante y después de la dana. Ambos despropósitos, avalados por Vox y defendidos a ultranza, aún hoy, por Feijóo, son asimilados en bares y comercios a la tragedia ferroviaria para imponer el peligroso mantra de “todos los políticos son iguales”.
En fin, una vez más, opinólogos y todólogos han aprovechado una desgracia para repetir lugares comunes, apoyados en bulos y desinformación, y desatar la lengua del cuñadismo patrio para decidir quién es el culpable de la tragedia, de la misma forma que deciden quién ha de ser el portero de la roja, quién debe ganar cualquier concurso de televisión, o cómo tienen que funcionar la justicia, la sanidad, la educación y todos los servicios públicos. Estos y estas patriotas nunca cuestionan el mundo de las finanzas y la empresa privada: lo acatan sin rechistar porque “siempre ha sido así” y consideran comunismo cualquier alternativa.
Es para exiliarse del corral. Con asco.
Pepe Morales
Tras el grave accidente ferroviario ocurrido en el término municipal de Adamuz (Córdoba), en el que se vieron implicados un tren Iryo y un Alvia, la hipótesis principal manejada por los informes preliminares apunta a la fractura previa de un carril como causa directa del descarrilamiento y posterior colisión.
Sin embargo, un análisis técnico riguroso obliga a plantear una cuestión fundamental: ¿es suficiente la falta de un trozo de vía para explicar por sí sola un accidente de esta magnitud? La evidencia disponible sugiere que no.
Este artículo expone una teoría alternativa complementaria, basada en principios físicos conocidos, datos ya publicados y la propia lógica ferroviaria: la fractura del carril fue una condición necesaria, pero no suficiente, siendo determinante la concurrencia de fuerzas aerodinámicas de succión lateral producidas por el cruce con el tren Alvia.
1. La fractura del carril como condición previa, no como causa única
Los informes preliminares de la investigación señalan que:
El carril presentaba una fractura previa al accidente.
Otros trenes habían circulado por ese mismo punto, antes del siniestro, sin descarrilar.
Incluso parte del propio tren Iryo superó la zona dañada antes de que se produjera el descarrilamiento.
Este hecho es clave desde el punto de vista técnico.
En ingeniería ferroviaria, una rotura de carril no implica automáticamente un descarrilamiento, especialmente si:
La carga por eje está dentro de límites.
La geometría de vía se mantiene parcialmente.
No concurren fuerzas laterales significativas en ese instante.
Por tanto, la fractura explica una vulnerabilidad, pero no justifica por sí sola el momento exacto ni la violencia del siniestro.
2. El factor olvidado: fuerzas aerodinámicas en cruces de trenes
Cuando dos trenes circulan en vías contiguas y en sentidos contrarios, especialmente a alta velocidad, se generan fenómenos aerodinámicos bien documentados:
Onda de presión frontal.
Aceleración del flujo de aire entre ambos trenes.
Descenso de presión lateral, que genera una fuerza de succión transversal.
Turbulencias intensas en el momento del cruce.
Estas fuerzas no son teóricas ni marginales: están recogidas en normativas ferroviarias europeas y condicionan el diseño de separaciones entre vías en líneas de alta velocidad.
En condiciones normales, estas fuerzas son perfectamente asumibles por trenes y vías en buen estado.
Pero no lo son cuando existe un fallo estructural previo.
3. La hipótesis combinada: fractura + succión lateral
La clave del accidente de Adamuz puede residir en la coincidencia temporal de dos factores:
Un carril fracturado, que reduce drásticamente la capacidad de guiado y resistencia lateral.
El cruce exacto con el tren Alvia, que introduce en ese instante máximo:
Fuerzas de succión lateral.
Incremento puntual de cargas transversales en las ruedas.
Pérdida momentánea de estabilidad del bogie.
En ese escenario, una rueda que en condiciones normales habría superado la discontinuidad del carril, puede perder contacto, escalar el carril o salirse de la vía, iniciando el descarrilamiento.
Esto explicaría de forma coherente que:
Otros trenes pasaran antes sin incidentes.
Parte del Iryo superara el punto dañado.
El descarrilamiento se produjera justo en el cruce con el Alvia, y no antes ni después.
4. Invasión de vía y colisión: consecuencia, no origen
Una vez iniciado el descarrilamiento:
Los coches afectados invadieron la vía contigua.
El choque con el Alvia fue una consecuencia directa, no el origen del siniestro.
La magnitud del accidente se explica por la energía cinética combinada y la imposibilidad material de reacción en ese intervalo de segundos.
Conclusión
La rotura de un carril no puede considerarse, por sí sola, causa suficiente del accidente de Adamuz.
Los propios hechos conocidos lo contradicen.
La explicación técnicamente más sólida es una causalidad múltiple, en la que:
La fractura del carril actuó como condición predisponente.
Las fuerzas aerodinámicas de succión lateral, generadas por el cruce con el tren Alvia, actuaron como factor desencadenante.
Ignorar esta interacción supone ofrecer una visión incompleta del accidente y limita la capacidad real de prevenir sucesos similares en el futuro.
La investigación definitiva debería incorporar un análisis dinámico conjunto de vía, tren y aerodinámica, y no limitarse a una explicación estructural simplificada.
Vicente Dalda
24 de enero de 2026
Vicente Dalda: Ilmo. Sr. Alcalde-Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Lucena Ilmo. Sr. D. Aurelio Fernández García y a los Señores Concejales y Concejalas del Ayuntamiento de Lucena Lucena, 20 de enero de 2026.
Ilustrísimo Sr. Alcalde,
Señores Concejales y Concejalas:
Me dirijo a ustedes, como vecino de Lucena, con el fin de solicitar formalmente que la Comisión de Nominación de Calles de este Ayuntamiento estudie y, en su caso, eleve al Pleno municipal la propuesta de denominar una vía pública de nuestra ciudad con el nombre “Adamuz”, como reconocimiento a un pueblo y a unos vecinos ejemplares.
Esta iniciativa tiene su origen en el extraordinario comportamiento, solidaridad y compromiso humano demostrados por el municipio cordobés de Adamuz y sus vecinos, pueblo hermano de nuestra misma provincia, con motivo del reciente accidente ferroviario. Su rápida intervención, ayuda desinteresada y apoyo a las personas afectadas constituyeron un ejemplo de civismo, humanidad y valores que merece un reconocimiento público e institucional.
La denominación de una calle con el nombre “Adamuz” supondría no solo un gesto de gratitud, sino también un símbolo permanente de solidaridad entre municipios cordobeses, de ayuda mutua y de los valores que deben inspirar a nuestra sociedad, dejando constancia de ello para las generaciones presentes y futuras.
Por todo lo expuesto, les ruego tengan a bien valorar esta propuesta en el órgano municipal competente y, si así se estima oportuno, someterla a la consideración del Pleno del Ayuntamiento.
Sin otro particular, y agradeciendo de antemano su atención, reciban un cordial saludo.
Atentamente,
Vicente Dalda
Lucena
CARTA ABIERTA AL ILMO. SR. AURELIO FERNÁNDEZ GARCÍA Alcalde-Presidente del Ilustre Ayuntamiento de Lucena
Sr. Alcalde:
La Cabalgata de la Ilusión, organizada por la histórica Peña de los Reyes Magos de Lucena, se ha convertido en uno de los eventos festivos más multitudinarios no solo de la ciudad, sino de toda la provincia. Año tras año, miles de familias —muchas procedentes de municipios cercanos— acuden a Lucena para vivir una cita que tiene como protagonistas indiscutibles a los niños, auténtico corazón de esta celebración.
Ese éxito creciente, que es mérito indudable de la Peña organizadora y de la tradición lucentina, trae aparejada una realidad incuestionable: cada vez son más las personas concentradas en el recorrido, y cada vez mayor el riesgo si no existe una planificación de seguridad acorde a la magnitud del evento.
Hemos sido testigos directos de cómo niños de muy corta edad se lanzan a recoger caramelos y regalos arrojados desde las carrozas, poniéndose en ocasiones en una situación de grave peligro, llegando incluso a introducirse literalmente debajo de las propias carrozas en movimiento, sin que existan protecciones físicas, perímetros de seguridad ni barreras que impidan estos comportamientos de riesgo. Lo que para muchos puede parecer una escena entrañable es, en realidad, una situación potencialmente trágica. La responsabilidad legal no es abstracta: es directa.
La Ley 13/1999, de Espectáculos Públicos y Actividades Recreativas de Andalucía, así como su desarrollo reglamentario, establece con claridad que los eventos celebrados en la vía pública deben contar con condiciones adecuadas de seguridad, prevención de riesgos, control de accesos y protección de los asistentes, con especial atención cuando existen menores de edad y vehículos en movimiento interactuando con el público.
Estas obligaciones no recaen únicamente en los organizadores. El alcalde, como máxima autoridad municipal, es el responsable directo de autorizar, supervisar y garantizar que dichas condiciones se cumplan de forma efectiva. No se trata de una responsabilidad genérica ni compartida de manera difusa: la legislación andaluza y el marco del régimen local sitúan en la Alcaldía el deber último de velar por la seguridad ciudadana en actos multitudinarios.
El contraste con la Procesión Magna
Este mismo año, Lucena ha sido capaz de organizar con éxito la Procesión Magna, un evento de enorme complejidad logística, para el que se articularon dispositivos visibles de seguridad, coordinación policial, planificación sanitaria y control de flujos de público, todo ello comunicado con antelación y ejecutado con rigor.
Resulta difícil de explicar que un evento como la Cabalgata de la Ilusión, con una presencia masiva de niños y una interacción directa entre carrozas y público, no cuente con un nivel de planificación y visibilidad en materia de seguridad equivalente al desplegado en la Procesión Magna. La diferencia no es menor: en la cabalgata el riesgo es más imprevisible y afecta directamente a menores.
Ilusión sí, pero con garantías
La tradición, la emoción y la magia no pueden servir de sustituto a la prevención, ni la buena voluntad puede reemplazar a los planes de seguridad. La ciudadanía confía en que el Ayuntamiento, y muy especialmente su Alcalde, haya previsto, evaluado y reducido los riesgos inherentes a un evento de estas características.
La seguridad no es un añadido ni una opción secundaria. Es una obligación legal y moral, y su cumplimiento es responsabilidad directa de la Alcaldía. Garantizar que ningún niño corra peligro bajo una carroza no es una exigencia exagerada: es el mínimo exigible en una sociedad que protege a sus menores.
Lucena puede seguir presumiendo de su Cabalgata de la Ilusión. Pero para hacerlo con orgullo pleno, la ilusión debe ir acompañada de seguridad real, visible y planificada.
Vicente Dalda
Lucena, enero de 2026
Llámese pundonor, dada la inesperada cumbre milmillonaria de «Skyfall», llámese mano bien untada con manteca verde o llámese atracción y convencimiento por la historia propuesta, como finalmente confesó Sam Mendes, quien había aceptado repetir como director de la nueva entrega, hecho que no ocurría desde la era Timothy Dalton, con John Glen. Por apuntarse a la fábrica de moneda y timbre, también se apuntó el mismo Daniel Craig, como coproductor y con facultades de decisión en el guión.
El caso es que los fajos de billetes que se iban acumulando imparablemente sobre la mesa actuaron a modo de pila alcalina, potenciando la capacidad inspiradora del trío de escritores John Logan, Neal Purvis y Robert Wade, componiendo una historia en consonancia con su anterior guión, para la que aprehendieron algunas referencias del personaje de Hannes Oberhauser del relato «Octopussy» (1966), con más profundidad de personajes y un Bond más experimentado que sus compañeros, quienes no dejarán de confiar en él y ayudarlo. Y una historia rematada con un material clásico de la saga: la organización criminal SPECTRA y su jugoso entorno, aprovechando que en 2013, a raíz, de nuevo, del tirón de «Skyfall», lo habían logrado. Merecería artículo aparte el culebrón de los derechos de «Operación trueno» y el litigio con Kevin McClory. Sólo recordar que Ernst Stavro Blofeld, Número 1 o jefe de SPECTRA, fue un personaje creado para «Operación trueno» (1961) que constituyó la trilogía de novelas consumada con «Al servicio secreto de Su Majestad» (1963) y «Sólo se vive dos veces» (1964). Como tecleaba, el impacto de «Skyfall» reforzó la posición de MGM y Danjaq para alcanzar un acuerdo con los herederos o gestores del patrimonio de McClory y rebajar la idea alternativa o plan b de la organización Quantum a mera sucursal olvidable y olvidada. Aprobada, pues, por director, actor y productores la historia de Logan, Purvis y Wade, éstos emprendieron el trabajo de redactar el guión, cuyo lustre fue encargado a Jez Butterworth, de quien, se dice, había colaborado para «Skyfall» sin acreditar. Butterworth era y es un dramaturgo y guionista, que perfeccionó, sobre todo, los diálogos entre 007 y el villano, y cuyos últimos trabajos serían las recomendables series para televisión «La agencia» (2024) y «Tierra de mafiosos» (2025).
La premisa de actuación del equipo se aferraba a la seña de identidad de la saga, al realismo, a la primacía de lo material o artesanal, reduciendo a la mínima expresión el empleo de los efectos visuales, a cargo de Steven Begg, supeditados a la superposición de imágenes o a completar escenarios en el montaje final. Quizá por eso, al supervisor de efectos especiales y miniaturas, veterano de la casa, Chris Corbould, se le dejó montar la mayor explosión de la historia del cine (volando por los aires el complejo de Blofeld), con ocho mil ciento cuarenta litros de queroseno, veinticuatro cargas con un kilogramo de explosivo cada una y un ordenador conectado a cada explosivo. «Una toma —se vanagloriaba Mendes, testigo privilegiado de la proeza en el paraje desértico marroquí—. Subes las escaleras, línea de diálogo, la mayor explosión de la historia del cine, plano de salida, corte». También destacó Corbould en la genial explosión y derrumbe de la escena mexicana, llevada a cabo en los estudios Pinewood. Para volver a aspirar a la perfección en las secuencias de acción, se mantuvo la confianza de la dirección y fotografía de la segunda unidad en Alexander Witt, quien extremó la escena de persecución de coches por las calles de Roma, para la que recurrieron a ocho Aston Martin DB10, fabricados a medida para la película; incluso el equipo técnico de Fórmula 1 Williams acondicionó su modelo del Jaguar C-X75 de híbrido eléctrico a motor de combustión interna. Aunque su intervención no ha sido tan constante como la de otros integrantes, la labor de los directores de fotografía siempre ha sido digna de reverencia. Hoyte Van Hoytema sumaba una década de experiencia en producciones de la región de Escandinavia, expandiendo su trabajo con «The Fighter» (David O. Russell, 2010), la maravillosa «El topo» (Tomas Alfredson, 2011) o «Her» (Spike Jonze, 2013), cuando fue recomendado a Christopher Nolan y fotografió una brillantez, «Interstellar» (2014), para encabezar la filmografía del director y guionista británico. Para la fotografía de esta entrega de la saga elabora Van Hoytema una magistral paleta de colores, desde la vívida miscelánea mexicana hasta la tonalidad anaranjada romana, algo difuminada en el interior de la casa de Lucia Sciarra, pasando por los níveos blancos azulados del escondite austríaco del Señor White (qué goce de plano, el de Bond aproximándose a la cabaña todo de negro, como deslizándose sobre la superficie de la laguna), más sucios para el interior de la cabaña, los apagados para la clínica o el juego de sombras en la reunión de la organización criminal. Al hilo de Christopher Nolan, habitual suyo era el editor Lee Smith, cuyos inicios compaginó con la edición de sonido, y se había distinguido, además, en los títulos de Peter Weir «El show de Truman» (1998) y «Master and Commander: Al otro lado del mundo» (2003), validando su profesionalidad en el resultado del largometraje. El diseñador de producción Dennis Gassner persistió en ese enfoque de exterioridad y verismo por el que venía apostando desde las últimas entregas, y hay que reconocerle que, de consuno con Mendes y sus asistentes, construyó una secuencia mexicana esmerada, meticulosa hasta el perdido pormenor del encuadre (absorbió un alto porcentaje del presupuesto), entre la plaza Manuel Tolsá y la de la Constitución (o el Zócalo), con mil quinientos extras, ciento setenta maquilladores y cuarenta especialistas mezclados entre la multitud. El especialista en acrobacias aéreas en helicóptero Charles Aaron, a los mandos de su Messerschmitt-Bölkow-Blohm Bo 150 de Red Bull, amoldado con una manita de pintura para el evento, se ocupó del particular pilotaje en México, dejando los tirabuzones y otras locuras, por seguridad y calidad del aire, para la zona abierta de Palenque. Thomas Newman se debió ganar un sobresueldo únicamente por la sutilidad en la recreación de la naturaleza diegética y extradiegética del plano secuencia de la introducción mexicana, sin desmerecer la restante aportación a la banda sonora. Pese a ser una bonita canción la escrita e interpretada por Sam Smith, su voz se me suele antojar en exceso aguda para la saga.
Al consolidado elenco conformado por Ralph Fiennes, Naomie Harris, Ben Whishaw, Rory Kinnear y el regreso de Jesper Christensen, se añadió al actor de moda (no por ello menos magnífico) Christoph Waltz. Hasta la fecha, en la columna del débito de la saga, imperdonablemente, había permanecido el nombre de Monica Bellucci, quien, a sus cincuenta y un años, nada había de envidiar a actrices pasadas, presentes y futuras. La francesa Léa Seydoux irradiaba talento innato y supo ofrecer ese punto de experiencia buscado por el director y los productores. La presencia física de Dave Bautista no puede ocultar, con expresa remisión a su filmografía, la versatilidad de su faceta actoral. El muy solvente dublinés Andrew Scott había forjado su carrera circulando sin reparo del teatro a la televisión y al cine, adquiriendo su mayor fama con la serie «Sherlock» (2010-2017). Equipo artístico con el protagonismo absoluto, claro está, de Daniel Craig, cuya imagen frente a la boca del cañón recobra, en 2015, la apertura del metraje para «SPECTRE».
«Los muertos están vivos». México DF. 2 de noviembre. Día de Muertos. La multitud abarrota las calles de la ciudad. Comparsas, pasacalles, bailes, música, disfraces y celebración de la fiesta. Un personaje vestido de blanco, enmascarado y con sobrero, cruza el plano que pasa a centrarse en una pareja igualmente ataviada para la ocasión. En una secuencia, la cámara sigue a la pareja hacia el interior de un hotel, toma el ascensor y, apasionada, entra en la habitación. Ella (Stephanie Sigman), sensual, se acerca a la cama, preparada para un momento sicalíptico, cuando, al girarse, su acompañante se ha deshecho del disfraz y aparece impecablemente trajeado y con una Glock 17 con el kit KPOS al hombro. El amante no es otro que James Bond, 007. Todavía en secuencia única, Bond sale por el balcón, camina por la cornisa y espía la habitación del edificio vecino, donde el misterioso personaje de blanco, Marco Sciarra (Alessandro Cremona), se ha reunido con un par de mafiosos para cerrar un enigmático trato. Se habla de una cita a las seis de la tarde (un inmediato detalle del reloj de la fachada indicará que son las cinco menos cinco) y del Rey Pálido. Dispuesto 007 a descargar el arma sobre los malos, el humo del tabaco delata el láser. Tanda de disparos y una explosión que derriba la fachada sobre el lugar del Agente, quien trata de librarse del aplastamiento, sin impedir caer entre las ruinas. También se ha librado Sciarra, y una mirada entre los dos basta para que éste emprenda la huida, valiéndose del gentío para camuflarse. En la plaza lo aguarda un helicóptero al cual Bond sube, iniciándose una pelea a muerte con victoria, por supuesto, para 007, quien, a los mandos de la aeronave, examina el curioso anillo arrebatado del dedo de Sciarra, con el grabado del símbolo de un pulpo. En el despacho de M (Ralph Fiennes), enfurecido por la difusión mediática de los acontecimientos de México y la parca justificación de Bond, le advierte de la delicada situación del Servicio doble cero, con la inminente restructuración de agencias y la fusión con el MI5. Bond está suspendido indefinidamente. Coincide la sanción con la presentación de Max Denbigh (Andrew Scott), Jefe del Servicio de Seguridad Conjunto, encargado del nuevo Centro de Seguridad Nacional y del proyecto de red de vigilancia global, que implica a nueve países («Nueve Ojos»), a quien 007, socarronamente, apoda como C. Durante la noche, Moneypenny (Naomie Harris) entrega a Bond en su casa de Londres los restos recuperados de la finca Skyfall (hallará documentos de la adopción temporal de James Master Bond y una foto algo quemada de su juventud con su padre adoptivo y el hijo, cuyo rostro ha desaparecido) y éste le muestra el vídeo que recibió tras el fallecimiento de la anterior M (Judi Dench), en el cual ella le ordena la que ha sido y será su misión, que encuentre a Sciarra, lo mate y asista a su funeral. El funeral será en Roma dentro de tres días. Convocado en la guarida secreta de Q (Ben Whishaw), se le inyecta a Bond nanotecnología de control y localización, si bien le pide al Jefe de Intendencia que oculte su posición durante un tiempo. El suficiente para apropiarse del Aston Martin DB10 y viajar hasta Roma, donde la narración del funeral de Sciarra atiende a un extraño personaje, que se percata de la presencia del Agente británico, y a la viuda, Lucia Sciarra (Monica Bellucci), desamparada y en peligro de muerte. Precisamente, esa misma noche, en su casa, Bond la salva de ser asesinada. Seducida y necesitada, Lucia se deja llevar por el amor del Agente y le revela la reunión de la organización criminal a la que pertenecía su marido, que se celebrará a medianoche. No si antes procurarle a la viuda la protección de su amigo Felix Leiter, y recurriendo al anillo conseguido en México (simple añagaza, pues todos los secuaces están prevenidos), Bond se adentra en la asamblea general de la organización, uno de cuyos puntos del día será la selección de los postulantes a asesinar al Rey Pálido, imponiéndose las credenciales de Hinx (Dave Bautista). A continuación, el presidente de la asamblea villanísima (Christoph Waltz), quien parece conocer bien a Bond, lo descubre, comenzando una persecución en coche por las calles de Roma, con Hinx al volante de un Jaguar C-X75, tras él. Aprovecha 007 el tranquilo paseo por la ciudad italiana para llamar a Moneypenny, quien le informa que el Rey Pálido no es otro que el Señor White (Jesper Christensen), pidiéndole que investigue a Franz Oberhauser. Parecía muerto en avalancha Oberhauser, junto a su padre, resultando no ser así, porque era él el presidente de la asamblea villanísima. A costa de la integridad material del Aston Martin, como de costumbre, esquiva Bond a Hinx, para acudir al escondrijo austríaco del Señor White, donde se refugia al borde de la muerte, envenenado por talio. Antes de suicidarse con el arma de Bond, le confiesa que la pista que pretende comprende proteger a su hija, en la Clínica Hoffler, para que lo conduzca hasta L’Americain. En la clínica, el primer contacto con la doctora Madeleine Swann (Léa Seydoux) es poco fructífero. Surge Q para echar una mano, poniéndose a analizar el anillo de Sciarra, en tanto sortea la presión de unos sicarios, y 007 se lanza al rescate de Madeleine, secuestrada por Hinx y su equipo de paniaguados. Proyectada la oportuna secuencia de acción, que manifiesta la inmune condición de la pareja (y la inmortalidad de Hinx), se salta a la explicación de Q acerca del anillo, vinculado a los malvados de las entregas anteriores de la era, rematada por Madeleine con el nombre de la organización: SPECTRA. L’Americain, en Tánger, era el hotel donde los padres de Madeleine pasaron su luna de miel. Allí, una habitación secreta construida por el Señor White concede a la pareja unas coordenadas en pleno desierto, hacia donde se dirige en tren (ella le cuenta un suceso de su infancia que servirá de base para la siguiente entrega de la saga), para terminar de enamorarse durante el trayecto, previo ataque de Hinx, contrarrestado por medio de actuación conjunta. Mientras, en Londres, M, derrotado por el programa Nueve Ojos y abatido por la impotencia, apercibe a Q y Moneypenny, deseosos de ayudar a Bond, de que 007 está solo en su misión y que deben destruir todo el sistema de seguimiento y documentación. El desértico complejo maloso que se ha montado Oberhauser para desarrollar sus mefistofélicos planes escenifica un sector del metraje que mezcla en coctelera fría la exposición del perverso objetivo, desde luego, con todo el programa Nueve Ojos a su disposición y con C en nómina; el rencor y la envidia de Oberhauser al hijo adoptado, por los que asesinó a su padre y fingió su propia muerte, para resucitar como Ernst Stavro Blofeld; la tortura de Bond; el recurso del clásico reloj bomba, que hiere a Blofeld y otorga la evasión de la pareja; y la megalítica explosión del maligno complejo. De vuelta a Londres, habrá de acaecer el desenlace. Pronto, Madeleine, incapaz de soportar el estilo de vida o de cambiar a Bond, se desvincula del equipo táctico formado por él, M, Q, Moneypenny y Bill Tanner (Rory Kinnear). Los esbirros de turno fuerzan a 007 a personarse en el antiguo edificio del MI6, acondicionado para ser derruido con explosivos; de manera que los demás se encaminan hacia el Centro de Seguridad Nacional con la intención de jaquear el sistema y detener a C. Ambos argumentos transcurren en paralelo. El del Centro de Seguridad concluye con el jaqueo del sistema y la accidental muerte de C, al enfrentarse a M. Por su parte, el protagonizado por Bond teatraliza los variados decorados montados por Blofeld, demonizándole y responsabilizándole del contexto. Perdido un ojo por las heridas infligidas en su complejo, anuncia a 007 que hará explotar el edificio en tres minutos y que Madeleine está ahí encerrada. A contrarreloj, con el villano a escape en helicóptero, Bond corre desesperado de un rincón a otro, hasta que (¡oh, milagro!) da con Madeleine justo para tirarse en altura sobre una red de protección y abandonar en lancha el edificio antes de la explosión. A lo largo del Támesis, aún 007 dispara al helicóptero (¡cuidado con la efectividad en distancia de sus pistolas!). Acierta al motor, el helicóptero cae, Blofeld sobrevive, arrastrándose mal herido, cual serpiente, sobre el asfalto; Bond lo alcanza, apunta con su Walther PPK; a cada uno de sus lados, no muy lejos, M y Madeleine lo contemplan; el dilema: continuar siendo un asesino o dejar de serlo; Blofeld le insta a disparar, ha de decidirse. James Bond decide no matar, arroja su arma y se marcha con Madeleine. El largometraje se cierra con Bond pidiendo un último favor a Q, y, sentando en su viejo Aston Martin DB5 (de reparaciones en la Sección), Madeleine en el asiento del copiloto, arranca el viaje hacia un futuro por escribir.
Denostada y criticada en años recientes, considero «SPECTRE», en cambio, un gran producto, al nivel brindado por el periodo Craig. Entretenida, emocionante. Aventuras, acción. Múltiples escenarios, realismo en los efectos, excelente fotografía, buena banda sonora, bien rodada, mejor montada, espectáculo a raudales, historia interesante, Monica Bellucci… Tal vez, Christoph Waltz vaya sobrepasado (¡pero qué villano de la saga no desborda la excentricidad y el histrionismo!) y las motivaciones de su personaje no se hayan elucidado correctamente. O Léa Seydoux no fuera la mejor elección para el papel, como pareja de Craig, entendiendo la eterna juventud que aparenta el rostro de la actriz y la notable diferencia de edad entre ambos (diecisiete años). O el enamoramiento de la pareja sea desmesuradamente fulminante o automático. O la narración se desvíe en algún que otro circunloquio. O no recaudara los mil millones (¡pero no se desprecian sus casi novecientos!). O los denostadores y críticos exageren en demasía. Porque «SPECTRE» es una película grande, como se escribe, con todas sus letras en mayúscula.
Julián Valle Rivas
