Le escribo como simple jubilado de Lucena. He leído en el análisis publicado sobre los sueldos municipales que usted figura como el alcalde que más cobra de toda la provincia de Córdoba, con 63.400 € al año. Enhorabuena: no todos pueden presumir de ganar más que los demás… sin ser precisamente el que más problemas resuelve.
Mientras muchos vecinos tenemos que elegir entre calefacción o supermercado, usted disfruta de un sueldo que parece más pensado para vivir del Ayuntamiento que para vivir por Lucena.
No le quito mérito: conseguir un salario tan generoso en un municipio como el nuestro tiene su ciencia. Lo que no tengo tan claro es si también tiene conciencia.
Y ya que se acerca la Navidad, permítame felicitarle las fiestas. Imagino que, con su sueldo, no tendrá problema en celebrarlas por todo lo alto. Tendremos que confiar — un año más — en el trabajo silencioso y admirable de Cáritas Lucena, que se deja la piel para atender necesidades que, en teoría, no deberían existir en una ciudad con un alcalde tan bien remunerado.
Así que feliz Navidad, señor Fernández García. Que al menos el espíritu navideño le ayude a recordar que en Lucena hay quienes viven con mucho menos… y aun así dan mucho más.
Atentamente,
Vicente Dalda
El cincuenta aniversario de la saga fue para la película milmillonaria, y no hay mejor regalo para tan relevante cumpleaños. Pero no fue sencillo. De hecho, fue el fruto del destino, o de la enésima bancarrota de MGM, que desplazó su preproducción hasta hacer coincidir la vigesimotercera entrega con la efeméride.
Barbara Broccoli y Michael G. Wilson, nobleza obliga, debían ofrecer un producto especial, después de medio siglo de espectáculo y entretenimiento para varias generaciones de espectadores. En el universo cinematográfico, James Bond había excedido su condición de mero personaje de ficción a la de símbolo o emblema, en eterno caminar de puntillas, sobre el delgado trazo que divide al héroe y el antihéroe.
En esta ocasión, John Logan complementaría a Neal Purvis y Robert Wade. Mastodóntico guionista de «Un domingo cualquiera» (Oliver Stone, 1999), «Gladiator» (Ridley Scott, 2000), «El último samurái» (Edward Zwick, 2003), «El aviador» (Martin Scorsese, 2004), «Sweeney Todd» (Tim Burton, 2007) o la injustamente despreciada «Coriolanus» (Ralph Fiennes, 2011); Logan sabía cómo potenciar los diálogos, preocupándose por las secuencias compartidas entre Bond y M, que se deslizarían hacia la idea primigenia de la muerte de la veterana jefa, que impele la trama y que viene a cerrar una aparente circunferencia de un nuevo modelo de 007, optimizada (la circunferencia) con el rescate de los personajes de Moneypenny y Q y un epílogo expositivo que sucede a un final que había dejado atrás el arquetípico escarceo amoroso de la pareja protagonista.
El británico Sam Mendes era un director de teatro que se había apuntado a un par de incursiones en la pequeña pantalla a principios de los noventa y que, con treinta y cuatro años, optó por la dirección de largometrajes en la industria hollywoodense para ganarse los laureles con «American Beauty» (1999) y asentarlos con «Camino a la perdición» (2002), en cuyo elenco estaba Daniel Craig. Entre risas nerviosas, contaba la anécdota de que, años antes, había aconsejado a Craig rechazar el papel de James Bond, para no quedar encasillado. Cuando lo llamaron para la dirección, él, que, amén de británico de pro, había crecido con el personaje, accedió de inmediato. Había sido contratado en 2008, tras el estreno de «Quantum of Solace», y quedó vinculado al proyecto como consultor, a la espera de mejores épocas. En aquel momento, Peter Morgan había sido el autor del guión, de cuyo borrador prescindió el director. Aunque los mentideros divulgaron que la composición de la música para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 le impidió participar en la entrega, David Arnold lo negó, asegurando que la selección de Thomas Newman fue de Mendes, puesto que había trabajado con él con anterioridad (lo que no merma su experiencia y profesionalidad, que se constatan en los resultados de la película). Como también lo había hecho el curtido director de fotografía Roger Deakins, quien, desde mediados de los setenta, se ejercitaba en el oficio, firmando títulos como «Cadena perpetua» (Frank Darabont, 1994), «Fargo» (Joel Coen, 1996), «El gran Lebowsky» (Joel Coen, 1998), «Una mente maravillosa» (Ron Howard, 2001), «El bosque» (M. Night Shyamalan, 2004) o «No es país para viejos» (Joel Coen y Ethan Coen, 2007). Está última con Javier Bardem. Precisamente, hay un curiosísimo vídeo de rodaje de una de las escenas nocturnas del asalto a la mansión Skyfall en la cual se le puede ver sosteniendo la cámara para grabar a Bardem, intentando no ser arrastrado por el vendaval de las hélices del helicóptero a escasa distancia (el español sí perdió la dentadura postiza). Adele interpretó la excelente canción principal, escrita junto con Paul Epworth, quien la produjo.
Ya he tecleado que uno de los paradigmas de la saga es reservar espacio en los créditos iniciales a los puntales del cuerpo técnico, que normalmente se relacionan en su integridad en los finales, como reconocimiento a un cardinal buen hacer. A veces, los escenarios megalíticos de Ken Adam y Peter Lamont habían evocado esa fantasía con la que los productores habían impregnado el universo 007. Dennis Gassner conservó la apuesta realista de la era Craig y la ambientación exterior que acogió para «Quantum of Solace», al extremo de erigir la mansión solariega de la familia Bond (¡sólo su edificación externa!) en la reserva natural de Hankley Common, en Surrey, o la ciudad abandonada de Silva; o contrastar los estéticos entornos de Estambul, Shanghái y Macaco. Lo que no descartó los tradicionales platós cinematográficos, en los estudios Longcross, para la escena exterior de la charca helada, o en Pinewood, para la parte acuática (de cuyo rodaje se encargaron Mendes y el director de fotografía submarina Mike Valentine), para el interior del edificio de Shanghái, para el casino de Macao o para el descarrilamiento, con treinta y seis metros de vagones. Como de costumbre, todo el despliegue de acción no habría sido posible sin el equipo de efectos especiales, liderado por Chris Corbould, de miniaturas, por Steven Begg, y de especialistas, por Gary Powell. La edición corrió a cargo de Stuart Baird, quien había montado «Casino Royale» (2006). Al igual que Alexander Witt había sido director y fotógrafo de la segunda unidad.
Judi Dench y Rory Kinnear (y Michael G. Wilson, con su cameo) convoyaron a Daniel Craig en su tercer título. Se me concederá no malgastar teclas para referirme a tres monstruos de la interpretación, como son Ralph Fiennes, Albert Finney y Javier Bardem, auténtico privilegio para la saga. Naomie Harris cargaba un bagaje; su primer papel destacado había sido en «28 días después» (Danny Boyle, 2002), y todavía se hallaría en dos entregas de «Piratas del Caribe» (Gore Verbinski, 2006 y 2007) y en «Corrupción en Miami» (Michael Mann, 2006). Bérénice Marlohe, de madre francesa y padre chino-camboyano, era una modelo y actriz que, con algunas apariciones en la televisión francesa, tuvo aquí su largometraje para descollar. Ben Whishaw llevaba más de una década en la profesión, había coincido con Daniel Craig en los filmes «Laye Cake» (Matthew Vaughn, 2004) y «El intruso» (Roger Michell, 2004); sin embargo, el protagonismo fue con la coproducción «El perfume» (Tom Tykwer, 2006). El sueco Ola Rapace, por el contrario, había circunscrito su carrera a la discreción en el ámbito nacional y a ser el marido de Noomi Rapace entre 2001 y 2011.
El rodaje comenzó en noviembre de 2011, anticipado por una rueda de prensa de postín. Mendes se empecinó en grabar en la ciudad de Londres, en localizaciones poco emblemáticas, si bien reconocibles, como la estación de Metro, hasta colmar en esa vista general de las banderas británicas desde la azotea del antiguo Departamento de Energía y Cambio Climático, alegoría de la vuelta a casa de 007, al servicio activo. Entre marzo y mayo de 2012, la producción se trasladó a Turquía, donde Mendes había planificado una sucesión de escenas en las que los espacios se iban tendiendo, abriendo o ampliando, con accidentes de vehículos mediante efectos artesanales, estructuras montadas en el techo de los coches para que fueran conducidos por especialistas al tiempo que se filmaba a los actores y Daniel Craig y Ola Rapace sobre un tren en marcha dándose una paliza. En octubre de 2012, se estrenó «Skyfall» en el Reino Unido.
Se presenta James Bond, 007, de misión en Estambul. Algún compañero ha caído o está gravemente herido, pero M (Judi Dench), dirigiendo en tiempo real con comunicación auricular, no le consiente prestar auxilio, como tampoco la agente destinada en la ciudad (Naomie Harris). Ambas lo apremian a recuperar el disco duro, con una transcendental lista, de manos de un peligroso mercenario (Ola Rapace). Así que la agente, al volante de un Land Rover Defender, lo recoge, emprendiéndose una persecución que pasa de los coches a las motos, de las calzadas a los tejados del Gran Bazar y, de un salto, a un tren, con mucho intercambio de tiro y mucho estropicio por el camino. Subidos al tren, la Walther PPK de Bond se antoja ridícula ante la cascada de balas lanzadas por la Glock 18 del misterioso asesino, por lo que recurre a una excavadora (el espectador sabe que no es vehículo novedoso para él) con la cual trata de contrarrestar el ataque, sin impedir un disparo en el hombro. Al desengancharse su vagón, el brazo de la máquina, aferrado al de delante, será el puente idóneo para 007, quien embarca recomponiendo los puños de la camisa (a tales alturas del espectáculo, a cualquier mindundi se le habría reventado alguna costura del traje). La caza llega al techo del tren, con los dos personajes dándose de lo lindo por el disco duro, hasta que, en éstas, la agente, que, disponiendo de apenas unos segundos para una sola oportunidad, no tiene clara la puntería en la refriega, dispara por perentoria orden de M, acertando sobre Bond, que caerá al río inconsciente, desapareciendo en la corriente. Han pasado tres meses y al comandante James Bond se le da por fallecido. M escribe su obituario la noche anterior a su reunión con Gareth Mallory (Ralph Fiennes), Presidente del Comité de Inteligencia y Seguridad, quien confirma que el disco duro contenía los nombres de los agentes de la OTAN infiltrados en las organizaciones terroristas de todo el mundo, cuya existencia queda oculta a los aliados. Entonces, Mallory plantea la jubilación de M, liderando él mismo la transición, lo que ella rechaza, tajante. Durante el viaje de regreso a la sede del MI6, el jaqueo del ordenador de M, manifestándose la frase «Piensa en tus pecados» («“Think on your sins”»), precede a la explosión de la propia sede. El impacto de la noticia recorre el planeta, enterándose Bond, perdido en una isla paradisíaca, abandonado a un despropósito depresivo, autodestructivo y orgiástico de alcohol, mujeres y riesgo, quien se materializa hecho una piltrafa en casa de M con intención de reincorporarse al servicio, lo cual ella autorizará, si supera las pruebas físicas y psicológicas en la base temporal, instalada en búnkeres y pasadizos de guerra; condicional banal, pues los desastrosos resultados no evitan que M apruebe el retorno de 007, esquivando las reticencias de Mallory. Y es que fragmentos de bala todavía adheridos al cuerpo de Bond permiten identificar al matarife de Estambul como el francés Patrice, cuyo rastro encarrila hacia Shanghái, que será su nuevo destino, previa escena con Q (Ben Whishaw), para ser surtido, tras permuta de pullas, de una nueva Walther PPK/s de 9 milímetros con sensor de huellas y un radio transmisor. En la ciudad china, Bond sigue a Patrice hasta un edificio desde donde, armado con un rifle de francotirador personalizado, el sicario asesina a un hombre, que, atendido por una hermosa mujer y acompañado de dos secuaces, ha entrado en la habitación del edificio de enfrente para ver un cuadro, y muriendo con la anuencia de todos los presentes, que retiran el cadáver inmutables. Arremete al instante el Agente británico contra el francés, dándose una lucha encarnizada que acaba con el mercenario en caída libre y sin respuestas para Bond; por su parte, la mujer del otro edifico ha sido testigo del suceso. Una particular ficha de un casino de Macao hallada en el maletín del rifle de Patrice es la pista que guía a 007, mientras en Londres se hacen públicos cinco nombres de agentes encubiertos, con amenaza de otros cinco cada semana. A Macao acude la agente de Estambul, en apoyo de 007, y ya en el casino, Bond, que al entregar la ficha ha sido confundido con Patrice, recibe un maletín con dinero (en euros, claro) y se reúne con la mujer de Shanghái, Sévérine (Bérénice Marlohe), quien promete llevarlo hasta el hombre que lo ha organizado todo, a cambio de que lo mate, a fin de liberarse de su yugo y terror. Aprovecha Sévérine para advertirle de que no estaba planeado que el sicario saliera del casino con el dinero, vivo, se entiende; razón por la cual, si sobrevive a la agresión de los secuaces, su velero partirá en una hora. ¡Y no hay mayor incentivo para 007 que la recompensa de una travesía sicalíptica! Consumado el pacto y activado el transmisor de Q, la pareja, apresada por una banda de paniaguados, arriba en una isla desierta (se explicará que el misterioso hombre fue el causante de la repentina huida de la población de la isla, al generar un pánico irreal). Separados, Bond, maniatado a una silla en una sala plagada de servidores y ordenadores, aguarda la aparición del villano, Raoul Silva (Javier Bardem), antiguo agente del MI6, que se sintió traicionado por M, al dejarlo a su suerte en manos enemigas, siendo torturado durante meses. Tienta, por ello, a 007, para que se una a su causa, estimulándolo con el dato de que M lo engañó con los resultados de las pruebas, que fueron negativos, para, poco después, en un retorcido y macabro juego, asesinar a Sévérine, a lo cual Bond reacciona matando a sus esbirros, momento en el que los helicópteros de los Servicios británicos se aproximan. Con Silva detenido en el cuartel del MI6, se completa un tanto la historia del villano, cuyo nombre verdadero es Tiago Rodríguez. Sus operaciones clandestinas en Hong Kong, al margen de las misiones del MI6, le valieron enemigos en China, por lo que M, como cínico gesto de buena voluntad durante la transición hongkonesa, lo desamparó ante las autoridades chinas, que lo torturaron, perdiendo parte de la mandíbula debido al mal estado de la cápsula de cianuro del molar. De cualquier manera, el pifostio montado con la publicación de los agentes encubiertos, asesinados por ello, obliga a M a comparecer en una comisión pública. Durante su ausencia, Silva se introduce en el sistema del Servicio Secreto, jaqueándolo, a través de uno de sus ordenadores requisados. Escapa Silva, matando a sus guardas y disfrazándose de policía. Perseguido por Bond, disparos y descarrilamientos subterráneos de por medio, consigue llegar a la comisión, donde no mata a M porque la intervención de Bond y Mallory lo frena. Con tal panorama, 007 decide proteger a M por su cuenta, y, conduciendo su mítico Aston Martin DB5 (los vehículos modernos pueden ser detectados), que conserva impoluto, la custodiará en la finca familiar Skyfall, en el páramo escocés, cuyo guardés Kincade (Albert Finney) se unirá al equipo. El trío se las ingenia para arrostrar las acometidas antagonistas (descubrirán la localización, por supuesto), sin soslayar la devastación del Aston Martin, el estrago en la mansión solariega y la mortal herida de M. No obstante, Kincade y M logran retirarse hasta la capilla familiar cercana (la cámara se enfocará en la lápida de los padres de Bond), en tanto 007 va liquidando a los últimos esbirros de Silva. Éste encuentra a M en la capilla, debilitada por la pérdida de sangre, y, justo cuando se proponía que M se suicidara y él simultáneamente muriera amontonando sienes, 007 le clava un cuchillo en la espalda, muriendo. Al poco, M fallece en los brazos de James Bond. El epílogo narra cómo M ha legado a Bond la figurita del bulldog de porcelana blanca envuelto en la bandera, como signo de continuidad en su labor de agente secreto, y la agente de Estambul se presenta formalmente como Eve Moneypenny, que ha dejado el trabajo de campo para ser la secretaria del nuevo M, Gareth Mallory, quien exhibe a Bond la carpeta de una misión, si acepta volver al Servicio. «Será un placer, M —contesta Bond—. Será un placer».
«Skyfall» es, incuestionablemente, una gran película. De un acabado impecable, la historia se desarrolla de un modo coherente y equilibrado; la acción está muy medida, en aras de un posicionamiento más pausado de los personajes y de la trama; y la fotografía es exquisita: las paletas de colores para las escenas de Shanghái, Macao y Escocia; la posición de la cámara en encuadre fijo y sin cortes, que va acercándose a los dos personajes que pelean cuerpo a cuerpo en el edificio de Shanghái, cubiertos por las sombras que provocan las intensas luces del fondo; la secuencia nocturna iluminada por el fuego de la finca Skyfall. La música cataliza las escenas, impulsándolas a un nivel superior. El predominio de un diseño de producción exterior e hiperrealista, en la línea marcada para la anterior entrega, fortalece el estilo pergeñado para la era Craig, englobando o absorbiendo al espectador en la historia con mayor magnitud. Y luego está el villano. Con un elenco muy solvente (las tres actrices principales, de sobresaliente), y un Daniel Craig mimetizado con el carácter del personaje, Javier Bardem configura un villano para el recuerdo, un villano de icónico a legendario, que eclipsa a Bond, cuando comparten plano. En la lista de villanos de una saga en la que el valor del protagonista se mide por el valor de su adversario, no son muchos los que decepcionan. Silva habrá de ser colocado en los primeros puestos, a la altura de los mejores. En conclusión, comparativamente, ¿es preferible «Casino Royale» o «Skyfall»? Éste que suscribe quizá prefiera la entrega de 2006, aunque, ¿acaso es un crítico objetivo al efecto?
Julián Valle Rivas
Imagine que un día le roban 121.000 euros de su casa. Usted llama a la policía, ellos toman huellas con cara de “ya veremos” y, de pronto, suena el teléfono.
Es el ladrón.
—Oiga, que me he enterado de que la policía me sigue los pasos —dice, como quien comenta el tiempo—. Así que antes de que esto vaya a más, quería regularizar. Le devuelvo lo robado, le pago unos intereses, una multita… y nos olvidamos del asunto, ¿no?
Usted piensa: este hombre se ha estudiado la Ley General Tributaria.
Porque eso que en su casa es un delito según el Código Penal, cuando el robo es al Estado pasa a llamarse “regularización voluntaria” (artículo 252 de la LGT) y, ¡tachán!, extingue la responsabilidad penal. Como un detergente jurídico que quita hasta las manchas de intención.
Y si el defraudador llega tarde, no pasa nada: se acoge a un acuerdo con la Fiscalía, reconoce los hechos y sale del juzgado más limpio que su historial de IRPF. El artículo 305 del Código Penal permite estas delicadezas cuando el dinero vuelve a aparecer.
Conclusión: Robar a uno es un crimen; robar a todos es una negociación.
Así que ya sabe: si alguien le roba 121.000 euros y luego le llama, no se asuste. No es cinismo: es que su ladrón ha leído más BOE que usted.
Vicente Dalda
En la cada vez más emocionante Liga de la Justicia Española, el último derbi ha sido de esos que dejan las gradas ardiendo: Conservadores FC contra Progresistas United, con el árbitro principal —el Tribunal Supremo— decidido a demostrar quién manda, quién pita, y quién sale del campo con tarjeta roja sin necesidad de tocar el balón.
El partido comenzó con un sprint fulminante del Supremo, que anunció la condena al Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, con una velocidad que ni Vinicius en modo turbo. Sentencia primero, papel después. Eso en el argot futbolístico se llama “VAR adelantado”: revisar la jugada antes de que ocurra.
El marcador final: 5 magistrados a 2, que no es goleada pero sí un “te lo dije” que retumba desde la grada conservadora. Los progresistas United, por su parte, llevan horas protestando al cuarto árbitro, al juez de línea, al delegado federativo y a quien se cruce: que si ha sido un penalti que no era, que si se ha aplicado el reglamento con exceso de motivación, que si el árbitro tenía la tarjeta preparada antes del contacto.
Y mientras el Gobierno, en el banquillo, masculla su clásico “respetamos el fallo, aunque no lo compartimos”, todos sabemos que la traducción futbolística es: “Nos han robado, pero no podemos decirlo porque nos expulsan.”
En medio de todo esto, surge la voz grave de Montesquieu, que desde el palco noble recuerda: «No existe tiranía peor que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia.» Una frase que, aplicada al partido de esta semana, suena menos a filosofía y más a crónica deportiva.
Porque al final, en esta liga, todos dicen aplicar las reglas, pero las reglas parecen elásticas como las redes de Balón de Oro. Y ahí entra en escena otro clásico, Honoré de Balzac, que podría haber sido comentarista de este derbi cuando escribió: «Las leyes son como las telarañas: los insectos pequeños quedan atrapados; los grandes las rompen y se van.» ¿Les suena? Exacto: los pequeños terminan en el túnel de vestuarios buscando abogado de oficio; los grandes salen del campo saludando a la afición y pidiendo una rueda de prensa.
Así va nuestra Liga: árbitros que corren más que la pelota, defensas que cambian de criterio según la camiseta, y un público que ya no sabe si ver el partido, apagar la televisión o pedir un referéndum para cambiar el reglamento.
Y entre tanta polémica, tanto penaltito y tanta “justicia en tiempo récord”, al final da la sensación de que Pérez Galdós y el alcalde de Jerez estaban viendo este partido desde hace cien años: Galdós, avisando de cómo la justicia puede volverse injusta cuando se estira demasiado. Pacheco, con la precisión de un comentarista de barra, diciendo aquello de: “La justicia es un cachondeo.”
Y viendo el derbi de esta semana… va a resultar que los dos tenían razón.
Vicente Dalda
Asentado Pipo en Lucena, la Democracia en España y el negocio en la comarca, la Juan de Mairena ha renovado varias veces la clientela, la que compra y la que no, y ha cambiado de empleadas otras tantas manteniendo el espíritu innovador y de servicio que siempre la caracterizó. La llegada de la informática permitió agilizar los procesos contables, de control de ventas y de estocaje y Pipo aprovechó para diversificar la actividad junto a un socio tecnológico, ofreciendo servicios de asesoramiento y de implementación de infraestructuras digitales a empresas y particulares. En los últimos tiempos, el inquieto librero consiguió casi duplicar el espacio para libros con un sistema de estantes corredizos que permiten ver, desplazándolos, las hileras de títulos situados detrás de ellos.
Como una prolongación natural de la profesión de librero con visos de utopía realizada, Pipo también creó la editorial Juan de Mairena, al servicio de cuanta gente quisiera publicar sus escritos sin necesidad de afrontar la escollera de las editoriales habituales donde pesan sobre todos los criterios las posibilidades de mercado del “producto” a publicar. “Una leprosería de escritores”, la definía el librero/turronero/editor para remarcar el rechazo generalizado y preventivo que sufren quienes son aspirantes a escritor por parte del mundillo editorial asentado. Ediciones de títulos y autores en imprenta se alternaban con tiradas cortas de 20, 50 o 100 ejemplares en digital a precios asequibles que han permitido a muchos aspirantes a escritor/a cumplir el sueño de colocar sus manuscritos editados de forma profesional en las estanterías de sus hogares o las de familiares y amistades.
El tiempo pasa. Pipo ha intentado retirarse de la actividad profesional un par de veces. Se jubiló y dejó la Juan de Mairena en manos de sus últimas escuderas, aunque monitorizando la actividad desde su retiro en La Herradura. Las nuevas propietarias han tenido el detalle impagable de rebautizar la Libre y colocar en el toldo de la calle el nombre por el que era conocida desde siempre: “Librería (de) Pipo”. Le duró poco el primer intento, pues se tuvo que “desjubilar” para montar otra “Juan de Mairena” para su hijo Manuel en Granada, una coqueta librería de techo altísimo con una galería superior transitable a la altura de un primer piso. A poco de inaugurarla, Manu tuvo la ocurrencia de aprobar las oposiciones a profesor de Filosofía y el padre mantuvo el negocio durante un tiempo hasta que decidió cerrarlo, pero la ayudante Inés quiso seguir adelante con el negocio y ahí sigue, monitorizada también desde La Herradura.
El retiro en La Herradura no es tal. Desde el rinconcillo ubicado en el hueco de la escalera de casa, Pipo sigue activo a todos los niveles colaborando con sus librerías y encauzando las aventuras literarias que se cruzan en su camino, sea con la Cofradía Literaria de La Herradura, con el Club de Lectura, con la familia, con el peluquero de Elena o con cualquiera que huela a escritura. A nivel político y cultural también deja su impronta participando en presentaciones de libros, organizando eventos y, ¡cómo no! pegando carteles, atendiendo la caseta de IUCA en Almuñécar y participando en campañas, la última de ellas para denunciar el genocidio en Gaza con una concentración de más de 300 personas en un pueblo que no llega a los 5.000 habitantes. El oro de Moscú ha aflorado ahora en la bahía de La Herradura.
La librería Juan de Mairena ha sido para muchos lucentinos y lucentinas una universidad paralela, con biblioteca, profesorado multidisciplinar, cafetería, sala de estudio, asambleas, actividades extraacadémicas, publicaciones y un alumnado increíble. No son pocas las personas que iniciaron sus visitas en la edad preescolar sentadas en el suelo con cuentos de pasta dura o de tela, continuaron durante la adolescencia y la juventud con Mafalda, Astérix, el Teniente Blueberry, Richard Corben, Carlos Giménez o Milo Manara, y acabaron haciendo de la lectura un vicio, en muchos casos incurable.
Dicen que el libro impreso está en vías de extinción, gravemente amenazado por el libro electrónico y los efectos analfabetizadores de internet en general y de las redes sociales en particular. Dicen que las librerías están en crisis, que por cada una que cierra abren diez peluquerías masculinas, diez locales para hacer las uñas, cinco gimnasios y cinco estudios de tatuajes, en una espiral de culto al cuerpo y desprecio a la mente. Dicen que Amazon ha matado al comercio de cercanía, sustituyendo la charla con el librero y la experiencia multisensorial del libro por las frías referencias en la nube trucadas por los algoritmos manipuladores. Dijeron lo mismo de la televisión y el vídeo que, sin embargo, nunca llegaron a matar a la estrella de la radio.
La mayor amenaza para el libro es la desaparición del librero letraherido, del profesional capaz de hilvanar el conocimiento del producto y la capacidad para transmitirlo con el beneficio empresarial, demostrando que el comercio de proximidad se refiere a algo más que una distancia física: a esa distancia corta, emocional y sentimental que ha hecho de Pipo un amigo para tantísima gente de diferentes generaciones.
Celebremos los 50 años de la Librería Juan de Mairena, la de Pipo: 50 años de Cultura, de Compromiso y de Libertad.
Pepe Morales
50 AÑOS CON PIPO. 2 EL ORO DE MOSCÚ
Apenas dos años después de la apertura de la Juan de Mairena, se confirmaba que parte del oro de Moscú había aterrizado en Lucena y la confirmación irrebatible apareció en el BOE número 120 de 20 de mayo de 1977 donde se proclamaba la candidatura para las primeras elecciones generales del Partido Comunista de España en la provincia de Córdoba: en el puesto número 6 figuraba una tal Elena Castrillo Castrillo, identificada como la maestra de La Lata y esposa del librero Pipo.
Durante semanas, hubo una actividad en la librería ajena a los libros y la papelería. En un pequeño rinconcillo formado por estanterías y expositores, una sobria mesa y unas incómodas sillas de tijera servían para la logística de la campaña electoral, al tiempo que, a puerta cerrada al público, se organizaban las cuadrillas que salían por las noches armadas de cubos con engrudo de cola de pescado, cepillos y carteles para empapelar el pueblo pidiendo el voto para el PCE. A cualquier hora entraban y salían parejas encargadas del reparto puerta a puerta de programas, trípticos, pegatinas y sobres preparados con la papeleta para meter en las urnas.
El mismo rincón, la misma mesa y las mismas sillas componían un espacio mágico y polivalente donde la clientela ojeaba libros y cómics, leía periódicos y revistas, se improvisaban tertulias, se componían panfletos para imprimir, se hacían reuniones de colectivos diversos, se debatían temas de actualidad y se diseñaban actividades culturales. Con frecuencia, Pipo aprovechaba la presencia de gente de confianza para hacer “mandaos” en las cercanías, encargándoles de advertir a posibles clientes que tardaría poco en volver. Era habitual que parte de la clientela preguntara por Juan, identificando el nombre que aparecía en el toldo de la calle y el papel de envolver con el nombre real del dueño del negocio. En aquella rebotica se gestaron Semanas Culturales, Jornadas Pedagógicas, la caseta de feria de IU, publicaciones periódicas y mil eventos más de todo tipo, aunque los más habituales estaban relacionados con el carrusel de votaciones que trajo la democracia. La librería fue señalada como el nido de rojos del pueblo al que cada vez acudía más gente, del pueblo o forastera, a comprar o “a lo que sea”.
En aquellos años de complicado encaje en la normalidad democrática, Juan de Mairena se consolidó como referente bibliográfico en la comarca, llegando su fama y su actividad a pueblos de Sevilla, Málaga, Jaén y Granada. Pipo y Elena fueron elegidos concejales como integrantes pioneros de una fórmula electoral de agrupación de personas y organizaciones de izquierdas, con y sin militancia partidista o sindical, que más adelante desembocaría en Izquierda Unida Convocatoria por Andalucía. Los resultados de las primeras elecciones municipales fueron espectaculares, pero el PSOE optó por no apoyar a los “comunistas”, facilitando el acceso a la alcaldía de la derecha. Esta forma de entender la política el PSOE, mirando los intereses partidistas por encima de los del pueblo, culminó con el Referéndum de la OTAN en 1986 y el tándem González/Guerra ejecutando la puesta en escena descarada –maquillaje plateado simulando canas en las sienes y tonos marrones remarcando las ojeras– de Felipe González para pedir el Sí, con lánguida voz, ante la cámaras de televisión.
Durante los primeros años, la Libre, apelativo cariñoso con el que era conocida por la juventud que la frecuentaba, fue objeto de amenazas y leves agresiones en la fachada y el escaparate. Pipo afrontó con entereza ejemplar las acometidas de los residuos nacionalcatólicos que trataron de amedrentarlo en los juzgados en varias ocasiones con argumentos descabellados. Una vez, por la publicación bajo pseudónimo de un artículo, en un díptico tamaño A3, del baldón recurrente de la “lucentina puta y fina”. Otra vez, las cofradías y la alcaldía montaron en cólera porque en una publicación similar a la anterior se reproducía el dibujo infantil de una procesión en la plaza nueva con los santeros empinando el codo y el cristo crucificado con una botella en una de las manos desclavada del madero. Hubo algún motivo más para denostar al librero forastero que fue acogido por amplias capas del pueblo como alguien que aportaba frescura y cultura a sus vidas anodinas: teatro, poesía, música, conferencias, mesas redondas, pasacalles, baile, carnaval, encuentros con escritores, talleres, seminarios… eran la cosecha de lo que se germinaba en la rebotica y se sembraba en la calle para disfrute de todo el mundo.
Tanta actividad política y sociocultural en absoluto afectó a la actividad de la librería y las ventas, en mostrador y por teléfono, crecían a buen ritmo. De forma incansable e innovadora, la Juan de Mairena consolidó la feria del libro no sólo en el pueblo, sino también en pueblos y colegios de la comarca a donde Pipo se desplazaba cargando en la Citröen un tenderete portátil como los de los mercadillos y varias cajas con libros cuidadosamente seleccionados para cada lugar. Había nacido el turronero de libros, como le gustaba llamar a esa faceta de su trabajo. Generoso y solidario, se prestó a coordinar las compras para la campaña del libro de texto con otras librerías de forma que todas resultaban beneficiadas. En esas campañas, la librería sufría una transformación convirtiéndose durante un mes en una trinchera donde Pipo y dos personas más atendían las acometidas de la muchedumbre pidiendo libros y material escolar con una ansiedad frenética. La principal función de Pipo era que las existencias no llegaran a agotarse salvo por causas mayores como que la edición de un libro se agotara. La furgoneta no descansaba y se la podía ver a primera hora de la mañana en editoriales y distribuidoras de Córdoba, Granada, Málaga o Sevilla cargando libros que faltaban o estaban a punto de faltar y que antes de medio día ya estaban colocados en sus sitios tras la trinchera.
[Continuará]
Pepe Morales
50 AÑOS CON PIPO. 2 EL ORO DE MOSCÚ
