De la novela al guión, por Julián Valle Rivas

Cualquier excusa vale, para quedar con un amigo y compartir un rato, aunque este amigo sea gorrón inexcusable, apático cual solitaria lechuga servida en plato a la hora de la cena y misántropo empedernido, con título universitario y doctorado en insociabilidad. Y es que no siempre podemos elegir a los amigos, contra lo prevenido por la sabiduría popular, sino que nos vienen impuestos por el macabro capricho del destino, el negro humor del dios que fuere (tan negro como pueda estar el esfínter de un muerto) o el negocio diario del infortunio.

Después, la vida significa una indecente carga del gravamen (injusto) impuesto, que cada cual soporta o sobrelleva de acuerdo con sus capacidades, sus ánimos o su naturaleza. Quiero teclear que no se trata de una amistad de la que uno pueda desprenderse como calzoncillo corchado con palominos, se trata de una amistad adherida o intestina, inherente, en definitiva, a la existencia misma, únicamente extinguible por causa de la muerte, como matrimonio católico o hipoteca inmobiliaria. De ahí que, resultando ser amistad integrada a la propia presencia de la persona en el mundo (en el universo o en el multiverso), se torna en factor esencial de supervivencia, actuación a practicar por necesidad.


De tal modo, paseo con mi amigo Tito en este mediodía de sábado a lo largo de las casetas de la Feria del Libro, que visito un año más movido por la distracción o por cubrir el tiempo de compañía, hoy, y no tanto por el interés literario, demérito que mi amigo se preocupa de explotar. «¿Te alcanza el presupuesto del mes para comprar los cinco más vendidos de ficción? —Me interroga, socarrón—. Tres para ti y dos para mí, a sortear», remata, el hijoputa, con su habitual destreza en el arte del sable o del sablazo. Me lanza la propuesta mirándome de soslayo y un aire granuja en la comisura de los labios que acaba de curvar, mientras desliza con suavidad la yema de los dedos sobre las tersas cubiertas de los libros expuestos en el estand donde hemos parado, como si acariciara la sedosa piel de una mujer durante los prolegómenos del amor, al explorar sus líneas, catalizar su fiebre, alcanzar su sexo, en un ritual de excitación mutua antes de buscar la satisfacción. Luce el rostro lavado y fresco, la barba afeitada, todavía con un minúsculo resto de sangre encostrada en el ángulo de la mandíbula rastrillada por la cuchilla, y el pelo limpio, corto, invadido por innumerables canas, eufóricas ante la inminente victoria. Se ha cubierto la camisa arrugada con una cazadora azul marino que me ha pedido al recogerme en mi piso, o creo que ha tomado con capeo del permiso (ignoro si la recuperaré), como si un rey le hubiera expedido patente de corso. Y es que el tiempo se ha mudado desapacible, el cielo gris, ahuyentador de ángeles, encapotado y amenazante de tormenta, en un abril de contrastes, que transcurre indeciso y extremoso. Primaveral, al cabo.


Por toda respuesta, enarco una ceja, de circunstancias, consciente del agrado que le supone rascar urticaria ajena. «Vale, dejémoslo en tres —insiste con la chanza—. Dos para ti y uno para mí. Tú repartes». Me retiro sin poder evitar el gesto jocoso por las ocurrencias de mi amigo y esquivo a un par de visitantes que, maleducados y sin miramientos, arremeten hacia el expositor como si los volúmenes fueran a volatilizarse de manera instantánea. Tito escolta mi repliegue del evento, dando por culminada la visita. «Hubo una época en que los leíste —me recrimina, ufano—. Ese tipo de libros», se explica. «Te he entendido», afirmo, picado. Y no le falta razón. Entre finales de los noventa y primeros de los dos mil, devoré novedades de ficción encumbradas por las ventas como un bebé devora leche materna en la lactancia. «No obstante —replico—, supongo que me reconocerás que la ficción literaria actual no es como la de entonces». Al menos, y puedo estar equivocado, así me lo parece. La narrativa literaria ha cambiado, me da la impresión. El objetivo es idéntico: entretener; sin embargo, el estilo narrativo se ha vuelto conciso, básico y parco, porque, otros motivos aparte, no se escriben libros, sino guiones; incluso, alegando que conformamos generaciones que reciben multitud de estímulos visuales, prescinden de descripciones y ambientaciones, por ser labor del lector… o del diseñador de producción, claro. Los escritores de ficción actuales han variado la narrativa literaria para emplear una narrativa serial o cinematográfica. Piensan, luego, escriben como si estuvieran rodando una serie de televisión o una película. O, peor, escriben pensando trasladar la historia a una serie de televisión o una película. Adviértase que he recurrido al vocablo trasladar y no adaptar, puesto que no es ésta la intención. El propósito es dejar el trabajo hecho a los productores, directores y guionistas (si el escritor no es contratado para guionizar). O, de nuevo peor, el propósito es la metamorfosis de la novela a serie de televisión o a película, que es lo que realmente cautiva y concede pingües beneficios. Famoso y millonario, qué más se puede desear. Pero el lenguaje literario no es el lenguaje visual (serial o cinematográfico). Ambos son escritores, pero la voz del novelista no es la voz del guionista. El objetivo de las novelas, las series y las películas también ha de ser procurar al lector y al espectador que le apetezca un cierto esfuerzo analítico, y no son parámetros analíticos semejantes.


«Por eso me mantengo aislado en mis clásicos —le confirmo, algo que sabe—, feliz. Salvo un par de escritores vivos y mis amigos, a quienes he jurado fidelidad eterna». Tito rodea mis hombros con su brazo, amistoso, antes de espetarme la pulla: «Diría que eres un poco esnob». Nos detenemos cuando un grupo de niños, que corretean fascinados de tebeo en tebeo, obstaculiza nuestro camino. Ahora soy yo quien lo mira de soslayo: «Y yo diría que eres un poco gilipollas… O un mucho».

Julián Valle Rivas

Del guión a la pantalla

Debate, por Pepe Morales

A cualquier cosa le llaman hoy debate. Si al recoger los huevos en el gallinero doméstico las pitas se alteran y cacarean al unísono, alguien llamará a la situación debate aviar. Tal cual. La escena difiere muy poco de lo que habitualmente se ve en la televisión o se escucha en la radio y que los medios se empecinan en llamar “tertulia”. El summum del guirigay se escenifica, cada vez que hay ocasión, en las sedes de la soberanía popular: Congreso, Senado, parlamentos autonómicos, diputaciones y salones de plenos municipales.

A nada que se pegue el oído a las conversaciones cotidianas en el transporte público, las salas de espera, los comercios o las plazas, se constata que el contraste de opiniones, el debate, ha sido sustituido por un duelo a garrotazos de argumentarios mediáticos sin mayor profundidad de análisis ni comprensión por parte de quienes los cacarean. Los gallineros 3.0 son extensiones digitales en foros y redes sociales con más putrefacción en los suelos y palos donde picotean pollos y pollas bajo la mirada de los gallos y el acecho de las zorras.

La oratoria clásica, basada en la elocuencia, la retórica, y la dialéctica, ha sucumbido ante la facundia vana, la labia hueca, la palabrería estéril, la monserga iterativa, el parloteo vacío y el palique tabernario. La argumentación se limita a argumentarios partidistas “prêt-à-porter”, el razonamiento se mide en decibelios sin premisas y la lógica es algo obsoleto, sin utilidad. Las tertulias y los debates son diálogos de sordos cuyos participantes no se escuchan entre sí, empecinados en exponer sus propios puntos de vista sin prestar atención a los ajenos.

A la contrastada ineptitud discursiva de tertulianos e “influencers”, se añade la mamporrera y tendenciosa moderación de quienes dirigen estas tertulias obedientes y estos debates sumisos, cuando no militantes, donde se educa a la ciudadanía. La polarización es a la vez objetivo, hilo conductor y consecuencia de estos cacareos, como se puede comprobar en la calle, sea pontificando sobre fútbol, dogmatizando sobre Sanidad y Educación o enfatizando opiniones con poco fundamento sobre cualquier asunto que se ponga a tiro conversacional.

Especialistas en controversias artificiales, no dudan en rematar cualquier información con coletillas como “...de lo que todo el mundo habla”, “...intenso debate” o “...la polémica está servida” para indicar que habrá culebrón al respecto durante los siguientes días o semanas. Como el chicle, se mastica cualquier tema con avidez, se infla en efímeras burbujas y es sustituido por otro cuando comienza a endurecer. Como el chicle, estos “debates” acaban manchando el suelo, estropeando la ropa o algo peor si la burbuja estalla en cara y cabello.

Cada vez quedan menos oradores y oradoras, especie en peligro de extinción, con criterio propio, capaces de mantener debates serenos y meditados, con parámetros de diálogo que permitan una fluidez óptima de los mensajes entre cada emisor y su(s) receptor(es). El respeto al turno de palabra es algo fundamental en todo proceso de comunicación, así como la escucha activa cuando el turno corresponde a otras personas. Hubo épocas en las que las tertulias eran tertulias, los debates eran debates y las ideas volaban en total libertad.

Si algo puede empeorar, empeora. Tertulias y debates contaminan con lo más abyecto del ser humano, proyectando en la sociedad el odio y la violencia que exhiben sus señorías en escaños y ruedas de prensa, el odio y la violencia del fanatismo futbolero, de los ultras de Desokupa, de los cabezas rapadas, del machismo, la homofobia, el racismo y el sectarismo.

Pepe Morales

Vacaciones, por Pepe Morales

Hubo un tiempo en el que familias con pocos o ningún recurso se permitían unas jornadas, a veces una semana o diez días, de algo que llamaban vacaciones por el hecho de no trabajar y de hacer un viaje, a menudo largo y tortuoso como la separación de The Beatles. No había más remedio. La guerra y la posguerra fueron el caldo de cultivo para forjar un par de generaciones con valores de supervivencia como la empatía, la solidaridad, el sacrificio, el altruismo y la filantropía, hoy cuestionados por una cultura radical egoísta y consumista.

Durante décadas, los viajes a L’Hospitalet, Terrassa, Madrid o el País Vasco eran rutas cubiertas por autobuses, a menudo piratas, que sorteaban los baches de las carreteras secundarias con la misma habilidad que esquivaban los controles de la Guardia Civil a cambio de unos chorizos y unos litros de vino o unos billetes verdes. Autobuses cargados de comeorzas o rebañaorzas que a cambio recibían la visita de la familia emigrada que los acogió en la España rica y urbana durante las fiestas patronales, Semana Santa o Navidad.

Ni se cuestionaba la pertinencia de estas visitas ni se reparaba en la incomodidad que suponía dormir en el suelo, tanto anfitriones como visitantes, o apretarse ocho personas en una mesa dimensionada para cuatro. Durante los días previos y los posteriores a la visita, la familia visitada se sumía en un trajín de colchones, camas mueble y sillas desde la casa de allegados y vecinos, con suerte con una furgoneta de la empresa o de un conocido. Con la precariedad de aquellos tiempos, se improvisaba una comodidad a todas luces insuficiente.

Aquellas vacaciones no eran gratis total ya que, en la medida de las posibilidades de cada caso, había intercambios de regalos y, algo excepcional en la época, se comía un día o dos en restaurantes o se salía a playas, parajes pintorescos o monumentos de los que se oía hablar en radios y transistores de AM y en la reciente televisión en blanco y negro (era costumbre compartir gastos, minimizando el postureo). Y luego había regalos y recuerdos para la familia y el vecindario que se había quedado en el pueblo, modestos, pero un dinero.

Todo eso se ha perdido bajo el eufemismo del progreso, utilizado en términos económicos. Los hijos y nietos de aquellas generaciones han sucumbido a la dictadura de los mercados y han sustituido aquellos valores por sucedáneos como éxito y esfuerzo, dos patrañas que el capital sigue explotando en la senda del sueño americano para favorecer la codicia del 10% de la población a costa del 90% restante. Pura propaganda para perpetuar un sistema injusto e insolidario, egoísta, el mismo de la época de los faraones egipcios. Esclavismo 3.0.

Asistimos a una estafa global que toca aspectos básicos para la supervivencia del ser humano como la vivienda, la Educación, la Sanidad o la cesta de la compra. El derecho a la vivienda está en manos facinerosas que operan desde plataformas como Booking y Airbnb o toman posiciones en el mercado del alquiler. El derecho a la sanidad y la educación obra en manos de mafias confabuladas con políticos sin entrañas que expenden titulaciones y tratamientos de dudosa calidad. Y la comida basura alimenta a la juventud por medio de aplicaciones móviles como Just Eat o Glovo. Son tiempos de mucho correr y poco pensar.

La paradoja del gatopardismo (El Gatopardo, 1958, de G. T. di Lampedusa) nos dice que, a veces, el sistema se renueva superficialmente para evitar transformaciones estructurales y mantener intacto el poder en una sociedad cada día más conservadora, sumisa e ignorante.

Pepe Morales

Cosechar lectores, por Julián Valle Rivas

He tenido la suerte, y lo habré tecleado en alguna ocasión, de tener unos padres que siempre fueron conscientes del valor de un libro, no como mero elemento decorativo de alguna sala sofisticada del hogar, sino como herramienta cultural y educativa, de conocimiento, también como medio para discernir la realidad y fomentar el espíritu crítico, instrumento útil y necesario, en definitiva, para la formación y para asegurar un futuro laboral razonablemente próspero, mejorar las perspectivas que ellos pudieron tener o, de hecho, tuvieron.


En esta adhesión incondicional a los provechosos frutos de los libros, justo es reconocer que mi padre adoptó la empresa de fomentar su adquisición, hasta donde fuese requerido, realizando los sacrificios que hubieran de realizarse, no pocos para una familia humilde. Pero él, por su trabajo, frecuentaba las casas de los vecinos potentados y pudientes de la ciudad, con sus paredes colosales tapizadas de anaqueles combados por el peso de volúmenes ostentosos, depositarios de memorias disipadas en la fronda del tiempo, de historias flotantes en la inmensidad de la imaginación, de saberes descifradores de incógnitas y docentes de enseñanzas extraordinarias. Pero él, por el trabajo, lamentó haberse visto obligado a abandonar la escuela demasiado pronto, aun cuando concebía que sólo entre los tipos impresos en páginas quebradas por el desgaste se podría desarrollar el intelecto y encumbrar la lucidez, despabilar la mente ante las añagazas de la vida, los vaivenes de los gobiernos y los caprichos de los hombres. Pero él, por la propaganda, asumió de joven que una sociedad culta era una sociedad feliz y floreciente, una sociedad conforme no a sus ciudadanos, sino a su régimen. Pero él, por lo vivido, alcanzaba a entender que unas estanterías deslomadas por tomos polvorientos, con independencia del oropel de sus costuras, no garantizaba más allá que el interés que cada cual deseara extraer a las hojas, absorbiendo la tinta de sus líneas con tal energía que la impronta quedara en el cerebro perenne, como los rigores que regala al cuerpo el esfuerzo incansable. Y, así, mi padre no me escatimó la compra de libros; sin censura, sin negativa, sin límite ni recomendación, con la libertad para escoger y decidir, con la confianza ciega y universal, con la mirada de quien dispone los medios y espera un empleo adecuado de los mismos, y con la esperanza de una madurez tranquila, inmune y estable para su hijo. Y, para albergar la marabunta bibliográfica, mi padre erigió un cobijo de madera, con sus propias manos, pieza a pieza, sobre el que tecleé hace milenios, allá, en los albores de mi misión articulista.


En aquella etapa de remesas de títulos incontables, arqueada por el salto de siglo que fue la última década del XX y primera del XXI, Círculo de Lectores sufragó muchos de los plúteos ahuecados por el silencio. Nacido con vocación proporcional comercial y literaria («sembramos libros, cosechamos lectores»), fue un club de lectura de raíces germanas que se adentró en la comunidad española en 1962 y perduró hasta 2019, cuando Grupo Planeta se había hecho con su totalidad un lustro antes. Como Correos no admitía paquetes de más de trescientos gramos, ideó un sistema de entregas, trimestral, en sus comienzos, mediante una red de agentes, quienes previamente habían recogido la hoja de pedido de los socios (llegó a sumar un millón y medio), a partir de un catálogo a modo de revista. La captación se hacía cara a cara, de puerta a puerta (Internet no estaba proyectado y la comunidad se creía protegida). Tampoco proliferaban las librerías, reductos urbanitas omitidos de los pueblos. Círculo de Lectores confeccionó un sello personal, difundiendo autores y obras, descubriendo talentos, haciéndose con derechos de edición de escritores consagrados y lanzando títulos en especial impresión, maquetados e ilustrados con particular mimo, y con grandes nombres implicados, ya fuera para introducir con el prólogo, componer colecciones, diseñar cubiertas o adornar con ilustraciones. Obras exclusivas para sus socios. Sin duda, su explosión fue en los ochenta y noventa, con el asentamiento de la democracia y la dirección general de Hans Meinke, y la aptitud cultural inserta en su naturaleza le concedió la venia de ofrecer a sus socios música y cine. Compramos a través de Círculo, en casa, nuestras primeras películas en VHS y DVD, interés éste de la filmoteca privada que mi hermano y yo conservamos, hasta donde nos lo podamos permitir, claro; negándonos a someternos a la dictadura de las plataformas, con su lista de productos cerrada y caduca; batalla que van ganando, tecleado sea, constatados los cada vez más reducidos fondos de títulos en su formato físico. Luego, inmerso en el XXI, con la irrupción de Internet, los prolongados horarios de ausencia domiciliaria y las reticencias hacia el comercio directo a puerta, Círculo de Lectores se fue diversificando en una disolución esperpéntica que aglutinó mobiliario, bisutería y mercadería de belleza y guió su desaparición. Del club fue la muy socorrida enciclopedia Nuevo Logos 2000, completada a razón de dos tomos por entrega, o dos de mis colecciones de Agatha Christie o los cuentos de Edgar Allan Poe o las dos primeras novelas de Alatriste o las ediciones ilustradas de los «Episodios Nacionales» y la trilogía de los mosqueteros, que tan gozosas horas me han procurado. Aún recuerdo el júbilo, al hallar en la revista por fin reunidas las tres novelas de Dumas, narradoras de las aventuras de los cuatro amigos. Y es que la presencia en las manos del libro ha de ser motivo de satisfacción íntegra, por lo que brinda y se aprovecha. Sembrar y cosechar.


Al pasar de los años, fue la realidad la que golpeó a mi padre con dureza. O nos golpeó, para revelarnos, por las malas (vaya si fueron malas), que la masa de conocimiento, de cultura y de lucidez, en verdad, no certificaba nada; que las baldas prensadas por tapas infinitas no significaban prosperidad; que el ahínco, la dedicación y la abnegación no implicaban el objetivo deseado. Que el infortunio se cebaba con los crédulos. Que existían factores inicuos desbocados. Que el recurso acumulado de libros era una simple parte, quizá ínfima, de un éxito indeterminado e incierto, de escasa o dudosa posibilidad. Que cualquier imbécil con estrella lograba el triunfo con pasmosa facilidad. Entonces, mi padre, un tanto triste y un tanto decepcionado, se desprendió de su ilusión y su esperanza en los libros como el apóstata se desprende de la cruz que cuelga de su cuello. Por mi parte, sin embargo, consumir libros fue y continúa siendo una forma inorgánica alimenticia, una satisfacción fisiológica, visceral, que, sí, ya no preciso para vivir, porque perdieron la transcendencia del porvenir, aunque me ayudaran a comprender la pérdida, como todavía hoy me ayudan a comprender el mundo, a conocerlo mejor, a evadirme de él, a aprender sus reglas; son amigos que me acompañan, sin promesas ni convicciones ni infalibilidades, sin nada a cambio; únicamente compañeros que preciso para sobrevivir.

 

Julián Valle Rivas

Deportes, por Pepe Morales

Hay algunas cosas a las que se empeñan en llamar deporte y, a base de repetirlo mil veces, el imaginario colectivo acaba acatando que son deporte, al contrario de lo que sucede con los toros, una tradición que, por mucho que se repita y mucho empeño que se ponga, no hay forma de encajarla en el concepto de cultura. Son cosas que tienen en común un público con cierto grado de elitismo y un desmedido movimiento de dinero alrededor de la actividad. Quien haya asistido a una partida de golf, una exhibición de hípica (turf para el público más esnob) o unas pruebas de motor, habrá comprobado que, grosso modo, es así.

De joven, me preguntaba por qué no había negros en el tenis (apenas Althea Gibson, Arthur Ashe y Yannik Noah) o el esquí (¿?). Recuerdo el exquisito público de Wimbledon y Roland Garrós y la imagen de Juan Carlos I y familia en Baqueira Beret. Como conclusión, a los 18 años, con el cadáver del dictador aún caliente, llegué a pensar que eran deportes de pijos. Manolo Santana, acogido en la posguerra por una adinerada familia de Madrid, reforzaba esa idea; no así Manuel Orantes, hijo de la emigración andaluza. Paco Fernández Ochoa, con su capa y la bandera franquista, fue un símbolo de la transición, como Juan Carlos I.

Los deportes de masas han servido históricamente a dos propósitos: distraer al público de la realidad, sobre todo cuando ésta no es amable, y hacer negocios, todo tipo de negocios, legales e ilegales. Este tipo de deportes son fenómenos sociales que comparten cualidades con las religiones: proselitismo (aficionados), fanatismo (ultras y hooligans), ritos (cánticos, bengalas, celebraciones), ceremonias (partidos), templos (peñas, estadios), ídolos adorados (jugadores), movilización de masas (fe, esperanza…) y jerarquía (directivos, presidentes).

Los espacios deportivos en los medios están al servicio del capital que los sostiene y los mantiene para fomentar ideologías patrióticas, individualistas y consumistas. Las secciones “deportes” de los noticiarios dedican al motor un minutaje y una posición en la escaleta muy por encima del interés que despierta en la audiencia, momento ideal para recoger la mesa y/o visitar el aseo. El golf recurre a imágenes “curiosas”, panorámicas del selecto público, alabanzas hacia Jon Rahm o Sergio García y la evocación de la vieja gloria Ballesteros. La hípica suele encontrar acomodo mediático en el ámbito de la prensa amarilla y del corazón.

Estos espacios conceden una atención excesiva a conductas contrarias a la ética deportiva y social ofreciendo imágenes, en bucle, de jugadores y público en actitudes violentas. Los disturbios entre aficiones en las gradas y en las calles, el uso de bengalas y pirotecnia, la exhibición de simbología fascista, o los cánticos racistas, machistas y homófobos de la hinchada son violencias cuyo tratamiento debería ser reducir las imágenes y la noticia al mínimo indispensable para su denuncia y condena. Se trata de formas repudiables de fomentar, normalizándolas, la crispación y la violencia social a través del deporte de masas.

Entre tanto despropósito, entre deportes que no lo son y lo que no es deporte, se habla muy de pasada de lo que sí es deporte, de jugadas, goles, canastas y partidos. Apenas hay lugar para los deportes minoritarios como el atletismo y el deporte femenino es tratado de una forma residual, tal vez por cumplir. Para completar este repaso a la información deportiva, mencionar el daño “pedagógico” infligido por tertulianos, analistas y bustos parlantes con la vocación de censurar determinadas posturas políticas de las estrellas del deporte o de las gradas. Además de blanquear dinero, el deporte lava la imagen de empresas y dictaduras.

Pepe Morales

La ignorancia en campaña, por Pepe Morales

sabiduria ignoranciaPara el público de cuarenta años hacia arriba, los medios tradicionales (prensa, radio y televisión) todavía se encargan de transmitir la palabrería electoral con poca, casi ninguna, innovación en los formatos. Las mentes de esa audiencia se han ido acomodando a una resignación que conduce a un lamentable proceso de involución. Tal vez, la más reciente innovación mediática haya sido el traslado del discurso político a ciertos programas de entretenimiento donde comparte titulares, presentador y tertulianos con fruslerías y cotilleos.

Ese público otoñal e invernal es también receptor de desinformación y bulos que circulan por unas redes sociales y unas aplicaciones de mensajería que sus hijos y nietos manejan de forma nativa y donde la extrema derecha mantiene un notable caladero ideológico. Las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información han generado la paradoja de que la sociedad actual, con acceso casi ilimitado a la información, sea la más desinformada de la historia. La renuncia al pensamiento crítico la hace al mismo tiempo la más ignorante.

El panorama se complementa con calles empapeladas, buzones invadidos por panfletos y papeletas y faroles colgando de las farolas, la vieja propaganda electoral utilizada más por tradición que por eficacia. Gran parte de la juventud decide el voto con el mismo criterio que elige el menú basura del domingo, el tinte para el cabello, el modelo de peinado, el piercing, el tatuaje y el lugar donde lucirlos. Gran parte de la adultez lo hace con el mismo criterio que elige la alarma de casa, la TV de pago, el seguro sanitario privado o el mobiliario del salón.

Otro clásico de las campañas electorales son los eslóganes que los partidos esgrimen cada vez con menos convencimiento de seducir a alguien con ellos. Como hacen con el resto de sus comunicaciones políticas, tiran de ambigüedad, medias verdades o directamente bulos. “Con la fuerza de Andalucía” (PP), “Defiende lo público” (PSOE), “Sentido común” (Vox), “La izquierda andaluza” (Por Andalucía) y “Vota lo que sientes” (Adelante Andalucía) compiten en la liga de las palabras que se llevará el viento y las ideas de dudoso y precario porvenir.

En todo caso, las elecciones, como la liga de fútbol, están amañadas desde el momento en que unos participantes no cuentan con los mismos recursos y apoyos mediáticos que otros. El bipartidismo se ve favorecido por donaciones “anónimas” y chanchullos que los demás rivales no perciben, y por los esfuerzos de los medios subvencionados por PP y PSOE para asegurar sus prebendas y colaborar con policías patrióticas y togas militantes en la delictiva tarea de que parezca que “todos son iguales”. Del Real Madrid y del Barça…, usted mismo.

Eche en una coctelera a Vicente Vallés, Carlos Herrera, Eduardo Inda, Nacho Abad, Antonio Jiménez, Jiménez Losantos, Francisco Marhuenda, Ana Rosa Quintana y Susanna Griso; añada unos golpes de Vito Quiles, Bertrand Ndongo y Alvise Pérez; mézclelo con Pablo Motos, Iker Jiménez, el Sevilla, Bertín Osborne, Mario Vaquerizo y Alaska; agítelo y sírvalo a temperatura ambiente. La manipulación, los bulos y la desinformación son prácticas muy burdas, pero van con ellas todos a una para garantizar una eficaz ignorancia del electorado.

La juventud repudia la tradición. Las nuevas generaciones obtienen la ignorancia esnifando WhatsApp, vapeando Instagram, fumando Telegram y metiéndose TikTok en las venas. En el siglo XXI, la modernidad ha trocado los versos de Miguel Hernández: “Esta juventud poco empuja, / esta juventud se vende, / y la condena de España / de esta juventud depende”.

Pepe Morales

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