Dar calabazas a Halloween, por Pepe Morales

Caminando por la ciudad, las calles muestran casas disfrazadas con ridículas telarañas y réplicas de calabazas en cartulina o en material plástico made in China. El carnaval de otoño asoma la faceta cateta de sus moradores a puertas y balcones, así como el faroleo acentuado por luces en exceso brillantes y adornos hiperbólicos. La memoria sonríe resignada al evocar las pandillas infantiles congregadas alrededor de faroles hechos con melones vaciados con una vela dentro y dibujos calados en su piel para dejar pasar la luz.

Niñas y niños disfrazados tocan los timbres al grito importado de “truco o trato” que han de explicar, si es que lo saben, a un vecindario ajeno a la cultura yanqui para conseguir tristes caramelos que acaban engordando sus cuerpos y la cuenta corriente de sus dentistas. Esa infancia no conoce noches en vela tras oír a los mayores tétricos relatos en la penumbra del comedor mal iluminado por pábilos tiesos sobre redondeles de naipes y corcho flotando en un tazón con aceite refrito. La memoria de las castañas y los boniatos asados es viejuna.

A esa memoria arrinconada acuden los cuchicheos nocturnos bajo las sábanas, los poemas de Espronceda o de Poe recitados con voz grave y engolada, la historia del caballero que camino del cementerio levantó la tapa del ataúd donde lo metieron con vida por error, las excursiones nocturnas que finalizaban saltando las tapias del camposanto con un cráneo debajo del brazo o las bromas pesadas a los más pequeños e inocentes de la pandilla. La memoria seguirá viva mientras que su legado de vivencias y recuerdos se resista al olvido.

El patriotismo de hojalata, presto a dilapidar dinero público en bárbaras tradiciones como los toros, aguerrido paladín del castellano frente a las lenguas vernáculas de España, férreo enemigo de las culturas de moros y negratas, hinca sumiso la rodilla y agacha humillado la cerviz ante el empuje anglosajón y su cultura colonizadora, consumista y neoliberal que borra tradiciones como el día de los difuntos y exige hablar inglés para ser “algo” en una sociedad blanca y católica. La memoria del patriotismo de hojalata es sectaria e interesada.

Tras Halloween, otro carnaval de luz, oropel y consumo a mansalva. Demasiadas películas americanas han hecho que, en los últimos años, la Navidad disfrace las calles y muchas casas luzcan como rancios puticlubs de carretera que han sustituido el neón por el LED en los reclamos luminosos adquiridos en los chinos. Hace décadas que la memoria ha olvidado el significado de la Natividad y lo ha sustituido, al modo anglosajón, por el culto a Papá Noel y al derroche. La memoria reciente mira perpleja la paleta carrera iniciada por Abel en Vigo.

Apenas un par de meses más tarde, el auténtico carnaval. Esta tradición interrupta se ha reconvertido en colegios y ciudades en una orgía de vanidad y postureo. Conviven en un mismo desfile disfraces de diseño hechos a medida con otros prêt-à-porter made in China y los de confección casera. Don Carnal vive una apoteosis concentrada en unos días a la espera de que Doña Cuaresma dé paso a otra semana de más disfraces, más postureo y más consumo con la estridencia de las cornetas y los tambores martilleando el descanso.

El miedo, el terror y el pánico asolan las calles del país durante todo el año sin que a nadie parezca importarle. El miedo a la codicia insaciable del sector inmobiliario castiga en cruel paridad con la precariedad laboral y unos salarios de mierda. El terror acecha apostado en las esquinas a los extranjeros pobres y al colectivo LGTBI. El pánico se ha instalado en los hogares donde cualquier hombre puede dar paso al macho y desatar olas de maltrato y muertes violentas como muestra infame de la zozobra social que amenaza con el naufragio.

Pepe Morales

Carta abierta a la Consejera de Inclusión Social, Juventud, Familias e Igualdad de la Junta de Andalucía

consejera loles lopez gabarro junta andaluciaSeñora López Gabarro, en la toma de posesión de su cargo, usted juró o prometió cumplir y hacer cumplir la ley, pues bien, en su Consejería y por ende en el órgano colegiado que es el Gobierno de la Junta de Andalucía no se actúa diligentemente en el cumplimiento de sus obligaciones para garantizar los derechos legales y legítimos de los ciudadanos andaluces más vulnerables.


Mi esposa fue diagnosticada de Alzheimer en el mes de junio de 2022, después de ir superando las injustificables listas de espera para la atención de los médicos especialistas.


En noviembre del mismo año 2022, a través de los servicios sociales del Ayuntamiento de nuestra localidad de residencia en la provincia de Granada se solicitó la valoración de dependencia.


A finales de julio del presente año 2024, debido a la enfermedad degenerativa de mi esposa, nos trasladamos a vivir con mi hijo a una localidad de la provincia de Córdoba y en esos mismos días me puse en contacto con los servicios sociales municipales y se tramitó la solicitud de cambio de expediente.


El día 14 de agosto contactaron por teléfono desde la delegación de Granada para hacer la visita de valoración de dependencia en mi anterior domicilio. Mi vivienda había quedado vacía por mi mudanza y no parece razonable valorar una situación y una realidad que ya no existe ni para el presente ni para el futuro. Me confirmaron que la solicitud de cambio de domicilio no había llegado a la delegación de Granada.


El pasado día 16 de octubre, mi esposa ingresó de urgencias en el Hospital Reina Sofía de Córdoba con unos valores de anemia casi incompatibles con la vida, suponemos que por algún sitio o alguna causa tiene pérdidas de sangre, a pesar de hacer todas las pruebas razonables, los especialistas no han podido localizar la causa, ahora ya estamos en casa pero con una situación de desorientación y dependencia mucho mayor lo que nos obliga a seguir poniendo más recursos propios para su atención física y psicológica.


A día de hoy sigo sin recibir una respuesta de su Consejería que ponga en marcha la valoración de dependencia de mi esposa a la que tiene derecho.


Usted y yo sabemos que cuando un ciudadano se retrasa en el pago de sus obligaciones con el Estado, es penalizado, pero esa misma lógica no se aplica cuando es el Estado quien no cumple con sus obligaciones con el ciudadano.


Entiendo que todos nos sentimos orgullosos de nuestra Constitución cuando define a España como un estado Social y Democrático de Derecho, pero si no se cumplen los derechos sociales, es muy difícil hablar de derechos democráticos en la parte más vulnerable de nuestra población, ¿Podríamos decir que el Estado incumple la Constitución que es esencia misma de su existencia?


Podrá usted decirme que los recursos son finitos y que una de las funciones de la política es priorizar unos u otros gastos, pero ese argumento no parece muy razonable cuando el partido que tiene la responsabilidad de gobierno en nuestra tierra, en Andalucía, presume de bajar impuestos. ¿Significa eso que en sus prioridades anteponen el beneficio privado de los que tienen que pagar más impuestos frente a las necesidades de los ciudadanos más vulnerables? Si es así deberían tener el valor y la honestidad de decirlo expresamente en sus campañas electorales. Si es así, muestra que ustedes son débiles con los fuertes y fuertes con los débiles.


Señora consejera, le recuerdo que es usted una servidora pública, es decir, tiene la obligación de servir al pueblo que le paga su salario y del mismo modo que no es tolerable que usted y el resto de los trabajadores públicos no cobren su salario religiosamente todos los meses, tampoco es tolerable que una ciudadana se vea privada de sus derechos durante casi dos años.


Usted y yo sabemos que un incumplimiento de sus obligaciones de este tipo es intolerable en la empresa privada y que tendría consecuencias para los responsables y sus puestos de trabajo, pues yo no puedo entender que lo que es intolerable en la gestión de lo privado se acepte con la normalidad de un fenómeno meteorológico en la gestión de lo público.


Mediante esta carta, le estoy emplazando a dar respuesta públicamente, ¿Se atreverá usted?


¿Tiene usted como Consejera una explicación razonable sobre el incumplimiento en el caso de mi esposa y del resto de dependientes que esperan?


¿Debería pensar que están ustedes esperando que mi esposa muera para ahorrarse lo que pudiera corresponderle?
Quedo a la espera de la solución.

Ángel Díez de Miguel

DANAS naturales y artificiales, por Pepe Morales

El egoísmo tiene muchas aristas y muchas derivadas. Una sociedad que idolatra su ombligo tiende a relajar, hasta el abandono, el cuidado del cerebro y del corazón en un progresivo proceso deshumanizador asumido como algo natural, como algo “normal”. El egoísmo es algo que las personas intentan no exteriorizar, conscientes de que socialmente es percibido como nocivo para la convivencia y el bien común, incluso es condenado por las religiones como pecado. Es habitual que quienes lo practican lo critiquen cuando lo hacen los demás.

Es natural sentir el dolor del propio cuerpo más que el ajeno porque el dolor físico es una sensación molesta y aflictiva ante una agresión interna o externa. En cambio, si la agresión es sobre cuerpos ajenos, se aplica una escala de dolor que responde a un constructo social, artificial, establecido por una conjunción de sentimientos e intereses. La mayor o menor cercanía de los demás se construye sobre una base de afectos que a la vez sitúa a los otros en distintos planos según una proximidad afectiva y social con origen artificial e ideológico.

La familia, las amistades, el entorno estudiantil o el laboral, el vecindario, el paisanaje a diferentes niveles geográficos y administrativos y otros agrupamientos sociales crean lazos con diferente grado de pertenencia en los individuos. El dolor ajeno se mide en esta escala de forma interesada, egoísta, desde sufrirlo como propio hasta diluirlo en muchos casos y justificarlo en otros cuando el ombligo se impone a la razón y al corazón. Hay intereses que utilizan la emoción humana para sacar rédito económico o político del dolor y el sufrimiento.

Toda “persona de bien” siente como propio el sufrimiento de las personas afectadas por la DANA que ha azotado a tierra española, desatando una ola de solidaridad y ayuda que se percibe como algo de lo que se siente orgullosa la sociedad en su conjunto. En cambio, hay muchas “personas de mal” que han aprovechado el dolor ajeno para sus intereses políticos con una campaña de bulos, desinformación y odio contra quienes piensan diferente a ellas, apelando al ombligo, la irracionalidad y la carencia de sentimientos de parte de la sociedad.

Lo de Valencia, muy duro, casi insoportable, se sitúa en lo más alto de la escala del dolor al tratarse de gente conocida, familiares, amigos… que han sufrido lo que “mañana te puede tocar a ti”. “Los españoles, primero” es una consigna sumamente egoísta, inhumana, que circula en las calles mezclada con el barro y el odio portador de enfermedades igualmente contagiosas. No todo el daño proviene de un fenómeno natural largamente anunciado y reiteradamente negado: la incitación al odio por la derecha y la extrema derecha es letal.

El ombligo sitúa en la zona baja de la escala del dolor a los afectados por las inundaciones, los terremotos, las guerras y otros desastres que con regularidad sufren “los otros”, los parias de Asia, Sudamérica o África. La razón se aparta de estas catástrofes y el corazón sufre el lapso de la noticia en el telediario porque el ombligo diluye el dolor desviando la atención a otras cosas, tal vez un bizum a alguna ONG sirva para enjuagar la conciencia. Inundaciones, muertes y ruinas en el Tercer Mundo no duelen lo mismo que las de Europa.

El egoísmo más extremo es el que justifica violencias como la ejercida por Israel sobre el pueblo palestino, con muertos cada día, durante un año, que equivalen a los de la DANA y que ahora extiende el sionismo a otros estados vecinos. El egoísmo cómplice del desastre artificial que es un genocidio emana del mismo ombligo irracional, sin corazón, que esparce odio en medio del desastre natural de Valencia, en ambos casos alimentado por bulos, desinformación y un interés desmedido en derribar el Estado Democrático y de Derecho.

Pepe Morales

La DANA y las ratas, por Pepe Morales

Cuando la naturaleza desata su furia en forma de inundación, al desastre producido por las aguas desbocadas se añade la presencia de seres de desagradable aspecto, repugnante comportamiento y naturaleza nociva. El miedo hace huir a las ratas de las cloacas donde fijan su residencia en zonas habitadas por el ser humano. Excelentes nadadoras, no temen a las aguas estancadas ni a las mansas, donde, coprófagas, se alimentan de inmundicia y descomposición, pero entran en pánico si la quietud es alterada por un aumento del caudal.

La lluvia caída en Valencia y otras zonas de España, con virulencia de diluvio universal, ha debido arrastrar y diezmar la colonia de estos cuadrúpedos desagradables ahogados en el fango del agua mezclada con la suciedad. El mismo día del desastre, hizo su aparición otra especie tan repudiable, asquerosa y dañina como la de los roedores: se trata, como canta Paquita la del Barrio, de las ratas de dos patas. Acuden cuando sospechan que el peligro ha pasado y carecen de escrúpulos para sacar provecho de los efectos de cualquier catástrofe.

Esas ratas se han dedicado al saqueo y la rapiña amparadas en la sensación de impunidad al socaire del desconcierto de la población. Unas ratas han asaltado supermercados y tiendas de alimentación por instinto de supervivencia para aplacar la sed y el hambre dado el desabastecimiento sobrevenido. Otras han asaltado comercios ajenos a la alimentación por mero instinto criminal, por inhumana codicia para obtener unos euros en el mercado negro o por vicio enfermizo, como las que han asaltado y esquilmado una simple juguetería.

Es costumbre, ante desastres y tragedias, la aparición de una especie de rata, en boga en los últimos tiempos, transmisora de virus letales para la convivencia como son el bulo y la desinformación. Cuando se hablaba de desaparecidos y de cuantiosos daños, lejos aún de la horrible y creciente cifra de muertos y de la ruina de miles de familias, aparecieron ratas propagadoras de bulos como Abascal y ratas negacionistas como Bosé y Lomana, amén de la plaga de influencers, youtubers y tiktokers cuyas mentiras se hacen virales en la redes.

Bosé, lastimoso zombi decadente, vuelve a presentar síntomas de adicción al rechazar la evidencia científica como causa de la DANA y al hablar de conspiraciones indocumentadas. Abascal, impresentable, ha sacado su arsenal de desinformación con el nada patriota “los españoles primero” para mezclar de forma despiadada las sangrantes cifras de personas muertas, desaparecidas y arruinadas con las falsas paguitas a los menas. Bosé y Abascal confluyen en el novedoso bulo de que alguien no identificado dinamita presas y pantanos.

La rata carroñera, la más repugnante de las cloacas, hizo su apoteósica aparición en el caos para remover el fango del que trataban de escapar sus congéneres en la alcantarilla pepera. Feijóo, el político más ramplón de las últimas décadas, todo un bluf, no ha dejado escapar la ocasión para utilizar los cadáveres como arma de propaganda idónea de cara a la pesca de votos en aguas revueltas echando mano de la especialidad de las ratas de su partido con Gamarra y Tellado a la cabeza y Ayuso en la retaguardia: la mentira reiterada.


Manos Limpias, flautista de Hamelin para las ratas togadas, ha denunciado a la AEMET como parte de su pestilente campaña. No se harán esperar las ratas más resabiadas y viejas para señalar al Gobierno de España (ETA y Catalunya) como culpable: no cabe duda de que Aznar y Felipe asomarán sus bigotes, rabos y hocicos para exculpar a las energías fósiles (en cuyas madrigueras viven como sátrapas) de la hecatombe. Lo resumió hace días la rata Tellado: “Nuestra obligación en esos momentos es echar a Sánchez del Gobierno”.

Pepe Morales

Saga Bond: Roger Moore (III), por Julián Valle Rivas

james bond la espia que me amoEn la primavera de 1975, Guy Hamilton y su brigada se hallaban enfrascados en la preproducción de «La espía que me amó» cuando las infinitas deudas de Harry Saltzman, garantizadas con las acciones de la productora, lo estrangularon hasta declararse en quiebra. Sólo unas arduas negociaciones permitieron desbloquear las acciones y reactivar la producción, con la consecuente defenestración de Saltzman y la concentración de las facultades en la única persona de Albert R. Broccoli. A tan delicada situación no ayudó un problema más: el guión, o su ausencia. El acuerdo con el difunto Ian Fleming excluía la adaptación cinematográfica de la novela homónima. Broccoli debía partir del cero absoluto. Anthony Burgess (autor de «La naranja mecánica»), quien había expresado al productor que le rondaba una idea, envió su propuesta. Se habló, además, con John Landis. Sin embargo, el retraso generalizado en la producción provocó la desvinculación del director y los guionistas que trabajaban en ella.


    Se apostó, de nuevo, por Lewis Gilbert, director de «Sólo se vive dos veces» (1967), quien pidió a Christopher Wood la elaboración de un guión que retocó Richard Maibaum. Se desarrolló a partir de los superlativos conceptos de un buque traga submarinos y una guarida que se emerge y sumerge, enlazando hacia el arquetipo del acérrimo defensor de los océanos que culpabiliza la actividad terrestre, sus repercusiones en los mares. Se percató Gilbert de que, en la última entrega de Moore, 007 escoraba hacía el prototipo de Connery. Se precisaba un Bond más sutil, más estoico, más distinguido o refinado; sin eludir, añadió Wood, esa vena cómica, socarrona o mordaz, tan compatible con el propio Moore, si bien, degradando un par de puntos el nivel exhibido en «Vive y deja morir» (1973); y redimiendo el Martini con vodka. Simulación de premio extraordinario fue la incorporación por Wood del nombre de Q: mayor Geoffrey Boothroyd. No impidió tamaño empeño narrativo que Kevin McClory pleiteara por plagio contra la producción, para salir derrotado. Quedaba la composición de una escena introductoria potente, marca de la casa, para lo cual se contrató al especialista Rick Sylvester, logrando su mítico salto BASE con esquís y paracaídas. En esta ocasión, la música se dejó al cargo del reconocidísimo Marvin Hamlisch, con un tema principal escrito por Carole Bayer Sager e interpretado por Carly Simon.


    Consolidados los actores tradicionales, a escasos días del inicio del rodaje, a la explosiva Caroline Munro se le había adjudicado el papel de Naomi, la contundente lugarteniente de Stromberg; mientras que el protagonismo femenino se otorgó a la bellísima Barbara Bach, neoyorquina que se había ido entrenando en el cine italiano. Recomendación de Gilbert fue el solvente y todoterreno Curd Jürgens. Mención especial para el celebérrimo Richard Kiel, quien las pasó canutas con la prótesis dental metálica, característica esencial de su personaje: Tiburón.


    Poco he hablado o tecleado, en la saga, de los efectos especiales y visuales, del diseño artístico de Peter Lamont o del diseño de producción de Ken Adam, para quien esta entrega le valió su tercera nominación al Óscar. Nadie diría que Atlantis y Liparus son, en realidad, dos maquetas. Esos escenarios, esas formas, esos entornos, esos fondos, esos acabados. Broccoli levantó todo un estudio (pasaría a denominarse 007) donde Adam construyó el interior del buque enemigo. La dificultad vino a la hora de iluminarlo. El director de fotografía Claude Renoir (sí, el nieto del pintor) puso a Adam en un brete. El fotógrafo padecía ya graves trastornos de visión (a la postre, sería su última película) que lo incapacitaban para iluminar el colosal espacio. Adam, pues, agarró su agenda y llamó al cineasta total de aquel tiempo, con quien había trabajado dos veces y ganado su primer Óscar. Llamó a Stanley Kubrick. Durante una visita furtiva y secreta de media jornada al estudio, Kubrick le aconsejó sobre la manera de iluminar con éxito en lugar, alcanzando un resultado apoteósico.


    Para Broccoli era su primer largometraje de la saga en solitario. Obligado a la victoria o a morir en el intento, se implicó mucho más allá de sus funciones (y era un productor muy implicado «per se»), dispuesto, incluso, a cocinar espaguetis para el equipo, cuando falló la intendencia de suministros. Hubo demora, hubo obstáculos, pero Broccoli estrenó «La espía que me amó» en 1977. La suerte estaba echada.


    Cuando un submarino nuclear soviético y otro británico desaparecen, las respectivas agencias de inteligencia activan a sus mejores agentes. La agente Triple X, mayor Anya Amasova (Barbara Bach), disfruta de su descanso en compañía de su pareja el agente Sergei Barzov (Michael Billington). James Bond, por su parte, disfruta de la habitual compañía ocasional en un retiro de montañas nevadas, al recibir la comunicación (prodigioso el reloj/fax). Perseguido por un equipo de agentes soviéticos (en una escena de esquí bien lograda), escapa saltando al vacío de un barranco, no sin antes haber aniquilado a algunos de los enemigos; entre ellos, la cámara se fijará en Barzov. Se ha desarrollado un sistema de localización de submarinos, gracias al rastro de calor que dejan a su paso, que se oferta al mejor postor, por lo que resulta vital conseguirlo. El ideador del malévolo sistema no es otro que Karl Stromberg (Curd Jürgens), una suerte de multimillonario empresario oceanográfico, que se ha montado como guarida un mastodóntico complejo submarino que emerge y sumerge a voluntad: Atlantis. Allí, liquida a su «secretaria» o «asistente» (las comillas son deliberadas), quien lo había traicionado robando y vendiendo los planos del localizador en modo microfilme, entrando en el mercado negro; también a los científicos que lo crearon, para evitar su reproducción por terceros. Aprovecha la trama para presentar a los dos esbirros de Stromberg que irán tras el microfilme: Sandor (Milton Reid) y Tiburón (Richard Kiel). Mientras, las pistas conducen a 007 hasta El Cairo, donde su amigo Sheikh Hosein (Edward de Souza), para contactar con el vendedor del microfilme, Max Kalba (Vernon Dobtcheff), le recomienda que visite a Aziz Fekkesh (Nadim Sawalha), no sin antes brindarle la hospitalidad nocturna que merece. En casa de Fakkesh le aguarda Sandor, a quien vencerá en lucha cuerpo a cuerpo, dejándolo caer desde lo alto de un edificio, tras revelarle que Fakkesh se encuentra en las pirámides (de Guiza). En efecto, reunido con Amasova, Fakkesh se escabulle al ver a Tiburón, sin lograr huir de él, siendo asesinado. Al registrar su cadáver, Bond ve anotada en su agenda una cita con Kalba en el club del que es propietario. Aunque Bond y Amasova apenas dispondrán de unos minutos con Kalba (lo que da beberse un Martini con vodka) antes de que Tiburón lo lleve hasta una trampa para asesinarlo, tomando el microfilme. Seguir a Tiburón permitirá a la pareja recuperar el objetivo, cuya información está incompleta, así que tendrán que colaborar en la misión de destruir el localizador. Será la imagen del logotipo corporativo medio solapada por un microfilme la que colocará a los agentes sobre las huellas de Stromberg y su laboratorio. Entonces, fingiendo ser un matrimonio de biólogos (mentirijilla que no despistará a Stromberg), viajan hasta Cerdeña para mantener una entrevista con el empresario en Atlantis. Durante el trayecto en tren, el guión no puede evitar incluir la típica escena de pelea en la estrechez del compartimento, la cual concluye con Tiburón arrojado por la ventana del vagón. Como tampoco puede evitar apostillar al espectador que un viaje directo a la costa de la isla en barco habría sido más pacífico; al menos, lo ha sido para Q (Desmond Llewelyn), con la intención de entregar a Bond el Lotus Esprit S1 convertible en submarino (se necesitaron siete modelos para la metamorfosis), que (previsible) sacará del pertinente apuro a los agentes, cuya relación se quebrará, al descubrir Amasova que Bond fue el causante de la muerte de Barzov. La cosa es que la entrevista con Stromberg ofrece a Bond la oportunidad de conocer Atlantis y Liparus, el buque insignia de la empresa. Su curiosa proa llama la atención del comandante Bond y procede a su ataque inmediato con la colaboración de un submarino estadounidense. Engullidos por el buque, se emprende uno de esos combates en masa en escenario hiperbólico, históricos de la saga, precedido del secuestro de Amasova, la liberación de los marinos prisioneros y la exposición del villano plan que pretende la hecatombe nuclear de la sociedad terrestre, a fin de reiniciar una nueva submarina. Por descontado que todo ello queda abortado con la intervención de Bond y el aguerrido equipo militar (obsérvese el conveniente manual de instrucciones abandonado sobre el panel de control). La muerte de Stromberg (fascinante longitud del cañón en el que la velocidad de las balas no parece verse afectada por el rozamiento al recorrer su bestial ánima), la fuga de Tiburón, el rescate de Amasova, la voladura de Atlantis y la clásica reconciliación amorosa de los agentes en la cápsula de escape anteceden los créditos de cierre.


    Son los silencios en aquellos escenarios solitarios y fascinantes que atraviesa Bond. Son los juegos de luces y sombras y colores, son los contraluces, los detalles fotográficos mitológicos surtidos por Renoir. Es el realismo mágico de las maquetas y los ambientes. Son las meritorias escenas de acción, coreografiadas, ejecutadas y rodadas de forma apabullante. Es la seriedad y equilibrado papel de los personajes femeninos.  Es un conjunto narrativo consumado o finiquitado, admirable. Es la ceja de Moore, enarcada en el molde donde ahorma el personaje esmerilado para su persona. «La espía que me amó» es uno de los mejores títulos de la saga y, quizá, el mejor de la era Moore. Un producto que se puede deleitar aisladamente. Cierto que se encharca con secuencias refritas y especímenes manidos. No obstante, como explicó Wood en una entrevista, se trata de dar lo mismo de distinta manera. Éste es el universo Bond. Como también explicó Moore apropiadamente, se trata de evasión y fantasía, no de incrementar las complicaciones diarias del espectador.


    El largometraje fue un triunfo redondo para Broccoli, quien, en ese alarde de acostumbrada precognición optimista, rutinaria al columbrarse el fundido a negro en los créditos, anunció que el siguiente filme sería «Sólo para sus ojos». Escacharrada la determinación, fue «Moonraker».


Julián Valle Rivas

Gora Bildu, por Pepe Morales

ehbilduETA no es más que un aciago recuerdo que las derechas se empeñan en mantener vivo 13 años después de que la banda terrorista que operaba bajo esas siglas anunciara el cese de su actividad. Cansa y asquea ver al Partido Popular y a Vox manosear a las víctimas y a sus familiares con el abyecto fin de rascar votos manipulando a la opinión pública. Regadas de dinero sus asociaciones, hay familiares, dotadas con una paguita política, que no dudan en prestarse a participar en los lamentables circos electoralistas montados por esas derechas.

Desde la radicalización del PP al exigir Aznar una derecha sin complejos, dando pie al engendro de Abascal y su banda, ETA se ha convertido en un comodín político junto al de Venezuela que se aplican sin pudor a cualquier persona, propuesta o evento de claro tinte progresista. Ambos partidos, su infantería mediática y su caballería judicial evitan así el debate de ideas, donde tienen claramente perdida la batalla, y optan por los bulos y las manipulaciones orquestadas, incluso para montar farsas judiciales sin ninguna base ética.

Las derechas no soportan lo vasco, como no soportan lo catalán. La Historia enseña que Euskadi y Catalunya ya eran ETA desde siglos antes de la aparición de la banda asesina. Cualquier cosa que no sea su España monolítica y autoritaria es ETA: sin ir más lejos, si usted valora en público positivamente este artículo puede ser acusado y encausado por etarra. Pero quienes más metralla reciben desde la trinchera españolista son los partidos políticos vascos y sus respaldos, incluida la derecha liberal y meapilas agrupada en el PNV.

Si hay algo que envidiar a estos territorios es la presencia residual de las sectarias derechas radicales carpetovetónicas en sus parlamentos autonómicos e instituciones como un signo de madurez histórica y cultural de los pueblos catalán y vasco que tienen claro cuál es su tradicional enemigo: el españolismo, no lo español. Bueno sería una Andalucía dentro de una concepción federal del estado español, al estilo de EE.UU., Francia, Alemania o Italia, aunque tachasen al todo el pueblo andaluz de terrorista etarra, amén de vago y analfabeto.

El fantasma terrorista ha tenido diversos nombres desde que, en 1975, hizo su aparición la Koordinadora Abertzale Sozialista (KAS). Ahora es Bildu, un partido legal y demócrata con el grave problema de ser de izquierdas. Bildu es ETA, pida perdón por el daño infringido por la banda o no, acate la Constitución o no. Haga lo que haga, Bildu es ETA, un partido de izquierdas y, por tanto, terrorista, algo que no tiene cabida en la España rancia de Abascal, Aznar, Ayuso y Feijóo, la sempiterna España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía.

Si el voto a favor de Bildu sirve para suprimir el delito que castigaba a los piquetes en las huelgas, convalidar los decretos de medidas frente a la crisis de Ucrania, derogar el despido por baja médica o aprobar la Ley del Solo sí es sí, lo siento: gora Bildu. Si vota contra la reforma laboral por considerarla corta o se abstiene en la de las pensiones por considerar insuficientes las subidas, lo siento: gora Bildu. Si impulsa la Ley de Memoria Democrática y la de Vivienda o pacta la necesaria y tardía reforma de la Ley Mordaza, lo siento: gora Bildu.


Si Bildu practica la coherencia ideológica y deja de lado a la antípoda democrática que es la monarquía, lo siento: gora Bildu. Si defiende un estado laico y en consecuencia denuncia los privilegios predadores de la Iglesia Católica, lo siento: gora Bildu. Y si, por encima de todo, la alternativa son partidos que no condenan al régimen terrorista del general Franco, desprecian a sus víctimas y reivindican el mayor atentado sufrido por la Democracia en 1936, prolongado durante cuarenta años de miedo, silencio y terror, lo siento: gora Bildu.

Pepe Morales

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