Saga Bond: Sean Connery (y VI), por Julián Valle Rivas

diamantes para la eternidad sean conneryEn concreto, un millón doscientos cincuenta mil dólares desembolsó United Artists a Sean Connery para que aceptara volver a interpretar al Agente 007 en «Diamantes para la eternidad» (1971), además de otorgarle facultades de decisión en la producción y el compromiso de posibilitarle dos películas más. El pastizal Connery, como un señor, lo donó a una institución educativa escocesa (ni necesitaba vivir de la actuación, pues había repuntado como empresario, ni tenía ambiciones económicas), las facultades decisorias las ejerció a su gusto, dando el visto bueno cuando lo consideró oportuno, y las dos películas se quedaron en una sola: «La ofensa» (Sidney Lumet, 1973), producto irregular que adaptó la obra teatral de John Hopkins.


    El fiasco que había sido para Albert R. Broccoli y Harry Saltzman la elección de George Lazenby (no concebían atribuirse la responsabilidad del conjunto de desaciertos en la producción) los había sumido en un trasunto de estrés postraumático con delirios estupefacientes. Esto, unido a la entrada en la nueva y esperanzadora década de los setenta, les llevó a vislumbrar una idea corroída por la desesperación: había llegado el momento de americanizar la saga. Para ello, aprovecharon un viaje promocional por Londres para contactar con Adam West (sí, el Batman), quien declinó la oferta de encarnar a 007, al estar comprometido con su personaje fetiche. Fue John Gavin, actor que había alcanzado, quizá, su máximo esplendor en 1960, apareciendo en «Psicosis» y «Espartaco», quien firmó el contrato para interpretar a James Bond. Sin embargo, United Artists se había empecinado en reconquistar a Sean Connery. Por descontado, Broccoli y Saltzman no iban a rebajarse a plantarse ante el escocés para rogarle nada, así que pidieron a Ursula Andress que intercediera en el asunto. Connery, engrandecido por las ínfulas de la imprescindibilidad (declaró en una entrevista promocional algo como mira tú la basura que ha salido sin mí y el sindiós que se ha montado), propuso sus condiciones, y lo demás es historia, como que a Gavin se le abonó toda la cuantía convenida, por las molestias.


    Para poner un poco de orden, se volvió a confiar en Guy Hamilton, no sólo por sus resultados en «James Bond contra Goldfinger» (1964), filme del que también se recuperó a Shirley Bassey, para la canción original; sino porque se había baqueteado en el oficio como asistente de Carol Reed o John Huston. Se conservó al resto del equipo técnico, incluido al habitual guionista Richard Maibaum. Su guión partió de la novela homónima de Ian Fleming, aunque incorporó como villano al gemelo de Auric Goldfinger. Concebida la trama, Broccoli despertó una noche tras un sueño visionario en el cual había recreado el particular encierro de su amigo el excéntrico Howard Hughes en su ático del Desert Inn de Las Vegas (se decía que Broccoli enviaba a Hughes todas las películas de Bond en 16 milímetros). La historia le pareció lo suficientemente interesante como para incorporarla al guión, por lo que se contrató los servicios del joven Tom Mankiewicz (hijo del prodigioso Joseph L. Mankiewicz) para encargarse del trabajo. Ni siquiera Connery puso objeciones a la versión de Mankiewicz. Al fin y al cabo, el proyecto se originó con la intención de integrar sangre fresca a la saga.


    Broccoli y Saltzman prometieron a Hamilton todo lo que necesitara, por eso, cuando pidió que cerraran durante cinco noches el tramo de calles de Las Vegas para el rodaje de la escena de la persecución en coches, bastó con que Broccoli llamara a su amigo Hughes para conseguirlo. La fase de producción en Las Vegas sumó la anécdota de la ruina de todo el equipo técnico, que se dejó los cuartos y los quintos jugando en los casinos, y del parche que debieron montar en edición para solucionar la chapuza de la orientación de la inclinación del coche a dos ruedas entre lo filmado en estudio y en exterior. Luego, un descuido del asistente de dirección casi arruinó la secuencia del asalto a la plataforma petrolífera, al explosionar toda la pirotecnia a destiempo. De aquí, por cierto, se eliminaron los planos de la intervención de los buceadores, cuya presencia se coló en los carteles, diseñados y elaborados antes del montaje definitivo.


    Se presenta, en esta nueva entrega de la saga, a un 007 en modo «berserker», arrasando el mundo a la búsqueda y captura del asesino de su esposa: Ernst Stavro Blofeld (Charles Gray, actor que había tenido un pequeño papel en «Sólo se vive dos veces» —1967—), quien se oculta de sus enemigos valiéndose de dobles a los que somete a cirugía estética. Convencido de haber acabado con él ahogado en una extraña solución viscosa, miscelánea de barro y Blandi Blub (en realidad, un potingue a partir de puré de patatas que apestó el plató al día siguiente), regresa al servicio activo para investigar una trama de contrabando de diamantes procedentes de Sudáfrica que amenaza la estabilidad comercial británica. En el país africano, una misteriosa pareja, los señores Wint y Kidd (Bruce Glover y Putter Smith), intercepta el mercadeo ilegal y asesina a los traficantes locales, quedándose con el alijo. Por su parte, la misión conducirá a James Bond hasta Ámsterdam, donde asume la identidad del conocido contrabandista Peter Franks (Joe Robinson) (la producción aprovechará para introducir con calzador al personaje de Moneypenny —Lois Maxwell—) para contactar con Tiffany Case (Jill St. John), que mediará en la venta. En ello, 007, peligrando su tapadera, debe bloquear la aparición de Franks, a quien, tras matarlo, hará pasar ante Case por él mismo en un prestidigitador intercambio de carteras de la cual extrae la identificación internacionalmente reconocida de miembro del Club Playboy. La operación conduce a Bond y Case hasta Las Vegas, donde se halla el comprador que se sirve de una funeraria como tapadera. No obstante, escabullido de la muerte por enésima vez, Bond descubrirá que los diamantes son falsos. Los escarceos heroicos y amorosos de Bond llamarán la atención de Willard Whyte, multimillonario propietario del Hotel-Casino Whyte House, personaje que se revelará a 007 como Blofeld, o cualquiera de sus dobles, el cual ha secuestrado al verdadero Whyte y emplea un aparatejo para manipular su voz por teléfono (aparatejo que pronto, cómo no, Q replicará para timar a Blofeld). El nuevo y maquiavélico plan de Blofeld resulta ser el de utilizar los diamantes para crear un gigantesco satélite láser capaz de destruir desde un submarino hasta una base militar. Superada la misión de rescate de Whyte (Jimmy Dean), se encuentra el centro de operaciones de Blofeld en una plataforma petrolífera hasta donde se desplazará Bond. Allí, Blofeld controla el láser a través de un sistema tan rocambolesco como un simple casete que 007 con la ayuda de Case tratará de trocar. Frente a la amenaza de Blofeld de atacar Washington, el agente británico ha de actuar rápido y, con la colaboración de los marines comandados por su amigo Felix Later (Norman Burton), derrotará, por supuesto, a Blofeld, desmantelando su malévolo proyecto. A modo de epílogo, durante el crucero regalado por Whyte a Bond y Case, los señores Wint y Kidd, quienes han estado haciendo de las suyas a lo largo de todo el metraje, intentan asesinar a 007. Pero la peculiar fragancia de Wint alerta al agente secreto, cuya reacción frustra los criminales propósitos contra su persona, finiquitando a los asesinos y disfrutado, al fin, del crucero con Case.


    Siento admitir que, en este Sean Connery de cuarenta y un años, ya no puedo identificar a James Bond. Para mí, es el Connery de «Asesinato en el Orient Express» (1974) o «El hombre que pudo reinar» (1975), que roza «Atmósfera cero» (1981). Un Connery de apariencia madura, veinte años por encima de su edad, cuyo destino en el MI6 sería una oficina o un espionaje intelectual, sibilino y conspirativo, no un agente de campo que recorre el mundo riéndose de la muerte y seduciendo mujeres. Por otro lado, la trama entierra (o fulmina o evapora) en un instante el odio y la visceralidad aniquiladora de Bond contra Blofeld por el asesinato de su esposa, y fuerza el giro de la historia de Blofeld en Las Vegas. De cualquier manera, la saga logró su objetivo de recobrar el favor del público, y Connery adoptó la sabia determinación de colgar la Walther PPK para siempre. Por desgracia, en 1983, aún recordaba dónde.


Julián Valle Rivas

Paseos por la vida, por Pepe Morales

Paseo por las calles de la existencia y contemplo actitudes que llaman la atención y alertan de que el mundo y yo andamos por caminos diferentes. En el breve recorrido de mis paseos diarios, suelo cruzarme o divisar a lo lejos todo tipo de extravagancias, absurdos, rarezas, excentricidades, ridiculeces y disparates que, por su abundancia e implantación, me hacen pensar que el raro soy yo. Para mayor confusión, la mayoría de estas situaciones generan en mí un debate conmigo mismo y las circunstancias que me rodean como persona.

En cincuenta metros escasos de acera y plaza, la otra tarde coincidí con una mujer joven, calculé treinta y tantos, que empujaba un carrito de bebe cuyo capazo ocupaba un pequeño perro de marca desconocida. Más adelante, tres señoras, entradas en la senectud, eran acompañadas por sendas mujeres de rasgos andinos, incas, quechuas o vaya usted a saber. Una turbia idea inquietó mi mente al plantear la existencia de vínculos sanguíneos entre algunas personas que pasean perros y algunas paseadas por emigrantes explotadas.

Los cincuenta metros de calle, la plaza y el parque me hablan de quienes los utilizamos de forma cotidiana. Hay presencia de colillas, algún pañuelo de papel, cacas de perro, un papel arrugado, un cartón con restos de pizza, una botella de cola medio vacía, una lata de bebida alargada y colorida y dos monedas de veinte y cincuenta céntimos. Pienso que se trata del goteo sucio de la última semana, a la vez que caigo en que sólo he visto una papelera, desbordada. En todo caso, es inaceptable el incivismo de la gente y la dejadez municipal.

Sentado en un banco, comparto un parque público con cuatro adolescentes que ocupan otro banco frente al mío, a poca distancia. Dos sentados de manera ortodoxa, el culo en el asiento, los pies en el suelo, la espalda en el respaldo; dos apoyando las posaderas en el respaldo y sus zapatillas sucias pisando el asiento que luego usará otra persona; los cuatro lucen pelados monacales, los cuatro manejan absortos sendos móviles, ninguno habla con los demás, excepto para gritar un léxico plagado de “hostias”, “mierdas”, “coños” y “pollas”.

Entro a un bar con un amigo y aprovecho para aliviar la vejiga. Al váter llegan voces de la cocina, “¡¡Dos de boquerones!!”, y olor a fritanga desde un ventanuco sobre la cisterna. Alzo la vista y avisto la puerta alta inoxidable de un frigorífico. En la barra, detrás de mi amigo, unos clientes despotrican del gobierno y elogian “los cojones” de Abascal. A mi espalda, otros critican a “los franceses” de la selección. El camarero interrumpe las conversaciones: “¡Sus boquerones!”. Sonrío. Justicia poética: intento oliscar alante y atrás el olor del urinario.

En pleno centro urbano, a eso de las cinco y media de la tarde, unas ocho jóvenes tienen montada una algazara imposible de soslayar. Al guirigay etílico se suma una guardarropía propia de un lupanar de neón en la carretera. Una de ellas, más ebria que ridícula, simula ser la novia anunciada en la triste banda de raso rosa que cruza su cuerpo, las demás graznan cánticos pretendidamente procaces, pendientes de quienes observan con espanto el espectáculo de una despedida de soltera totalmente incompatible con cualquier diversión.

Cae la noche bajo el sereno dominio de la luminaria pública y el exabrupto de decenas de anuncios y escaparates invocando al día que se ha ido. Las calles, las plazas y los parques son otros diferentes, con una quietud que invita al relax bajo el cielo estrellado y cierto aroma liberado de la dictadura del CO2… Todo salta por los aires tras irrumpir un coche con las ventanillas bajadas, los ocupantes moviendo brazos y cabezas a ritmo de convulsión y el atronador ruido disruptivo de un sonido infernal llamado reguetón. ¡No iba a ser Debussy!

Pepe Morales

Fútbol y política, por Pepe Morales

En la Olimpiada de Berlín de 1936, Jesse Owens ganó el oro en 100 y 200 m, salto de longitud y relevos 4X100 m, ante Hitler y el supremacismo ario. En la de México de 1968, Tommie Smith y John Carlos, ganaron el oro y el bronce en los 200 m e hicieron el gesto del Poder Negro en el podium para reivindicar los derechos civiles negros en EEUU, levantando el puño con un guante negro mientras escuchaban el himno de su país. En 2020, en EE.UU., más de cien futbolistas homenajearon en un partido a George Floyd, asesinado por la policía, para condenar el racismo. La NBA propuso suspender la liga como protesta por la discriminación racial y durante la Eurocopa de 2020, las selecciones de Bélgica, Inglaterra o Escocia hincaron una rodilla en el césped y levantaron el puño antes de empezar el partido.

El fútbol es droga, religión, útil para adoctrinar a las masas y también como terapia para el desfogue individual y colectivo. Los estadios aúllan consignas machistas, homófobas y racistas entre alcohol, bengalas y simbología fascista como parte de un ritual fanático. Basta saber quiénes dominan el negocio del fútbol para entender algunas decisiones de sus organismos rectores, como el activismo “deportivo” contra todos los deportistas rusos frente a la “neutralidad tolerante” con el genocidio sangriento de Israel en Gaza.

No es usual el pensamiento crítico, salvo en muy contadas excepciones, en personas que utilizan la cabeza para embestir al balón y alcanzan el éxito a patadas, como demostraron los debates en torno al beso no consentido de Rubiales a Jenni Hermoso. La incomodidad de los jugadores, al ser preguntados, se tradujo en alguna condena (Isco, Borja Iglesias), balbuceos (Morata portavoz), apoyo a Rubiales (Carvajal) y una mayoría que “no habla de política”. La casi totalidad de los medios de comunicación optaron por la ambigüedad y la polarización habituales que trasladan diariamente a la audiencia tertulianos y opinólogos.

España se acaba de proclamar campeona de Europa en un mes repleto de acontecimientos “políticos” de los que los jugadores españoles prefieren “no opinar”, opción política ésta tan legítima como la de opinar. Previas al campeonato, las elecciones europeas registraron un peligroso ascenso de la extrema derecha que inquietó a numerosos jugadores negros que sufren el odio político de estos extremistas cada día y del público en cada partido. Mbappé y otros jugadores negros de Francia llamaron a votar para parar a la extrema derecha.

La reacción de los jugadores españoles estuvo entre el lamentable nadar y guardar la ropa de Carvajal: “Yo, como jugador, me mantengo al margen de mi ideología política. Lo he hecho en toda mi carrera y lo voy a seguir haciendo”, y el lavado de manos de Unai Simón: “Soy futbolista y los temas políticos hay que dejárselos a otros”. Luego llegó la épica victoria sobre Inglaterra, la Copa y el mensaje de que el triunfo de la selección une a una España multicultural y multiétnica repetido por jugadores y afición en una noche memorable.

Al día siguiente, tuvieron lugar las celebraciones institucionales y la popular. Carvajal debe haber dado por terminada su carrera para despreciar al presidente electo de España. No busquen educación y respeto en alguien que sigue en redes sociales a Alvise, Vito Quiles y Desokupa, que invitó a Abascal al palco del Bernabéu y que se fotografió con bufandas neonazis de los Ultrasur. A su ideología no le importa que Vito Quiles denigre la presencia en la selección de Lamine y Nico, triunfadores en la Eurocopa. A Florentino, quizá tampoco.

Miedo da preguntarle por los 14 asesinatos por violencia machista en 16 días en el último tramo de Eurocopa (desde los cuartos de final) o por la ola de homofobia que recorre Europa, todo ello impulsado por su extrema derecha. Y, mientras, las plazas de Andalucía se llenaron de eufóricos andaluces y las andaluzas que pierden la Sanidad y la Educación pública a manos de los negocios sanitarios impulsados por la Junta con la complicidad de los ayuntamientos gobernados por PP, con o sin Vox. “Lo–lo, lo–lo–ló, lo–lo–ló, lo–lo–ló…”, “Yo soy español, español, español…”. Así van Andalucía y España.

Pepe Morales

DOS FORMAS DE DEMOCRACIA: LA FÓRMULA DEL CONSENSO FRENTE A LA MAYORÍA, por Fernando M. García Nieto

Existen diversas formas de organizar y gobernar una democracia. Las democracias contemporáneas muestran un amplio abanico de instituciones formales y diferentes sistemas de partidos y de grupos de interés. Pero cuando estas instituciones se examinan desde la perspectiva de sus normas y sus prácticas, aparecen regularidades que permiten diferenciar entre democracias mayoritarias y democracias de consenso.

 

   La explicación de la democracia como “el gobierno del pueblo y para el pueblo”  plantea una cuestión: ¿Quién gobernará? y ¿a qué intereses servirá el gobierno cuando el pueblo tenga preferencias divergentes?, o, dicho de otra forma, ¿Quién debe gobernar y en favor de quién debe hacerlo cuando un pueblo en su conjunto no tiene intereses homogéneos?


    Hay dos respuestas a este conjunto de cuestiones. La primera que nos viene a la mente es “lo que diga la mayoría”, esta es la esencia del modelo mayoritario de democracia, y la mayoría de nosotros tenemos esta respuesta automatizada. Pero existe una alternativa menos interiorizada socialmente, “lo que diga el mayor número de gente posible”. Esta segunda opción es la clave del modelo consensual de democracia, que acepta el gobierno de la mayoría sólo como requisito mínimo. Una democracia de consenso no se conforma con mayorías ajustadas y busca maximizar el tamaño de esas mayorías. Sus normas y sus prácticas persiguen una alta participación en el gobierno y un acuerdo amplio sobre las políticas.


    El modelo mayoritario concentra el poder político en manos de una mayoría escasa y a veces en una mayoría relativa, y excluye del poder a minorías amplias que se ven obligadas a ejercer la oposición. En cambio, el modelo consensual intenta dividir, dispersar y limitar el poder de distintas formas. El modelo mayoritario de democracia es excluyente, competitivo y de confrontación, en cambio el modelo consensual se basa en la inclusión, el pacto, y el compromiso. Es una democracia de negociación.


    En su obra “Modelos de Democracia” (2000), Arend Lijphart señala diez diferencias entre ambos tipos de democracia:
•    Concentración del poder ejecutivo en gabinetes mayoritarios de partido único frente a las amplias coaliciones multipartidistas del modelo consensual.
•    Dominio del ejecutivo frente al equilibrio de poder ejecutivo-legislativo.
•    Bipartidismo frente a sistemas de partido multipartidistas.
•    Sistemas electorales mayoritarios y desproporcionales frente a la representación proporcional.
•    Grupos de interés de mayoría relativa y libre competencia frente a sistemas de grupos de interés coordinados y “corporatistas” orientados al compromiso y la concertación.
•    Gobierno unitario y centralizado frente a gobierno federal y descentralizado.
•    Concentración del poder en un Legislativo unicameral frente a legislativo bicameral con dos cámaras igualmente fuertes constituidas de diferente forma.
•    Constituciones flexibles frente a constituciones rígidas.
•    Sistemas en que las legislaturas tienen la última palabra en la constitucionalidad de sus propias leyes frente a la revisión judicial para analizar la constitucionalidad de estas.
•    Bancos centrales dependientes del ejecutivo frente a bancos centrales independientes.


    Estas diferencias se relacionan en términos de contraste entre el modelo mayoritario y el modelo consensual, pero son variables en las que los países pueden encontrarse tanto en los extremos del continuo como en el espacio intermedio. Lijphart realiza un extenso análisis comparativo de estas variables en treinta y seis democracias contemporáneas, y llega a la conclusión de que se puede considerar más democrática la opción consensual.


    La distinción entre dos formas básicas de democracia no es invención suya y ha sido objeto de discusión en la academia desde mediados del siglo XX. No obstante, existe la tendencia a equiparar la democracia con la democracia mayoritaria. Este punto de vista se caracteriza por la idea de que la democracia implica la existencia de un sistema bipartidista o de bloques de partidos opuestos, que se van alternando en el gobierno. Esta versión democrática no tiene en cuenta que los gobiernos de los sistemas multipartidistas y consensuales tienden a ser coaliciones, y que un cambio de gobierno en estos, a veces, supone sólo una modificación en la composición de partidos del gabinete.


    Pero ¿cómo influye en la ejecución de una política económica efectiva y en la calidad democrática el tipo de democracia que se adopta en un país? El juicio convencional reconoce que la representación proporcional y la democracia consensual pueden proporcionar una representación más fiel de todos los grupos e intereses, incluyendo aquellos minoritarios, y que también consigue una participación más amplia en la toma de decisiones. Pero además afirma que los gobiernos de un solo partido político mayoritario son más decisivos y efectivos en la elaboración de políticas públicas. Esta visión de la política implicaría que la representatividad se consigue a expensas de la efectividad, que un gobierno para ser efectivo debe ser mayoritario y alejado de coaliciones y negociaciones.


    Las investigaciones de Lijphart le hicieron concluir que las democracias consensuales consiguen mejores resultados que las democracias mayoritarias, especialmente en lo referente al control de la inflación, pero también en otros resultados macroeconómicos y en el control de la violencia. En efecto, concluyó que los sistemas consensuales estimulan el crecimiento económico, controlan la inflación y el desempleo y limitan el déficit presupuestario con una eficacia similar a la que ofrecen las democracias de mayoría absoluta. Aunque estos resultados eran ambiguos y NO permitían afirmar que las democracias consensuales son mejores a la hora de tomar decisiones y de elaborar políticas. Sin embargo, SÍ quedó demostrado con pruebas empíricas que las democracias mayoritarias no son superiores a las consensuales en la gestión económica y el mantenimiento de la paz civil. Por lo tanto, las democracias mayoritarias no son mejores gobernantes. El juicio convencional estaba equivocado.


    En una segunda parte de sus análisis de treinta y seis democracias, Lijphart demostró que las democracias de consenso tienden a ser de más calidad: tienden más a ser Estados de bienestar, protegen mejor el medio ambiente, encarcelan a menos gente y son menos propensas a la pena de muerte. Además, son más generosas con las ayudas económicas a los países en vías de desarrollo.


    Estas conclusiones implican algo importante. Como el desempeño global de la democracia consensual es claramente superior, esta es la opción más recomendable para países en proceso de democratización o de reforma democrática, especialmente para sociedades con profundas divisiones culturales y étnicas.


    Sin embargo, no quiero acabar sin exponer mi particular hipótesis. Los partidos extremistas, tanto de izquierda como de derecha, están siendo admitidos en los gabinetes de no pocos países, el ejemplo más actual podría ser en breve la Francia Insumisa de Mélenchon.  Es el resultado de una mayor polarización política de nuestras sociedades. Hoy los resultados de Lijphart podrían no ser los mismos.


    Otras variables están adquiriendo un protagonismo que antes no tenían. La globalización ha traído consigo cambios políticos, económicos y sociales que son claves para nuestros modelos de democracia. La libre circulación de personas entre los países de la Unión Europea, la descontrolada inmigración irregular procedente de terceros países, el libre movimiento de capitales, el libre mercado, y la globalización de la delincuencia, por ejemplo, son algunas claves de las últimas décadas en nuestra vecindad internacional. Estos fenómenos están modificando nuestros valores y estructuras políticas.


    Los cambios no han sido bien recibidos en importantes sectores del electorado, lo cual ha favorecido las posiciones de los extremos del espacio político y los extremistas han ganado mayor influencia en los gabinetes de los distintos niveles de gobierno. En semejante estado de cosas los consensos son cada vez más costosos, con cada vez mayores cesiones a la extrema izquierda y la extrema derecha. Los grandes partidos están abandonando la moderación progresivamente y el centro político no se sustenta con la desaparición de los partidos de centro. La incorporación de estos partidos radicales a la arena política puede haber alterado los equilibrios de poder y afectado negativamente a la superior calidad de la democracia consensual.

 

Fernando M. García Nieto

[1] El mérito de esta definición debería recaer en Daniel Webster en lugar de en Abraham Lincoln. Webster pronunció su discurso en 1830, treinta y tres años antes del discurso de Lincoln en Gettysburg, y en él hablo de “un gobierno del pueblo, hecho para el pueblo, por el pueblo y responsable ante el pueblo”.

[1] Arend Lijphart, Modelos de Democracia, Barcelona: Editorial Planeta, 2000.

Susana la de Triana, por Pepe Morales

Se avecinan las Olimpiadas, evento donde el esfuerzo de quienes dedican sus vidas al deporte se ve recompensado con la mera participación en ellas, como expresa el eslogan “Lo importante no es ganar, sino participar”, acuñado por Pierre de Coubertin en los Juegos Olímpicos de Londres en 1908. En la competición olímpica se premia a los mejores en las distintas pruebas de acuerdo con el lema “Citius, altius, fortius” (más rápido, más alto, más fuerte), vigente desde los primeros Juegos celebrados en la Edad Moderna (Atenas, 1896).

El llamado “Espíritu Olímpico” responde a la búsqueda de la excelencia por los y las atletas, a una demostración de juego limpio y de respeto al rival, que no enemigo, y supone un código de comportamiento dentro y fuera del estadio y del gimnasio. A quienes destacan en cada una de las disciplinas se les reconocía con coronas de olivo o laurel en la antigüedad y con medallas de oro, plata, bronce y diplomas olímpicos en la actualidad. El “Espíritu Olímpico” supone una barrera testimonial ante la avidez mercantil que infecta el deporte.

Todo lo contrario al “Espíritu Olímpico” se ve a diario en la arena política, donde no existen rivales sino enemigos y donde las medallas y otras distinciones adquieren un significado que da asco en la mayoría de los casos porque no responden a la excelencia, sino más bien a la mediocridad sectaria de quien las concede y que avergüenzan a quien las recibe. Estas medallas y distinciones responden al postureo populista de la casta política que utiliza a las “celebridades” elegidas a tal fin cuando no se las conceden, sin rubor, a otros políticos.

Sirva como ejemplo de medalla infame y corrupta de la democracia española la de Oro del Congreso de EE.UU. comprada por Aznar. España pagó 1.600.000 € al bufete de abogados DLA Piper Rudnick en 2003 para que hiciera labores de lobby de cara a su obtención y para invitar a senadores y congresistas al acto donde le fue entregada. Todo un monumento a la vanidad, a la soberbia y al uso de dinero público para obtener réditos personales amañados porque lo importante no es participar, sino ganar, sin importar el precio ni los medios.

En el rastrero medallero populista, son muchos los santos y las vírgenes que cuentan con condecoraciones institucionales a mayor gloria del gobernante de turno. Lo hacen políticos de casi todos los colores como parte de la mercadotecnia electoral en la “España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María” que describió Machado. Hasta un alcalde impío como Kichi condecoró a una virgen gaditana pasando a la posteridad como un machadiano “Gran pagano, /…/ ¡aquel trueno!, / vestido de nazareno”.

Hace unos días, en pleno pasteleo del bipartidismo redivivo, narraban las crónicas que José Luis Sanz (PP), alcalde de Sevilla, va a nombrar a Susana Díaz Hija Predilecta de Triana. El nombramiento es toda una estrategia política, toda vez que la “predilecta” frecuenta las mismas trincheras que Alfonso Guerra, Felipe González, Page y otros barones “socialistas” para disparar a Pedro Sánchez desde que decidió presentarse a las primarias del PSOE en contra del criterio del aparato del partido. La deuda con Susana la tiene el PP, no Sevilla.

Ha saltado la noticia de que Nacho Cano, condecorado por Ayuso, ha sido detenido por la Policía Nacional denunciado por contratación irregular de inmigrantes. El faldero de la presidenta, en rueda de prensa, ha esgrimido el argumentario de M.Á.R.: “...es un ataque a su persona por apoyar a Ayuso y el criminal es la Policía”. Como se evidencia, el tráfico de medallas y distinciones en el PP es tan intenso como la implicación de sus dirigentes en las tramas de corrupción que salpican al Partido Popular a lo largo y ancho de toda España.

Pepe Morales

Hospital (HARE), ideología y política, por Pepe Morales

hospital alta resolucion hare lucenaEn 1965, tiempos en que José Solís ejercía de Ministro–Secretario General del Movimiento, declararon a Cabra cabeza sanitaria de la comarca Subbética. En 1975, Cabra solicitó al ministerio la construcción de un hospital que fue aprobada en 1976. Se dice que para el proyecto llevaron a Madrid un mapa trucado en el que la carretera Madrid–Málaga pasaba por la Fuente del Río en lugar del Paseo de Rojas. En 1982, fue inaugurado el Hospital Infanta Margarita. No merece la pena mirar atrás sino para constatar que el hospital es un cuarentón que necesita readaptaciones para cubrir las necesidades sanitarias de la población y remodelaciones como la realizada hace poco por 4 millones de euros.

Mirando al presente y al futuro, sin acritud, conviene saber que un Hospital de Alta Resolución (HARE) es un novedoso concepto (funcionan varios desde hace años en Andalucía) que dota al sistema de una organización estructural y funcional de los procesos orientados al usuario y a los resultados, con el objetivo de que las pruebas, exploraciones y tratamientos se realicen en un acto único y con la mayor brevedad posible.

Entre otras ventajas, estos centros permiten un mejor acceso a los dispositivos diagnósticos y terapéuticos; una disminución de los tiempos de respuesta de las pruebas diagnósticas, consultas externas y cirugía programada; una adecuada atención sanitaria urgente; una optimización de la cooperación asistencial entre atención primaria y atención especializada; y suponen una alternativa a la hospitalización convencional. No se trata, pues, de duplicar las funciones del Infanta Margarita sino de complementarlas con el HARE en Lucena.

Lucena tiene 43.000 habitantes y Cabra 20.000, por lo que es de justicia que se construya el HARE en Lucena al servicio de la población de la Subbética. El argumento de que existe un hospital público a 9 kilómetros no es racional ni responsable, sino la argucia para negar a Lucena y la Subbética algo esencial para aliviar el Infanta Margarita y mejorar notablemente la prestación sanitaria. Tampoco es de recibo la falacia de que no hay dinero: con el que desvía la Junta a la sanidad privada, hay más que suficiente para acometer ésta y otras infraestructuras en la Sanidad Pública andaluza.

El problema es ideológico: los actuales gobernantes locales, provinciales y autonómicos conciben la Sanidad como un negocio y no como un Servicio Público. Así lo demuestran las comunidades gobernadas por el Partido Popular, a la cola en inversión en la Sanidad Pública y a la cabeza en conciertos privados (desde que gobierna Moreno Bonilla, Andalucía lidera los ranking de no inversión y deterioro). Lo mismo sucede con otros Servicios Públicos como la Educación, la Dependencia o las Pensiones. Para optimizar los beneficios de la sanidad privada, son necesarias decisiones políticas de calado, como las tomadas por la Junta del PP, que fuerzan el deterioro de la Pública y promocionan negocios privados que se convierten en recolectores de dinero público vía concertación.

La súbita creación de un hospital privado en tiempo récord y la proliferación de chiringuitos sanitarios durante los últimos años en Lucena es más que sospechosa. Ningún consejo de administración de una empresa seria y solvente aprobaría jamás una inversión millonaria para ubicar un hospital donde está prevista la ubicación de un HARE, a 9 km del comarcal de Cabra, a 27 del HARE de Puente Genil, a 30 del comarcal de Montilla y a 54 del comarcal de Antequera. Cualquier estudio de mercado riguroso desaconsejaría la iniciativa… a no ser que el proyecto contemple datos fiables que garanticen la rentabilidad a corto y medio plazo. ¿Blanco y en tetrabrik?

Tras 20 años de reivindicaciones, el plan funcional del HARE de Lucena fue definido en 2017, el acuerdo entre la Junta (PP y C’s) y el Ayuntamiento (PSOE) fue firmado en 2019 y la definición pública del presupuesto y los plazos del mismo se fijaron en 2021. Jesús Aguirre (consejero de Sanidad) anunció, en sede parlamentaria, que la Junta reservaba los 26 millones necesarios para el HARE con un tiempo máximo de ejecución de la obra de cuatro años, por lo que la inauguración estaba prevista para 2025.

¿Qué ha pasado desde entonces, en tan corto espacio de tiempo? Cualquier mente malpensada puede atar cabos y relacionar aquella promesa electoralista con la situación de un gobierno necesitado de votos y la reciente negativa de la Junta con la posición sectaria (desechan los proyectos del PSOE) y prepotente (el negocio privado es lo único) respaldada por un Moreno Bonilla y un Aurelio sobrados de votos. Poco más.

¿Qué pasará a partir de ahora? Cualquier persona que observe y lea la actualidad política, debiera saber que cambiar de opinión y mentir es parte sustancial del bipartidismo. Saben que cualquier protesta o reivindicación ciudadana tiene una vigencia de apenas dos semanas, un mes a lo sumo, en la vorágine de noticias, falsas noticias y bulos que engulle cada día el electorado. Mezclar el HARE con la muy legítima reivindicación de un nuevo equipo de urgencias y unas instalaciones dignas para las mismas ha sido una concesión a estos trileros que, con cuatro euros, atenderán estas peticiones y repetirán hasta la saciedad que han satisfecho el 66% de las demandas. Espero estar equivocado.

Pepe Morales

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