Estamos viviendo la reactivación de las demandas por la mejora de la sanidad en nuestro municipio. Tras el anuncio de la delegada de Salud, María Jesús Botella, en el que replanteaba el contenido del nuevo centro sanitario que la Junta proyectaba y señalaba la falta de financiación para este proyecto, nuestra sociedad civil se ha vuelto a movilizar. Este jueves 27 de junio se ha celebrado una concentración en la Plaza Nueva que recordaba a la manifestación del año 2006 aunque con menos de la mitad de asistencia de aquella.
La Junta de Andalucía está recibiendo fuertes críticas por la ineficiencia de su gestión de la sanidad, mientras se afana en incrementar el número de contrataciones para mitigar una parte del problema. No entraré en profundidad en las causas de estos resultados, pero desde distintos medios se citan, por ejemplo, la escasez de los recursos dedicados a este fin, la limitación de las plazas universitarias de medicina, una tendencia a la concertación público-privada del actual gobierno andaluz, e incluso se contempla la existencia de un boicot sanitario de la izquierda hacia el actual gobierno andaluz conservador. En esta ocasión quiero opinar sobre un concepto que se encuentra encajado en la relación entre estas movilizaciones y la acción política de los partidos locales, “la política de superoferta”.
La situación expuesta nos sirve como marco para intentar explicarlo. En las acciones de la oposición y del gobierno local en relación con las demandas de una mejor sanidad, en su participación en la concentración y otras acciones, y en el apoyo que brindan a las asociaciones y sindicatos integrados en este movimiento social hallamos el rastro de esta tendencia en la forma de hacer oposición y de gobernar. Resulta chocante que todos los partidos se posicionan a favor de este movimiento por las necesidades sanitarias pero el hospital público no llega.
Ya llevamos casi veinte años esperando el tan ansiado hospital público, primero con PSOE en la Junta y en el gobierno municipal, y ahora con el Partido Popular en ambas instituciones de gobierno. ¿Nuestros partidos nos están “ofertando” algo irrealizable? ¿Si fuera así porqué siguen todos los partidos sumándose a las acciones de este movimiento social?
Para tratar este concepto quiero diferenciar entre las demandas de una mayor calidad en la sanidad pública local, en general, y la petición de un hospital público en particular. Yo quiero que se mejore la calidad de la atención sanitaria en mi ciudad, lo contrario sería propio de una mente obtusa e irracional, y también "deseo” que se nos dote de un “Hospital”, ¿o un “Centro sociosanitario”? Ambos conceptos son distintos y se vienen utilizando con ambigüedad desde ámbitos políticos y administrativos, hasta el punto de que muchos de nosotros no sabemos ya cuál es la intención de la Consejería para nuestro municipio.
Pero al mismo tiempo soy consciente de que el gobierno regional no puede adoptar decisiones políticas a la carta, en función de los deseos de grupos minoritarios o de municipios determinados, que debe buscar el interés general y la gestión eficiente de los recursos con un alcance autonómico. Resulta poco eficiente la construcción y puesta en marcha de un nuevo hospital cuando tenemos a quince minutos el Infanta Margarita, y ahora, además, otro hospital privado concertado en el Polígono Príncipe Felipe. En cambio, todos podemos observar que la calidad de los servicios sanitarios disponibles actualmente cuenta con un amplio margen de mejora, incluyendo si es necesaria la puesta en marcha de un nuevo centro sanitario, que no hospitalario. En ello deberían invertirse los esfuerzos políticos.
Por las razones expuestas, en lo sucesivo, nos vamos a centrar exclusivamente en la construcción de un nuevo hospital público como ejemplo de “superoferta” política. Quedémonos con eso y con que la “política de la superoferta” puede ser una estrategia tanto de la oposición como del Ejecutivo, y que esta puede desempeñarse en todos los niveles de gobierno; central, autonómico y local.
El principio económico más elemental nos señala que los recursos son escasos y las demandas de los individuos son infinitas. Cualquier gobierno querría atender todas estas demandas para poder asegurarse los apoyos necesarios en las siguientes elecciones. Esto sería fácil si contaran con presupuestos ilimitados y por tanto con recursos inagotables. De este modo se podría atender a los objetivos de todos los grupos de interés y las peticiones de toda la sociedad en su conjunto.
Esto es algo utópico, ya que la realidad es que los políticos en el gobierno no cuentan con recursos infinitos, y si quieren ser reelegidos, seleccionarán para satisfacer aquellas peticiones que más les convengan para recabar apoyo electoral, e intentarán que estas decisiones concuerden con sus principios ideológicos y sus programas. Lo segundo no es imprescindible en muchas ocasiones.
Ante la realidad inevitable de la escasez los buenos gobiernos deben, además, implantar sus decisiones con la mayor eficiencia. Tienen que proveer las mejores políticas con los recursos indispensables, hacerlo de modo eficaz y sostenible en el tiempo. Esto se traduce en un reparto territorial de los servicios públicos para intentar llegar a la mayor cantidad de población, distribuyéndolos geográficamente de forma que den cobertura a sus respectivas zonas de influencia.
En estas condiciones resulta ineficiente y por ende ineficaz la ubicación de dos hospitales en dos localidades limítrofes, si esto supone que se desatiendan otras zonas con menor densidad de centros sanitarios o mayor densidad de población. Recordemos que los recursos son limitados. Aun así, nuestros partidos se las componen para “ofertarnos” a los votantes un nuevo hospital público en el municipio. Y aquí entra en juego lo que Giovanni Sartori llama “política de superoferta”.
Los partidos que se encuentran en la oposición defienden y pretenden abanderar las demandas de políticas y servicios de nuestra sociedad, pero con frecuencia cuando se encuentran en el gobierno cambian de parecer, retardan la implantación de lo que ellos mismos proponían, o sencillamente se olvidan de sus promesas de campaña. Hacer oposición así es fácil, pero también es irresponsable y más propio de partidos antisistema o de aquellos con escasa posibilidad de llegar a gobernar. Las élites de este tipo de partidos asumen que nunca gobernaran y pueden por ello prometer, “ofertar”, cualquier cosa, sin tener en cuenta la limitación de los presupuestos o cualquier otro criterio de eficiencia o viabilidad. Eso les da votos, y saben que nunca tendrán que aplicar esas políticas.
Pero las diferencias entre unos partidos y otros no son demasiado grandes, todos hacen este tipo de oposición en algún momento, y podría parecernos divertido, desde el desconocimiento de las consecuencias, ver como al llegar a puestos decisorios, en el gobierno y la administración, los políticos sufren una suerte de amnesia repentina al toparse con la cruda realidad de la escasez.
Señala Sartori que “es posible que una oposición se comporte de modo responsable si se espera de ella que haya de responder, esto es, que deba llevar a la práctica lo que ha prometido. A la inversa, es probable que una oposición sea tanto menos responsable cuantas menos esperanzas tenga de gobernar”.
El mismo autor explica que “en política existen normas de competencia, y la política competitiva no consiste sólo en la competitividad. El concepto de la política competitiva viene de la economía. La competencia económica resulta posible en dos condiciones; que el mercado escape al control monopolístico y que las mercancías sean lo que se dice que son. La última condición se satisface mediante los controles legales, y si los productores pudieran escapar a toda sanción por la venta de una cosa en lugar de otra el mercado competitivo se hundiría inmediatamente”.
Y que “semejantes condiciones se aplican a la competencia política. La política competitiva no está condicionada sólo por la presencia de más de un partido, sino también por un mínimo de competencia limpia y confianza mutua, por debajo del cual difícilmente puede funcionar un mercado político como mercado competitivo. El fraude político es menos fácil de detectar y controlar que el fraude económico, pero la distinción entre una oposición responsable y otra irresponsable deja margen para una distinción equivalente entre la competencia política limpia y sucia. Si un partido puede siempre prometer el cielo en la tierra, sin tener que responder jamás a lo que promete está fuera de la competencia limpia.”
“La política de la superoferta lleva a algo muy parecido al desequilibrio inflacionario, en el que los competidores tratan de arrancarse el apoyo los unos a los otros mediante llamamientos más estentóreos y promesas cada vez mayores, de modo que aumenta la competencia por la oferta disponible, pero la oferta no aumenta.” (Sartori, 2005).
Los votos salen cada vez más caros. Esta forma de competencia política lleva irremediablemente al incremento ilimitado del presupuesto y del gasto público, y por tanto al aumento de la carga impositiva que han de soportar los ciudadanos, a la inflación, al incremento de la deuda pública y al déficit fiscal.
La política de oferta no es exclusiva de la oposición. La necesidad de conseguir apoyos electorales lleva a los partidos de gobierno a una eterna campaña de fidelización y proselitismo, haciendo promesas cada vez mayores, cumplidas mediante el aumento constante de los presupuestos para satisfacer el mayor número de demandas políticas de la sociedad electora. Respondiendo a estas presiones no dudan en acudir a los mercados de deuda, o a las entidades financieras si los ingresos no alcanzan, empeñando el futuro de las generaciones más jóvenes que se ven condenadas a pagar la factura de políticas que quizás ellos no lleguen a disfrutar.
Un gobierno responsable se endeudaría sólo para la inversión en infraestructuras que puedan ser disfrutadas por las cohortes futuras, pero este principio de responsabilidad presupuestaria está quebrado actualmente en nuestro sistema político. Es necesario romper con esta tendencia irresponsable.
Para concluir, volviendo al caso concreto del nuevo hospital público, no es necesario decir que las acciones de las instituciones representadas en el movimiento social local por la mejora de la calidad sanitaria son justas y legítimas, y entran dentro de la normalidad política de cualquier sociedad democrática, es algo obvio, incluso si pretenden la puesta en funcionamiento de un nuevo hospital público para el municipio y su comarca.
Sin embargo, la tarea de nuestros partidos debería ser otra. Ellos son los encargados de canalizar esa demanda de un nuevo hospital hacia los centros de decisión, hacia las instancias de gobierno competentes para ejecutar las políticas solicitadas, y de buscar los apoyos a través de sus organizaciones de partido para que estas peticiones se hagan realidad, o no se lleven a cabo, según sea su postura. Su participación en las acciones del movimiento reivindicativo tiene un tufo a postureo electoral. Pretenden conseguir votos “ofertando” un hospital nuevo en Lucena, algo que es irresponsable, porque no es eficiente y difícilmente podrá ser una realidad en el futuro. Ellos lo saben, tienen los datos y los números, pero siguen enredados en la competencia política sucia de la “superoferta”.
Fernando M. García Nieto
Giovanni Sartori, Partidos y sistemas de partidos, Madrid: Alianza, 2005.
Miro al cielo y, sobre el azul, unas estelas blancas de humo escriben con volátiles renglones la historia del progreso. El Hombre, cubierto con plumaje de fibra de carbono, vuela más veloz y más alto que cualquier otra especie de la Naturaleza, superando la barrera del sonido y traspasando la estratosfera con voluntad, no lo duden, de sustituir a los dioses en las alturas celestes. Me inquieta recordar que Georges Méliès plasmó la capacidad destructora humana en Viaje a la luna (1902) alunizando un cohete en un ojo de la luna.
Miro al cielo azul estival y destaca la ausencia de bandadas de vencejos en formación de combate. Hay quien afirma que un vencejo puede comer 40.000 insectos diarios (¿mucho?) y que su población ha menguado un 40% en la última década (una evidencia). El braille urticante de las picadas de mosquito sobre mi piel y la atmósfera asfixiante del salón recién fumigado corroboran que el déficit de plumas se traduce en superávit de cantidad y variedad de mosquitos y dolencias. Es un tremendo error humano, uno más, despreciar con odio las plumas, ¿tal vez porque Platón definió al hombre como animal bípedo implume?
Cuando Plauto (254–184 a.C.), en su comedia Asinaria (Asnos), escribe “Lupus est homo homini” (‘El hombre es un lobo para el hombre’), estaba advirtiendo del peligro que supone el lobo para un mundo de borregos, sonrientes cuando las víctimas son aves desplumadas a dentelladas, ignorantes de que a continuación les tocará a ellos. Veintitrés siglos después, el lobo sigue desplumando hombres en un mundo con menos aves.
La “pluma” es el colmillo de la homofobia que desgarra a quien practica la diversidad afectiva y no sigue la masculinidad impuesta. La expresión “tener pluma” se relaciona con las plumas de las vedetes a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando Miguel de Molina fue perseguido y torturado por el franquismo por marica y rojo hasta su exilio y un fascista presumió de haber metido a Lorca dos tiros en el culo por maricón. La historia que no se conoce, se tergiversa y se olvida se vuelve a repetir: de hecho, se está repitiendo hoy.
Las manadas de Abascal y Ayuso muestran sus fauces rabiosas para amenazar la libertad afectiva en España. Sus palabras y obras son las empleadas a lo largo de la historia para arengar a la sociedad contra quienes expresan públicamente sus afectos y deseos. Truenan estos días soflamas que reproducen arengas falangistas y sermones clericales cuya traducción más inmediata es el acoso y la violencia contra personas LGTBI. Vuelven a equiparar homosexualidad con enfermedad y vuelven a encerrar banderas en el armario.
Parafraseando a Pío Baroja, a una colectividad (borregos sumisos y cobardes gallinas) se le engaña siempre mejor que a un hombre. Es lo que hacen las extremas derechas sin temer castigo divino por incumplir el octavo mandamiento, ni humano por infringir el código penal. No es descabellado decir que habito un país que lapida a las mujeres utilizando para ello la lengua y el idioma castellano y que cuelga a homosexuales en la pluma de la grúa que edifica un Estado excluyente y teocrático. El que pueda hacer que haga, Aznar dixit.
En tiempos de desequilibrios ecológicos, de especies en peligro de extinción y de especies invasoras, resiste e intenta dominar el mundo, otra vez, la especie facha cavernario, en dura competencia con las cucarachas tras sobrevivir a la extinción de los dinosaurios. Esa especie que definió Pío Baroja, detractor de la república y defensor de la dictadura: El hombre: un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo. Es hora de gritar con Averroes: El pensamiento tiene alas y nadie puede detener su vuelo.
Pepe Morales
La obsesión de Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, por esa brutal y retorcida broma que, en ocasiones, gasta el destino, se convirtió, a la postre, en perdición, pues la intención de los productores nunca fue encontrar a un nuevo James Bond, sino encontrar a un nuevo Sean Connery; grande era la asociación del éxito de la saga con el actor escocés… Y ahí radicó la principal fatalidad del proyecto, en la falta de confianza en el propio producto.
Se contrató a un viejo conocido de la casa, como Peter Hunt, para asumir las labores de dirección, quien presidió un proceso de selección de cuatrocientos aspirantes hasta escoger a un joven australiano, cuyo rostro había asomado por entre las rendijas de algún anuncio televisivo; apremiaban, por lo demás, mucho los plazos. Desde aquel instante, Hunt se comprometió en plenitud con George Lazenby, y lo defendió hasta las últimas consecuencias, y más allá. Procuró modular su cerrada dicción australiana (con todo, todavía se sorprendería Lazenby al descubrir, en el montaje final, su voz doblada por George Baker en algunas escenas) y componer sus andares, su vestuario y peinado, acudiendo al sastre y al peluquero de Connery. Para compensar las carencias, se logró incorporar al proyecto a dos actores reconocibles: Diana Rigg y Telly Savalas, bordando la solución de continuidad con los franquiciados Bernard Lee, Lois Maxwell y Desmond Llewelyn.
Para Hunt, la saga se había adulterado con una sucesión de explosiones desfasadas y artilugios rocambolescos, por lo que, con aspiración de recobrar la esencia de la obra de Fleming, se unificó la escritura del guión en el habitual Richard Maibaum, y se contó con el toque del dramaturgo Simon Raven, al objeto de sumar unas líneas de diálogo entre los personajes interpretados por Rigg y Savalas hacia el final del metraje, tan rebosantes de barroquismo narrativo que dispersan la imagen de los mismos y enarcan la ceja hasta del espectador menos avispado. La pretensión, no obstante, pareció alcanzarse, al componer un contexto más realista y un Bond muy humano, desesperado o angustiado, al hallarse atrapado por sus perseguidores, y reblandecido de felicidad por el amor verdadero. A costa de Q, claro, cuyas anecdóticas apariciones al principio y final del largometraje, liberalizado de cachivaches estrambóticos, respondían a esa afanosa continuidad tecleada. Aunque choca con el monumental quiebro de guión que padece la trama, ya que, mientras en la entrega anterior, «Sólo se vive dos veces» (1967), Bond y Blofeld parecían reconocerse, ahora se plasma todo lo contrario. La explicación radica en el orden de la producción literaria, al tratarse de la segunda novela de la llamada «trilogía de Blofeld», posterior a «Operación Trueno» y anterior a «Sólo se vive dos veces». Y es que la preproducción cinematográfica (se remontaba a «James Bond contra Goldfinger» —1964—) se había complicado y alargado con desmedida exasperación…
O quizá no lo fuera tanto, comparado el rodaje con un George Lazenby humeante de estrellato e infantiloide de carácter, jaquecoso, caprichoso y malcriado, que detonó la paciencia de los productores y destripó la tolerancia de los compañeros. Sólo el apuro o la urgencia de los plazos y el paternalismo de Hunt permitieron el estreno de «007 al servicio secreto de Su Majestad» en 1969.
Cuando James Bond rescata de sí misma y de unos villanísimos secuestradores a la hermosa Teresa di Vicenzo, Tracy (Diana Rigg), su padre, el líder de la mafia corsa Marc Ange Draco (Gabriele Ferzetti), le plantea que contraiga matrimonio con ella, a cambio de una jugosa dote. Sin embargo, 007 le propone su colaboración para atrapar a Ernst Stravro Blofeld (Telly Savalas). La conexión de éste con un abogado suizo y el allanamiento de su oficina proporcionarán a Bond una serie de documentos (atención a la prodigiosa máquina que igual sirve para abrir una caja fuerte que para fotocopiar papeles), a través de los cuales constata que Blofeld tramita un reconocimiento de nobleza ante el Colegio de Armas de Londres y dirige un santorio en los Alpes suizos. Tras pactar con sir Hillary Bray (George Baker), miembro del Colegio de Armas, suplantar su identidad, el Agente se desplaza hasta el sanatorio, donde Blofeld trata a doce bellísimas jóvenes de diferentes países, quienes padecen las más esperpénticas y tronchantes fobias, mediante un sistema de hipnosis, del que Bond es testigo en una de sus necesarias incursiones amorosas nocturnas. El verdadero, a la par que maquiavélico, plan de Blofeld consiste en hipnotizar a las chicas con el objetivo de que propaguen un virus capaz de exterminar plantas y animales, pese a ello, será en el último acto cuando Blofeld revele sus decepcionantes exigencias de amnistía por sus crímenes y reconocimiento del título nobiliario. En el ínterin, Bond es descubierto, perseguido y acorralado, evitando la taumatúrgica aparición de Tracy un nefasto desenlace para el protagonista. Pero, concluida la caza de 007 por los Alpes con un alud provocado por Blofeld, éste secuestra a Tracy, convencido del fallecimiento del agente británico. Entonces, Bond y Draco, devorados por la rabia, emprenden la misión de rescate de Tracy y, valiéndose del argumento de un espectáculo de tiros, golpes y explosiones, la liberan de su captor, destruyen el santorio alpino y, en una carrera invernal doliente de crédito, Bond encajona a Blofeld en un enrramado perdido sin rematar la faena, de lo que tendrá que arrepentirse al cierre del largometraje. Antes, James Bond se casa con Tracy, con la consecuente renuncia al servicio de Su Majestad. Poco dura la dicha a la pareja, porque la flamante señora Bond es asesinada por Blofeld y su compinche Irma Bunt (Ilse Steppat), apagándose el filme con la triste imagen del afligido marido abrazando el cuerpo inerte de su esposa.
Peter Hunt quiso reservar la escena de la muerte de Tracy para abrir la siguiente entrega de la saga. Plan perturbado por las circunstancias. Si el rodaje había sido exacerbante, a George Lazenby le dio por acudir al primer día de promoción desplegando unas pelambreras hirsutas y unas barbajas andrajosas, una imagen «hippie» discordante con la del galante caballero británico. Expulsado de la fase promocional y rescindido su contrato, se dedicó a vagabundear en solitario por los medios de comunicación, cargante de inquina sediciosa, despotricando contra un estereotipo de Bond condenado a la extinción en el nuevo mundo setentero. Años despues, un Lazenby maduro, de cabeza más asentada y probadas sus escasas dotes como oráculo, reconocería su terrible cadena de errores, aquélla que pagó con su carrera.
Si bien, el empecinamiento o enrocamiento de los productores no fue de gran utilidad. Esa migrañosa idealización de Sean Connery como estandarte de la saga contaminó el producto final, el trabajo del nuevo actor y deformó la valoración de los espectadores. Desde el término de la introducción colándole a Lazenby la desafortunada frase «Al otro nunca le pasaba esto» hasta el pequeño limpiador de la guarida de Draco que silba la melodía de «James Bond contra Goldfinger», pasando por los créditos iniciales construidos mediante teselas de escenas de los títulos precedentes, el forzado diálogo entre Bond y Moneypenny y la muestra de objetos emblemáticos de las misiones cinematografiadas arrostraron la producción a la asimilación y la nostalgia.
«007 al servicio secreto de Su Majestad» es, confieso, uno de mis placeres culpables. Un filme que revisito cada cierto tiempo, aun sabedor de la intrahistoria y las costuras que rezuman sobre las cicatrices encostradas. Con frecuencia, me asombro tarareando insconscientemente el tema de apertura, sin letra, como hiciera Terence Young para las dos primeras entregas (la canción, en la voz de Louis Armstrong, se insertó durante el metraje). Y sí, las escenas de acción, resultando contundentes y brutales las peleas, se editaron por John Glen de un modo pésimo o se rodaron por él mismo, como responsable de la segunda unidad, o por Hunt con mucho fotograma descartado o desaprovechado, por lo que prevalecen los bruscos cortes. Y sí, el careto de Lazenby, angular, cuadrangular, mandibular, distanciado eones del fotogénico perfil de Connery, sugiere el requisito oftalmológico para Hunt y su equipo. Y sí, el abono a la aceleración de las secuencias y al retroproyector con su déficit fotográfico claman algo de cordura y de justicia. Y sí a todo lo que se pueda insinuar o apuntar… Pero el largometraje continúa entreteniéndome como el primer día, y no son de disgusto las persecuciones en esquís y coches, rodadas bajo el mando de dos profesionales como Willy Bogner y Erich Glavitza; y el fruto es una película de espionaje y aventuras con toques de humor irónico y descarado, sin gravamen de artilugios y un Bond humano, terrenal; el fruto es un clásico de Fleming.
El resultado en taquilla no fue nefasto, como se manifestó, tal vez para maquillar en su medida los despidos de Lazenby y Hunt. Pronto, se levantó acta de la unánime imposición de recupear el supuesto pulso perdido a la franquicia, el control interno; de limpiar la imagen de la marca, el prestigio carcomido por la ríducula función exhibida ante los medios y ante el mundo; de ordenar los principios y valores de la producción; de encauzar el futuro torcido. Había que restablecer la efigie del James Bond victorioso, eliminar del paladar el regusto amargo de un experimento fallido. Lazenby había sido un desventurado error o una elección calamitosa o penosa. Urgía una meditación sosegada, empero con una producción previa que coronase el ciclo de una forma agradable para todos. Había que volver a los orígenes, rehuir de las copias baratas. Había que volver a izar la bandera del Agente 007 por excelencia. Había que volver a traer al héroe, a la leyenda, al omnipotente. Había que volver a conquistar a Sean Connery, costase lo que costase… Y por supuesto que iba a costar.
Julián Valle Rivas

"Jean-Léon Gérôme. Diogenes. Walters Art Museum"
A la hora del desayuno lo he echado de menos. La ruta de la leche desde el tetrabrik hasta el microondas, el martirio del pan en la hoguera sin llama y el repertorio matinal de pastillas son costumbres autónomas que funcionan con un nivel mínimo de consciencia y el tiempo programado por una tecnología básica. La radio salmodia como ruido de fondo la letanía de lo que acecha al otro lado de puertas y ventanas, mientras el dedo índice ojea las urgencias digitales del día y confirma en detalle lo avanzado por la radio entre sorbos y bocados.
Las rutinas saludan al nuevo día, pero hay algo que no encaja. Dejo el móvil, apago la radio y silencio los crujidos de la tostada en la boca. El bebé de la vecina reclama su dosis láctea, las bajantes son cascadas intermitentes de rumor ahogado, el frigo se queja por la edad y el patio interior replica los ecos de otras viviendas, ruidos todos ellos que la radio amortigua cada día. El silencio amplifica lo que no encaja: el silencio del Hombre machadiano que siempre va conmigo, con quien platico en mis soliloquios, el que me enseñó la filantropía.
El Hombre no está para aconsejar cuidado a la hora de atender las noticias, para advertir de los matices verbales ni de la polisemia del sustantivo ni de la trampa de una preposición ni del empoderamiento de los epítetos. Solo ante la radio, ante el periódico, la actualidad se antoja, en sus formas y en sus fondos, un “déjà vu” donde gira el mundo como la rueda de un hámster dentro de su jaula. Las víctimas de la guerra se aceleran y los derechos cívicos son frenados produciendo la sensación de que la rueda se mueve sin llevar a ninguna parte.
Comprendo, en parte, que haya faltado a su cita hoy. Las noticias avisan de que el mundo se prepara para dar un triple salto mortal de espaldas que tal vez haga descarrilar la rueda haciéndola saltar de su eje. Como un hámster angustiado, activo la cámara frontal del móvil para enfocarme y mis ojos reconocen a Diógenes de Sinope, el vagabundo que convirtió la pobreza material extrema en virtud por propia voluntad y convicción, teniendo una tinaja como morada y una manta, un zurrón, un cuenco y un bastón como únicas posesiones.
Escucho y leo que la justicia social es una aberración violenta con la que hay que acabar. Echo de menos al Hombre que siempre va conmigo, la plática en mi soliloquio con ese buen amigo. Siguiendo uno de sus sabios consejos, “a distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una”, la del payaso argentino al que millones de payasos argentinos han dado su plácet para que los condene a la más extrema pobreza y, llegado el caso, a muerte, como hizo su admirado e idolatrado general asesino Jorge Videla.
Como Diógenes con el farol, busco al Hombre honesto entre quienes rodean y aplauden al peligroso payaso. El desasosiego me invade al hacer recuento y constatar que sólo asiste escoria de la banda corrupta de Ayuso, de la del vividor Abascal y periodistas paniaguados. Como el hámster asustado en un rincón de la jaula tras caerle encima la rueda, retiro la vajilla al fregadero y me acurruco en el sofá al modo de Diógenes en la tinaja, temiendo que la realidad interfiera entre mi cuerpo y la raja de sol que entra reponedora por la ventana.
Ante la ausencia del Hombre machadiano, me centro en el neoliberalismo y sus efectos, en el deterioro de la Sanidad y la Educación públicas, en el retroceso de las libertades cívicas que vive hoy quien no es empresario, inversor o rico. Evoco el episodio atribuido a Diógenes el día que se masturbó en el Ágora y la respuesta que dio a quienes le reprendieron: “¡Ojalá frotándome el vientre el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!”. Y evoco también al Hombre machadiano, “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.
Pepe Morales
Dice el pasodoble “El relicario” (1914) “Pisa morena / Pisa con garbo / Que un relicario / Que un relicario me voy a hacer / Con el trocito de mi capote / Que haya pisado / Que haya pisado tan lindo pie”. A final de curso cabe adaptar la letra al hecho de que el presidente Moreno y su banda pisen, pisoteen, la Educación Pública andaluza, como refleja el último Informe PISA: “PISA Moreno / PISA con ganas / Que un mal calvario / Que un mal calvario voy a pasar / En el trocito de mi colegio / Que han pisado / Que han pisoteado tus pies”.
El alumnado español ha cosechado, en el Informe del Programa para la Evaluación Integral de Alumnos (PISA) de 2022, la peor media de la historia en Matemáticas (473 puntos), ha empeorado en Lectura (474 pt.) respecto a 2018 y ha mejorado en Ciencia (485 pt.). El resultado en Andalucía es peor, recogiendo una puntuación menor que la media nacional en Matemáticas (457 pt.), Lectura (461 pt.) y Ciencia (473 pt.). El Informe es trienal y lo elabora la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en 81 países.
Como novedad de 2022, el volumen III de PISA ha abordado como nueva competencia el pensamiento creativo, cuya media de 32,8 puntos en España se aproxima a la de la OCDE (32,7 puntos) y queda por encima de países como Alemania, Francia, Países Bajos o Italia. La prueba exploró la competencia de los estudiantes en tres procesos cognitivos: generación de ideas diversas, generación de ideas creativas y evaluación y mejora de las ideas. Andalucía vuelve a quedar por debajo de la media de España, la OCDE y la UE.
En PISA 2022, los estudiantes favorecidos socioeconómicamente tienen mayor rendimiento en pensamiento creativo que los desfavorecidos, con diferencias en España de 7,9 puntos a favor del alumnado favorecido. En el caso del alumnado migrante, los resultados muestran una menor diferencia con el alumnado nativo en España que en la ODE y en la UE. En cuanto a la diferencia de rendimiento de chicos y chicas, la balanza se inclina a favor de ellas con una diferencia de 2,2 puntos, menor que la media de la OCDE (2,7) y la UE (2,6).
Los resultados tienen relación con la inversión por alumno en educación y el presupuesto de Andalucía está en el vagón de cola respecto a otras comunidades autónomas y bastante por debajo de la media de la OCDE, con bajos niveles de renta y una baja inversión por alumno en educación. En 2021, el gasto por alumno en centros públicos hasta la enseñanza no universitaria era de 10.214 € en Euskadi y de 8.478 € en Navarra, mientras en Madrid era de 5.607 € y en Andalucía de 5.778 €, situándose la media nacional en los 6.540 €.
A pesar de los datos, buena parte de la opinión pública española, súbitamente diplomada en Ciencias de la Educación, señalará con dedo acusador a esas profesoras y esos maestros que le tienen manía a sus tiernos retoños, que son demasiado exigentes y que se dedican a enseñar cosas que no sirven para nada. Es la misma opinión pública que se desentiende de la educación en casa y deshace la labor que el profesional de la enseñanza realiza paciente y abnegadamente a lo largo del curso, transmitiendo valores en muchos casos disruptivos.
La Consejera del gobierno de Moreno, en la línea de cinismo PP (Prepotente y Populista), dice que los datos “no son buenos ni para Andalucía, ni para España, ni para Europa, ni para el mundo porque recogen los efectos de la pandemia”. Mal de muchos… Da la vuelta a la realidad para presumir de que Andalucía no haya bajado del último escalón que ocupa, a diferencia de las comunidades y países que encabezan la clasificación y siguen por encima de Andalucía en resultados e inversión. Lo dicho: “PISA Moreno / PISA con ganas…”. Y olé.
Pepe Morales
El efecto más peligroso de la drogadicción es la confusión de la realidad con la quimera. La adicción de los individuos culmina en un proceso progresivo de creación de un universo paralelo, ficticio, que llega a suplir la experiencia cotidiana de los mismos y que se asocia al consumo de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico. En el caso de las sustancias –lo que se conoce como drogas–, éstas llegan al cerebro, a través del organismo, y alteran la experiencia de quien las consume a nivel físico y psicológico.
Las drogas más conocidas son el alcohol, el tabaco, los fármacos, el cannabis, la cocaína y la heroína, con mayor o menor rechazo social. Hay drogas intangibles, también adictivas, que causan estragos en la sociedad a través de internet en general y las redes sociales en particular. Gran parte de la juventud acaba enganchada en un proceso que se inicia en la infancia y al que la mayoría del universo adulto no presta la debida atención, en gran medida por el analfabetismo informático y la sempiterna irresponsabilidad en la crianza.
La sociedad va camino de una segunda generación nativa digital atrapada sin control parental ni de ningún tipo en la vorágine del consumo y el individualismo que despliega sus redes en el mundo real, pero sobre todo en el virtual. Cuando los adultos recurren a los jóvenes para entender el móvil o la tele, los hijos comprenden que tienen en sus manos el arma de la información y, con ella, el poder. El mundo adulto suele estar de vuelta de todo sin haber entendido casi nada, temeroso de lo desconocido y perdido en el ciberespacio.
En cambio, el mundo joven, sin estar de vuelta de nada, tiene en sus manos el arma más poderosa que haya manejado generación alguna y presume de saberlo todo a través de Google, influencers, tutoriales y redes sociales. La informática ha convertido a la juventud en un rebaño de adictos expuestos al machismo, el racismo, la homofobia, la pornografía, el acoso, el suicidio, la anorexia, el bótox, la violencia, las armas, el bitcoin, la estafa, el delito, las sectas, la ludopatía, la desinformación, los bulos y mil infiernos más a golpe de clic.
La adicción a las nuevas tecnologías aísla a las personas de los entornos más próximos como la familia, la escuela y el vecindario. El adicto vive una atmósfera tóxica de habitación, pantalla, sillón, auriculares, bebidas energéticas y tecleo compulsivo en chats con amigos y desconocidos sin más limitación que la resistencia física y la conexión a internet. A nada que pisa la calle, la persona adicta traslada a la realidad lo mamado en el espacio virtual donde combustiona la mayor parte de su tiempo sin percibir que el mundo avanza sin ellas.
De pronto, sin preaviso, salta la alarma y los adultos descubren anorexia en casa, pandillas de sádicos en el instituto, un agujero en la cuenta corriente familiar, puños americanos en el fútbol, maltratadores en el pub, violadores en las discotecas, cajeros ardiendo con mendigos dentro, una citación judicial en el buzón. Es en ese preciso momento, y no antes, cuando los adultos se preguntan cómo se ha llegado a eso y buscan responsables en el maestro, en la profesora, en la televisión, en las compañías, en cualquier lugar sin osar mirar en el espejo.
Pero hay algo mucho peor que caer en la estafa de Llados o en una red de pedófilos, algo capaz de destruir el mundo laboral, las libertades cívicas, las pensiones, la Sanidad y la Educación públicas, el derecho a la vivienda, la igualdad de todas las personas y el propio sistema democrático. Con la inconsciencia de los adolescentes ignorantes y consentidos, 800.000 personas han decidido castigarse y castigar al resto votando a un delincuente en las elecciones europeas. Casi 2.000.000 de adictos consumen la droga de este personaje.
Pepe Morales
