Las personas hacen lo que quieren con su vida privada en su tiempo libre, ¡faltaría más! Pueden optar por pegarse una paliza de deporte, disfrutar de las artes, visitar otros paisajes, hacer tertulias con amistades y familiares, atender asuntos logísticos del hogar o dedicarse al placer del “dolce far niente” encastradas en el sofá y con el mando a distancia como apéndice biónico del cuerpo. Todas disfrutan de ese derecho excepto las que, por diferentes circunstancias, sacrifican los momentos de ocio ajeno en el materialista altar del negocio.
CaixaBank patrocina el dato de que, en las cuatro jornadas de liga disputadas en febrero de 2024, 1.200.000 personas acudieron a ver algún partido de fútbol de primera división en directo, lo que supone una media del 83,9% del aforo de los diez estadios activos en cada jornada. Para los residentes en la ciudad donde se juega, ver un partido supone una inversión de tiempo y de dinero nada despreciable; para los no residentes… hagan cuentas. Además, hay otras categorías profesionales y amateurs, y también las de fútbol base.
No hay duda de que el fútbol es el narcótico preferido por la sociedad, en España y en el mundo, con diferencia. El fútbol es la envidia de los camellos que trafican con otras drogas para nublar los entendimientos y manipular a gusto al personal. Le siguen muy de cerca las religiones, con una competición milenaria entre las que se autoproclaman verdaderas y sus derivados heterodoxos, sectarios y facciosos. Quienes padecen de poliadicción llegan a llamar a Messi El Mesías, Dios a Maradona y La Catedral al estadio de San Mamés.
Las ligas y los torneos con balón son rentabilísimos negocios que exprimen los bolsillos de la afición más enganchada a través de taquillas, televisiones de pago, merchandising y mil artimañas más: hay clubes de fútbol que cotizan en bolsa. Las ligas de la fe son negocios muy rentables que llevan siglos viviendo como Dios a costa de afanar para sí suculentas tajadas de los tributos del César, pero este modelo de negocio no genera toda la riqueza que la jerarquía mitrada de Iglesia Católica S.A., ambiciosa insaciable, dice necesitar.
Los llenos en los templos se reducen a un par de fiestas mayores consagradas al postureo vecinal y a los cada vez menos numerosos eventos que los utilizan como decorado en la industria conocida como BBC. Ahora llega, perezosa, la temporada alta para el negocio religioso, con desfiles de ídolos por toda España que animan al desenfrenado consumo de productos semanasanteros o a la huida de las ciudades por el ruido y la turistificación. El modelo de negocio cofrade está obsoleto y debe actualizarse para competir con el fútbol.
Imaginen que cada ciudad contase con recintos cerrados especialmente diseñados para acoger el espectáculo de los desfiles procesionales y la parafernalia que éstos conllevan: un santódromo. Los tornos en las entradas permitirían contabilizar la asistencia de público para luego verificar los ingresos de taquilla, todo el graderío comulgaría con las mismas pasiones y el resto de la ciudadanía podría usar sus calles y plazas sin la estridencia de cornetas y tambores, el tufo a incienso y el peligro de caídas que supone la sucia cera derramada.
Las cofradías dispondrían de un lugar para instalar barras y de puestos en los que vender camisetas y estolas de los colores litúrgicos personalizadas para que la hinchada vitoree a las cuadrillas y los pasos. Los palcos VIP acogerían a las autoridades civiles, religiosas y militares. Sin interrumpir el tráfico ni cortar calles, sin horas extras de funcionarios públicos, sin dañar a la hostelería durante el resto del año, sin dilapidar dinero público, el negocio de la fe crecería: alguna cofradía cotizaría en bolsa y algún obispo entraría en la lista Forbes.
Pepe Morales
Los Óscar, como Eurovisión, pueden servir para hacerse una idea sobre qué escuchar y qué ver extremando precauciones. Cuando la publicidad machaca al consumidor, hay que sospechar bajo la premisa de que a un producto de calidad le basta el boca a boca y la certeza de que la publicidad sólo tiene una finalidad: vender. En estos casos, conviene leer la letra pequeña del etiquetado del producto antes de consumirlo, por si contiene alguna sustancia perjudicial para la salud.
La industria del cine americana se desarrolló en sus inicios en Nueva York alrededor de Thomas Edison, dueño de las patentes de la tecnología necesaria para producir y exhibir películas. Estudios y productoras debían pagarle una tasa y él denunciaba a quien no lo hacía, por lo que sus competidores eligieron para establecerse California, donde sus patentes no tenían valor, el sol permitía grabar durante más horas y los terrenos, más baratos, facilitaban la construcción de grandes estudios.
Hollywood es, junto a la religión y cierta prensa, una de las mayores argucias de la historia urdidas para lavar cerebros. Conocida como “la fábrica de sueños”, concentra una industria del entretenimiento que lleva más de un siglo canalizando ideología, desde una perspectiva consumista, capitalista, con sesgo neoliberal, para el mundo que afecta a todos los ámbitos que atañen al ser humano: aventura, sexo, violencia, catástrofes, amor, comedia, musicales, ciencia, fantasía, política, etc.
Los Óscar son los Mandamientos que cada año bajan de un Sinaí de cartón piedra para que el mundo sepa cuál es el último mandamiento del dios americano. Y este año –ya lo anunciaron los falsos profetas de los Globos de Oro y los Bafta– esa Ley habla a la audiencia de guerra, de destrucción masiva, de muerte, uno de los temas fuertes y recurrentes de Hollywood. Oppenheimer trata de eso y el público asumirá el sermón con toda su moralina y rezará responsos por el alma de la Humanidad.
Las piezas encajan. En un escenario vaticinador de otra guerra mundial con Ucrania como excusa, con Macron proponiendo enviar soldados al frente, con la neutralidad nórdica tomando partido, con Von der Leyen llamando a las armas, con la amenaza de la vuelta de Trump, con el fascismo tomando posiciones en Europa y con el genocidio palestino televisado en directo ante la indiferencia mundial, la película ganadora no podía ser otra que Oppenheimer. Siete Óscar para la pesadilla nuclear.
Kai Bird y Martin J. Sherwin, autores de “Prometeo americano”, el libro que da pie al guión de la película, definen a Oppenheimer como “un hombre extraordinario que nos introdujo en la era nuclear y luchó, sin éxito, por encontrar la manera de eliminar el peligro de esa guerra”. Lo de menos es que la audiencia se pronuncie sobre esta versión de Jekyll y Hyde, lo que buscan Hollywood y los Óscar es asentar la idea de la necesidad de armarse como única forma de que, al final, ganen sus “buenos”.
Pepe Morales
No siendo la única, el machismo y su variante violenta es la más grave lacra que afecta hoy a las mujeres. El machismo se manifiesta en prácticas ideológicas arraigadas en la cultura del patriarcado que afectan a todos los ámbitos de la sociedad capaces de influir en la formación de las personas, desde el laboral hasta el religioso, pasando por el educativo, el familiar, el político, el mediático, el administrativo o el penal. Una mazmorra que ha llevado siglos construir para purgar la condena de ser mujeres y para solaz de los hombres.
Los roles sociales asignados a la mujer, asimétricos respecto a los del hombre, son el lastre del que el feminismo trata de desprenderse a lo largo de la historia en durísima pugna con quienes quieren mantener y ampliar el statu quo de la desigualdad. Cada paso adelante en el tortuoso camino de la igualdad ha costado años de encarnizada lucha que han dejado tras de sí un criminal reguero de sangre, maltrato y vejaciones. Cada salto atrás apenas cuesta dos chasquidos con los dedos y más sangre, más maltrato, más vejaciones.
El Partido Popular, con Vox y sin Vox, vuelve a rescatar lenguajes y modos propios de la Sección Femenina, en plena era digital, con cursos ofertados a mujeres en Tomelloso o en Huelva que les señalan su lugar en la sociedad: limpiar, coser y guisar. El PP, con y sin Vox, se opone a medidas para igualar el empleo femenino al masculino en salario y condiciones. El PP, con y sin Vox, descapitaliza y elimina herramientas para combatir la desigualdad porque no cree en la igualdad de las personas, ni en la diversidad cultural, afectiva y racial.
La férrea batalla entre el PP y Vox por el voto machista supone un trágico aumento de los casos de violencia machista (56 asesinadas en 2023), de las violaciones grupales y de las agresiones sexuales. Preocupa el machismo juvenil que revela el “Barómetro Juventud y Género 2023. Avance de resultados: Violencia de Género” elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, chiringuito comunista de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) presidido por la reina Sofía, vicepresidido por el camarada J. I. Goirigolzarri (CaixaBank) y con peligrosas células en sus filas como A. Botín (banco Santander), A. Brufau (Repsol), J. Creuheras (Atresmedia), A. Garamendi (CEOE), F. García (Iberdrola), B. Prado (Mediaset) y otros conocidos agitadores sociales.
El Barómetro muestra que un 87% de chicos y chicas jóvenes reconocen alguna situación de violencia de hombres contra mujeres en su entorno cercano, que un 23,2% de chicos y un 13,2% de chicas cree que la violencia de género “no existe o es un invento ideológico” o que los porcentajes de jóvenes que adoptan posturas derrotistas, negacionistas, minimizadoras o banalizadoras de la violencia de género se han incrementado. Opiniones como que la violencia de género “aunque está mal, siempre ha existido, es inevitable” (30,1%), “es algo habitual en el seno de una pareja” (16,7%) o “si es de poca intensidad, no es un problema” (16,5%) llegan a triplicarse respecto a años anteriores entre los hombres, pero han aumentado más entre las mujeres.
La relación de estas cifras con la ideología de Vox y del PP es evidente y tampoco quedan al margen la Iglesia Católica y gran parte de los medios de comunicación. Muestras de esta relación ideológica: el 46,5% cree que es igual de problemática la violencia de las mujeres hacia los hombres, el 44,2% que los hombres están desprotegidos ante las denuncias falsas y el 37,3% que se ha perdido la presunción de inocencia para los hombres, afirmaciones que forman parte del argumentario machista de las derechas a pesar del desmentido de instancias policiales y judiciales.
Y un tercer factor de especial gravedad rema a favor de la consolidación del machismo: los feminismos, más pendientes de ponerse apellidos que de continuar en unidad su histórica lucha.
Pepe Morales
Los sacrificios que ha de hacer James Bond por Inglaterra hallan difícil acomodo en nuestra comprensión infantiloide derretida por tradicionalismos recalcitrantes y deglutida por individualismos narcisistas que anteponen el bien propio al común. Por eso, cuando la criptógrafa del consulado soviético en Estambul Tatiana Románova, vestida bajo las sábanas únicamente con una cintita negra rodeando su sedoso cuello, le demande satisfacer sus deseos sexuales, 007 se verá abocado a ello, a satisfacerlos más allá de las expectativas intrínsecas en la melosa proposición femenina, dando lo mejor de sí en el mal trance o brete incuestionablemente aleve, no por sentimentalismos amorosos o impulsos libidinosos, sino por Su Majestad y por Gran Bretaña, porque ha de cumplir con su deber… Pero, por partes.
El rotundo éxito de la primera entrega animó a los productores Albert R. Broccoli y Harry Saltzman a preparar una segunda con visos de continuidad. Terence Young se había mostrado un director eficaz, ante todo, veloz, y aunque se apreciaba en Sean Connery un par de gramos adicionales en el abdomen y un flequillo con ondulación sospechosa, augurio aciago, conservaron al equipo técnico para estrenar un año después, en 1963, «Desde Rusia con amor», en la que registraron como marcas la apertura del disparo ensangrentado, la escena introductoria y los créditos iniciales psicodélicos, con una composición musical original que termina mutando al famoso tema principal, cuyo tarareo se generalizó. Se incorporó, ahora, al inolvidable Desmond Llewelyn (la sigla Q sin decidir, pasa, en la traducción española, como el «encargado del material») y la misteriosa figura del maligno Ernst Stavro Blofeld, mientras que mantuvieron sus roles Bernard Lee, como M, y Lois Maxwell, como Moneypenny.
El liminar recrea una simulación de asesinato de Bond perpetrada por un gélido y hormonado agente de SPECTRA, Donald «Red» Grant (interpretado por un siempre interesante Robert Shaw). Tras la secuencia de créditos, el filme nos lleva a un campeonato de ajedrez en una sala cuyo prodigioso diseño impacta al espectador más que la partida que allí se juega. Durante la misma, el jugador Kronsteen (Vladek Sheybal) es convocado a una reunión, revelándose su condición de número cinco de la organización SPECTRA, en la que participará la número tres, Rosa Klebb (Lotte Lenya). En audiencia con el número uno Ernst Stavro Blofeld (quien se presenta en planos recortados, que enfocan un hombro o su icónico regazo en el que, con su mano anillada por el emblema de la organización, acaricia a su aterciopelado gato blanco), repasarán el malévolo plan urdido por Kronsteen. Klebb, antigua agente del SMERSH, engañará a Tatiana Románova (Daniela Bianchi) para que aparente su intención de desertar, que comunicará a las autoridades británicas, rogándoles ayuda a cambio de una máquina descifradora Lektor hurtada del consulado soviético en Estambul, donde trabaja como criptógrafa. Sí impondrá el requisito de que el agente británico de enlace no sea otro que James Bond, de quien se ha enamorado tras ver su fotografía de expediente. SPECTRA, entonces, aprovechará el viaje de Bond y Románova para sustraerles la Lektor y matar a 007, como venganza por acabar con el Doctor No, de modo que la Unión Soviética y Gran Bretaña se culparán mutuamente, enfrentándose hasta la extenuación, momento en el que SPECTRA se hará con el poder mundial. Como prevé la organización criminal, el MI6 considera segura la trampa, pese a lo cual no puede dejar escapar la oportunidad de conseguir una descifradora soviética, así que M enviará a Bond hasta Estambul, no sin antes equiparlo con el primer artilugio de la saga, descrito por el «encargado del material», quien entra en plano bocetado de manual de instrucciones humano. El maletín de los agentes doble cero dispone de un rifle desmontable, en su interior; cartuchos y un cuchillo astutamente ocultos en los laterales; cincuenta soberanos de oro (nunca se sabe cuándo se puede necesitar cambio); y un portentoso artefacto explosivo, fruto de una mente maquiavélica al servicio del Estado, consistente en un falso bote de talco (producto que todo hombre lleva en su neceser) que, adherido mediante un imán al interior del maletín, se activa cuando se deslizan las pestañas de los cierres para abrirlo. La forma de evitar la explosión es la de girar las pestañas noventa grados, pasando de una posición vertical a una horizontal, punto en el que el maletín se podrá abrir sin riesgo alguno… Incluso, en un ejercicio de incertidumbre metafísica, invitan a Bond a practicar la operación de apertura, a fin de asegurarse de que no volará por los aires al salir de despacho de M, y todavía lo observan con cierta vacilación en el arqueo de la ceja… Las peripecias del Agente 007 por Estambul de la mano de su contacto en la ciudad, Kerim Bey (Pedro Armendáriz), son más dignas de ver en el metraje que de teclear en estas líneas. Baste reseñar la visita de Bond y Bey al campamento gitano, donde se les obsequiará con una danza y serán testigos de la costumbre, hábito del folclore local, del duelo entre dos mujeres (bellísimas, claro está) por el matrimonio con el hijo del jefe. El caso es que un ataque al campamento interrumpirá esa suerte de ordalía (atención al impagable instante en el que Armendáriz aplasta una bolsita de sangre artificial, o pintura roja, directamente, en su brazo, representando un disparo). Tras abatir la incursión enemiga, el jefe recompensará a Bond con el arbitraje en el enfrentamiento entre las aspirantes a esposa, cediéndoselas durante una noche. Labor que 007, por no herir a su anfitrión con gesto irrespetuoso, asumirá con estoicismo. Establecido, finalmente, el contacto con Tatiana, y convencida ésta de las cualidades amatorias del británico, el viaje en tren con la Lektor supondrá el asesinato de Bey, a quien necesitaban para cruzar la frontera yugoslava sin llamar la atención sobre la máquina, y la infiltración de Grant, quien suplantará a un agente de enlace para culminar el plan de SPECTRA. Que Grant cometa la insensatez de pedir vino tinto con el pescado durante la cena apostilla en Bond una notable carencia de gusto en el nuevo integrante del grupo antes que su casta enemiga. La lucha entre ambos dentro de la agónica estrechez del compartimento, una vez descubierto Grant, acredita una planificación destacable y un montaje esmerado que componen una secuencia de primer nivel, y que se repetirá en la saga años más tarde, con otro actor encarnando al protagonista. Aquí, la farándula de ingenios ofrecidos por su maletín (para eso se expusieron al espectador) conceden la victoria a Bond. No obstante, queda cruzar la frontera por tierra y el golfo de Venecia hasta la ciudad, trayectos en los que SPECTRA, que ya ha castigado a Kronsteen por su fracaso, procura aniquilar a los protagonistas sin lograrlo. Condensado en los últimos minutos de cinta, Rosa Klebb intentará una desesperada acometida definitiva, adentrándose en la habitación de hotel de la pareja disfrazada de camarera de piso, que le costará la vida. Precede a los créditos un amoroso paseo en góndola de James y Tatiana y paneo de cámara hasta sacarlos de encuadre. Cierre característico de la saga.
Este título y su posterior son mis preferidos de la era Connery. «Desde Rusia con amor» construye una historia sólida que quizá flaquee en el brusco giro del perfil de Grant, quien se manifiesta como un ser cuasi robótico durante la primera mitad del largometraje, para alternar con humana normalidad durante el tramo del tren. Sin embargo, la fotografía enmarca planos destacables y el diseño de producción, con una superior cuantía de escenarios, pespunta con hilos dorados una segunda entrega que contó con un presupuesto duplicado y sobrepasó en un tercio la recaudación, respecto de la anterior. La tercera entrega, sin duda, no se haría esperar.
Julián Valle Rivas
Se suele asociar la figura del chófer a personas de alta posición económica y social que, por comodidad o necesidad, delegan en un profesional la molesta y complicada tarea de conducir y aparcar el coche en que se desplazan. Ejecutivos, aristócratas, militares, toreros, artistas, capos de la mafia o ganadores de la bonoloto suelen tener en plantilla un chófer que, a veces, compagina la conducción con tareas de confidente, terapeuta y/o asistente personal. En ocasiones extremas, la vida del viajero puede depender de este profesional.
La cercanía entre jefe y empleado, poco más de un metro desde el retrovisor, poco menos que ser testigo cómplice de intimidades, exige total confidencialidad y confianza. A menos de un metro, la guantera es un cajón de sastre donde se guardan la documentación del coche y cosas inconfesables que pueden convertir la vida de los pasajeros en un auténtico desastre consciente o inconscientemente. Un chófer mal pagado o de naturaleza codiciosa puede ceder a la tentación si le ofrecen un dineral por airear trapos sucios del jefe o la jefa.
Favor con favor se paga y es habitual que el chófer disfrute de ciertos privilegios que se pueden considerar pago en especies por los servicios prestados. Así, de esta relación íntima y cercana se derivan favores personales y/o familiares que afianzan presuntos lazos, mal trenzados, de amistosa camaradería. El uso particular del coche oficial, la colocación o promoción de algún familiar o la información privilegiada suelen ser prestaciones habituales, más allá de lo estipulado en el contrato, que de alguna manera pagan la fidelidad del chófer.
Es llamativa la relación de los políticos del PP con los chóferes de sus coches oficiales: esperpéntico y clasista el trato que Celia Villalobos dispensó en público sainete a Manolo; surrealista la revelación por Fernández Díaz de que Marcelo, un ángel de la guarda, se encargaba de aparcar su coche; mafioso el ascenso del chófer de Bárcenas a policía nacional como premio por espiar a su jefe por orden del Ministerio del Interior para intentar neutralizar pruebas contra el PP en casos de corrupción en los que estaba implicado.
Debieran preocupar al PSOE los procesos de selección de chóferes y asesores, pues da la sensación de que son imanes y coladeros para personajes del lumpen. Sonado fue el caso de Juan Francisco Trujillo, chófer de un director general de la Junta de Andalucía, quien llegó a gastar hasta 25.000 € al mes de dinero público en cocaína que su jefe y él consumían “a cualquier hora”. Ahora se descubre que Koldo, el chófer de Ábalos, ejerció de Consejero de RENFE a la vez que de estafador sanitario por cuenta propia.
No se sabe qué es mejor, si que la estirpe política cuente con chófer y coche oficial o que conduzcan sus propios vehículos. En este supuesto, alguien corre el riesgo de que le atropelle Miguel Ángel Rodríguez conduciendo con una tasa de alcohol cuatro veces superior al máximo legal. O que Aguirre se lo lleve por delante si se da a la fuga tras ser abordada por la policía municipal por aparcar en sitio prohibido. O que sea Anna González, sustituta de Ábalos en el Congreso, si dimite, quien lo arrolle yendo ebria al volante.
De todos los casos, el del chófer Koldo, traficando con mascarillas en plena crisis sanitaria, se sale de la delincuencia para entrar en la criminalidad. Hay que tener mentalidad dolosa y criminal para aprovecharse del riesgo que corrían millones de personas y echarse al bolsillo millones de euros de dinero público utilizando para ello la información privilegiada obtenida al volante del coche oficial, en una conversación privada durante una comida con alguien de la familia o aprovechando el colegueo interesado con el primo de un alcalde.
Pepe Morales
La peluca de pelo natural bien fijada, las articulaciones engrasadas, la ropa impecable, tan sólo falta que se seque la fina capa protectora aplicada a manos y cara. Más tarde vendrá la prueba más comprometida: la de los chips que transmiten a la piel artificial de las manos y los rasgos faciales palpitaciones que imitan a las de un organismo vivo. El equipo está satisfecho después de que una delegación del partido haya sido incapaz de distinguir al muñeco del candidato, incluso el responsable de campaña ha visto mejor al primero.
Hace años que a las elecciones generales se presentaban candidatos biónicos. En todos los partidos, los aparatos proponen un perfil que la corte de barones se encarga de diseñar a partir del estudio de los metadatos compilados por bots en redes sociales y por las cookies insertadas en todo tipo de páginas y portales de internet. La implementación del candidato final es producto de la sinergia derivada de la interacción entre la secretaría informática, la secretaría de comunicación y los diferentes lobbies donantes de cada partido.
La resistencia de los supervivientes políticos de la transición, momias de mucho peso aún en el siglo XXI, es grande al desconfiar de una tecnología que desconocen. En dos lustros, los resultados del método algorítmico han disipado dudas al ver que candidatos mediocres, con dificultades para pensar y carencias comunicativas, ganan comicios en el mundo (Trump, Bolsonaro, Melloni, Milei…) y en España (Ayuso, Almeida, Feijóo, Rueda…). Desde entonces, la fabricación de androides electorales es prioridad absoluta para los partidos.
La vieja política se ha rendido a la evidencia. La Inteligencia Artificial, muy superior a la humana, baja a mínimos su potencial para adaptarse a la demanda del electorado de la generación Y y de la Z, con mensajes miméticos de la banal superficialidad del reguetón y apoyados en un potente aparato publicitario. Sencillos ripios pegadizos de colegio, “Que te vote Xapote”, y picardías adolescentes, “Me gusta la fruta”, bastan para atraer el voto de una sociedad infantilizada y entregada al consumo impulsivo sin análisis ni reflexión.
Al excesivo uso del infantilismo, los metadatos aconsejan añadir letales dosis de crueldad que unen las pulsiones infantiles y juveniles al sectarismo ideológico de las nostalgias autoritarias, recuperando así viejos instrumentos de odio para la dominación como el machismo, la misoginia, la homofobia, el racismo, la aporofobia o el pensamiento único. El mundo vota tiroteos indiscriminados, feminicidios, acoso y agresiones a homosexuales y a extranjeros, muertes en el Estrecho, censura en la cultura o genocidios como el de Gaza.
Tal vez se trate de una premonición ignorada de la degradación electoral y social el hecho de que durante 40 años se haya votado y se vote indistintamente al PP y al PSOE, dos formaciones de acreditado currículum corrupto y notable desprecio a las necesidades de sus votantes. 40 años en los que ha desaparecido la prensa ética e independiente casi totalmente. 40 años en los que la Justicia ha desempolvado su vieja práctica inquisitorial y sus varas de medir. 40 años para sumar en el olvido a los 40 anteriores, y van 80.
Los muñecos electrónicos del PP sacan ventaja a los del PSOE gracias a la experiencia adquirida de las enseñanzas de Steve Bannon que Miguel Ángel Rodríguez ha rentabilizado para Ayuso y, por extensión, todo el PP. Se mueven como pez en el agua entre logaritmos, con una legión de troles que aplican el viejo decálogo de la manipulación escrito por Joseph Goebbels. Viejas y nuevas tecnologías coinciden en fines y logros: manipular y conseguir votos para sus marionetas. Con Rueda, muñeco inacabado, lo han vuelto a conseguir.
Pepe Morales
