Fumar MA–TA, por Pepe Morales

Hace casi un siglo, Hollywood convenció a la humanidad de que fumar era cosa de machos y mujeres seductoras. Fue tan convincente que se iniciaba en el vicio a los niños con dos añitos regalándoles un paquete de cigarrillos de chocolate en fechas y fiestas señaladas como complemento a otras regalías. Con ocho o diez años, había papás que daban a sus chavales una caladita del cigarro como gracia ante los asistentes a cualquier evento. A partir de ese momento, la adicción y el síndrome de abstinencia se encargaban del resto.

Es preocupante que la juventud sea más precoz al fumar cada día que pasa. El Informe Anual del Sistema Nacional de Salud de 2022 apunta a que el 18,3% de la población de 15 a 24 años fuma a diario y que el porcentaje más elevado de fumadores se encuentra entre los 25 y los 34 años (26,3%). El mismo informe recoge que la prevalencia de consumo diario de tabaco en hombres es del 23,3% y en mujeres del 16,4% y relaciona el consumo con el nivel de educación, más elevado en el nivel básico e inferior que en el superior.

La American Cancer Society señala que cada cigarro aporta al organismo 7.000 sustancias químicas, algunas de las cuales pueden producir cáncer: nicotina, plomo, arsénico, ácido cianhídrico, aldehído fórmico, amoniaco, uranio, polonio, benceno, monóxido de carbono, nitrosaminas, hidrocarburos… Por su parte, un estudio de la Universidad de Murcia advierte de que el humo que desprende la combustión del tabaco contiene 400 sustancias químicas muy tóxicas, unas 50 cancerígenas y 12 gases tóxicos que afectan al fumador pasivo.

La Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica cifra el coste sanitario directo producido por las cinco enfermedades más importantes relacionadas con el tabaco (cáncer de pulmón, enfermedades coronarias, enfermedad cerebrovascular, EPOC y asma) en casi 7.000 millones de euros al año. Frente al gasto, la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria calcula que la recaudación por impuestos, especiales e IVA, que gravan todas las labores del tabaco es de 9.000 millones, 6.682 de ellos sólo por su venta.

Algo muy similar sucede con la otra droga más consumida en España, el alcohol, tanto en los ritos de iniciación al consumo como en su consideración social, su coste sanitario y su aportación fiscal a las arcas del estado. Ambas adicciones generan debates sobre las medidas a adoptar para minimizar su negativo impacto social. De un lado, la ideología conservadora antepone con firmeza la “libertad” del mercado; del otro, la progresista prioriza la salud individual y colectiva. Se manipula mejor a las personas si se mantiene su adicción.

Un gobierno progresista abogó por reducir el límite de alcohol en sangre para conducir y el PP se lanzó en tromba en contra de la medida. Zapatero tuvo la “ocurrencia” de prohibir fumar en espacios públicos y recibió una andanada de improperios por parte de la derecha política y económica que sirvió al PP para captar el voto del cáncer y la cirrosis. Sánchez propuso un confinamiento ante una pandemia de proporciones bíblicas y Ayuso enarboló la bandera de los bares y las terrazas, ya saben: socialismo o cervezas… y 7.291 muertes.


De nuevo, un gobierno más o menos progre propuso hace días ampliar los espacios libres de humo y, de nuevo, la derecha mostró su oposición. Esta vez, el excelente resultado de la Ley Zapatero y su proyección internacional (¡hasta New York!) han bajado los humos a la tóxica e infumable derecha, de modo que las comunidades que gobiernan han avalado, todas, la medida. Eso sí, presentando como triunfo propio que se debata la autorregulación de los espacios sin humo. Lo mismo de siempre: la economía por encima de la salud.

Pepe Morales

Lucena: salud y suerte, por Pepe Morales

hospital lucena centro socio sanitarioPregonan lo de “todos son iguales” para, junto a lo de “y tú más”, frustrar toda posibilidad de alterar el statu quo. Llevan así desde que, con Cánovas y Sagasta, los borbones idearon la alternancia como distracción para perpetuarse en el poder y así esquivar exilios y guillotinas. Son auténticas figuras del toreo electoral y, sin pudor alguno, no dudan en airear públicamente sus mentiras, sus manipulaciones, su inoperancia y sus delitos si llega el caso. Es el bipartidismo del s. XIX heredado por la Restauración borbónica de Franco.

¿Todos son iguales? Hasta que no se viva otra experiencia, lo único que se puede constatar de manera fehaciente es que PP y PSOE sí son iguales, las dos caras de la falsa moneda de la monarquía. Para convencer al pueblo de que no existe alternativa diferente, el llamado Régimen del 78 cuenta con la pagada labor de unos medios de comunicación que no dudan en servir a sus amos atentando con mentiras y medias verdades contra cualquier intento de armar alternativas y, si no basta, las Fuerzas de Seguridad y la Justicia también convencen.

Recientemente, aún hay casos no resueltos, el mundo ha visto cómo los medios, las FSE y la Justicia han acosado, difamado, espiado, fabricado pruebas, prevaricado y dilatado falsos procesos, con absoluta impunidad, a oponentes políticos que se atrevieron a intentar demostrar que otra política era, y es, posible. Tras el susto, la Restauración recupera la normalidad, pero queda sacar del gobierno, en ello trabajan PP y PSOE, a quienes han superado crisis sin recortes y mejorado las condiciones laborales y de vida de la gente.

Lucena ha sido y es testigo privilegiada de que PSOE y PP “la misma estafa es”. En 2006, Lucena salió masivamente a la calle y se vistió de pancartas verdiblancas pidiendo que se atendieran sus necesidades sanitarias. Bergillos era alcalde, Chaves presidente de la Junta, María Jesús Montero Consejera de Sanidad y Arenas y Sanz lideraban al PP en la oposición. Se dieron los primeros pasos para mejorar la sanidad con el PSOE de Lucena plantado ante el de Sevilla. Sin nada que perder, el PP prometió un hospital si ganaba.

La Junta ha cambiado de manos y la Sanidad Pública lo está notando: deterioro, merma financiera, falta de medios y de personal… a la vez que la privada se ve favorecida por los millones detraídos a la Pública, el mismo modus operandi del PP en Madrid, Murcia, Galicia o Valencia. Lucena tiene al fin un hospital: ¡privado! La asistencia primaria no funciona y, si lo hace, es para que una enfermera atienda las dolencias o para que vea al paciente un médico a doce o catorce días vista, si es que persiste la dolencia o sobrevive el paciente.

El Ayuntamiento cambió de manos y el PP heredó el maldito proyecto. El pueblo de Lucena respiró aliviado porque ya estaba en manos de buenos gestores y el PP de Sevilla era de la misma familia, con lo que todos remarían, ahora sí, en la misma dirección (eso dijeron en campaña). Poco ha durado el alivio. En pocos días, el PP de Lucena ha hecho filigranas para explicar lo inexplicable y el PP de Sevilla ha sido contundente: no habrá hospital, pero en 24 horas anuncia que sí lo habrá. El PSOE de Lucena y Sevilla exige ahora el hospital.


Galdós describió la situación actual en 1912: “Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. [...] Han de pasar años, tal vez lustros, antes de que este Régimen, atacado de tuberculosis ética, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental”.

Pepe Morales

Agua, por Pepe Morales

¿A gusto de todos? ¡Nunca, jamás! El rearme ideológico extremo de la sociedad ha hecho que alegrarse por la lluvia caída haya sido casus belli en no pocas ocasiones. Expresar emoción distinta a la pena y el dolor se interpreta en la España talibán como un ataque a los sentimientos religiosos de la turba católica. Alguien te puede acusar poco menos que de llamar a la quema de iglesias, la violación de monjas y la castración de santos varones, muy posiblemente quienes anteayer reclamaban con una pulserita ayudas para el campo.

Ha llovido donde hacía falta: en las tierras secas de Andalucía, en sus ríos y pantanos, sobre el aire sucio de sus pueblos y ciudades. No ha llovido a gusto de todos, pero sí al de la necesidad. Agua verde en el olivar, blanca sobre la cal. Otra lluvia ha anegado las tradiciones, los ojos anclados al pasado y los trajes de fervor a estrenar. Se han empapado las ilusiones de todo un año que han visto a Nelson descargar viento y agua a las puertas de los templos donde han permanecido los ídolos prisioneros sin salir en sus áureos tronos.

¡Cuánto dolor desatado! ¡Cuánto incienso apagado! ¡Cuánto capirote erecto! ¡Cuánto cirio de flácido pábilo! !Y cuántas húmedas mantillas! Tanto dolor impresiona, conmueve, eriza los vellos y llama a la piedad de quien no alberga una roca en el pecho, golpeado con la fuerza de la fe por las resultas de tan injusto, aunque necesario, diluvio. El diluvio se ha saltado el protocolo, ha ignorado la agenda de los hombres que cada año deben seguir sus dioses sin atender a la otra: la implacable que a los hombres imponen sus adorados diablos.

Ha llovido en Andalucía. Chuzos de punta han impedido los ansiados desfiles religiosos y militares que animan el negocio de la fe con tronos y palios, cofrades y legionarios, con los templos y los bares abiertos fuera de sus habituales horarios. Más llanto desconsolado: la archicofradía hostelera recuenta las dolorosas reservas anuladas en el huerto de los olivos donde más brillan las aceitunas que treinta monedas de plata gracias al agua. Se sienten crucificados cuando dejan de ganar, no se alegran de que sea el campo el que gana.

Gaza sufre un temporal de plomo, metralla y muerte, desde 1948, en el nombre de los mil dioses que no han desfilado este año en España. En las sobremesas de torrijas, gajorros, pestiños y roscos cambian de canal y de moral los buenos católicos para que la televisión no les muestre el uso del hambre como arma de guerra sionista. Poco interesa en estas fechas el exterminio de todo un pueblo mientras los de una religión mueren, los de otra matan y los de una tercera no quieren ver, se niegan a oír y cómplices del genocidio callan.

Tiempos revueltos, de hecatombe finisecular. Europa se arma, Israel agita el avispero, EE.UU. hace negocio con todas las guerras del mundo. El Papa avisa del desastre y los curas fascistas rezan para que se muera. Por increíble que parezca, para parte de España el mayor de los problemas es que se les haya jodido la semana santa. La especulación no tiene límite, los precios se disparan, los salarios no llegan, ahorrar no basta para media España con la personalidad de un código de barras y la esperanza puesta en un QR.

El debate está servido. Unas sectas reniegan del encierro de los santos, otras de que los hayan sacado un rato bajo el aguacero, las vírgenes con el palio y el manto empapado, los cristos con chubasquero para lucimiento de costaleros y santeros y amortizar la inversión de capataces y manijeros. Por último, el ateo reclama proteger el patrimonio, menos dinero público para estos despilfarros y un mínimo de decencia cristiana al clero. A la propuesta de un santódromo con taquillas, a la vista del aguacero, hay que añadir que sea cubierto.

 

Pepe Morales

Palabras y realidad, por Pepe Morales

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, hidalgos venidos a menos y personas de toda condición hicieron las Américas en busca de la fortuna que la patria les negaba o protección ante una justicia que les pedía cuentas. Se conocieron como “indianos”. A renglón seguido, la dictadura provocó un éxodo masivo de patriotas a las Américas y a Europa huyendo del exterminio, se les llamó “exiliados" y no volvieron hasta la muerte del dictador. En Europa, muchos de ellos aún sufrieron la persecución y la muerte a manos de otros fascismos.

En los años 50 y 60, la secular situación esclavista del campo, agravada por las políticas tecnócratas del régimen a favor de las élites financieras y empresariales, llevaron a cientos de miles de personas a migrar desde la España agrícola hacia Madrid, Euskadi y Catalunya y desde todo el país hacia Europa y otros destinos del mundo. En muchísimas ocasiones, a los “emigrantes” asentados los seguían familiares y amigos que se instalaron en Terrassa, Zurich o Buenos Aires, en unos casos con papeles y precontrato, en otros a la aventura.

En Democracia, las esperanzas depositadas en las necesarias reformas agraria, ganadera, industrial y pesquera fueron frustradas por las impuestas desde Europa, que condenaron a España a ser un país de servicios enfocados al turismo. La situación hizo que la generación mejor formada de su historia abandonara España en busca de mejores oportunidades y el reconocimiento que la patria les negaba. Una infame ministra llamó “movilidad exterior" a la realidad de la fuga de un talento muy apreciado y aprovechado en todo el mundo.

La sociedad crea condiciones que fuerzan a las personas a abandonar los lugares donde nacieron o donde se establecen, en su mayoría económicas y sus derivadas ideológicas, políticas y bélicas. El desplazamiento de personas suele ser conflictivo por el rechazo a los flujos migratorios en la comunidad receptora que ciertas ideologías promueven, por lo que el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece: “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”.

La palabra “emigrante” ha sufrido un acoso semántico que la ha arrastrado por el lodo de la connotación peyorativa hasta su uso exclusivo en el diccionario del rechazo, la marginación y el odio manejado e inculcado por la extrema derecha. Casi nadie utiliza las palabras “migrante” o “emigrante” si no es para señalar y culpabilizar a quienes vienen a hacer en España lo que los españoles hicieron y hacen en el extranjero. El DRAE define la palabra “migrar” como “Trasladarse desde el lugar en que se habita a otro diferente”.

Quienes son responsables de estos éxodos, por cuestiones económicas o ideológicas, utilizan palabras para enmascarar la realidad. En los lugares de origen, cuando vuelven los migrantes y su descendencia con motivo de las fiestas o cuando se alude a ellos, se utilizan, “con cariño”, los términos “comeorzas” o “rebañaorzas”. Esta Semana Santa se ha recurrido a una perífrasis para nombrar a indianos, exiliados, emigrantes y a sus descendientes que vuelven al pueblo a darse una vuelta por sus raíces y sus nostalgias.


Llaman “turismo de retorno” a gentes que ya no rebañan orzas porque la acogida que reciben es más material, menos familiar que hace unas décadas. Las familias del siglo XXI habitan viviendas que no permiten hacer apaños por unos días como antaño y tampoco las ganas de hacerlo son las mismas. A quienes visitan hoy sus raíces les rebañan los bolsillos hoteles, pisos turísticos y restaurantes. Si utilizan expresiones en lenguas europeas hallarán admiración, odio si es en euskera o catalán. Como para pensárselo el año que viene.

Pepe Morales

Saga Bond: Sean Connery (III), por Julián Valle Rivas

james bond goldfingerQue el Servicio Secreto Británico alcanzó, durante los estadios álgidos de la Guerra Fría, estratosféricas cotas en lo que popularmente se ha dado en llamar I+D+I, a la vanguardia de potencias como Estados Unidos o la Unión Soviética, lo prueba ese espectacular traje de buzo, capaz de mantener incólume, como la divina concepción de María, el esmoquin de James Bond, pajarita horizontal y clavel rojo resguardado en el bolsillo derecho de la alba chaqueta, masa y detonadores explosivos, tras una incursión en zona enemiga zambullido en el agua; la raya nivelada de un pelo secado y peinado al contacto con el aire nocturno y unos mocasines irredentos a las adversidades diarias de un agente secreto, que lo mismo valen para un chapuzón, una carrera de cien metros, una patada a la mandíbula o un salto de muro. Traje de buzo, no sería de recibo denostarlo, dotado de un sistema de camuflaje integral, conformado, innovación puntera de los sesenta, por una cresta de gaviota (o pajarraco hídrico por el estilo) que disimula la circulación subacuática del agente. Y es que de sobra es conocido que los pajarracos hídricos chapotean el agua de noche.


    La demanda del Agente 007 entre el público cinéfilo era insaciable. Broccoli y Saltzman no hacían remilgos a colmarla. Bastó un año y una degradación en la rigidez del flequillo de Connery para estrenar, en 1964, «James Bond contra Goldfinger». A fin de no detener la cadena de montaje, pese a que la preproducción la había adelantado Terence Young, se optó por un habitual del cine británico de banasta como el director Guy Hamilton, confiando en la continuidad del personaje con el guionista Richard Maibaum, quien contó ahora con el auxilio de Paul Dehn, y de las estructuras narrativa y visual con el editor Peter Hunt y el director de fotografía Ted Moore. La música era patrimonio de John Barry, acordada la novedad de incorporar letra al tema original de los créditos iniciales, a cargo de Leslie Bricusse y Anthony Newley, con la inconfundible voz de Shirley Bassey. En el reparto, repitió Bernard Lee, como M; Lois Maxwell, como Moneypenny; y Desmond Llewelyn, como Q (sigla definitiva que bautizaría la sección, o quizá fuera al revés). Entre la lista de bellezas, tendrían su protagonismo la deslumbrante Shirley Eaton, la resplandeciente Tania Mallet y la arrebatadora, espléndida e irresistible Honor Blackman, cuyo papel de mujer fuerte y determinante, amén de resquebrajar los cánones de la época, pudo enturbiarse por el juego de palabras del nombre: Pussy Galore.


    La trama, que deja en reposo los removidos argumentos de SPECTRA, se introduce con una misión ordinaria de James Bond, atomizada por la acción de ataque, la chica guapa, la emboscada y la sofisticada derrota del mercenario, que nada aporta al desarrollo, sino presentar la activa forma del Agente 007 y subirlo al avión con destino Miami. Entrando en materia, encontramos a Bond enfrascado en el disfrute de los placeres de la vida en un complejo hotelero de Miami Beach (ojito hoy a esa palmadita al culete de la masajista, quien abandona a nuestro héroe toda insatisfecha de atención británica), cuando le contacta Felix Leiter (Cec Linder), para trasladarle el mensaje de M: vigilar al empresario Auric Goldfinger (Gert Fröbe) e informar de su actividad. Pero Bond no puede evitar inmiscuirse en los trapicheos vacacionales de Goldfinger. Al desmantelar su trucada partida de cartas seduciendo a la hermosa cómplice (Jill Masterson —Shirley Eaton— delata la mano del oponente a través de un micrófono cuyo auricular Goldfinger camufla como sonotone), provocará la ira del vigilado, quien derramará su venganza sobre Jill, asesinándola mediante el estrambótico sistema de asfixia cutánea, al bañarla (literalmente) en oro. De vuelta en Londres, a Bond se le detalla la misión. Goldfinger es un renombrado joyero que lleva un tiempo realizando sospechosos movimientos de oro, lo que podría desestabilizar el equilibrio de las reservas internacionales. 007 deberá acercarse al objetivo y descubrir su plan. Para ello, la Sección Q le facilitará un Aston Martin DB5 «con mejoras»: ingenios antibalas, matrículas intercambiables, asiento eyectable del copiloto o geolocalizador. Recobra Bond, entonces, la táctica de ningunear y humillar a Goldfinger en un simpático partido de golf, en el que le presentará a su secuaz Oddjob (Harold Sakata), cuyo sombrero sería la envidia de cualquier carnicero o herrero, y que le permitirá seguirlo hasta una zona industrial donde averigua que traslada el oro convertido en la carrocería de su vehículo; aunque también se topará con Tilly Masterson (Tania Mallet), hermana de Jill, quien persigue a Goldfinger y que morirá víctima de un sombrerazo de Oddjob, cuando ambos son descubiertos. El malísimo Goldfinger reserva a 007 un artificioso y maquiavélico modo de ejecución marca de la casa, del cual Bond sólo puede librarse punzando la curiosidad de su captor con tres palabras: Operación Gran Slam, sintagma cazado al azar mientras acechaba a Goldfinger en un trato con un intermediario chino. Sin embargo, Goldfinger, ante un preocupado invitado asiático, no puede correr el riesgo, así que aturde a Bond y lo secuestra. Que al despertar lo primero que veamos sea el angelical rostro de Pussy Galore (Honor Blackman), sin duda, supone el más dulce de los sueños… La realidad sólo será privilegio del agente secreto británico. Galore resulta ser la jefa de un escuadrón de pilotos femeninas, engranaje imprescindible en los proyectos de Goldfinger. Retenido en su hacienda, precisamente, Bond acabará por enterarse del villanísimo plan: irradiar la reserva de oro depositada en Fort Knox, asalto que revalorizará su reserva privada. Para financiar su pérfido plan, Goldfinger ha estafado a varias familias delincuentes o mafiosas, con la añagaza de que su propósito es robar los lingotes y repartir los beneficios. 007 logra convencer a Galore, atrayéndola a su causa (y a otras partes) y liquida las malévolas aspiraciones de Goldfinger, junto con Oddjob (en una chispeante escena) y el propio Auric Goldfinger, durante un enfrentamiento aéreo que baquetea las leyes de la física. James Bond, por descontado, cerrará el metraje al calor romántico desprendido por Pussy Galore.


    En el catálogo de mis favoritas del periodo Connery, y de la saga, en general, «James Bond contra Goldfinger» implica un apabullante despliegue fotográfico, afanoso de color, que incorpora o consolida los que podrían considerarse los últimos elementos del fenómeno 007, como son los artilugios efectistas más repulidos, rutilantes de una admiración empedrada de deseo, y los malísimos de cartel más retorcidos, tratantes de una moralidad forjada de oropel. Lástima de esa secuencia postrimera, esa lucha entre Bond y Goldfinger en el avión pilotado por Galore. Cuando «Desde Rusia con amor» había esmerilado la pelea en el camarote del tren hasta exhalar una lustrosa corrección, aquí se me antoja una figuración chapucera, descoordinada y desproporcionada, que culmina en un sinsentido espeluznante, digno de opereta popular. De cualquier manera, incrementado en un cincuenta por ciento su presupuesto, la respuesta de los espectadores fue un éxito frenético, una recaudación global que superó el porcentaje presupuestario incrementado; sobrepasados, después, por la siguiente entrega.

Julián Valle Rivas

LAS MEJORAS A UNA INTERNA, por Alfonso Jiménez

"El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo". (Eduardo Galeano).

Hoy me han confirmado un caso desesperante. Sé que es totalmente cierto porque conozco a la persona que lo está sufriendo. Se trata de Lupe (nombre ficticio), una mujer boliviana que vino a España, hace años, con la ilusión de encontrar un trabajo que le permitiese ahorrar algún dinero para enviárselo a su familia muy necesitada de ayuda. Tras dar tumbos como limpiadora en diferentes sitios, recaló en un domicilio, cuyo caso relato a continuación.

Lupe encontró una familia que le ofreció un trabajo como cuidadora de un matrimonio de ancianos muy deteriorados en salud y movilidad. La familia contratante eran dos hijas que trabajaban y vivían lejos de sus ancianos padres y, por eso, Lupe debería atenderlos las 24 horas, por lo cual era inevitable trabajar como interna, laborando día y noche para los citados abuelos, ambos pensionistas que entre los dos cobraban un total de 1.600 euros mensuales, más sus pagas extras.

 

Con este presupuesto, las "buenas hijas" ofertaron a Lupe un sueldo mensual de 1.200 euros, cotizando a la S.Social por 4 horas(¡¡media jornada!!), con estas condiciones:

   1) Vivir como interna los 365 días del año, con horario laboral de 24 h
   2) Atender a la pareja en todas sus necesidades: levantarlos, asearlos, cambiar pañales, darles el desayuno y acomodarlos en sus sillones para ver la tele.
   3) A continuación, Lupe debe limpiar la casa, poner la lavadora, guisar y dar de comer a los ancianos y, por la tarde, sacarlos de paseo (al abuelo en un carrito) para airearlos.
   4) Vuelta a casa para la cena y acostarlos; dormir pendiente por si reclaman ayuda a media noche.
   5) Todo esto, repito, TODO EL AÑO, SIN VACACIONES NI DÍAS LIBRES.

 

Lupe aceptó sin dudarlo, puesto que le urgía enviar dinero a su familia, y así llevaba dos años agotada trabajando, pero hace poco que el anciano ha muerto y las "buenas hijas" han decidido modificar el contrato. A partir de ahora, el sueldo mensual será de 800 euros, pero con las mismas obligaciones y las mismas "generosas" condiciones: interna 24 horas, los 365 días del año, 4 horas cotizadas, sin vacaciones ni días libres.

 

Lupe está pensando en volver a su tierra. Está tan encadenada a su trabajo que algunos meses ni siquiera dispone de media hora para ir al locutorio a enviar el dinero a su familia. No puede seguir este régimen de esclavitud de por vida, pero sabe que, si ella se marcha, algunas compatriotas estarían dispuestas a cubrir su puesto quizás por menos dinero.

¿Hasta cuándo podrá resistir Lupe y otras muchas internas el plan de trabajo tan esclavo que todas sufren desde hace años? --comento yo ante unas conocidas.

Todas, NO --responde contrariada una de ellas-- Mi interna tiene una hora libre diaria. Sólo son 23.

Entonces, queda claro que vamos mejorando. Muy claro.

alfonjimenez.blogspot.com

 

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