Es un clásico, una tradición más de este país de tradiciones. El desfile de uniformes, mochilas y somnolencias que agitan las calles estos días, una vez devueltos en caliente los millones de guiris que hacen imposible alquilar o adquirir una vivienda, coincide con otros desfiles no menos llamativos en ciudades, pueblos, aldeas y pedanías. Septiembre es fin de vacaciones, inicio de curso y vuelta al tajo, pero es también, si el cambio climático lo permite y el facherío no lo niega, tiempo de cosechas, de labores agrícolas, de jornales y de jarana.
Los equinoccios marcan los biorritmos de la Humanidad desde la prehistoria por la relación entre la necesidad de alimentos y los ciclos vitales de la agricultura. En el Neolítico, las sociedades humanas dieron con la tecla del cultivo de la tierra y de la ganadería, lo que tuvo como efecto asentar la población en los territorios. Los pueblos primitivos relacionaron la agricultura con las estaciones y el clima, atribuyendo el fenómeno a fuerzas sobrenaturales personificadas en divinidades como Deméter, Ceres, Renenet, Shennong o Pachamama.
A lo largo de la Historia, en todo el mundo, los pueblos han celebrado fiestas en las fechas próximas a la siembra (equinoccio de primavera) y/o la cosecha (otoño): las ingcubhe del pueblo bantú en África, el alek pacu jawi en Indonesia, el Ochpaniztli en México, el Onam en la India, el Hōnen Matsuri en Japón o las fiestas de la vendimia en casi todo el mundo son ejemplos de tradiciones milenarias. Desde la Edad Media, el catolicismo se apropió de estas celebraciones, pasando a segundo plano el origen agrícola y ganadero de las mismas.
Hay en estas fechas una sucesión de fiestas en cualquier rincón donde desfilan diferentes tipos de postureos a ritmo de charanga, banda, orquesta o Dj. Ropa de domingo y faralaes, túnicas y mantillas, uniformes y casullas, ropa de marca y de mercadillo, mechas y gomina, cuerpos al natural o implantados… en una hoguera de las vanidades para gente de toda estofa. Encabezan los desfiles, alcaldesas y alcaldes, cargos políticos y políticos sin cargo con las promesas incumplidas, y autoridades religiosas y militares con uniformes de gala.
Son unas fiestas muy apropiadas para el pavoneo de pelagatos, pagafantas, abrazafarolas, bocachanclas, cantamañanas, meapilas y otras especies. Son fiestas propicias para el derroche público y privado, para dar rienda suelta a filias y fobias bajo deslumbrantes alumbrados que no dejan ver o deforman la realidad: los padres hacen malabares para pagar el importe desorbitado de las atracciones exigidas por la infancia, la juventud tira de botellón para estirar presupuesto y el gasto en casetas y barras quiebra cabezas y bolsillos.
El día grande, en la Misa Mayor, con vírgenes y santos por testigos, se ofrecen mitines en la homilía. Alcaldesas y alcaldes predican ante los medios que la Escuela Pública goza de inmejorable salud, que no se ha encarecido el comedor escolar un 20% en los dos últimos años, que han pagado el bono joven de alquiler, que la Sanidad Pública y la Dependencia andaluzas no están a la cola de España en gasto por habitante o que comienzan las obras del centro de salud o el hospital prometidos hace cuatro días a bombo, platillos y fanfarria.
Las fiestas patronales, con gran dificultad por la radical y feroz oposición conservadora, han logrado desprenderse de primitivas tradiciones como arrojar cabras desde los campanarios o descabezar aves tirando de sus pescuezos. Aún quedan tradiciones por erradicar, como la siembra de odio, las cien formas de torturar a los toros, el racismo, la xenofobia, la homofobia o las cien mil formas de agredir y matar a las mujeres. La vuelta al cole es una tradición, como la vuelta a la cruda y desilusionante realidad política y social de este país.
Pepe Morales
“Siempre hubo clases” es el aserto popular utilizado por quien lo pronuncia para marcar distancias respecto a conductas o estados de otras personas que no son bien vistas por la sociedad. Es frecuente rematarlo con “...y clases” al final para indicar que existen clases aceptables y otras que lo son menos o no lo son. La tendencia a diferenciarse de los demás es un rasgo de la convivencia entre seres humanos con raíces genéticas y un fortísimo componente cultural alimentado en Occidente por dosis de individualismo y maniqueísmo judeocristiano.
En otras latitudes, hoy y en otros tiempos, la distancia entre clases es insalvable, producto de un determinismo que hunde sus raíces en designios divinos o en el poder militar, como sucede con las castas en la India, los clanes y linajes africanos o los rangos en el shogunato japonés. En todo caso, clases, castas, clanes y rangos mayoritarios tienen en común la pobreza, el desdén social y la casi nula posibilidad de alterar esa realidad impuesta por la ideología que la produce y la reproduce. La ciudadanía desfavorecida tiene dos caminos: sumisión o lucha de clases.
La teoría de la lucha de clases surge de la constatación de un conflicto intrínseco a las sociedades donde la división del trabajo hace que existan clases sociales en distinta posición y que defienden intereses diferentes y contradictorios. Desde que la formuló Karl Marx, el capitalismo se ha afanado en demonizarla o negarla, hasta que Warren Buffet reconoció que “existe la lucha de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra; y vamos ganando”; es la clase, casta, clan o rango que expolia al resto de la sociedad.
Esta contradicción del capitalismo se traduce en el antagonismo entre la producción y la apropiación privada de la plusvalía extraída mediante la explotación del trabajador. En una sociedad organizada políticamente, el conflicto de intereses entre clases se convierte en conflicto político que actúa como “motor de la historia” produciendo cambios sociales. Todo progreso y retroceso político y social se debe a la lucha de clases: si hay lucha hay progreso; si decae hay retroceso. Las élites invierten ingentes sumas de dinero en anular la lucha de clases y a sus agentes.
Bajo cualquier excusa, venga o no a cuento, se escucha o se lee casi a diario, en los medios y las redes sociales, el mantra de que el empresario genera riqueza que beneficia al conjunto de la sociedad y que el Estado debe ponerse al servicio del mercado en exclusiva. El mensaje cala. Cuanta más incultura y analfabetismo posea el receptor, tanto mayor es la aceptación del mensaje. Es la mentira del sueño americano, mentira eficaz como un cuento de Disney: cualquiera puede llegar a la cima y ascender de clase y, si no lo hace, es porque no se esfuerza.
¿Se imaginan (hagan el esfuerzo, merece la pena) que unos 27 millones de españoles consiguieran alcanzar el sueño de hacerse millonarios como propone el catecismo neoliberal? Hay gurús e influencers que osan añadir que se puede conseguir a los treinta y pico años y retirarse del trabajo. ¿Imposible? No sean personas de poca fe, no pongan en duda el evangelio capitalista según Milei o Llados. Es imposible, sí, que la mitad de la población pueda pertenecer a una élite que, por definición, es una minoría selecta. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Para que exista una élite, tiene que haber clases medias y bajas muy numerosas que produzcan la riqueza que la élite amasa con la fruición propia de los yonquis del dinero, con un mono que siempre pide más y “obliga” a rebajar salarios, estirar horarios, ajustar plantillas con despidos, deslocalizar la producción y tributar en paraísos fiscales la parte del beneficio que no es dinero negro. Son sacrificios que acechan al emprendedor que “arriesga” su dinero haciendo del mundo un casino donde la banca siempre gana el dinero de la clase trabajadora.
Pepe Morales
Confesaron Broccoli y Saltzman, palabrita del Niñito Jesús, que Roger Moore siempre estuvo considerado en los primeros puestos (¡o en el primero, vive Dios!) de su lista de candidatos a Agente 007, James Bond, ya desde «Agente 007 contra el Doctor No» (1962), y luego para «007 al servicio secreto de su Majestad» (1969). Sin embargo, en plena preproducción, año 1972, todavía les rondaba las cabezotas la desquiciada idea de americanizar al personaje, pensando en un imponente físico como Burt Reynolds. Fue el resto del equipo técnico el que mantuvo la apuesta por la naturaleza británica del actor, que impregnaría al personaje. Así que, a la tercera, con la agenda despejada, un Roger Moore de cuarenta y cinco años, porte muy aparente, aceptó el puesto vacante. Aunque, en esencia, no había sido la primera vez que había interpretado al agente del MI6 creado por Ian Fleming.
«Mainly Millicent» era un programa de televisión, emitido por la ITV durante los años sesenta, que proponía escenas breves, normalmente cómicas, representaciones tipo «sketch». En el programa del 17 de julio de 1964, un Moore famosísimo por su serie «El Santo» (1962-1969) participó como estrella invitada en una de aquellas escenas de corte paródico y siete minutos de duración en la cual interpretó al agente James Bond… Muy graciosa y recomendable, para los curiosos.
De vuelta al año 1972, los productores revalidaron a Guy Hamilton, quien se había manifestado en extremo solvente en todo el apartado de organización, ajustando el presupuesto, y para las secuencias de acción (apostillaría yo que tendía a cortocircuitar en la fase del desenlace con resoluciones de descabellada inmensidad); y confiaron en el buen hacer de una nueva generación de guionistas para una nueva generación del personaje y una nueva década. Como sucediera con Hamilton, Tom Mankiewicz había convencido a los productores con sus retoques en «Diamantes para la eternidad» (1971), siendo consciente, ahora, con el movimiento de los Panteras Negras en estado álgido, de lo delicado de una temática en la que esta raza asumiría el protagonismo villano de la historia. No obstante, la corriente cinematográfica «blaxploitation» estaba de moda, y la saga no podía dejar pasar la oportunidad.
Que el guión se fue construyendo a trompicones lo prueba el hecho de que la primera secuencia de rodaje, la persecución en lanchas, ni se encontraba escrita el día del inicio. Allí, en medio de las marismas de Luisiana, se fue moldeando la espectacular escena de acción, que sufrió retrasos por la subida de las aguas y el cólico nefrítico de Moore. En idéntico orden, la secuencia del criadero de cocodrilos, con el que Mankiewicz se topó de casualidad (el cartel de advertencia era auténtico). El nombre de Kananga se lo brindó el criador, Ross Kananga, quien hizo de doble de Moore para la escena de los saltos sobre los lomos de los cocodrilos (a la quinta, y casi le cuesta un pie). Sí estuvieron todos de acuerdo, productores, director, guionista y actor, en no repetir el error cometido con Lazenby. La era Connery había terminado (y eso que Mankiewicz lo tentó una última vez, esbozándole el planteamiento general de la historia, que el escocés, a su golf y a su banco, rechazó con amabilidad). Moore era un actor sofisticado, seguro de sí mismo, capaz de lanzar frases lapidarias, dotadas de un matiz socarrón y truhanesco, con pasmosa y contundente destreza. Era un actor para un 007 diferente al encarnado por Connery, con su esencia, si bien delineado con otro grano de carboncillo. Se exageró, empero, al borrar la intervención de Desmond Llewelyn y el Martini con vodka. Se salvaguardaron, al menos, a Bernard Lee, como M, y a Lois Maxwell, como Moneypenny. En el capítulo del protagonismo femenino, el virginal rostro de Jane Seymour suplió con creces los atributos del personaje y el desparpajo de Gloria Hendry inauguró el elenco de amantes de raza negra del agente británico… ojo, con especial cuidado sobre los besos en pantalla. La música se encargó a George Martin, quien compuso temas musicales originales para el periodo Moore; la letra para los créditos la escribieron Paul y Linda McCartney, interpretada por el propio Paul McCartney y su grupo The Wings, que arranca con una bella balada para implosionar en una orgía lisérgica que le hurta la entidad. Geoffrey Holder, reconocido bailarín, asumió el papel del Barón Samedi y coreografió los variados bailes del largometraje. La producción contrató a especialistas negros asociados, que fue un progreso en la fecha, aunque aún deambuló por el plató algún que otro blanco embetunado, ante la mirada aviesa de Eddie Smith, quien, amén de especialista en el filme, presidía la asociación. Finalmente, Roger Moore, profesional sabedor de que debía pulir su cuerpo de acuerdo con las expectativas del personaje, sumó a sus treinta minutos diarios de natación otros tantos de ejercicios supletorios, exhibiéndose como un figurín en el estreno de «Vive y deja morir» en 1973.
Tres británicos vinculados al MI6 son asesinados en extrañas circunstancias. Un representante en la ONU, mediante una descarga sónica transmitida a través del auricular de traducción, que le fríe el cerebro; un agente en Nueva Orleans, apuñalado en medio de un desfile funerario (adviértase el prestidigitador sistema de recogida del cadáver); y otro en un ritual vudú en la isla de San Monique. El Servicio Secreto Británico se pone manos a la obra, razón por la cual M acude a casa de James Bond a primera hora de la mañana para asignarle la misión en persona. A tan intempestivas horas diurnas, Bond se encuentra adormecido entre los candorosos brazos de una agente italiana (Madeline Smith), quien lo ha acompañado hasta Londres tras su última misión en Roma, no fuera a desorientarse por el camino. Se esconde ésta en el ropero, mientras M plantea la nueva misión a 007. Todo apunta al representante de San Monique, Kananga (Yaphet Kotto), quien ya está siendo vigilado por Felix Leiter (David Hedison) en Nueva York; así que Bond cogerá el primer avión con este destino y participará en la vigilancia. Durante la improvisada reunión en el hogar del espía, aparece Moneypenny, para entregarle el reloj que acaba de reparar Q, facultado con una fuerza magnética insólita. Tiene tiempo 007, antes de partir, de despedirse como es debido de la agente italiana. Su llegada a Nueva York es presagiada por Solitaire (Jane Seymour), joven tarotista al servicio de Kananga, permitiendo a éste pergeñar un primer intento de asesinato del agente. Entretanto Bond se mantiene sobre la pista del particular modelo de vehículo que ha participado en la tentativa de crimen, que lo conduce (nunca mejor tecleado) hasta una tienda de artículos de vudú y demás parafernalia promocional, Kananga esquiva la vigilancia de la CIA valiéndose del innovador ingenio de una cinta magnetofónica grabada con uno de sus castristas discursos con efectos narcóticos (apláudase el bolamen de la CIA para colocar micrófonos en un edificio diplomático). Desde la tiendecita de artículos de coña, 007 sigue al coche investigado hasta un bar en pleno Harlem, barrio donde todos los neg… los residentes de colo… los afroamericanos parecen estar al servicio de Kananga, hasta el punto de que, por una modalidad de pared giratoria, Bond desaparece del bar ante la ataraxia de los parroquianos allí congregados. En la sala oculta, rodeada de sicarios, se halla Solitaire, quien profetiza un futuro sicalíptico con el agente británico, y se presentan el secuaz, mano de pinza, Tee Hee (Julius Harris) y el jefe del cotarro Mr. Big, una suerte de gánster mitad narcotraficante mitad proxeneta setentero, que encarga a sus lacayos que se lleven a Bond y lo maten. Entre chascarrillos socarrones (en verdad, Bond sabe que es el protagonista y no puede morir), los ejecutores designados guían al agente por uno de aquellos infectos y nauseabundos callejones neoyorquinos de la época, donde, con la asistencia imprevista del agente Strutter (Lon Satton), escapa por enésima vez de la muerte. Kananga regresa a San Monique y para allá que se marcha Bond, alojándose en un hotel, donde chamusca a una serpiente asesina y respeta cinco segundos de cortesía antes de seducir a Rosie Carver (Gloria Hendry), agente novata de la CIA asignada para colaborar con él. Directos hacia la mansión y tierras de Kananga, el trayecto en barco corre a cargo de Quarrel júnior (Roy Stewart) —el padre murió en la isla del Doctor No—, mientras que, durante el terrestre, Bond y Rosie tienen hueco en la misión para disfrutar de un pícnic en el que se revelará que Rosie es una agente doble a las órdenes de Kananga. Morirá huyendo al ser descubierta, víctima de una trampa pseudovudú. Procede, en este punto en el que la historia escora al caos, un arduo ejercicio de sumariedad. El caso es que Solitaire pierde sus poderes adivinatorios, al instante de perder su virginidad con 007 (recurre éste a una pícara treta de escasa caballerosidad). Procuran ambos escapar de las garras de Kananga, encontrando una plantación de amapolas y descuartizando un autobús por el camino. La acción se ha de trasladar ahora a Nueva Orleans, pero Bond y Solitaire son interceptados en el aeropuerto y sólo el agente británico logra zafarse usando una avioneta inoperativa para el vuelo. Poco le durará la libertad, pues, en la sucursal de Nueva Orleans del bar de Mr. Big, es secuestrado de nuevo. Entonces, se desenmascara (literalmente) el gánster, quien, en realidad, es Kananga, cuya máscara de látex despega a tropezones ante Bond (tampoco es que el careto de goma sorprenda); desenmascara a Solitaire, que ya no puede ocultar más el cese de sus habilidades; y desenmascara su retorcido plan maestro: regalar heroína a la población estadounidense hasta eliminar a la competencia y alcanzar niveles de adicción suficientes como para comenzar a venderla amparado por el estatus del monopolio. Transcurre, en este momento, el esperpéntico episodio del reiterado proyecto de ejecución de James Bond, localizado en un apartado criadero de cocodrilos, en lo más profundo de Luisiana, donde se camufla el laboratorio de drogas de Kananga. En este rinconcito austral, Tee Hee dejará a Bond a merced de los cocodrilos, de los que se librará en gimnástica maniobra fantasiosa, para dirigir, después, a los animales hasta el laboratorio e incendiarlo. La fuga fluvial en lanchas motoras de James Bond, perseguido por los esbirros, resulta ser una de las secuencias de acción más fantásticas del cine, únicamente empañada por la introducción del Sheriff Pepper (Clifton James), bochornoso personaje parodia del sureño más recalcitrante e ignominioso. De vuelta a San Monique, a fin de destruir los campos de amapolas y de rescatar a Solitaire, a las puertas del sacrificio vudú, Bond, armado con un pistolón kilométrico y patrocinado por un ataúd de serpientes, en apariencia, liquida hasta en dos ocasiones al Barón Samedi (Geoffrey Holder). Pese a lo cual, ah, Bond y Solitaire son atrapados en las entrañas subterráneas dispuestas para la distribución de la droga. Bien ataditos por Kananga para que la pareja sea devorada por los tiburones, 007 corta la soga con un uso serrador del reloj encubierto al espectador y finiquita a Kananga con una bala de aire comprimido de descacharrantes efectos sobre los seres humanos. El epílogo escenifica el viaje romántico en tren de Bond y Solitaire durante el que surge sin invitación Tee Hee. En una descarnada lucha en el interior del compartimento (cuyo diseño y desarrollo recuerda a la de «Desde Rusia con Amor» —1963—), Bond derrotará a Tee Hee, y los amantes continuarán plácidamente su viaje… O no, porque el Barón Samedi vive y ha subido al tren.
«Vive y deja morir» fue un éxito rotundo. El público acogió con agrado el nuevo estilo visual y cinematográfico del personaje. El precio a pagar, para mi gusto, sería un vuelco a la comedia de situación que ya ensayara Moore en «Mainly Millicent», con fuertes improvisaciones e incoherencias en la narración, despropósitos y dislates en el desarrollo de la historia y la impresión de un personaje que, fuera del chiste fácil, se antoja plano y escurridizo de emociones. A pesar de todo, el largometraje es un producto entretenido y resultón, cumple con su deber, y Roger Moore protagonizaría el (hoy) récord de siete títulos de la saga.
Julián Valle Rivas
Ver el mundo desde las alturas es algo que las mitologías reservan a los dioses. La mitología neoliberal concede ese privilegio a diablos como Jeff Bezos o Richard Branson, capaces de tocar el cielo escasos minutos con sus propias alas (como hiciera Ícaro para salir del laberinto), o a cualquiera capaz de pagar millones de dólares por el capricho a los citados diablos o a Elon Musk, Príncipe del Infierno neoliberal. Ver el mundo desde la estratosfera implica no tener los pies en el suelo y depender de unas frágiles, carísimas, alas producto del ingenio.
La visión del planeta tierra desde la estratosfera permite a estos diablos y dioses distinguir el mar de plástico de El Ejido, por ejemplo, para que se entienda, pero impide apreciar las realidades que pisan el desierto en el interior de los invernaderos. Una o dos, tres a lo sumo, de las personas que pisan la árida arena entre plantas y riego por goteo podrían plantearse pujar en la subasta para un viaje a las alturas con las alas de Bezos, Branson o Musk. Habrá otros Ícaros a la vuelta de la esquina, éstos sólo son los buitres de la capa de ozono.
El privilegio de estos emprendedores tiene un coste soportado por las miles de espaldas subsaharianas, magrebíes y de otras zonas desgraciadas que pisan desierto verde para producir riqueza la mitad del día que no pisan chabolas o pisos pateras que apenas dan sus salarios para pagar. Dédalo construyó las alas para salir del laberinto uniendo cientos de plumas caídas del cielo con cera. Ícaro, seducido por el vértigo de la novedad, subió más alto, hasta que, como advirtió su padre, la cercanía del sol derritió la cera y deshizo las alas. La caída fue épica y letal.
Los mitos perviven en la Historia gracias a la memoria colectiva popular, la transmisión oral y el legado de intelectuales de las artes y el pensamiento. De los mitos se apropian y aprovechan los poderes políticos, religiosos y económicos para hacer negocio con la fe y las creencias de los pueblos utilizando de forma sibilina los conceptos del tótem y del tabú. Nadie mejor para estas tareas que un sacerdote o un concejal, un obispo o un diputado, un Papa o un presidente. Y para casos de extrema rebeldía están su señoría, la policía y, en última instancia, lo militar.
El evangelio neoliberal tiene en monseñor Milei su radical predicador, tocado por la gracia trumpista que ilumina a Le Pen, a Orban, a Melloni, a Abascal o a la corrupta Ayuso. Han comprado los púlpitos mediáticos para mentir y difamar. De forma descarada compró Bezos The Washington Post y Musk la red social Twitter, ambos con su dinero, con dinero público los demás. El objetivo es manipular la realidad, polarizar con noticias falsas a la sociedad y predicar el evangelio neoliberal. Los mensajes calan en la sobremesa familiar y en la barra del bar.
Oirá usted como sagradas verdades que el emprendedor crea riqueza (no el trabajador), que la comparte con los demás, que nadar en la abundancia está al alcance de cualquiera, que hay que reducir el coste salarial, que los impuestos son un robo, que hay que hacer negocio con la Educación y la Sanidad, que regular los mercados es ir contra la Libertad, que especular con la vivienda y la comida es cosa natural, que es nociva la actividad sindical, que dañar el medio ambiente es progresar, que la mujer en la cocina “con la pata quebrá” y mil patrañas más.
El más cateto del pueblo tiene Audi, chalet, y apartamento con vistas al mar que disfruta las mínimas horas que no tiene que trabajar. Se conforma con las migajas de quienes dicen arriesgar su dinero en la aventura empresarial, los mismos que consideran al cateto un recurso humano de usar y tirar que se debe amortizar, los mismos que pueden pujar en la subasta de un viaje espacial, los mismos que desde las alturas no renuncian a añadir plumas a sus alas para acercarse al sol… El planeta es un basurero y el espacio, con esta gente, va camino de ser su sucursal.
Pepe Morales
Es un clásico que los niños escolarizados respondan en clase que la leche y los productos agroalimentarios salen del Mercadona. La proliferación de granjas escuela ha servido para que varias generaciones de escolares hayan visto, en vivo y en directo, el origen de lo que llena el frigo. Verter la leche de un tetrabrik en el vaso no es lo mismo que apretar la ubre de la vaca Antonia para liberar el chorro, y arrancar de la mata un tomate con olor a tomate es diferente a coger uno inodoro del lineal del súper con guantes. Tampoco saben igual.
La infancia es la época óptima para el aprendizaje (“los niños son esponjas”, se suele decir) y el medioambiente (conjunto de circunstancias que rodean a un ser vivo) el mejor manual docente. Durante milenios, la educación de la humanidad fue cosa, como se dice en África, de toda la tribu: un clásico. Durante los últimos siglos, la educación de la humanidad ha sido cosa de la tribu… y de gremios pedagógicos… y de gremios adoctrinadores: otro clásico. Desde mediados del siglo XX, la educación de la humanidad es cosa de…: un lío.
En el siglo XXI, la humanidad ha puesto la educación de la infancia y la juventud en manos de una tribu humanoide “superior”, adoradora del clásico dios único travestido ahora de Inteligencia Artificial. La especie parece más artificial y menos inteligente que nunca, pero las nuevas tecnologías siguen en manos de los mismos pedagogos y adoctrinadores de siempre al servicio del mismo poder de siempre con el control supremo sobre la información y el conocimiento, como siempre. Clásico gatopardismo: cambiar todo sin que nada cambie.
La paremia clásica “divide et impera” o “divide et vinces” (divide y vencerás) es atribuida a Julio César como estrategia de desgaste del rival y garantía para acceder y mantener el poder. Napoleón utilizó la fórmula con los países europeos y el imperio británico la aplicó con diferentes tribus de la India. Aún se sigue utilizando. El culto al ego y el culto al cuerpo son dos clásicos que potencian al máximo la división hasta el punto de lograr la atomización de la sociedad mediante el individualismo como fórmula eficaz para el control de las masas.
Estas generaciones, educadas en los púlpitos digitales por influencers ególatras y youtubers sin escrúpulos, vuelven a enarbolar las banderas ondeadas por sus padres, sus abuelos y sus tatarabuelos para reivindicar lo mismo como novedad. Y el mismo poder que amansó a sus ancestros la amansa con un teléfono inteligente que trasvasa sus bolsillos a Amazon, Mercadona, Glovo o Airbnb haciéndole un desprecio al recuerdo de la vaca Antonia y lo aprendido en la granja escuela. Actualizan el clásico ¡vivan las cadenas! a ¡viva Monsanto!
Es un clásico tóxico y viejuno lo de fumar, por mucho que se tire de narguile y vapeador. Es un clásico digno de olvido eso de castigar el hígado para aborregarse en el rebaño. Es un clásico rendir culto al acervo que traba el progreso hipotecando el futuro. Es un clásico lamentable pensar que leer es una pérdida de tiempo y el raciocinio un enemigo. Es un clásico masoquista aceptar el trabajo como estado natural del ser humano. Es un clásico lo de venir al mundo con una ciencia infusa de serie a la que nadie puede aportar nada nuevo.
Para clásicos, “Quadrophenia” de The Who: Jimmy, un “mod” que se mueve en Vespa y escucha música Mod, se enfrenta a los rockers vestidos de cuero que montan “chopper” y escuchan rock. Harto de sus padres y del trabajo, encuentra una salida en la música y las pastillas. Jimmy es arrestado, expulsado de su casa y se despide del trabajo gastando el finiquito en anfetaminas. Cuando descubre que su ídolo, "As de Oros", es un simple botones de hotel, le roba la Vespa y la lanza por un acantilado. Lo dicho: un clásico de la rebeldía.
Pepe Morales
La palabra cristianismo se aplica al conjunto de creencias y preceptos que constituyen la religión de Cristo. El término catolicismo alude a la comunidad y gremio universal de quienes viven en (de) la religión católica. Es la Real Academia de la Lengua Española, en su Diccionario, quien establece la sutil diferencia entre ambos conceptos. Los paréntesis son míos. Se podría interpretar como la dialéctica entre lo espiritual, lo metafísico, lo filosófico, y lo material, lo mundano, lo tangible, el yin y el yang o, en términos teosóficos más prosaicos y populistas, dios y el diablo.
En torno al mito de Jesús, Cristo o Jesucristo, se ha tejido un entramado narrativo que aúna elementos de la tradición oral del cuento popular con otros más próximos a la filosofía y la historiografía, disciplinas incipientes cuando, se dice, fue compuesto el Pentateuco, base del Antiguo Testamento, unos 1.450 años a. C. El cristianismo contaba con diversas variantes impregnadas de localismos socioculturales. Tras la muerte de Jesús, la Iglesia católica unificó las diferentes iglesias cristianas, contando hoy con 24 iglesias latinas u occidentales y 23 orientales.
La Iglesia Católica ha devenido, casi desde su fundación, en un emporio económico ya profetizado en el episodio del Becerro de Oro de la Biblia. El poder que otorga el dinero permite a sus detentadores esconder ciertos vicios, y delitos, detrás de las virtudes que presuntamente practican como garantía para alcanzar la Gloria. ¡Aleluya! Ese dinero la acerca al más terrenal de los poderes, el político, una posición a la que, una vez alcanzada, es muy difícil, casi imposible, renunciar. Apuntan ciertas ortodoxias a que se trata del triunfo del diablo.
La Iglesia Católica, muy avezada en intrigas palaciegas, ha logrado disponer de un cúmulo de privilegios vedados al resto de los mortales. En el reino de este mundo, no paga al César, como todo cristiano, tributos por bienes inmuebles (IBI), sucesiones, donaciones, transmisiones patrimoniales, sociedades, donativos y limosnas, tal y como concordaron el Estado español y la Santa Sede en 1979. Empresa insaciable, sus sucursales parroquiales compiten feroces entre ellas para captar bautizos, comuniones, bodas, entierros y sus ingresos en negro.
Se trata de una organización que rentabiliza sus alianzas ideológicas como nadie. A cambio de su apoyo militante a las políticas de las derechas, desde sus púlpitos sacros y mediáticos, ha mejorado la cuenta de resultados de su negocio inmobiliario desde que Aznar decidió regalarle el patrimonio español con la indecencia de unas inmatriculaciones que la ávida Conferencia Episcopal aceptó y se apresuró a ejecutar sin ningún tipo de pudor. La jerarquía católica es una estructura comercial diseñada para hacer lobby en todos los estamentos del poder.
Al margen de los dudosos negocios a los que se entrega el clero en cuerpo y alma, hay otras actividades, practicadas por un altísimo número de miembros de la clerecía, que se inscriben en el escabroso ámbito del pecado y el punible del delito. La misma opacidad con la que la Iglesia Católica protege sus dudosas maniobras financieras y contables es aplicada a la inconfesable y repugnante pederastia, fruto, sin duda, de esa sórdida práctica antinatura conocida como celibato. Tan delictiva como la pederastia es la actitud encubridora de la Jerarquía.
Frente al catolicismo, y a veces repudiado por papas, obispos y cardenales, brilla humilde el cristianismo, eso que practican diablos como el padre Ángel, los curas obreros, la HOAC o los teólogos de la liberación. Esta práctica religiosa no necesita cruzadas misioneras, como la realizada en Hinojosa del Duque o la prevista en Nueva Carteya, ni bolos adoctrinadores en colegios públicos como los del obispo Demetrio. Tampoco necesita la parafernalia populista del rancio pregón y el postureo del desfile procesional, basta con practicar la solidaridad y el amor al prójimo.
Pepe Morales
