Dirán que son enfermas, siempre se dice de las personas extremadamente violentas, de psicópatas capaces de organizar una matanza y asesinar a sangre fría a gente indefensa para echar una mañana de jueves o la tarde de un martes cualquiera. Tal vez caigan doce alumnos en un instituto, siete u ocho clientes en un hipermercado o 70.000 habitantes en tierras vecinas del infierno; da igual, la muerte es un espectáculo tan cotidiano que sólo remueve conciencias cuando los medios la envuelven en el celofán de la publicidad y la propaganda.
La violencia forma parte de casi todas las culturas y la neoliberal genera violencia estructural desde la desigualdad a la que es sometida la sociedad por la codicia extrema. La extrema pobreza genera violencia extrema y el capital la canaliza al señalar como culpables a personas vulnerables desde la imposición de un terrible pensamiento único. Los mercaderes del odio y de la violencia no son más que cobardes que arengan a otros, gente violenta con tremendo vacío neuronal, para que acosen, agredan y maten a las personas señaladas.
Cuando la irresponsabilidad política inventa problemas (y la insensatez mediática los magnifica) como la okupación de viviendas, la “invasión” de migrantes (gran reemplazo la llaman), la “paguita” a Menores Extranjeros No Acompañados, la discriminación de los hombres, las denuncias falsas por mujeres, la epidemia homosexual o la ineficacia de las vacunas, están señalando. Cuando los de Abascal, también los de Ayuso y Feijóo, señalan, se activan las pulsiones violentas que anidan latentes, acechantes, en distintas jaurías humanas.
Cuando las extremas derechas señalan, los “desokupas” amenazan con bates de béisbol a ancianas o familias vulnerables en nombre del sector de las alarmas y del mercado inmobiliario. Dan miedo estos enfermos que forman a las fuerzas de seguridad. También, activado el odio al extranjero pobre, arden asentamientos en Huelva o El Ejido, apalean sudacas y se aplaude el tiroteo en El Tarajal. Hay quien reza para que naufraguen pateras en el Mediterráneo o cayucos en el Atlántico y se aprovecha a la vez de los supervivientes para restaurar de facto el esclavismo soñado.
Cuando el machismo señala, por la Iglesia bendecido, cientos de mujeres son asesinadas por quienes se consideran sus dueños, gran parte de la sociedad se siente comprendida cuando se normalizan las hostias domésticas y salen las manadas empalmadas a la caza de carne joven y fresca para saciar una sexualidad deformada. El patrón volverá a ser jefe en la fábrica, la oficina, el comercio y en la cama, como dios manda, y utilizarán los machos el canal misógino de la Justicia para apretar el dogal machista sobre los cuellos de las mujeres.
Hay que estar muy enfermo para agredir (y matar) al grito de “maricón/bollera de mierda”, un grito habitual que niñatos y niñatas escuchan en el patio del colegio, en la sobremesa de casa, en las redes sociales y en alguna homilía. Hay que estar muy enfermo para señalar y proponer terapias curativas como si se tratara de un cáncer o una escoliosis, muy enfermo para señalar el pecado nefando (delito para la derecha radical) y encubrir la pederastia impune de sotana y seminario. A las restantes siglas de LGTBI+... más pecado… y más violencia.
La gravedad de los señalamientos radica en su capacidad para despertar a la bestia de la violencia en personas acosadas por el sistema neoliberal, que hoy se acercan con mucho peligro a una mayoría social. Es gente intelectualmente disfuncional, con la empatía castrada, orgullosa de su analfabetismo, que duda de la ciencia, rechaza las vacunas, no creen que la capa de ozono esté dañada y tiene el convencimiento de que la tierra es plana. Son personas con derecho a voto que sienten atracción por la violencia y no creen en la Democracia.
Pepe Morales
Aunque llevan una década y pico mostrando fauces y garras sin recato, el llamado “decreto ómnibus” ha servido para mejorar la vida de la gente y poner de manifiesto dos detalles al respecto del Partido Popular: eliminar dudas sobre la mediocre talla política del bluf Feijóo y certificar que las derechas radicales sólo defienden los intereses de las élites económicas y empresariales. Y también para mostrar la naturaleza mezquina, populista y manipuladora de la derecha radical y sus bulos y desinformación voceados por sus medios y redes sociales.
El NO del PP, Puigdemont y Vox al decreto en un par de días mutó a un SÍ del PP y Junts. De la mafia de Abascal no cabe esperar más que su deseo de acabar con el Estado del bienestar, socavar la Democracia y jalear la imposición de aranceles al mundo, también al campo y las empresas españolas, por la desgracia que gobierna en EE.UU. De no ser por la toxicidad informativa, el analfabetismo político y el académico, no habría explicación para el sindiós de Galicia, Madrid, Valencia, Andalucía o Extremadura que amenaza a toda España.
Cuesta pensar en pensionistas que votan a quienes congelan o impiden que se revaloricen sus pensiones, a quienes han hecho de su atención y sus cuidados un negocio rentable para concesionarias privadas y fondos buitre, a quienes acosan y persiguen a las personas migrantes que los pasean y acompañan por cuatro perras porque sus hijos e hijas priorizan, en ocasiones, la atención a sus mascotas. Cuesta trabajo, pero debe haberlos y haberlas cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.
Cuesta trabajo imaginar a mujeres cuyos votos alimentan al machismo y a la misoginia, al negacionismo de la violencia practicada por maltratadores y asesinos de mujeres, a quienes amparan a jueces y juezas que revictimizan a las víctimas femeninas, a quienes legislan para que las mujeres cobren menos por el mismo trabajo que los hombres, a quienes ríen la gracia a las manadas de imberbes violadores. Cuesta trabajo, pero debe haberlas, muchas, cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.
Se hace cuesta arriba pensar en personas trabajadoras que votan contra la dignidad de sus empleos, que prefieren a quienes están en contra de toda subida salarial, contra las horas extras voluntarias y remuneradas, contra los contratos y las condiciones que protegen a quienes acopian la riqueza siempre mal distribuida, contra la conciliación o la gestación sin penalizar con el despido preventivo. Cuesta trabajo, pero debe ser numerosa la especie cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.
Es inconcebible pensar que existan gais, lesbianas, transexuales y bisexuales que votan a ideologías que los señalan para que las jaurías los acosen y apaleen, a quienes siembran odio contra toda forma de diversidad afectiva y sexual que contradiga la Biblia, a quienes construyen armarios donde esconder lo que sus sucios ojos se niegan a ver, a quienes proponen terapias de reconversión sexual. Cuesta trabajo, pero debe haberles en cantidad cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.
Quién iba a imaginar que la ciudadanía votaría a quienes destrozan la Sanidad y la dejan en manos de empresas privadas de dudosa ética hipocrática, a quienes eliminan poco a poco la Escuela pública para engordar a empresas adoctrinadoras y chiringuitos que venden titulaciones y másteres, a quienes hacen de la Dependencia una suerte de corredor de la muerte donde muere gente sin ser valorada. Cuesta trabajo, pero debe haberlos y haberlas cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.
Pepe Morales
Eso que llaman Justicia y sus administradores dan vergüenza (a quien la tenga). Evocan al oidor feudal, al inquisidor y al sumarísimo togado militar. Creer en la Justicia es un acto de fe, dado que demasiadas actuaciones de jueces y órganos judiciales tienen el enfoque de un auto de fe. Por eso, la lectura de las sentencias es filtrada y se hace pública "para edificación de todos y también para inspirar miedo", como señaló el jurista Francisco Peña, en 1578, en un comentario al Manual del Inquisidor de Nicholas Eymerich, escrito en 1376.
Quienes hace apenas un lustro hablaban, rasgándose las vestiduras a cuenta del lawfare, de “democracia plena” obviaron las tropelías de la derecha del PP en el Poder Judicial y el “aguante” del PSOE esperando turno para las suyas. Es el panorama desde la transición: el bipartidismo turnista garantiza privilegios para ambos partidos y para las élites por ellos representadas, entre otros la impunidad. Con la venia de sus señorías, la Justicia se ha convertido en un lupanar donde corre el dinero y el tráfico de favores es moneda habitual.
Desde que la izquierda ha tocado poder, casi un siglo después, (aguantando covid, guerra en Ucrania y volcán de La Palma) la economía española lidera el crecimiento en la OCDE, el paro ha bajado al 10,6%, hay 21,8 millones de trabajadores, el SMI ha pasado de 707 € en 2017 a 1.134 € en 2025 y las élites económicas han multiplicado sus beneficios. En el mismo periodo, la izquierda ha sido perseguida política, policial y judicialmente (lawfare), con el concurso mediático y episcopal, como no se recuerda en España desde la dictadura.
Llaman la atención muchas actuaciones de la Justicia, desde el bloqueo inconstitucional del CGPJ hasta el indecente interrogatorio del juez Carretero, pasando por el acoso y derribo de Podemos, manifestaciones de las togas en plena calle contra el Gobierno Legítimo, pronunciamientos contra leyes concretas, insumisión torticera hacia esas leyes o exhibición de todo un catálogo de varas de medir que se puede ejemplificar con la actitud agresiva hacia el entorno familiar de Sánchez y contemplativa con el clan de los Ayuso. Lawfare.
La misma Justicia que incoa causas, a la velocidad del rayo, contra políticos de izquierdas, basadas en recortes de prensa, bulos y pruebas fabricadas por la cloaca política y policial, archiva, a la velocidad del rayo, las abiertas contra políticos de derechas. El bipartidismo lo sabe y juega con ello, disfrutando, cuando hay pruebas irrefutables, del beneficio de errores increíbles en la instrucción o calculadas dilaciones que abocan sus casos a la prescripción o al archivo, con hiriente descaro, sin atisbo alguno de vergüenza, con insolente impudicia.
La gravedad del desempeño antidemocrático de la Justicia supone de facto la ruptura de la división de poderes. Gravedad que no estriba tanto en que la derecha controle la Justicia (y ésta se deje) desde la puerta de atrás, sino en la evidencia de que sus señorías aplican su militancia ideológica, de manera pública, notoria y sostenida, a la hora de enjuiciar y dictar sentencias (lawfare). Son tan numerosos como peligrosos los ejemplos de jueces que no dudan en pronunciarse abiertamente contrarios a los poderes ejecutivo y legislativo de hoy.
El Poder Judicial, instalado en un trumpista populismo autoritario, se muestra sin tapujos, al igual que los medios de comunicación, como un organismo golpista que ha tomado el relevo del tradicional alzamiento militar que sigue siendo una amenaza latente para 26.000.000 de hijoputas. Las arengas antidemocráticas de Vox y del PP ayusista quedarían en nada sin la connivencia de la brigada togada, nutrida de una nómina de jueces y juezas –consulten la hemeroteca (*)–, que muestran con orgullo su deriva ultra y no dudan en practicar lawfare.
(*) Algunos ejemplos de lawfare, unos pocos, no todos.
Pepe Morales
El ineluctable correr del calendario acarreó el vencimiento del contrato de Roger Moore. Se habían producido cinco películas y la firma sería ahora por título. Se plantó el actor en la negativa, en parte, por una mera estrategia de presión (todavía estaba fresco el tumultuoso recuerdo de la gestión en la transición de Connery), en parte, por una natural decadencia física (cumplió los cincuenta y cinco años durante el rodaje), un cansancio y un temor al encasillamiento. Pero la recientísima compañía nacida de la fusión de Metro-Goldwyn-Mayer y United Artists, MGM/UA, no tenía la intención de arriesgarse en la saga con la introducción de un nuevo rostro para el papel protagonista. Y luego rumiaba escamón el neófito dimorfismo por el temita de esa versión apócrifa, anunciada sin reparo para aquel año de 1983, que proclamaba, con altavoz nefario, a los cuatro vientos la reaparición de Sean Connery como 007, cual contrincante reaparición de una estrella del deporte, y que merecía replica contundente, como la de Cervantes al felón de Avellaneda.
En cambio, Albert R. Broccoli se sentía encantando, porque la aparente inminencia de la renuncia de Moore le permitió reanudar su vieja (y cansina y descacharrante) aspiración de americanizar al personaje. Mientras se tanteaba (o tanteaba, por el qué dirán o evitar inoportunas molestias) al británico Michael Billington, quien había interpretado al amante de la mayor Anya Amasova (Barbara Bach) en «La espía que me amó» (1977), Broccoli agasajó al californiano James Brolin (padre del actor Josh Brolin). Apenas superados los cuarenta años, Brolin se había hecho un nombre en la industria en la década de los setenta, y a lo largo de dos semanas vivió en Londres apadrinado por Broccoli (restaurantes, peluqueros, sastres —los trajes los pagó el actor de su bolsillo, afirmó—), hasta el punto de que lo aconsejó al buscar residencia en la ciudad. Brolin, incluso, grabó pruebas de cámara. Una de ellas con Vijay Amritraj, afamado tenista indio que interpretaría al agente Vijay en la película. Para la prueba de interrelación con una actriz, se optó por reproducir la secuencia del encuentro entre James Bond y Tatiana Románova en la habitación de hotel de «Desde Rusia con amor» (1963). Se solicitó, así, la colaboración de otra conocida de la saga como Maud Adams, quien había intervenido en «El hombre de la pistola de oro» (1974). Irónicamente, Adams fue contratada para el papel principal femenino, y el proyecto Brolin fue frustrado, pues Roger Moore aceptó representar de nuevo en la gran pantalla al Agente 007, James Bond, en «Octopussy» (1983).
Del relato homónimo de Ian Fleming, el novelista George MacDonald Fraser, autor del primer guión, preservó el título (aunque preocupaba si sería censurado, por lo de «pussy») y la historia de Dexter Smythe, oficial militar reconvertido en padre de Octopussy, a quien Bond, con la misión de capturarlo y entregarlo a un consejo de guerra, le concede el honor del suicidio. Richard Maibaum y Michael G. Wilson retornaron a sus puestos de escritores para retocar el trabajo de MacDonald Fraser. De hecho, Wilson pudo producir la idea de la acrobacia aérea en el hangar, que descansaba en un cajón desde «Moonraker» (1979), editada para la escena introductoria. Para ello, se empleó un mini jet Acrostar Bede BD-5J y se rodó al estilo tradicional, el que mejor resiste el paso del tiempo, valiéndose de encuadres milimétricos, perspectivas de cámara, campos de visión y maquetas. Un hangar alejado decenas de metros, un segundo portón acercado otros tantos, un jet montado sobre un soporte en un coche sin techo, un escenario panorámico con un punto de vista secundario… Una obra maestra del clasicismo cinematográfico supervisada por el encargado de efectos John Richardson. Y es que, si algo sobresale en esta entrega de la saga, es la acción. El director John Glen, repitiendo responsabilidad, se apuntaló en la segunda unidad dirigida y fotografiada con mucha profesionalidad por Arthur Wooster, a quien se adjudicó el peso de la mayoría de las escenas de acción. Hubo de pasar Wooster, no obstante, un mal rato durante el rodaje, necesitando apartarse de la producción. Se rodaba la secuencia del tren en la que Bond se deslizaba por el lateral del vagón. Una distracción en el cambio de railes desvió la máquina hacia una zona no prevista cuando el especialista Martin Grace estaba agarrado al vagón. Nadie pareció percatarse o la situación no dio margen a la reacción, el caso es que Grace recibió un violento golpe que, entre otras lesiones, le fracturó la cadera y le desgajó parte del muslo. Sólo las agallas (y el milagro) hicieron que no se soltara hasta que el tren se detuvo. De haberle flaqueado las fuerzas, habría fallecido bajo el ferrocarril. Varios meses de hospitalización precisó Grace para recobrar la salud abatida por el accidente, tachado de celebridad, dadas las constantes visitas de Moore y Broccoli. En comparación, los quebraderos de cabeza de Glen para rodar sus escenas exteriores en la India, con el bochornoso calor y el descontrol de miles de personas que se congregaban colándose en plano a discreción (como el ciclista que se cruza durante la persecución en motocarros), se antojaban minucias de patio de colegio, gajes del oficio. Plausible la labor de Alan Hume en su segundo trabajo como director de fotografía de la saga. John Barry comprometió su agenda con la entrega y Tim Rice escribió la letra de la cumplidora canción de apertura para la voz de Rita Coolidge.
Respetado el luto por Bernard Lee, lo reemplazó en el papel de M Robert Brown, eterno secundario con antecedentes en la saga, al haber representado al almirante Hargreaves en «La espía que me amó». También se escenificó un relevo para Lois Maxwell, Moneypenny, con el acoplamiento de Michaela Clavell (hija del escritor James Clavell, cuya novela «Shōgun» ha tenido una muy recomendable adaptación televisiva en el año 2024), como la asistente Penelope Smallbone, que la veterana actriz no encajó del todo bien; al menos, hasta que supo que Clavell era la hija de una antigua amiga y compañera. Insustituible, a pesar de, Desmond Llewelyn, Q. Maud Adams coprotagonizó otra vez una película de la saga con una paisana sueca: Kristina Wayborn. Y Broccoli sugirió a su amigo Louis Jourdan un giro en su carrera con el protervo personaje Kamal Khan, asignando a un rostro tan inconfundible como el de Steven Berkoff, y a su ímpetu interpretativo, el papel del general Orlov.
Asalta el espectador a 007 en una de sus misiones liminares intrascendentes para la trama principal, que sólo le brinda el crédito de que a un tío de la planta de Roger Moore le sienta bien hasta un bigotito de pega a lo Clark Gable y que para un tío de la audacia de James Bond las acrobacias en un mini jet al filo de la muerte están al orden del día. Al meollo, el Agente 009 (Andy Bradford), disfrazado de payaso, huye de un circo en Berlín Oriental. Perseguido y ejecutado por unos gemelos lanzadores de cuchillos (David y Anthony Meyer), con su aliento definitivo, deposita a los pies del embajador británico (Patrick Barr) un huevo Fabergé, el cual se descubrirá falso. Convocado ante M y el Ministro de Defensa (Robert Brown y Geoffrey Keen), la misión de Bond será acudir, acompañado por el agregado cultural Jim Fanning (Douglas Wilmer), a la casa Sotheby’s de Londres, donde se subastará la verdadera joya, pues, en manos soviéticas, su venta podría suponer contraproducentes objetivos de financiación bélica durante la Guerra Fría. Sin embargo, en el ardor de la subasta, que Bond se encargará personalmente de atizar, llama la atención del Agente británico no el vendedor, sino el comprador, Kamal Khan (Louis Jourdan), un príncipe afgano exiliado en la India, y Magda (Kristina Wayborn), la bella mujer que lo asiste, quienes adquieren el Fabergé falso, tras la maniobra prestidigitadora de 007. En el ínterin, el consejo soviético discute su situación ante la OTAN con dos posturas encontradas: la representada por el general Gogol (Walter Gotell), partidario de mantener el «statu quo», y la defendida enérgicamente por Orlov (Steven Berkoff), quien aboga por presionar sobre las fronteras para expandir el poder militar soviético y que será contenido por la mayoría pacífica. Pronto, la trama ilumina a Orlov en el mercadeo de la falsificación de joyas soviéticas, por lo que el despiste del Fabergé puede ser un riesgo. Por su parte, James Bond, centrado en Khan, viaja hasta la India, donde, con la ayuda del agente nativo Vijay (Vijay Amritraj), consigue contactar con Khan y fastidiarlo lo suficiente como para que, a través de Magda, y una noche de seducción, le robe el huevo Fabergé, en el cual Q (Desmond Llewelyn) ha instalado un transmisor de localización y audio. Por supuesto que Khan previamente ha probado suerte con mandato expreso a su sicario Gobinda (Kabir Bedi) de asesinar a Bond, lo que, ya se sabe, equivale a apuesta ruinosa, aunque la ingenua pretensión ofrece una dinámica y disfrutona persecución en los simpáticos motocarros indios. De vuelta al amanecer amatorio de Bond y Magda, Gobinda lo deja inconsciente y lo secuestra. Despierta 007 como huésped forzado de Khan, atestiguando la visita de Orlov y enterándose, una vez que escapa de su habitación disolviendo el forjado del enrejado con una solución de ácido que Q le ha entregado disimulada en una pluma estilográfica, de los trapicheos joyeros que se traen Orlov y Khan. Se fuga, entonces, Bond del palacete donde había sido hecho prisionero y se evade, por los pelos, del cerco que, a modo de caza al hombre, ha montado Khan. Investigado el símbolo del octópodo con el que 007 se ha topado en varias ocasiones, llega el turno de presentarse en el palacio flotante de Octopussy (Maud Adams), donde Bond arriba camuflado en un batiscafo ataviado de cocodrilo (que tanto le puede valer como aquel pajarráco hídrico de la etapa Connery) y Octopussy dispone de un batallón de jóvenes y hermosas chicas desarraigadas. Allí, ella le confiesa que, pese a cooperar con Khan en el tráfico de joyas, ninguna inquina tiene frente al gobierno británico ni ningún otro gobierno, ni mucho menos frente a Bond. Al contrario, se siente en deuda con el Agente, puesto que, años atrás, concedió a su padre, el capitán corrupto Dexter Smythe, el privilegio del suicidio antes que afrontar un consejo de guerra; de ahí que el metraje introduzca una escena en la que Octopussy ordena a Khan no matar a Bond, haciéndole caso omiso, porque contratará a unos mercenarios para ello, en cuya panda destaca el armado con el estrambótico yoyó aserrador (William Derrick). Con los mercenarios acabarán Bond, Octopussy y sus chicas, no sin que antes la pareja se haya conocido más íntimamente y Octopussy haya pedido a Bond que la aguarde en su palacio hasta su regreso de un viaje. La cuestión es que 007, ignorante a ruegos, sale del palacio, se reúne con Q, quien permanece junto al cadáver de Vijay, víctima del mercenario del yoyó aserrador, y, de inmediato, marcha hasta Alemania Oriental donde Bond cree que Octopussy sostendrá su encuentro, utilizando uno de sus circos, aquél del que 009 obtuvo el Fabergé falso. Lo cierto es que el circo es la tapadera del Octopussy para el tráfico de joyas con Khan y Orlov; si bien, estos últimos aprovecharán la retirada de ella para suplir las joyas por una bomba. El plan malévolo resulta ser un ataque indiscriminado que confunda a la OTAN, facilitando los intereses de expansionismo militar de Orlov. En una larguísima secuencia ferroviaria, tensa y desesperada, con el Agente trotando, además, por las carreteras comarcales alemanas, haciendo autostop y hurtando un coche deportivo hallado muy a propósito, todo básicamente a contra reloj (pero 007 reservará unos minutos para completar su caracterización como payaso de circo, con zapatones, encalado de rostro y narizota carmesí), mueren los gemelos lanzadores de cuchillos y Orlov y la bomba queda desactivada, faltaría más. Aquí hay que admitir que el equipo de especialistas del largometraje se jugó el prestigio y la vida en las locuras aéreas (también en las ferroviarias). Así, 007 se encarama a un avión en vuelo para rescatar a Octopussy de las maliciosas garras de Khan y Gobinda. Ambos villanos mueren, por descontado (lástima del simplón antenazo o baquetazo que termina con Gobinda), M y Gogol concilian el estatus como caballeros y la pareja de Bond y Octopussy, bueno, despide el filme al modo acostumbrado.
Dentro del fluctuante o fluctuoso, siempre delicado, apartado de calidades en la saga, «Octopussy» otorga al espectador cada una de las premisas que caracterizan el producto. No será de los mejores largometrajes, pero entretiene y descuella en chascarrillos (marca registrada Moore) insertados con admirable ingenio, y en secuencias de acción que son grandiosas y se aventuran por la proyección y organización tradicionales, altamente realistas y tangibles, reconociendo el mérito de Alan Hume, John Richardson, Arthur Wooster y el nutrido equipo de especialistas; doble mérito para Hume, por su estupenda fotografía. El revés o decepción del filme radica en el hilo argumental y en el desarrollo narrativo y armazón general del guión. La historia desorienta por momentos y desconcierta al espectador (por ejemplo, las órdenes de Bond son desenmascarar al vendedor del Fabergé y, sin más, la trama se fija en el comprador), a veces, parece que adolece de alguna pieza de engranaje. Asimismo, en su virtud tropieza esa evidencia de la figura de los especialistas ante la cámara, que trastoca al ojo, y esa arbitraria y surrealista (¡de la nada se materializa de repente una barra de trapecista!, ¡ese globo aerostático, voto a bríos!) composición de la pelea final del batallón de Octopussy, que remata la inexperiencia de las actrices… Fallos que minan, sin descuartizar, la ambición del producto, rebajándolo.
En la pugna espuria, grimosa de morbosidad, «Octopussy» logró mayor recaudación que aquella versión bastarda, consolidando y confirmando la legitimidad en el trono, la pureza de sangre, del único y verdadero rey.
Julián Valle Rivas
Alguien se puede sentir desgraciado si le hacen el vacío y despreciado si es ignorado como si no existiera. Son estados de ánimo más habituales de lo deseable en la sociedad y no todas las personas tienen herramientas para encajarlos bien y minimizar su impacto en la salud mental. En ocasiones, es necesaria la intervención de algún especialista para evitar un deterioro que pueda derivar en conductas lesivas para el individuo que lo sufre o para su entorno social. Algo que es perjudicial a nivel individual suele serlo también a nivel colectivo.
Alguien se puede sentir indignado cuando, en lugar de ser ignorado, percibe de algún modo hostilidad hacia su persona, lo que en lenguaje coloquial se conoce como ir a por él. Esta situación suele derivar en actitudes de autodefensa, pacíficas la mayoría de las veces, pero no es extraño que la persona afectada decida pasar al contraataque llevada por la furia si lo interpreta como una agresión. Si la percepción es colectiva, el agravio puede desembocar en reacciones que escapen al control individual y colectivo, como los altercados públicos.
Andalucía cuenta con un pueblo manso, adocenado, indolente, inmune en apariencia al desprecio y el maltrato, en ocasiones propenso al masoquismo, capaz de procesionar a sus verdugos. Este pueblo gregario, hoy, es mayoría, como refleja la composición de muchas diputaciones y ayuntamientos. Andalucía, Granada y Lucena son ejemplos de sumisión que aguantan los embates azotadores de Moreno Bonilla y del PP adheridos a la roca como percebes que sólo esperan ser separados de ella para servir como alimento en el banquete.
La historia reciente de Andalucía muestra cómo ha sido tradición de los gobiernos centrales hacerle el vacío, ignorarla, unos por estar gobernada por el partido rival y los otros por considerar que “los suyos” nunca irían más allá del sentimiento de desgracia y desprecio. Es lamentable que a Andalucía la siga reconociendo la madre que la parió por sus seculares andrajos y su perenne escualidez. En el sentido más peyorativo de las palabras, esta tierra sigue siendo analfabeta y jornalera, de señorío de casino, beatería y postureo.
Andaluces y andaluzas decidieron acabar con gobiernos autónomos socialistas de cartón piedra que nunca condujeron a algo diferente de lo que los borbones y el dictador Franco dieron a esta tierra. Se votó a las derechas y se produjo el cambio (de señorito, que no de situación). Seis años han bastado para que bajo la zalea asome sus orejas y sus fauces el lobo, para que la zorra haga su agosto en el gallinero, para que terratenientes y aristócratas vean ampliados sus privilegios y el pueblo agudizada su miseria y frustrada su esperanza.
Moreno Bonilla va a por Andalucía, a por la inmensa mayoría de los andaluces, con una hostilidad inaudita hacia lo público hasta el punto de obrar el milagro de hacer buena la nefasta gestión de Borbolla, Chaves, Griñán y Susana. “Virgencita, que me quede como estoy” es el consejo ignorado en las urnas hace seis años que ahora se echa de menos. El agresivo “¡A por ellos, oé!”, popularizado por las derechas en contra de Catalunya, es en contra de lo público, de una ciudadanía forzada a pasar de la resignación a la indignación.
A Andalucía le están quitando la Sanidad, la Educación, la Dependencia y una multitud de servicios públicos para engordar la cuenta de resultados de empresas privadas. A Lucena le han quitado el comprometido Hospital de Alta Resolución con la complicidad del alcalde y el voto de los lucentinos. A Granada le han quitado la gestión de la Alhambra, el Parque de las Ciencias y Sierra Nevada y le han extirpado la Escuela Andaluza de Salud Pública y otros organismos con la complicidad de la alcaldesa y el voto de los granadinos. El PP va a por ti.
Pepe Morales
Leo en la prensa «Los productores alertan que la inesperada bajada del precio del aceite convierte en inviables algunos cultivos» debido a que «...el valor del aceite en origen se desploma alrededor de los 4 €/kilo…». Me pierdo en la economía y sus fundamentos, ya saben, aquello de que si llueve, si no llueve, si sale el sol, si nieva, si hace frío, si hace calor, si sopla el viento, si no sopla… son factores que explican las subidas en la factura de la luz. Si a los factores ambientales se suman los geopolíticos, entonces apaga y vámonos.
Algo similar ocurre con el aceite de oliva. Entre 2019 y 2020, el precio oscilaba entre los 3 y los 4 €/litro. Desde 2021, ha experimentado una subida del 204,8%, hasta superar la barrera de los 9 €/litro en 2024. Las causas, ya saben: lluvia, sequía, frío, calor, covid, volcán de La Palma, Ucrania, Gaza y un mal resultado en Eurovisión. Para explicarlo, amén de expertos en economía de la especulación, hay numerosas organizaciones agroalimentarias que velan por el interés, no tanto de los productores y los consumidores como de los intermediarios.
De pronto, da la impresión de que la viabilidad del olivar, como la de sectores estratégicos tipo energía o vivienda, debe rentar lo suficiente para que algunos tengan casoplón en la costa, Lamborghini en la puerta y, ¿por qué no?, un viaje espacial en cohete de Elon Musk pagado en bitcoin. Volver a los precios de hace 3 (tres) años es inasumible para quienes se han forrado durante este tiempo sin escrúpulos ni pudor mientras los sufridos consumidores aportaban de su bolsillo para el viaje galáctico renunciando a veces a la dieta mediterránea.
El kilo de aceituna en almazara se pagaba al agricultor a 0,50 € en 2020 y a 1,60 en 2024. El jornal de los aceituneros era de 54,50 € en 2020 y de 59,04 en 2024. Tal parece que el productor y el jornalero no podrán viajar al espacio. Resulta muy complicado conocer los márgenes con los que juega el intermediario, ya que cuenta con la ingeniería financiera para borrar las huellas que el dinero deja en el camino y con un aparato de propaganda capaz de convencer al consumidor de que toda escalada de los precios es poca y mucho el sacrificio.
Llora el productor y se resigna el peón cuando la botella de litro de aceite posa coqueta en el súper con alarma en el gollete y la etiqueta del precio apuntando a la estratosfera. Al intermediario que copa la distribución alimentaria, ni le tiembla el pulso para especular con los precios a su capricho ni duda a la hora de colar en el tique de caja la rebaja del IVA. Despreciando el producto local, ofrece naranja israelí, banana ecuatoriana, aceite italiano y tomate marroquí. Este intermediario blanquea su codicia haciendo populistas donaciones.
Ni unos ni otros escuchan el quejío de las raíces de decenas de miles de olivos arrancados en beneficio de unos huertos solares más rentables para empresas y fondos buitre que los milenarios troncos retorcidos, paisaje patrimonial de Andalucía y sustento de su gente. En la Andalucía tercermundista, grandes terratenientes e inversores exprimen sus recursos, se apropian de su riqueza y reparten la miseria con el decidido apoyo de bipartidismo, medios de comunicación y una Justicia parcial cuando del interés de las grandes fortunas se trata.
Desertores del verdeo, el ordeño, la vara, la cisca, el fardo y la zaranda, andaluces de Jaén, Córdoba, Granada, Málaga y Sevilla, aceituneros altivos, no preguntéis de quién son los olivos. Sus amos juegan en el casino donde os exprime la hostelería, donde especulan con la vivienda los casatenientes, donde migran las fortunas a paraísos fiscales. Son gente a la que el PP baja los impuestos, la clase que puede pagar una sanidad privada, parásitos que esquilman los acuíferos de esta tierra, meapilas paganos que rezando redimen sus delitos.
Pepe Morales
