Virtud pública, vicio privado, por Pepe Morales

virtudes publicas vicios privadosLa sociedad la construyen las personas. Sin embargo, la mayoría de ellas achacan algunas señas de identidad de la comunidad de la que forman parte poco menos que a la voluntad ineludible de un demiurgo descerebrado. Pero no, la sociedad refleja, para bien y para mal, la idiosincrasia de las personas que la conforman, por mucho que se eche mano del gesto exculpatorio de Pilatos o de un infantil “Yo no he sido” cuando algo no cuadra o acaece alguno de los despropósitos que habitualmente tienen lugar con contumacia perseverante.


El personal escurre el bulto de la responsabilidad ante actitudes de las que se avergüenza y despotrica en público pero que práctica y presume de ellas en privado: “es inadmisible que otros hagan lo que yo haría si pudiera sin que trascendiera, sin que nadie lo supiera”. Este sencillo mantra opera con eficacia en el imaginario colectivo y explica muchas cosas de las que suceden en España y el mundo desde un punto de vista individualista absolutamente hipócrita. Se justifica apelando a él como un presunto valor universal: “Tú harías lo mismo”.


Lo público y lo privado forman parte de la esquizofrenia que afecta a la sociedad burguesa desde el final de la Edad Media sin tratamiento paliativo que minimice sus efectos. La cosa se agrava cuando se potencia como valor de convivencia el individualismo. “Res publica” es una locución latina que significa "cosa pública", referida al ámbito social, y es el origen etimológico de la palabra "república", quedando su uso vinculado a conceptos como “bien público”, “bien común” y, por extensión, “Estado”. También es la forma de gobierno de las naciones que han logrado liberarse de la rémora medievalizante en su estructura social.


Es habitual que la corrupción sea señalada, criticada, detestada, repudiada y rechazada por la mayoría de una sociedad donde proliferan quienes compran y venden sin IVA, se saltan las listas de espera para operarse por una mediación familiar o de amistad, trampean para elegir colegio o despilfarran agua en tiempos de sequía. Estas mayorías tiran de tópicos para justificarse y uno de los más usuales, “Quien roba a un ladrón…”, identifica Estado (lo público) y partidos políticos (lo privado) que, sin embargo, son votados de forma mayoritaria.


Inducido por los medios y la confrontación parlamentaria a olvidar o ignorar para qué debieran servir los votos, el personal abdica de sus deberes como paso previo a renunciar a sus derechos. “Todos son iguales”, “Y tú más” o “Sólo van a llenarse el bolsillo” operan como bastardos axiomas que la ciudadanía repite como un coro de autómatas, negando la posibilidad de la ética a personas que realmente se ocupan y preocupan de la “res pública”, del Estado, sin más pretensiones que intentar la mejora del “bien público”, del “bien común”.


Una sociedad refleja cómo piensa, cómo actúa la media de sus individuos en lo privado y en lo público. Pero el pensamiento y las conductas son susceptibles de moldeado utilizando técnicas descritas por la psicología y la sociología, por la publicidad y la propaganda, algo constatable cualquier día en cualquier hogar, calle o red social. Una minoría dedica tiempo y recursos a manipular el lenguaje y sustituye el concepto Estado (la res pública) por la etiqueta “Patria" porque el bien común va en contra de sus propios interéses privados.


Que los trabajadores voten a quienes se oponen a la dignidad laboral, que el colectivo LGTBI vote partidos homófobos, los emigrantes a racistas, las mujeres a machistas, los pensionistas a liquidadores de pensiones y las personas enfermas a quienes privatizan la sanidad es peccata minuta, algo previsible en una sociedad capaz de votar a quienes decretaron 7.291 sentencias de muerte en Madrid o facilitaron el ahogamiento de 227 en Valencia. Es la misma sociedad que jalea al genocida de Israel o al psicópata de EE.UU.

Pepe Morales

El mejor tesoro, por Juan Priego

amistadLa escritura es maravillosa y es la mejor manera para exponer nuestras reflexiones y dárselas a conocer a nuestros amigos y amigas. “Mis amigos son para mí el mejor tesoro”. Esta frase la firmaría la inmensa mayoría de las personas que yo conozco y por supuesto, todas aquellas a las que yo considero mis amigas y amigos, que por suerte son bastantes.


Lo aprendí de muy joven por propia experiencia, cuando tuve la inmensa fortuna de emigrar con dieciocho años para Alemania (aunque aún no me lo podía imaginar). Iba acompañado de mi familia y apenado por dejar atrás la vida propia de un joven de esa edad, recién fichado por un equipo de futbol de tercera división en Córdoba, que tocaba la bandurria en una rondalla y que tenía un “Pickup” con el que organizaba bonitos bailes cada semana en aquellos patios de vecinos del barrio propio y de los barrios vecinos.


A eso le sumas el que había terminado con mucho éxito un curso de aprendizaje en una gran fábrica, donde tenía ya un puesto fijo de por vida y donde se han jubilado la inmensa mayoría de los que fueron mis compañeros y amigos. ¡Y también que ya tenía novia formal!


Desde entonces no he parado de pensar en mis amigos y las experiencias sin fin vividas con ellas y ellos. Siempre fueron positivas y siempre guardé los mejores recuerdos y, además, cada día que pasa me alegro más de haberlas escrito y publicado para compartirlas con todo el que lo desee.


Ahora (A la vejez viruelas) tengo un dilema, que no es que sea muy normal, pero todos los dilemas cuando surgen han de resolverse para que no pasen a problemas y este además puede ser hasta gracioso y es la razón de esta jocosa reflexión:


Llevo casi veinte años practicando la natación en una piscina pública y desde aquel primer día, todas y todos estamos obligados a llevar un gorro para meternos en el agua y a nadie se le ocurría siquiera, saltarse esa norma sanitaria, porque está super demostrado que es buena y saludable.


Hace cincuenta años que tengo una parcela con su piscina y su depuradora (que curiosamente aún funciona) y lo que más me agrada es que mis amigos vengan y comprobar cuanto nos divertimos cada vez que vienen. Pero curiosamente, a ninguno/a se nos ocurre ponernos el gorro cuando nos metemos en una piscina particular.


Este verano pasado por diversos motivos, era la primera vez que venían, para darme una sorpresa por mi pasado cumpleaños de los 81. ¡Y vaya bonita sorpresa que me dieron y vaya un día tan maravilloso que pasamos juntos! ¡Sencillamente inolvidable!


Pero se dio la circunstancia que al día siguiente no iba bien la depuradora (cada año le limpio el filtro más frecuentemente a la anciana depuradora), y cuando le quité el filtro para limpiarlo me quedé con la boca abierta: ¡Estaba lleno de pelos! Le hice una foto y pensé: ¿qué hago? ¿Como lo hago?... ¡He ahí el dilema!


Supongo que este dilema lo tendrá hoy en día mucha gente sencilla y trabajadora, que tiene una parcela en alguna de las muchas urbanizaciones de Córdoba y provincia y que tiene su piscina y su depuradora que mantener en estos terribles veranos de Andalucía. Bueno, esto que fue más o menos posible para muchos trabajadores hace cincuenta años, se está volviendo cada día que pasa más imposible y si seguimos así, pronto volverá a ser un privilegio solo
para los de siempre. Mientras tanto, ojalá que esta reflexión les ayude a otros con esto del gorro en las piscinas particulares.


Todo se soluciona reflexionando y comunicando, la escritura es algo maravilloso y los amigos aún más maravillosos y siempre se puede confiar en ell@s. Estos versos van dedicados a mis queridos amigos y amigas:


El tener un buen amigo
es ser muy afortunado,
y si hay un enemigo
mejor si no lo has buscado.


Puede haber algún motivo
que no dependa de uno,
sólo tienes que estar vivo
para que te salga alguno.


La Amistad me hace pensar
es algo que me fascina
yo la quisiera gozar
¡Es la mejor medicina!


Pero lo que más importa,
lo que vale es la conciencia.
La que al fin te reconforta,
la que sirve de experiencia.


La Amistad da fortaleza
da confianza y da calma
porque es señal de nobleza
¡Porque te sale del alma!


Pero es también como el vino
su evolución es compleja
es un tesoro divino
vale más, cuanto más vieja.

Un amigo es una mina
el sentimiento más sano,
su valor nunca termina…
¡Siempre lo tienes a mano!
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Juan Priego
abril 2025

Adiós a los cristos y hola a las vírgenes, por Pepe Morales

semana santaCon la vía pública pringada por la cera, los tímpanos perforados por cornetas y tambores, el sentido alterado por el incienso inhalado, el estómago estragado por la ingesta de fritanga repostera, el bolsillo tocado por los imprevistos, el sueño trastornado por los trasnoches y los madrugones, un jersey quemado por la vela de un penitente y la razón pidiendo auxilio, por fin se atisba luz al final del fervoroso túnel de la Pasión y el Mayor Dolor. A pesar de los orígenes milenarios que se le adjudican a la Semana Santa, no hay mal que cien años dure.

Las tradiciones parecen construidas en torno a la repetición exacerbada y ciega de tópicos, clichés, estereotipos y trivialidades que producen en el pueblo un subidón de adrenalina con efectos equiparables, en algunos casos, a los del consumo de sustancias psicotrópicas. La sociología da cuenta del sutil idilio entre tradición y actualidad, encajes y tatuajes, saetas y reguetón o sangre de Cristo y botellón. La psicología intenta explicar muchos arrebatos y los más complejos la psiquiatría. La antropología es harina de otro costal que se debe explorar.

Tronos forrados con pan de oro, mantos y palios bordados con metales preciosos, cabezas coronadas de oro, plata en varales, medallones y varas de mando, la candelería de bronce, piedras preciosas en cuellos y manos. Miles de pasos imitan al Becerro de Oro con más de 60.000 € encima, en nombre del dios de los pobres, los menesterosos y los necesitados. Y en torno a la tradición emergen negocios de los mercaderes dentro y fuera de los templos al punto de que el perdón de los pecados y la salvación cotizan al alza en el parqué celestial.

De Finisterre al Cabo de Gata, de Ayamonte a Portbou, de La Fregeneda a Denia, de Tarifa a Hondarribia, no hay ciudad, pueblo y aldea que no haya paseado al cristo más milagrero y a la virgen más guapa de España. No hay aldea, pueblo o ciudad que no haya vivido las emociones más fuertes (“No se pueden explicar … Hay que vivirlas”) de España. En todo el país han llorando los hombres y suspirado las mujeres en éxtasis místico al salir y al entrar las imágenes en los templos con corales manifestaciones henchidas de fervor y sentimiento.

Se han celebrado más de 7.000 Semanas Santas en España, en la vaciada también, todas ellas las mejores, las más atávicas y auténticas de todas. Los fieles se han disfrazado de costaleros, santeros, mantillas o penitentes, con sus medallas, su velas, sus cruces de guía y sus estandartes cofrades para desfilar el día que simulan ser más creyentes. Los infieles cambiaron el chándal y los últimos tributos a la moda por sus mejores galas domingueras y las deportivas ofrecieron el pie al potro de tortura del zapato de estreno y el tacón de aguja.

Entre los tópicos más repetidos por quienes tratan de justificar el dispendio de caudales públicos al lobby de católicos y cofrades (interpretando de forma torticera el artículo 16 de la Constitución), están, ¡cómo no!, la tradición, la cultura, el negocio –el dineral que mueve el espectáculo– y la creación de empleo. Denle a la ciudadanía unos días de vacaciones, bajo cualquier pretexto, y habrá gasto compulsivo y creación de empleo, precario y temporal, en torno a la hostelería. La Iglesia, adueñándose del ocio, ha montado este rentable negocio.

Muertos y resucitados, los cristos son relevados por sus madres para llenar aldeas, pueblos y ciudades con más procesiones, ahora en un tono festivo, pues festiva era la celebración de las labores agrícolas que hace más de dos milenios celebraban en primavera los pueblos mirando al cielo para pedir buen trato a los cuatro elementos. Y de celebración deben estar las élites episcopales, políticas y financieras urbi et orbi por la muerte del papa Francisco, “representante del maligno en la tierra”, que dice Milei porque “la justicia social es un robo”.

Pepe Morales

Cuando un juez parece un sinvergüenza, por Juan Priego

juez justiciaDías pasados escuchaba en TV al juez Peinado haciendo unas declaraciones sobre el caso de la esposa del presidente del Gobierno, en las que decía que los ciudadanos estamos equivocados, que un juez no administra justicia sino que, solamente aplica las leyes.


Lo que se le olvidó decir es que, parece que demasiados jueces tienen dos cajones diferentes y abren uno para juzgar a los poderosos y afines y el otro cuando se trata de juzgar a los “roba gallinas” y enemigos ideológicos. Creo que cuando un juez es un sinvergüenza, es más sinvergüenza que nadie y se convierte sencillamente en una figura patética, en alguien repelente y abyecto.


Si, porque ese mismo honorable legado que los jueces, se han otorgado a sí mismos y con el que nos han hecho comulgar a los demás mortales, les sitúa en un pedestal tan alto, que estar ahí no es fácil y cuando uno se cae, la hostia es monumental y muy escandalosa.


Claro que, si nos remitimos a los hechos, ese juez que nunca mereció estar en ese pedestal, se irá sin pena ni gloria, dejando a los que le han defendido, ahogándose en sus propias miserias…


Ya hemos podido contemplar la magistral caricatura que el Gran Wyoming nos mostraba en un reciente y atrevido programa de humor de La Sexta, donde un artista clavaba su patética y bochornosa figura ante toda España, para la vergüenza del Poder Judicial, que ha permitido que el juez Peinado pudiera caer tan bajo, deshonrando así a La Magistratura.

Alguien que rige el destino de los demás cuando se equivocan, no tiene derecho a ser tan vil y tan canalla y prevaricar se queda ya, a la altura de una vulgar zapatilla…

Esto es lo que provoca ese personajillo qué, cuando aparece en TV siempre va mirando hacia atrás, quizás temeroso de su propia actuación como juez desde que fue condenado (según ha publicado recientemente Elplural.com en exclusiva), a pagar 75.336 euros a una constructora por realizar obras en su chalet de lujo, que figura en el Catastro como un almacén...


Uno en su inocencia, se pregunta continuamente cómo no aparecen estos hechos en los telediarios de todas las cadenas de TV, por las mañanas, por la tarde y por la noche y cómo es posible que todos los partidos del gobierno progresista no presenten querellas por todas las actuaciones judiciales que les parecen prevaricadoras…

 

Y se sigue preguntando: ¿No será, que la respuesta apesta? Cualquier persona normal, cuando investiga, analiza, piensa y reflexiona sin pelos en la lengua, le dan ganas de utilizar ese ventilador, al que nos tienen acostumbrados tantos falsos políticos y tantos falsos periodistas, y devolverles el fango como ellos se merecen.


Pero para endulzarnos un poco el ánimo, despediré esta reflexión con algo más jocoso, que nos haga sonreír dentro de tanta basura:


Un juez no es alguien cualquiera
debe ser muy especial
y no actuar de manera
que pueda terminar mal.

A ver cuando analizamos
lo que no ha de hacer un juez
y a ver si nos enteramos
por fin de una puta vez.


Pocos jueces lo analizan
porque quieren hacer piña
y así se caracterizan
cual las aves de rapiña.


Flaco favor para el cargo,
quedan con el culo al aire,
porque ya viene de largo
esta clase de barbarie.


Hay un juez muy “despeinado”
qué hasta un lego en la materia
ve cómo ha prevaricado
y se hunde en la miseria.


Tiene sus causas pendientes
cual vulgar estafador
y no hace falta que inventes…
¡Está en cualquier “buscador!

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Juan Priego

marzo 2025

La conjura de los necios, por Pepe Morales

la conjura de los neciosLeer es abrir las ventanas del individuo a ventestate para que el aire fresco y los rayos del sol oreen la razón y oxigenen los sentimientos. Por las ventanas entran y salen imágenes, olores y sonidos, entablando un diálogo imprescindible para armonizar el mundo interior con el exterior. Durante la noche, por las ventanas abiertas de la imaginación, entran y salen sueños, fantasías, quimeras, ilusiones, fantasmagorías, alucinaciones, delirios y pesadillas. Cerrar las ventanas alimenta la confusión del día con la noche, de la realidad con el deseo.


Hay ejemplos en la literatura de autores, obras y personajes capaces de marcar al lector de manera que quedan grabados en el imaginario colectivo y sirven de significante para definir ideas complejas: Edipo, Otelo, Don Quijote, Kafka, el esperpento… Y hay obras de las que queda el título y algún personaje, náufragos en la memoria, que se usan con fines diferentes a los de la trama argumental y la intención del autor. Estos títulos te asaltan de pronto, un día, una noche cualquiera, y se adhieren a la actualidad como una lapa resistiendo al oleaje.


Quedan lejanos, apenas unas sombras desdibujadas en la penumbra literaria, el argumento, el nombre del personaje Ignatius J. Reilly y el de su creador John Kennedy Toole. Empero, el título ha saltado como un felino cazador a la vista del desfile de personajes que en los últimos años asoman por las ventanas mediáticas y tienen un reflejo directo en las personas que nos rodean, en sus formas de vestir, de hablar o de maltratar su imagen o, lo peor de todo, en las urnas. Hay pocas dudas de que el mundo asiste a “La conjura de los necios”.


Se considera “necio/a” a toda persona ignorante que no sabe lo que podía o debía saber, pero también caben en el epíteto quienes por voluntad propia o por influencia de terceros se resisten a saber, reniegan de la razón y combaten a la ciencia. Estos últimos, además de necios, son peligrosos, numerosos y, en los últimos tiempos, orgullosos de su necedad. Cabe la duda de si necios del calibre de Trump, Ayuso, Abascal o Feijóo (no hay más que oír sus discursos) son un recurso para que se identifique con ellos el necio y captar su voto.


La necedad es contagiosa. Escoja usted a cualquier, influencer, futbolista o reguetonero y verá clonados sus ropajes, tatuajes, pelados, botox, pestañas, uñas, tintes, maneras y jerga en cualquier hijo/a de vecino de su ciudad, pueblo o aldea. Escoja a cualquier político de los antes mencionados y se reirá, a la vez que sentirá pavor ante su miseria intelectual, nocivo vocabulario, deficiencia oratoria y ausencia de empatía. Todos ellos se han conjurado para asaltar el poder gracias al postureo y la necedad de la parte de la población reacia a pensar.


Renunciar a un pensamiento propio, ignorar el pensamiento crítico y rechazar el diálogo es cerrar las ventanas desde dentro, crear un ambiente lúgubre y tóxico que acabará como todas las experiencias de pensamiento único que en el mundo han sido. El primer paso es el acoso y derribo al diferente y a la diversidad, como está sucediendo con las mujeres, el colectivo LGTBI, la migración y con quien no comulgue sus ruedas de molino. El siguiente paso, próximo y ensayado, será dar cuenta de los votantes necios que los han legitimado.


En tiempos de oscuridad como estos, conviene la lectura para que el aire fresco fluya en las ideas, para entablar un diálogo con el mundo interior y con el exterior, para priorizar sueños, fantasías, quimeras, ilusiones, fantasmagorías y alucinaciones sobre delirios y pesadillas como las que amenazan hoy a España, a Europa y al mundo. Conviene abrir las ventanas para evitar la confusión del día con la noche, de la realidad con el deseo. Es recomendable la lectura de “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. No lo compre en Amazon.

Pepe Morales

Saga Bond: Timothy Dalton (I), por Julián Valle Rivas

alta tension 007 james bond timothy daltonEra el aniversario de la saga, veinticinco años, y 1987 no podía transcurrir sin una nueva entrega, la número quince, nada menos. La etapa Moore se había cerrado. Sin un sustituto elegido, el trabajo debía ir adelantándose. Richard Maibaum y Michael G. Wilson se pusieron manos a la obra con el guión. Partieron del relato homónimo de Ian Fleming, que rezuma en la primera escena postintroducción, para construir toda una historia. Ignorando todavía qué actor encarnaría al Agente 007, había que moldear un personaje neutro. Sin duda, existía el acuerdo unánime de rebajar la sucesión de chascarrillos hacia el originario periodo Connery, y se rebajaría más… Pero no adelantemos.


    Lo primero era lo primero: el actor protagonista. En la famosa prueba de cámara que recreaba la escena del encuentro en la cama del hotel entre James Bond y Tatiana Románova de «Desde Rusia con amor» (1963), Sam Neill contó con el beneplácito general. Sólo Albert R. Broccoli torció el gesto: no terminaba de encajarlo. Pierce Brosnan había encontrado hueco en el rodaje de la temporada de la serie «Remington Steele» (1982-1987) y, durante tres días, participó en pruebas de cámara y ensayos. Entonces, la productora estadounidense lo reclamó y los británicos decidieron esperarlo, sería cosa de unas semanas. Sin embargo, la cosa se alargó, los estadounidenses multiplicaron la programación de rodaje y ampliaron metraje. Parecía que no estaban dispuestos a deshacerse de Brosnan, ni a permitir que compaginara interpretaciones. Broccoli se exasperó y enfadó con el retraso impostado. Brosnan quedó descartado.


    Timothy Dalton se había sentado frente a Broccoli y Saltzman allá por 1968, para enfundarse la piel de James Bond en «007 al servicio secreto de su Majestad» (1969). Había destacado en varios largometrajes con solvencia. Además, era un actor serio, responsable y maduro (lo contrario a lo que sería George Lazenby, o sea), al extremo de reconocer ante los productores que, con poco más de veinte años, era demasiado joven para personificar al Agente Bond. Ahora, a las puertas de finalizar el rodaje de «Brenda Starr» (1989) —tanto que salió de uno y entró en el otro con el único paréntesis del viaje entre localizaciones—, aceptó el ofrecimiento. Hombre algo tímido, se sintió abrumado por la insistente atención pública. Quizá por su natural carácter, se aferró a las relecturas de las novelas de Fleming, sugiriendo un perfil más humano, afrontando los comunes conflictos internos y sensaciones de vulnerabilidad; ello, sin olvidar que el día ordinario de un doble cero podía ser su último día, lo que le conferiría una pátina de dureza y frialdad. Maibaum y Wilson matizaron, pues, al protagonista según las ideas de Dalton, repercutiendo en un muy inferior porcentaje de gracietas. Otra cualidad que se vieron obligados a rediseñar fue la imagen de mujeriego del espía. La segunda mitad de los años ochenta reclamaba un concepto más monogámico, más moderado o formal en su relación con las mujeres. La faceta de seductor del personaje sería narcotizada o sumergida en un tanque de bromuro.


    Maryam d’Abo acudió, por consejo de Barbara Broccoli, quien comenzó a ejercer como coproductora asociada junto con Tom Pevsner, para participar en una de las pruebas de cámara de los actores llamados a ser 007 en el filme. Al equipo satisfizo tanto su trabajo que no perdió el tiempo en buscar a una actriz protagonista: la tenían encuadrada en cámara. Jeroen Krabbé, entusiasmadísimo con la proposición, se mostró encantando con representar a uno de los villanos. Como Joe Don Baker, quien tampoco se lo pensó dos veces. El exbailarín alemán Andreas Wisniewski poseía el físico adecuado para el papel del asesino Necros. Los cumplidores secundarios John Rhys-Davies y Art Malik eran una apuesta segura. Ineluctablemente, había llegado el turno de sustituir a Lois Maxwell. Caroline Bliss, a sus veinticinco años, procedía del mundillo televisivo, y no hizo ascos al papel de Moneypenny. Robert Brown llegó para quedarse y Desmond Llewelyn era eterno, o inmortal.


    El equipo técnico, prácticamente, se conservó en su integridad, garantizando la continuidad, con John Glen en la dirección y Arthur Wooster en la segunda unidad como director y fotógrafo. Sí se recuperó a Alec Mills como director de fotografía, aplicando una paleta de color más apagada o contenida. En el apartado musical, John Barry defendió su feudo y con Paul Waaktaar compuso la canción de los créditos iniciales, pieza ejecutada por la banda noruega A-ha, impropia, según mi opinión, para la saga, al menos, superados los primeros acordes.


    Los plazos iban apurados, así que las unidades se dividieron para un rodaje casi a la par. Mientras Dalton hacía acto de presencia y asumía (empecinado) algunas de las escenas de acción, los especialistas aéreos Jake Lombard y BJ Worth había grabado el salto inicial en paracaídas, con la dificultad del viento y el aterrizaje en un terreno tan escarpado como era el del peñón de Gibraltar. Más arriesgada fue la escena de la lucha aérea con la red de carga y el peligroso zarandeo de la misma. John Richardson y su equipo fueron probando modos de destruir el Land Rover del prefacio, puesto que, en el desierto de Mojave, el impacto por caída libre lo transformó en una plancha de diez centímetros. El acantilado del cabo Beachy resultó ser la ubicación idónea para lanzarlo por medio de un cañón de aire con un maniquí con paracaídas controlados por remoto. Sin escatimar escenarios reales (la mansión de Whitaker perteneciente al millonario Malcolm Forbes o el mítico parque de atracciones Prater de «El tercer hombre» —Carol Reed, 1949—, que ilusionó al elenco), el capítulo de maquetas y miniaturas no deja de sorprender. Desde el jeep que abandona el avión hasta las aproximaciones aéreas, pasando por el primer plano del puente afgano y su escala de un cuarto, con agua y rocas auténticos, para la secuencia de su destrucción, o los fondos montañosos para los primeros planos de la pelea aérea con los actores asidos a la red de carga. Ingenioso fue el uso de un camión de mudanzas con su trasera disfrazada de cola del Hércules, para la entrada por la rampa del jeep con el avión en marcha. Y envite chiflado de John Glen, el estuche del chelo en modo trineo (aterradora experiencia para los actores). En el estudio desértico de Ouarzazate, donde se construyó el impresionante aeródromo, fue una celebridad el doctor James D’Orta, primo de Broccoli, con sus pequeñas intervenciones quirúrgicas gratuitas, aunque sufrió el susto de operar, en mitad de dicho entorno, la arteria radial seccionada de un especialista, asistido por Barbara Broccoli. Finalmente, en Pinewood, el equipo recibió la vista del Príncipe Carlos y Diana de Gales, que disfrutaron como niños disparando cohetes (él) y rompiendo botellas (ella) de falso cristal en cabezas ajenas (la de él). La producción de «007: Alta tensión» no pudo tener mejores padrinos.


    El MI6 es elegido para intervenir en unas maniobras destinadas a probar la vigilancia y defensa del SAS en una estación de radar ubicada en Gibraltar (sí, tampoco era español en aquellos años). Los agentes 002 (Glyn Baker), 004 (Frederick Warder) y 007 (los primeros planos lo enfocarán de espaldas, tensando la presentación del nuevo rostro) representarán al Servicio Secreto durante el simulacro. 002 es abatido (simulacro) al instante, provocando que el espectador enarque una ceja, al preguntarse quién fue el listo que concedió a tamaño patán el estatus de doble cero. 004, por su parte, es asesinado (realidad) por un infiltrado que le ha lanzado una nota cuyo contenido no es revelado a cámara. Bond, testigo de la muerte, cerciorado de la aleve agresión, trata de dar caza al impostor encaramado al techo del Land Rover cargado de material explosivo con el que huye raudo por los estrechos pasos rocosos del peñón. Incapaz de detenerlo, el asesino morirá al explotar el vehículo mientras cae por un acantilado. 007 salva la vida gracias a su paracaídas, aterrizando en un lujoso yate ocupado, oh bendita casualidad, por una bella mujer sola y aburrida en medio del estrecho, de la que deberá aceptar, como marcan las normas marítimas de cortesía y protocolo y como buen comandante de la Marina Real británica, la insinuante hospitalidad sicalíptica que le brinda. Faltaría más. Dios salve a la Reina, etcétera. Con la misión de asegurar la deserción del general soviético Georgi Koskov (Jeroen Krabbé) dirigida por el agente Saunders (Thomas Wheatley), asiste Bond a un concierto en Bratislava, donde se fija en la chelista. Será ella la que intentará hacer fracasar la deserción actuando como francotiradora durante la salida de Koskov del auditorio, acción interrumpida por Bond con un certero disparo al arma que hiere el brazo de la mujer. Objetivo intencionado, guiado por la intuición de 007, que es recriminado por Saunders. Logran que Koskov traspase las fronteras del bloque soviético introduciéndolo en una cápsula impulsada a presión a través de la tubería de conducción del gas (la edición se podía haber ahorrado unos planos del circuito de la tubería en ángulo de noventa grados que aplastan la credulidad del recorrido de la cápsula de escape). En la sede del MI6, Bond repasa con Q (Desmond Llewelyn) la lista de asesinas soviéticas, sin éxito, cuando Moneypenny (Caroline Bliss) le comunica, entre coqueterías y flirteos mutuos, que ha sido convocado por M (Robert Brown) en la mansión campestre del Servicio, y Bond le pide que investigue a la chelista con discreción. En la pequeñita y acogedora casita de campo, se reúnen con el Ministro de Defensa (Geoffrey Keen) y Koskov, mientras la trama va insertando escenas de cómo un misterioso asesino, Necros (Andreas Wisniewski), allana el recinto rústico. Deserta el soviético a causa del general Leonid Pushkin (John Rhys-Davies), sucesor del general Gogol (ha sido reubicado en Asuntos Exteriores), quien ha activado la orden «Smiert spionom» (Muerte por espía) y entrega la lista de espías británicos (incluye a 007) y estadounidenses a liquidar, lo que degeneraría en una catastrófica guerra nuclear. Disuelta la reunión, irrumpe Necros aniquilando al personal, distrayendo con botellas de leche explosivas y secuestrando a Koskov. Con la muestra de que el mensaje en poder del cadáver de 004 contenía escrito «Smiert spionom», la prioridad es eliminar a Pushkin. Es la misión de 007, quien comparece ante M, aunque duda el Agente, como dudó con la chelista, retracción de la que está informado M, sugiriendo que podría encargársela a 008. No le queda otra, así que visita la sección de Q donde recibe un molonísimo llavero universal con mando a distancia que tanto explota como expulsa un gas aturdidor, en función de la melodía que se silbe. Flipante. Con mayor o menor grado de flipe, el Aston Martin V8 que Bond toma con el (consabido por todos inútil) ruego de Q de devolvérselo intacto. La chelista es Kara Milovy (Maryam d’Abo) y, pese a que las pistas apuntan hacia Tánger, 007 debe viajar antes a Bratislava, a fin de aclarar la implicación de la mujer. Allí se planta el Agente Secreto, con su discreto Aston Martin en territorio satélite soviético (el guión no se detiene en precisar cómo ha cruzado el Canal de la Mancha). Así, descubre que Milovy es una suerte de protegida y/o amante de Koskov, con quien colaboró en teatralizar la falsa deserción, cuyo objetivo no era otro, en principio, que conspirar contra Pushkin. Precisamente, la chelista ha sido detenida por éste durante veinticuatro horas para ser interrogada, por lo que Bond fingirá ser un amigo de Koskov para ganarse su confianza y sacarla del país hasta llegar a Viena entre añagazas al Servicio soviético, artificios del coche tuneado por Q, vaivenes con el chelo, reconversión de su estuche en trineo, autodestrucción fulminante del Aston Martin y cargos a cuenta del MI6. En el ínterin, Pushkin visita en Tánger a Brad Whitaker (Joe Don Baker), un traficante de armas con delirios de grandeza, aficionado a la guerra, para anular un negocio. Ahora Whitaker, compinchado con Koskov y Necros, ocultos en su residencia, es quien les plantea matar a Pushkin, si no lo hace Bond. Se evidencia, pues, que los villanísimos pretendían completar una inmensa venta de armas generando un conflicto bélico con Pushkin como pantalla. La estancia en Viena de la pareja recuperará la trama de Saunders, de quien Bond necesita documentos identificativos de Milovy, para escenificar su asesinato a manos de Necros y dejar el mensaje «Smiert spionom» escrito en un globo que flota liviano por el lugar. Arribados en Tánger, Bond confirma sus sospechas: Pushkin es la víctima de un complot urdido por Koskov y Whitaker, por lo que unirán fuerzas simulando el asesinato de Pushkin a manos de Bond antes de que lo ejecutara Necros. Sin embargo, Milovy, que, engañada, todavía confía en la bondad de Koskov, traiciona a 007 y ambos son apresados para volar hacia una base militar soviética en Afganistán, donde Koskov los aprisiona por la muerte de Pushkin. En el país afgano, Koskov está enredado en el tráfico de drogas (medio de financiación óptimo de sus trapicheos), que paga con diamantes, peligrosa actividad delictiva la del narcotráfico que el Agente Secreto deberá abortar. Para ello, echa mano (era hora) del artilugio de Q, cuya funcionalidad lo libera de sus carceleros y de sus esposas, contando, eso sí, con el inestimable apoyo de Kara Milovy y un preso que resultará ser el líder rebelde Kamran Shah (Art Malik), quien, además, se aliará con la pareja (¡cómo cambiará la historia años después!) y le pondrá a disposición su guerrilla para fastidiar el negocio estupefaciente de Koskov. Mimetizado entre los porteadores de la droga, 007 aloja una bomba en el avión de transporte. Al ser descubierto, arranca una larga escena de acción a lo largo de la base aérea, con disparos, explosiones y persecuciones por doquier. Bond y Milovy despegan el avión sin percatarse de que Necros ha subido en el último momento. La chelista ha accedido por la rampa de carga conduciendo un jeep con una destreza que se significaría inusitada, si no fuera porque, transcurridos unos segundos, se manifiestan sus dotes como piloto, cuando 007 le cede los mandos del avión como si nada para gestionar con vehemencia la desactivación de la bomba. La tarea no será sencilla, con la irrupción salvaje de Necros y la consecuente lucha entre los dos hombres, hasta quedar suspendidos en el aire, asidos con desesperación a la red de carga del avión, que permanece amarrada a su cola. Necros, claro, caerá al vacío. 007 desactiva la bomba, pero, comprobado el apuro que sufren los amigos rebeldes afganos, asediados por las tropas soviéticas, la suelta sobre un puente, cortando el avance enemigo. Que el combustible se agote es la excusa perfecta para estrellar el avión con los paquetes punibles, que siempre queda muy aparente en pantalla. Bond y Felix Leiter (John Terry) organizan una incursión nocturna a la estrambótica guarida de Whitaker, donde el apañado mando a distancia de Q vuelve a demostrar su utilidad práctica para acabar con la vida del traficante de armas. Detenido Koskov por Pushkin, se barrunta que será el MI6 el que promocione la carrera artística de Kara Milovy con una gira solista inaugurada en Viena y felicitaciones del propio M, el general Gogol (Walter Gotell) y Kamran Shah, de quien se conoce entra y sale de Afganistán a gusto y recorre el mundo con desparpajo. Ah, la felicidad de Milovy no es plena: una nueva misión ha impedido a James Bond asistir al concierto. Se aísla, afligida, en su camerino, donde, ¡sorpresa!, la espera 007 acomodado para el tradicional cierre romántico.


    Siento proclamar que el apabullante despliegue técnico y la fantástica proyección de la acción no compensan los reiterativos picos de aburrimiento de la historia y la falta de empatía (o credibilidad) con el actor protagonista. No me refleja Timothy Dalton, en esta entrega, la figura de James Bond, siquiera la literaria. Carece del carisma de Sean Connery y del pícaro gracejo de Roger Moore. Ni su apariencia física ni su aptitud me convencen como propuesta para el personaje. No exterioriza la expresividad emblemática de Bond, su modo de encarar la vida y las situaciones en las que se ve envuelto. No es frío, salvo digna excepción, es glacial. Sin amago de sensibilidades o sentimientos que puedan ser captados por el espectador o que le permitan identificarse con o identificar al simbólico personaje, enarbola con orgullo la bandera de la sosería más recalcitrante. Tal vez se deba a la ausente dirección de actores (Maryam d’Abo va justita y los intérpretes villanos se exceden) o injerencia de los productores; o se deba a aquella neutralidad del personaje con el que concibieron el guión originario, en espera de la elección del actor, que se aplanó con el decidido enfoque del escogido; porque Dalton es, por supuesto, un grandísimo actor, pero no un buen James Bond en «007: Alta tensión».


Julián Valle Rivas

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