“Currante” vale para definir a este producto del show business. Su currículo reza: cantante, compositora, actriz, modelo, productora y presentadora. En el tajo desde que El Fary la apadrinó a los 9 años, en 25 ha compaginado escenarios e industria musical con estudios de canto, guitarra clásica, piano e interpretación. Ejemplo de emprendedora, empoderada si se quiere, es una mujer hecha a sí misma que también encaja en los viejos tópicos del refranero: “aprendiza de mucho, maestra de nada” o “quien mucho abarca, poco aprieta”.
Pocas como ella, en cuanto a tenacidad y preparación, sobreviven buscándose la vida en la vorágine del efímero panorama del espectáculo que traga y excreta divos y divas por un día con la fluidez de las especies carroñeras. Existen voces virtuosas, instrumentistas virgueras, letristas inmortales y linajes que dan acceso al Olimpo pasajero de la popularidad y exigen un trabajo continuo para mantenerse arriba. Quienes carecen de estos dones suelen recurrir a atajos como el trabajo en la carretera o cualquier otro que les garantice audiencia y tirón.
Las comparaciones son odiosas, pero basta comparar a Ana Belén, Carmen París, Rozalén o Rosario Flores con Melody para ver que la valía y el esfuerzo siguen caminos diferentes en cada caso. Melodía Ruiz debe esforzarse el doble, o más, para obtener la mitad o echar mano de ardides para llamar la atención y hacerse un hueco. “El baile del gorila” la colocó en radio, televisión y conciertos y lo aprovechó para aprender maniobras de acceso veloz a la fama, como enseñar carnes si eres mujer, arreglos disco en la música y letras pegadizas.
Los pies de barro juegan malas pasadas a dioses y divas. Es habitual que un ídolo caiga cuando se engorila y piensa que cualquier locura que haga o dislate que diga lo celebrarán el público en general y sus fans en particular. Sentirse por encima del bien y del mal es a la vez tentación y error humano. Una persona mal amueblada recurre al Ikea del pensamiento, un catálogo de ideas “asépticas” y aceptadas sin cuestionar qué porcentaje de su éxito responde a la calidad y cuál a la publicidad. De igual manera funcionan los argumentarios.
La derecha populista ha implementado eslóganes de gran éxito entre una ciudadanía harta de los tejemanejes del bipartidismo: “ni de derechas ni de izquierdas”, “opinar (en su contra) es ideología” o “mostrar desacuerdos (con ellos) es hacer política”. La galaxia del glamur es consciente del hartazgo popular hacia la clase política y el famoseo ha encontrado en estos clichés una forma de nadar y guardar la ropa, ocultar su penuria intelectual, proteger el negocio para no perder audiencia de ninguna clase y, en definitiva, soplar y sorber a la vez.
Al ser preguntada “¿Qué opinas del genocidio de Israel en Gaza?” Melody responde “Sobre política no voy a pronunciarme. Lo mío es el arte”. “Voy a dar mi opinión como artista, de la otra parcela no voy a hablar porque no es la mía”. No es el primer caso, ni el único, ni el último. Es una artista, otra más, contagiada por el virus inhumano e insolidario que afecta a una sociedad corresponsable de más de 50.000 asesinatos, niños y mujeres en su mayoría, un genocidio que ha competido por la audiencia diaria con el Benidorm Fest y Eurovisión.
La diva “valiente y poderosa” ha pisado a Gaza para brillar, ha acallado su voz (¿qué más da?) y ni siquiera es libre para opinar como un pez en una pecera. La diva “apolítica” mira por su negocio y, amortizada la inversión de RTVE en el producto Melody, no ha dudado en venderse al mejor postor, una cadena, ¡cómo no!, privada y de derechas. Ella, empresaria de sí misma, es consciente de que su actitud la hace aspirante preferente (o juguete roto, que todo es posible) a Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid o Bandera de Andalucía.
Pepe Morales
A veces, los llantos deben ser callados, hacia dentro, para alcanzar la paz para uno mismo, pero otras veces hay que llorar para hacer ruido, a “grito pelao” y en Román Paladino y muy clarito, aun sabiendo que “Ellos” no lo van a escuchar, pero al menos para que los escuchen los tuyos o al menos los que debieran serlo y no siempre lo son, inexplicablemente.
Es triste y a la vez frustrante comprobar día a día cómo las derechas en este país, son inmunes ante sus continuos fracasos por derribar como sea a un gobierno ELEGIDO DEMOCRÁTICAMENTE, a pesar de obedecer la consigna recibida, aceptada y seguida al pie de la letra de: “EL QUE PUEDA HACER QUE HAGA”.
Es patético e indignante ver que sólo se conforman con el rastrero placer de poner palos en las ruedas a la buena gestión del gobierno, aunque lo sufran los ciudadanos, incluidos sus votantes, que se lo perdonan todo sin tan siquiera pensar en las terribles consecuencias de sus actos, como fue la Dana de Valencia como ejemplo más trágico y reciente y cinco meses después aún pendientes de aclaración y justicia.
Queda claro que son inmunes a sus fracasos, llevan siete años sin gobernar (y lo que les queda), tragando quina y viendo como un gobierno que no es de “Ellos” sigue funcionando y consiguiendo éxitos internacionales, los mejores datos
económicos y sociales, o que bate récord en restablecer un apagón nacional.
Según los datos oficiales del Ministerio de Trabajo del mayo de 2025, el paro baja en 67.420 personas y la Seguridad Social gana 230.000 afiliados que inexplicablemente hará que las derechas estén con las tripas negras de rabia, porque lo que en verdad querrían es que esos datos fueran desastrosos con
tal de obtener réditos políticos. Ya lo dijo M.Rajoy: “ ¡cuanto peor, mejor!
Ni un solo día, pase lo que pase, dejan de intentar hacer daño, con la ayuda de parte importante del poder judicial y no consiguen derribar al fiscal general, no pueden con la mujer ni con el hermano del presidente del gobierno, pero no dejan de intentarlo y si no hay causa se la fabrican, aunque sea mediante
bulos.
Lo último, el supuesto sabotaje al AVE. Han tardado medio minuto (es cómo si la lo supieran de antemano) en salir a criticar al gobierno, aunque se ha restablecido el servicio nuevamente en un tiempo récord. Pero eso poco les importa. ¡Lo que importa es intentar hacer daño!
Lo que importa es hacer ruido, seguir enfangando con un lodo, aunque sea fabricado artificialmente aprovechando bulos creados para ese propósito, el caso es atacar al gobierno y acallar las buenas noticias que tanto les perjudican a Ellos,
alejándolos de su único objetivo que es: ¡DERRIBAR AL GOBIERNO CUESTE LO QUE CUESTE Y SEA COMO SEA!
Desde luego, esto con Franco no hubiera pasado y a la orden de la triple A (Ayuso. Aznar y Abascal), sus feligreses hubieran llenado camiones de enemigos de La Patria y al amparo de la noche, hubiesen teñido las tapias de los cementerios de rojo y las zanjas y cunetas de sociatas, de rojos comunistas y de
independentistas que tienen la desfachatez de defender sus ideas en El Congreso , en vez de matando.
Pero “Ellos” siguen babeando porque este gobierno aguanta, no lo pueden derribar, ya que han elegido un camino contra natura que está llamado al fracaso y se ahogarán en el intento. PORQUE LOS MALOS SIEMPRE PIERDEN. Bueno, no siempre. Algunas veces parece que sí ganaron los malos y eso me trae malos recuerdos pensando en nuestra guerra civil y en nuestra durísima dictadura después de la guerra.
Para que no se olvide:
Llanto por La Memoria
La luz que brilla en España
sólo la ven los turistas
y al español se la empaña
¡Los bulos de los fascistas!
No ven de dónde venimos
se olvidan llantos pasados
y a los que los padecimos
nos tienen muy preocupados.
Si no recuerdas La Historia
ni el camino recorrido
traicionas a La Memoria
de todo el que la ha sufrido.
Pensando en nuestro pasado
y analizando el presente
yo me siento muy frustrado
al observar a la gente.
Yo quisiera que mañana
el triste vuelva a reír
y qué, si viene una Dana…
¡Que no tenga que morir!
Vivir es tan importante…
¡Nadie se quisiera ir!
Todos siguen adelante…
¡Aunque sea para sufrir!
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Juan Priego
mayo 2025
Entre las miserias más practicadas por la humanidad está la de mirar a otro lado, desviar la vista y la razón ante lo desagradable y, en muchas ocasiones, perjudicial. Se trata de una reacción infantil basada en la creencia de que, cerrando los ojos, desaparecen los peligros y los problemas, una reacción egoísta y nada eficaz aprendida en sociedad desde la infancia en forma de hábito como el hablar, el comer, la higiene o montar en bici: “¡Niño: eso no se dice, eso no se hace, eso no se piensa!”. La variable política se conoce como equidistancia.
Pensar, como el pilates o el yoga, es un sano ejercicio al alcance de todo el mundo aunque no todas las personas lo practican. Analizar, sopesar y ponderar –razonar con pensamiento crítico– es como el ajedrez: necesita conocimiento, estudio y práctica, algo que provoca rechazo en la mayoría de la población. Opinar y despotricar en público es como caminar, algo que se hace de forma mecánica, instintiva, como una rutina necesaria e inevitable que todo el mundo practica, pero poca gente lo hace con calzado, frecuencia y ritmo adecuados.
Por norma general, mirar a otro lado suele conllevar mala conciencia y cierta incomodidad, por “el qué dirán”. Para sortear estas aflicciones, quienes crean las situaciones incómodas suelen aportar sofismas en forma de argumentarios simples a los que el personal se aferra como a un clavo ardiendo. Es terreno abonado para que el “cuñadismo” dé rienda suelta a sus fobias, detrás de las cuales no es excesivamente complicado identificar sus filias. Pero no comente usted nada al respecto para no alterar en demasía a la bestia que llevan dentro.
La barra del bar, la peluquería, la puerta del colegio, el parque, los eventos familiares o las reuniones con amistades suelen ser escenarios preferentes para, como acostumbran a decir con pretendida pero espuria audacia, “mojarse” y soltar de carrerilla el argumentario aprendido, poniendo por testigo a tal o cual personaje o medio de comunicación que para el “cuñado” gozan de infalibilidad papal. Antes de la osadía, exploran al auditorio para detectar la presencia de desconocidos o, mucho peor, de conocidos capaces de pensar y rebatirles.
Quienes miran a otro lado suelen hacerlo de frente si alguien “se moja” y opina, pongamos por caso, sobre diversidad afectiva, migración, religión o dignidad laboral. Si quien se moja es alguien a quien consideran inferior, una ráfaga de mentiras y medias verdades saldrá disparada de sus bocas en tono agrio y autoritario, elevando la voz para ser oídos sobre los demás y acallar posibles réplicas, que es la forma habitual que tienen de llevar razón. No se reprimen a la hora de recurrir, si hiciera falta, al insulto y la descalificación de forma grosera.
Tan chabacana oratoria es la que enseñan en las tertulias sobre temas sociales, políticos o deportivos que tienen lugar a diario en radios y televisiones. Un ejemplo es El Chiringuito de Bufones, pero hay más. En esta escuela de comunicación también enseñan que una misma persona, sin más aval que ser tertuliano o tertuliana, está capacitada para hablar en diez minutos sobre oscilación de flujos de potencia en la red eléctrica, especies de la Amazonía y del bosón de Higgins. Todo ello sin “mojarse”, vaya a meter la pata y pierda chollo y fama.
Así, el machismo sobrevive gracias a quienes no son machistas ni feministas, la homofobia se alimenta de quienes toleran la homosexualidad dentro del armario, el racismo se apoya en quienes no son racistas… ¡peeeero! y el fascismo expande sus raíces en quienes no son de izquierdas ni de derechas. Son algunas formas de mirar a otro lado de quienes se quejan por todo y culpan a todos de sus miserias y desgracias. Haga la prueba: pregunte al cuñado qué opina del genocidio en Gaza y no se sorprenda si contesta “Yo no entiendo de política”.
Pepe Morales
Visto el batiburrillo que nos rodea por todas partes, vale más compartir anécdotas reales, que pueden ser como cuentos y pueden aportar un motivo para sonreír a quien guste de distraerse con la lectura sencilla. Los recuerdos son como canciones que alegran el corazón y hay anécdotas simpáticas, que son como cuentos verídicos y entrañables y contadas con cariño, pueden retratar otros tiempos pasados, mostrando los sentimientos, la picardía y las vivencias en la vida de las personas sencillas.
Ésta es una anécdota que viví de niño, extraída de otros muchos recuerdos y como ya tenemos confianza, quiero compartirla con mis lectores y amigos en esta ya larga trayectoria que empecé con vosotras y vosotros en abril del pasado año:
Los amores de niños
Cuando una mañana sonaba la llamada entrante en mi móvil de "Pablo de Valvanera" el hijo de mi querida amiga, supe que después de tanto tiempo, no podía ser nada más que lo que yo me temía:
Mi queridísima amiga se había ido a descansar a sus 90 años, pero ya sabía ella, que siempre estará en mi mente, en mi corazón y en los recuerdos de mi niñez, que he dejado plasmados en un libro de historias de aquellos tiempos.
En ese momento pasaron por mi mente las entrañables vivencias en una humilde casa de vecinos de un apartado barrio de Córdoba, en aquellos años cincuenta.
La verdad es que las personas no morirán mientras haya quien las recuerde y ella estará por muchos años en esos escritos para siempre. Es curioso, cómo una noticia puede atraer de golpe tantas imágenes a la mente, aunque en este caso estén facilitadas, al tenerlas documentadas con relatos entrañables, con fotografías, con poemas y con muchísimas historias reales que tantas personas vivieron, de haberlas recopilado, ordenado y contrastado con tantas vecinas y vecinos, dedicándole mucho trabajo y cariño al primer libro de recuerdos de
una especial barriada de Córdoba.
Aquella joven y linda vecina era la mejor amiga de mi querida madre y a sus veintiséis años fue mi amor platónico de los catorce años, esos amores que jamás se olvidan y que siempre parece que fue ayer. Desde aquellos inolvidables tiempos fuimos como familia y cuando al comienzo de este siglo XXI, fui a visitarla a su casa en Ciudad Real a llevarle aquel libro de recuerdos de aquella época, se llevó un inmensa sorpresa y alegría y descubrió lo que siempre había
sido un secreto de aquel niño que empezaba a ser adolescente.
A continuación, el poema "Amores de niño" qué, con una pincelada de humor, resume lo que fueron aquellos tiempos, en aquellas típicas casas de vecinos y pude entregárselo a mi querida amiga después de tantos años de aquel amor platónico de la infancia, que con el tiempo se quedó́ en verdadero respeto y cariño fraternal para siempre:
Amores de niño
Medio en broma medio en veras
a mi madre una vecina comentaba
porque siempre con las niñas yo jugaba
persiguiéndolas por todas las aceras.
Paquita, parece que tu Juanillo
aunque corre más deprisa que las balas
al final va a salirte modistillo
¡Solo juega alrededor de las chavalas!
Lo que ellas no podían imaginar
en aquellos duros años de posguerra
era que el chaval pudiera estar
tan salido como en celo está una perra.
Me gustaba la de enfrente, la de arriba y la del lado
y aquella buena vecina, aunque ya se había casado.
Y una calurosa siesta simulando que dormía
pude ver aquella joven al lado en el comedor
que silenciosa a mi madre una opinión le pedía
por saber cómo le estaba un bonito bañador.
Aunque a ellas parecía escandaloso
pues picante resaltaba su esplendor
yo recuerdo que, aunque todavía mocoso
me ponía como una moto y me subía “el color”.
Desde aquel mismo momento de ella me enamoré
con los amores de niño que muy celoso guardé
y recuerdo la ocasión que la acompañé a Antequera
cómo me sentí mayor y lo disfruté a su vera…
¡Fue mi platónico amor, mi querida Valvanera!
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Juan Priego
abril 2025
Consecuencia de emprender, en 1988, la producción cinematográfica número dieciséis de una colección de catorce libros es que no se disponga de un título sugerente; que, pese a tener la posibilidad de escoger entre veintiuno, ninguno de ellos resulte convincente en un cartel promocional. O su traducción, como ocurriría veinte años después con «Quantum of Solace» («Cuánto de consuelo», «Cantidad de consuelo»… Mejor dejarlo en inglés). Porque el detalle de la fidelidad a la historia original hace tiempo que quedó descartado, si es que alguna vez fue respetado. Quizá en las primeras entregas, con Ian Fleming todavía vivo. La saga se había vuelto por momentos selectiva, por momentos rapiñadora, al elaborar los guiones, y la traslación o adaptación fiel, en su medida, nunca había sido ni fue motivo de preocupación. Por ello, en aquel año de 1988, se idearía un título exclusivo para el nuevo filme, «Licencia revocada», que rescató, como punto de partida, una escena olvidada de la novela «Vive y deja morir», en la que Felix Leiter pierde un brazo y una pierna, al ser arrojado a las fauces de un tiburón, cuando lo capturan los villanos (en posteriores publicaciones el lector se cruzará con un Leiter reconvertido en detective y una suerte de garfio o pinza en su muñón); y aprehendió tres o cuatro elementos del relato «La rareza de Hildebrand», para componer un guión que narraba cómo queda revocada la condición de agente doble cero de James Bond, a la cual renuncia para vengar la cruel agresión a su amigo y a la esposa de éste (apostillaría yo que con mayor inquina asesina y destructora que la conformada por el asesinato de la suya).
Con la primera impresión del guión de Richard Maibaum y Michael G. Wilson (hecho patentado, en esta saga, que el guión no siempre se cerraba del todo), se inició el rodaje que se había mudado en pleno a México para abaratar costes. La estancia británica se había encarecido sobremanera y el destino centroamericano se entendió una excelente opción de negocio para evitar que el presupuesto se disparara. Albert R. Broccoli comentó en una entrevista que habían procurado mantener el equilibrio presupuestario. Y es que Broccoli pretendía (pretensión de un hombre con visos de hallarse desencajado de su época) realizar un largometraje a finales de los ochenta con un presupuesto de finales de los setenta. De cualquier modo, con el trabajo en desarrollo por tierras mexicanas, el gremio de escritores estadounidenses convocó una feroz huelga que dejó al equipo sin Maibaum. Wilson acometió una desesperada labor para pulir el guión antes de verse obligado a adherirse. Así, la producción, huérfana de sus guionistas, al poco lo estaría de su productor. Broccoli sufrió un ataque respiratorio en Ciudad de México, debido a la altura y densidad de la contaminación, que lo envió de vuelta a Londres y permitió a su hija Bárbara producir su primera escena: la persecución de los camiones cisterna hacia el final del metraje. Increíble escena de acción rodada bajo un sol de justicia para la que se contó con dieciséis camiones cisterna Kenworth y un tramo de carretera de La Rumorosa, cerca de Mexicali, cortado por su extrema peligrosidad, conocido, además, por los fenómenos paranormales que allí acontecían. De hecho, miembros del equipo fueron testigos de camiones que se incendiaban o se ponían en marcha solos, apariciones fantasmagóricas o fantasmales en los aparcamientos o la famosa foto fija de la mano de fuego que surge de la explosión del camión tomada por el ayudante del director y fotógrafo de la segunda unidad Arthur Wooster, y que, sin embargo, no pudo ser captada por ninguna de las cuatro cámaras que grababan la secuencia simultáneamente. Se contaba que cinco monjas habían fallecido en un accidente de minibús en el lugar, suceso que lo había impregnado de misterio, embrujo y superstición. Más pacífico fue el rodaje en la zona del pueblo otomí, donde el monumental templo, construido, al parecer, como homenaje a la población por las autoridades, se encontraba abandonado.
Como la mejor forma de conseguir un estreno bianual era confiar en la familia, se repiten los reconocidos nombres de John Glen, en la dirección, el citado Arthur Wooster, para la segunda unidad, el fotógrafo Alec Mills, el diseñador Peter Lamont, los especialistas paracaidistas Jake Lombard y BJ Worth o el supervisor de efectos John Richardson. Otros nombres eran reconocidos fuera de la saga, como el del compositor Michael Kamen, quien se desvinculó de las canciones, incluida la de apertura, interpretada por Gladys Knight, La Emperatriz del Soul. Entre las novedades del equipo técnico, el submarinista, oceanógrafo, comunicador y cineasta mexicano Ramón Bravo, que se pudo valer de los submarinos de la, entonces, Perry Oceanographics de Florida, para el rodaje de las escenas correspondientes. Los vendavales de las costas de Cayo Hueso fueron un suplicio, pues restringían a un horario concreto del día la filmación. Aunque más lo fue para los fotógrafos la impresionante mansión en Acapulco del Barón de Portanova, empleada como residencia del traficante Franz Sánchez, de blanquísimos, níveos, mármoles tallados o adornados en arabesco.
Timothy Dalton, que había firmado por tres películas, protagonizó la segunda y última de su filmografía como 007 (datos que, sin duda, apaciguan la opresiva especulación que le ha generado, paciente lector, lo abstracto del título que encabeza el presente artículo). También sería la última para Robert Brown y Caroline Bliss. No para el imprescindible Desmond Llewelyn, cuyo personaje ganó merecida presencia en la trama. Las protagonistas femeninas habían de multiplicar fuerza, entereza y determinación, cualidades olvidadas en ocasiones, y tratarse de mujeres fronterizas a los noventa. Una pena que la intención se escorase un tanto en un par de maltraídas escenas. La modelo Talisa Soto se embarcó aquí en su carrera cinematográfica. Senda similar la de la bellísima y cautivadora Carey Lowell (a pocas mujeres les podrá sentar el pelo corto tan bien y podrán lucir la funda de pistola a modo de liguero con tamaña y enloquecedora seducción), quien ya había debutado con un breve o fugaz papel en «Club Paraíso» (Harold Ramis, 1986). La casualidad hizo coincidir a Broccoli y David Hedison en un restaurante, por lo que repitió el personaje de Felix Leiter, que había encarnado en «Vive y deja morir» (1973), justo el título literario del cual se adaptó la salvajada con el tiburón. El cantante Wayne Newton soñaba con participar en un largometraje de la saga, acomodándosele un simpático papel. Pedro Armendáriz (júnior), con un modesto personaje, hizo honor a su padre, que había ostentado protagonismo en «Desde Rusia con amor» (1963). Anthony Zerbe, sobrecualificado para solventar a Milton Krest. Escasa era la andadura interpretativa de Benicio del Toro, cuando fue elegido para representar a Dario; al contrario que Robert Davi, quien se había hecho un nombre en el mundillo durante la década.
He expuesto líneas arriba que la producción se llevó a cabo bajo el título de «Licencia revocada». No obstante, MGM planteó que el público estadounidense (soberanamente paleto por naturaleza —subliminal sintagma pareció barruntarse—) no entendería eso de «revocada». Solidaria con el pueblo norteamericano, condescendiente con sus limitaciones léxicas y consecuente con su idiosincrasia, en 1989, se estrenó «Licencia para matar».
Se nos casa Felix Leiter (David Hedison), agente de la CIA y amigo de James Bond, y allá que van, por tierras de Florida, camino de la iglesia, acompañados por Sharkey (Frank McRae), todos muy emperejilados, cuando agentes de la DEA avisan a Leiter de que tienen la oportunidad de capturar al criminal narcotraficante Franz Sánchez (Robert Davi), cuya debilidad por su amante, Lupe Lamora (Talisa Soto), le ha llevado a adentrarse en las Bahamas, para perseguirla, al enterarse de que lo engaña con otro hombre, quien será ejecutado en proceso sumarísimo, mientras Lupe es castigada con un flagelo o vergajo, que Sánchez extrae con movimiento mágico del interior de la chaqueta. La persecución de la banda criminal permite a Bond cruzarse con Lupe y con Darío (Benicio del Toro), secuaz de Sánchez. Atrapado el villano mediante un avanzado sistema de enlace en vuelo, nuestros héroes aparecen en paracaídas a la puerta de la iglesia ante la exasperada mirada de la novia Della Churchill (Priscilla Barnes). Ah, Sánchez soborna al agente Killifer (Everett McGill) y es liberado durante un trayecto. En el ínterin, la celebración de la boda transcurre con la normalidad que concede el universo 007, por lo que la trama se detiene en mostrar cómo Bond es testigo de la reunión de Leiter con una joven desconocida (más adelante se presentará a la piloto Pam Bouvier —Carey Lowell—), cómo Leiter esconde un CD con información del caso Sánchez en un marco fotográfico y cómo el nuevo matrimonio regala a 007 un encendedor grabado con una inscripción. Sánchez, por supuesto, planea su venganza. Asesina a Della y secuestra a Leiter, lo encierra en su guarida camuflada de piscifactoría, regentada por Milton Krest (Anthony Zerbe), y lo arroja a un tiburón, para devolverlo a casa mutilado y a las puertas de la muerte. Allí lo halla Bond, junto al cadáver de su esposa, al recibir la noticia de la huida de Sánchez, y emprenderá su particular venganza, aunque M (Robert Brown) trate de detenerlo y revoque su licencia, en el intento. Al margen del Servicio Secreto, Bond y Sharkey localizan el lugar de tortura de su amigo, delatado por la flor arrinconada que lucía Leiter en la solapa. En incursión nocturna, Bond averigua que la empresa es una tapadera para el tráfico de drogas. Pronto es pillado por la seguridad y se monta una escabechina en la que Bond acaba con la vida de Killifer, entregándolo como carnaza a los tiburones con su dinero traidor. Segunda incursión a una propiedad de Krest: su yate, donde encuentra a Lupe y ve cómo han capturado y matado a Sharkey. Escapará Bond de sus enemigos, agenciándose una avioneta cargada con dinero de la droga de Sánchez. De nuevo en casa de Leiter, Bond toma el disco escondido y consulta la lista de contactos. Sólo la piloto Pam Bouvier sigue con vida. Al reunirse con ella en un bar del puerto, la gente de Sánchez, liderada por Darío, los ataca, y se defenderán hasta que un preciso disparo de escopeta de Pam provoque un boquete circular perfecto en la pared por donde la pareja huye, sube a una lancha y sale pitando, para quedar a la deriva al haber perdido el combustible por un disparo al tanque. Se presume, vaya, que lo de Pam ha sido amor a primera vista, entonces, pues aprovecha la intimidad de la situación para abalanzarse a los brazos de Bond. El guión no se ocupa de explicar cómo la pareja regresa a tierra. Sí conecta con la sede del MI6, donde una preocupadísima Moneypenny (Caroline Bliss) organiza el viaje de Q (Desmond Llewelyn), cargadito de estupendos artilugios, a Ithmus, ciudad (ficticia) controlada por Sánchez y residencia del Presidente Héctor López (Pedro Armendáriz), para ayudar a Bond, quien se sirve del dinero robado a Sánchez para financiar la venganza. Con mucha ostentación de billetes y chica (Pam adoptará un cambio de imagen radical), contacta con Sánchez, simulando ser una suerte de solucionador de problemas. Desde su refugio en Ithmus, se comprueba, además, que Sánchez se vale del templo del predicador o telepredicador Joe Butcher (Wayne Newton) para blanquear dinero y trapichear con las drogas. La historia se enreda aquí con un amago de coalición asiático-americana para el tráfico de drogas, un plan fallido de Bond para asesinar a Sánchez, un equipo de ninjas que aprisiona a Bond, una misión hongkonesa encubierta para detener a Sánchez, un asalto al cubil asiático por el ejército mercenario de Ithmus, un toparse con Bond inconsciente en el sitio y un despertar en la mansión de Sánchez, quien sabe que se trata de un exagente del MI6, si bien, le supera la intriga. Gracias a la colaboración de Lupe, se escabulle Bond de la mansión y monta con Pam y Q una especie de algara que incrimina a Krest en el dinero perdido, por lo que Sánchez lo asesina muy teatralmente como cargo a su osadía. Regresa Bond a tiempo para que su salida pase desapercibida a Sánchez, que lo invitará a visitar su fábrica de cocaína oculta en el templo de Butcher. Lograrán Bond y Pam desarticular todo el entramado del tráfico de drogas (eliminando, de paso, a Darío; éste lo había identificado), que Sánchez disolvía en gasolina, a fin de transportarlas en camiones cisterna, y destruirán el templo, con mucha fuga de personal despavorido. Entre explosiones y tiros, Sánchez y un puñado de sus matones se marchan con unos camiones cisterna listos para la partida. Así que Pam por aire y Bond por tierra (en realidad, se ha lanzado a un camión desde la avioneta) emprenderán la persecución de los malvados, montándose una magnífica secuencia de acción con los camiones en la cual, uno a uno, van quedando fuera de la ecuación, hasta alcanzar a Sánchez. Culminada una feroz lucha aferrados al camión, al observar Bond que Sánchez ha quedado impregnado de gasolina, recurre al encendedor que sus amigos le regalaron para prenderlo y dejar que muera ardiendo, como merece. Para el cierre del metraje, la narración crea una breve escena telefónica para evidenciar que Leiter se recupera (quizá parece más feliz de lo esperado, dado el trágico fallecimiento de su esposa; o lo estará por eso: por lo lacónico del matrimonio) y que Bond regresará al MI6, y una fiesta con Lupe como anfitriona (imaginamos que ha heredado el patrimonio —¿legal?— de Sánchez), a la que Bond, Pam y Q son invitados. Durante la misma, Lupe, ardiente de cariños, tienta a Bond para que permanezca a su lado. Presenciada la insinuación en la distancia, Pam se retira triste y sollozante (momentos ha habido en el largometraje para exhibir sus celos), reacción percibida por Bond, quien, disculpa cortés a Lupe, raudo se zambulle (literal) hacia Pam. Declara, con tan húmedo gesto, unos sentimientos compartidos… Al menos, hasta la próxima película.
En verdad, que Dalton hubiera renunciado años atrás a interpretar al personaje, asumiendo su juventud ante Broccoli, le había valido la confianza y el respeto del veterano productor. Confianza y respeto que le hizo apoyar a su actor protagonista en su empecinada o encastillada concepción de un James Bond más humano, más realista, más acorde con el personaje literario. Pero el personaje literario no era el cinematográfico. No era el que los productores habían construido para la gran pantalla, aquél que había triunfado en todo el mundo y había conquistado a millones de admiradores. Para el segundo filme de Dalton, los guionistas procuraron dosificar alguno de los rasgos arrebatados. Sin embargo, ese realismo enérgico, muy distanciado de la imagen tradicional, la imagen que había impregnado la retina y catalizado las emociones a varias generaciones, no terminó de convencer al espectador de finales de los ochenta, que reclamó el retorno del espíritu fílmico de 007. Vano fue el esfuerzo de Dalton para que el público aceptara su interpretación de un Bond consciente de su esencia asesina que lo equipara al villano de turno. Aplausos tuvo, claro. Público que celebró la identidad o cercanía con la creación de Fleming. No significa que el Bond de Dalton no fuera un éxito. Obtuvo una recaudación aceptable, aun con las decepciones.
«Licencia para matar» se ha ido engrandeciendo con el paso de los años. Es un largometraje sólido y eficaz, muy cuidado, con una acción trepidante y espectacular, un nivel superior en cuanto a su agresividad y dureza visual y narrativa. El grado de implicación de Dalton en las escenas de riesgo y la fisicidad y materialidad de las piezas o elementos que constituyen o integran cada escena permiten disfrutar de una producción que cuenta con el lujo de dirigirse a los cuarenta años sin rubor o reparo. Acierta de lleno la historia en otorgarle a Q una mayor actuación, incorporándose o acoplándose a una aventura de 007 con natural desparpajo. Vistos los parajes y las secuencias, la fotografía desprende una maestría incuestionable y rotunda. Peca, sí, el filme con esos ninjas innecesarios, con esos escuetos reflejos de débil feminidad, con la exposición de la relación que se va forjando entre Bond y Pam, a veces incoherente, con los minúsculos picos que rebasan la suspensión de la incredulidad o con lo defectuoso de algunas soluciones de guión. Y, a pesar de ello, «Licencia para matar» es una de las mejores entregas de la saga, digna de reconocimiento.
Julián Valle Rivas

