Adicción al “clic”, por Pepe Morales

Cada día es más complicado distinguir la realidad de la ficción. La llegada de los primeros televisores a los hogares fue una revolución, semejante a las acaecidas tras la invención de la imprenta, la máquina de vapor o la radio, al convertirse en la ventana por la que la gente se asomaba al mundo y por la que los mundos entraban en sus vidas. A no pocas personas les cogió en una edad avanzada y fueron numerosas las que saludaban y despedían a los presentadores como anfitriones que atendían a la visita con la debida cortesía y urbanidad.


La revolución digital ha puesto patas arriba el mundo complicando aún más la confusión entre realidad y ficción con el advenimiento de la “realidad virtual”, la “realidad aumentada" y el “metaverso” (combinación de las primeras). Quienes no pertenecemos a las generaciones nativas digitales a duras penas nos manejamos en un mundo más nuevo que la América de Colón y quienes sí pertenecen a ellas a duras penas son capaces de entender y controlar la realidad que les rodea. Es la tormenta perfecta para cambiarlo todo sin que nada cambie.


Los mercados, siempre ellos pero no en solitario, se han ocupado y preocupado de que el desarrollo de las nuevas tecnologías atienda a satisfacer sus necesidades reales, tangibles y materiales, que para eso ponen la pasta y mandan. Coinciden tales necesidades, siglos después, con las de quienes pilotaron el desarrollo de la imprenta, la radio y la televisión. Convertir las herramientas que han transformado la realidad a todo lo largo de la historia de la Humanidad en eficientes instrumentos de doctrina y control es la especialidad de la casa.


La informática contribuye al progreso de la civilización en todos los ámbitos de la vida de una forma inconcebible hace veinte o treinta años. Esa misma informática está modificando los usos y costumbres sociales, en numerosos aspectos de una manera regresiva para el individuo y la colectividad. La imprenta, la radio y la televisión, que acercaron la cultura, la información y la formación a la población, fueron utilizadas en distintos momentos por los poderes públicos y privados para ejercer la manipulación y la tiranía sobre la ciudadanía.


La información es poder y la conectividad a internet demuestra una capacidad para influir en las personas como nunca antes se había visto. George Orwell auguró en su novela “1984” (publicada en 1949 e inspirada en “Nosotros”, de Yevgueni Zamiatin, escrita en 1920) lo que está sucediendo hoy. Nadie hizo caso, a excepción de los poderes que calcan hoy lo que Orwell atribuyó al Gran Hermano, incluyendo las Policías del Pensamiento y la Neolengua. La Inteligencia Artificial acabará arrastrando a la sociedad a la realidad virtual de Matrix.


El actual deterioro del pensamiento crítico tiene mucho que ver con el empeño del poder por desmantelar la Educación Pública y sustituir las humanidades por contenidos relacionados con los mercados, la especulación y el consumismo. El bien común ha perecido en una sociedad donde odio y violencia abren la puerta al “malismo” de siempre, a la misoginia, a la homofobia, al racismo y a otras formas más graves de desentenderse del prójimo, como las guerras y los genocidios participados por un capitalismo neofascista que amenaza la paz.


Que en la época de la Inteligencia Artificial, el turismo espacial, la cirugía robótica, Alexa y Siri, el control domótico desde el móvil y los vehículos sin conductor, el nivel intelectual en el primer mundo sea similar al de épocas de analfabetismo y al de países subdesarrollados, es mala señal, muy mala. Que el dinero necesario para el bienestar social, para la sanidad, la vivienda y la educación, se invierta en armas que sólo sirven para destruir y matar es una pésima noticia, la peor posible. Sin pensamiento crítico y armados, el desastre está servido.

Pepe Morales

Saga Bond: Pierce Brosnan (II), por Julián Valle Rivas

el mañana nunca muerte james bondEse punto y seguido para la humanidad que fue Internet orillaba la cotidianeidad social, humedeciendo los albores de un nuevo periodo histórico. Los satélites dominaban la circunnavegación espacial y la era de la información había revolucionado las transmisiones. Los medios de comunicación, como cuarto poder, se muscularon inflamando sus venas con una miríada de datos que transitaban entre paralelos y meridianos en milésimas de segundos. La mitad de los años noventa era para ellos el preludio de una fagocitación inminente de los tres poderes estatales… Qué lejos estaban de prever que aquella arma internáutica se convertiría, a la postre, en su perdición. Que cualquier mindundi de tres al cuarto podría emitir la información en tiempo real, sirviéndose de un mero aparatito telefónico. Que cualquier cantamañanas con un ordenador a su disposición podría crean su propia página de contenidos, incluidos los informativos. Que los ciudadanos podrían continuar sosteniendo su nivel de borreguismo sin necesidad de pagar por ello.


    También el cine debía hacerse eco de tan intrigante y apasionante paisaje, y evolucionar y revolucionar como lo hacían los medios de comunicación; no en vano, «Matrix» (Andy y Larry Wachowski, 1999; Lilly y Lana, después) estaba al caer. La saga Bond, sello de actualización a la realidad de su época, cual cronista de inspiración idólatra, no iba a dejar pasar la oportunidad de ambientar su nueva entrega en aquella marabunta de las transmisiones informativas… Y Pierce Brosnan, desde luego, protagonizaría la historia.


    Se mantuvo la confianza en Bruce Feirstein, para que, en solitario, desarrollara un nuevo guión original a partir de tales premisas. Pese a su éxito anterior, la decimoctava entrega sería dirigida por el canadiense Roger Spottiswoode, un veterano profesional que se había curtido en el oficio durante los años setenta como editor (aprendiéndolo como asistente de edición en los sesenta) de títulos tales como «Perros de paja» (Sam Peckinpah, 1971), «La huida» (Sam Peckinpah, 1972, como consultor), «El jugador» (Karel Reisz, 1974) o «El luchador» (Walter Hill, 1975); que participó en el novedoso guión de «Límite: 48 horas» (Walter Hill, 1982); y que se ganó el respeto como director en filmes como «Bajo el fuego» (1983), «El último hombre inocente» (1987, para televisión) o «En el filo de la duda» (1993). Pocas producciones modernas o contemporáneas (o ninguna) han sabido reconocer el mérito de la segunda unidad. Nunca se ha expuesto el menosprecio en la saga Bond, que no se ha olvidado de sobreimpresionar los nombres de sus directores en los créditos iniciales o de apertura. La encomiable labor de Vic Armstrong en el largometraje se refleja soberanamente en las variadas escenas de acción que, en solitario o en comandita con Spottiswoode, crea y dirige. Con Peter Lamont embarcado (y discúlpeseme el simplón juego de palabras) en esa mastodóntica empresa que fue «Titanic» (James Cameron, 1997), se contrató al experimentado decano Allan Cameron para el diseño de producción. Un maestro como Robert Elswit (recomiendo un vistazo a su filmografía y encarecidamente su último trabajo en la espléndida miniserie «Ripley» —Steven Zaillian, 2024—), regaló al espectador planos sublimes, como director de fotografía. Igual de plausible, la edición del dueto Michel Arcand y Dominique Fortin. Las miniaturas eran patrimonio de John Richardson, quien no decepcionó con los barcos y la nave antirradar a escala 1:8, fabricados para la película, cuyas secuencias fueron rodadas en el estanque de la bahía de Rosarito (México), el más grande del mundo, construido, claro, para «Titanic». BJ Worth, como de costumbre, se ocupó del estupendo salto en caída libre de cuatro kilómetros, para el cual no podría desplegar el paracaídas hasta que no restaran sesenta metros. El especialista francés Jean-Pierre Goy fue el encargado de conducir la moto para la secuencia de acción en la ciudad asiática, la cual incluyó un salto entre edificios sobre un helicóptero en vuelo. Se levantó una rampa de treinta metros, debiendo alcanzar el piloto una velocidad de ochenta kilómetros por hora para el salto y aterrizar en una montaña de tres pisos de cajas de cartón, montadas tras la fachada del edificio, que amortiguaron el literal aterrizaje. El espíritu de la saga venera el trabajo manual o artesanal frente al digital, lo que supuso que esto último apenas se limitara a las hélices del helicóptero, para las escenas de riesgo, a la ampliación de fondos en la desescalada con el cartel del rascacielos o a la composición de la secuencia submarina; pues, por ejemplo, para la persecución en el garaje, dispusieron de hasta diecisiete vehículos. En el apartado musical, un cuasi bisoño David Arnold, que ya se había responsabilizado de obras como las de Roland Emmerich, «Stargate» (1994) e «Independence Day» (1996), ejecutó una banda sonora notable, que conjugó a la perfección la naturaleza de cada secuencia; y Sheryl Crow deleitó con una más que interesante canción principal.


    El elenco, en su núcleo de secundarios, invariable, con Judi Dench, Samantha Bond, Desmond Llewelyn y Joe Don Baker. Teri Hatcher, debutante en la gran pantalla con ese brutal entretenimiento que es «Tango y Cash» (Andrei Konchalovsky, 1989), había participado en algunos largometrajes menores, pero, en verdad, era famosa por su protagonismo en la serie de televisión «Lois & Clark» (1993-1997). Michelle Yeoh, estrella del cine asiático, con más de diez años en la profesión, especializada en películas de acción, aprovechó, sin duda, la oportunidad que se le brindó. Jonathan Pryce, incuestionable secundario del cine, brillante y profesional, se declaró encantando por interpretar a un villano del carácter de Elliot Carver, tan distanciado de los ordinarios de las películas de acción de los noventa, a los que no podría haberse ajustado. El imponente físico del alemán Götz Otto encajaba a la perfección con el típico secuaz de campo de la saga. Ricky Jay era un popular mago que aparecía con frecuencia en las películas de David Mamet; por hacer la gracia, se rodó una escena que incorporaba un truco de magia con cartas, la cual hubo de excluirse del montaje final. Apunte curioso, la aparición como Ministro de Defensa del guionista, noble y demás Julian Fellowes, a cuya biografía me remito.


    Y, con el homenaje al inolvidable Albert R. Broccoli, eterno propietario de Eon Productions, se estrenó, en 1997, «El mañana nunca muere».


    En la frontera rusa prolifera el menudeo ilegal de armas. Durante una operación conjunta del MI6 y la Marina Real Británica, con la colaboración del ejército ruso y retransmisión en directo, sobre un mercado negro, el terrorista Henry Gupta (Ricky Jay) se delata. Acaba de adquirir un decodificador satelital estadounidense robado, haciendo procedente la inmediata destrucción del bazar criminal por vía sumarísima, por lo que el almirante Roebuck (Geoffrey Palmer) ordena a la fragata HMS Chester el lanzamiento de un misil, pese a las protestas de M (Judi Dench) acerca de la presencia en el lugar de su agente espía, que, no siendo competencia de la Marina, puede ir apañándoselas buenamente. Entre dimes y diretes, misil lanzado y cuenta atrás para impacto, el agente en cuestión enfoca un avión a reacción con armamento atómico. Las consecuencias, ahora (esa explosión del material atómico), excederían de lo previsto. Con el misil fuera del alcance de la señal de autodestrucción emitida por la fragata, no queda sino procurar retirar el elemento nuclear de la ecuación. Allá que va, entonces, el agente espía, que no es otro que James Bond, 007, abriéndose paso, a base de hostiar y ametrallar a los malos, hasta el avión; deja inconsciente al copiloto y despega justo en el instante en el que el misil impacta en el objetivo, hasta el punto de que mana de la cortina de fuego arrasador generada, cual ave fénix regenerada, para desahogo de la sala de control británica. Ah, Bond todavía no está a salvo. Un avión gemelo ha conseguido despegar tras él y el copiloto ha despertado y trata de ahorcarlo con un cable. Pilotando con las rodillas, 007 esquiva y contiene los ataques enemigos, se coloca bajo el avión contrario y eyecta al copiloto que lo atraviesa, matando dos pajarracos de un tiro, nunca mejor dicho, o tecleado. Rebasada la fase liminar, la fragata británica HMS Devonshire navega por las aguas del mar de la China Meridional cuando es hostigada por unos cazas chinos que le acusan de invadir sus aguas nacionales. La tripulación de la fragata comprueba que permanece en ruta internacional. La diferencia de referencias geográficas se ha de culpar a Gupta, que está usando el decodificador para provocar el conflicto. Mientras el incidente se sucede, un barco antirradar perfora con un proyectil la fragata y desintegra un caza de un misilazo; operación que es inspeccionada por Elliot Carver (Jonathan Pryce), magnate de las telecomunicaciones, desde la sede de su grupo de comunicación (CMGN) en Hamburgo. Su objetivo es crear noticias por medio de sucesos desestabilizadores que le permitan ampliar su emporio: «No hay mejor noticia que una mala noticia». El MI6, receloso de los detalles de la exclusiva publicada en el periódico Tomorrow, propiedad del Grupo Carver, obtiene un margen de 48 horas para investigar, antes de que el Ministerio inicie un ataque contra China; además, algún satélite del Grupo parece también implicado. James Bond, interrumpido en mitad de una clase recordatoria de danés, o con la profesora de danés, en Oxford, es convocado para la misión. Su antigua relación con Paris (Teri Hatcher), la esposa de Carver (chivada por Moneypenny —Samantha Bond—), puede serle de provecho, y la ceremonia que Carver ha organizado en Hamburgo para celebrar el lanzamiento de una cadena de noticias, el momento oportuno. Aterriza, pues, 007 en la ciudad alemana, donde Q (Desmond Llewelyn) le surte del nuevo BMW 750iL, customizado como Dios o la Reina manda y dotado de un teléfono de control, adicionado con un reproductor de huellas digitales, un descargador eléctrico y una llave universal. En la fiesta, la tapadera como banquero le durará el habitual par de segundos, aunque suficiente para que la trama lo presente ante Carver, lo acerque a Paris e introduzca a una bella y enigmática mujer china, quien resultará ser la agente Wai Lin (Michelle Yeoh). Los secuaces de Carver, con Stamper (Götz Otto) a la cabeza, intentan, sin éxito, acabar con el agente británico, tentativa de homicidio de la que 007 se venga fastidiándole la fiesta al magnate. Al menos, tras una noche rememorativa de afectos pasados, Paris desvela a Bond la entrada de un sótano secreto, lo que terminará pagando con su vida. Antes, 007 accede con facilidad a la guarida y recupera el decodificador. La salida ya no será tan asequible: una rondadora Wai Lin hace saltar las alarmas. Evolucionada la sección de tiroteo y evasión, de regreso a su habitación de hotel, Bond encuentra el cadáver de Paris. Carver ha contratado los servicios del sicario Dr. Kaufman (Vincent Schiavelli) para asesinar a la pareja y montar un escenario que responsabilice al Agente. El plan se le vuelve a torcer y Bond se libra de la trampa, ejecutando sin piedad a Kaufman. Para deshacerse del equipo de esbirros, empecinado en su coche a fin de recobrar el decodificador, Bond deberá recurrir a sus artilugios y destrozar el BMW, en una impresionante escena de persecución en el interior de un garaje. Apurado por el tiempo, Bond se reúne con el agente de la CIA Jack Wade (Joe Don Baker), quien recibe el decodificador y lo ayuda a adentrarse en las profundidades marinas donde se halla hundido el Devonshire, topándose, a lo largo de la incursión submarina, con la agente Wai Lin y descubriendo que han sustraído un misil nuclear. Al emerger, la pareja es apresada por Stamper, que los conduce hacia la presencia de Carver en las oficinas del Grupo en Saigón (Ho Chi Minh), donde, por supuesto, el villano describe su malévolo plan, que ha contado con la inestimable cooperación del general chino Chang (Philip Kwok). La sin par destreza de los agentes concede a la narración una espectacular secuencia de huida y persecución en moto (BMW 1170 cc, oh casualidad) por las calles saigonenses. Aliados contra Carver y sus infames paniaguados, e informando a sus respectivos gobiernos, rastrean la posible ubicación del barco antirradar, el cual asaltan y plagan de bombas. Wai Lin es capturada y Carver le revela su propósito de disparar el misil nuclear británico contra Pekín, desencadenando una guerra mundial, que permitirá a Chang intermediar en la paz, despejando su camino al poder, y otorgar a Carver los derechos de transmisión en China, como contraprestación. Bond irrumpe en embestida, los agentes revientan la nave, con auxilio externo, y se da muerte a Stamper y Carver muy salvaje y sangrientamente, como corresponde en estas lides. El cierre de la entrega no innova, ataja o bifurca, así que la pareja de agentes disfruta de su ratito romántico, al despiste de los ojos amigos que los buscan.


    Siempre culmino el visionado de «El mañana nunca muere» con el dulzor de la satisfacción acariciando los recovecos de mi paladar y sublimando, de pura comprensión del espacio, por entre las comisuras de mis labios. En práctica equiparación con «GoldenEye» (1995), me ofrece todo lo que necesito que me ofrezca. Un Brosnan prodigioso en su papel de 007: la indolencia, el desafecto, la inteligencia, la belleza, la seducción, la persuasión, la pericia, el talento, la resiliencia…; un genial villano histriónico o comedido, según se requiera; y unas mujeres, personajes e interpretaciones, magníficas, a años luz de las mostradas en las décadas anteriores, si bien, guardando esa perenne belleza. Me deleita cada segundo de metraje entre Bond y Paris, ese reencuentro sensacional, esa frialdad con la que 007 ejecuta a Kaufman, esa despedida del cuerpo inerte de la mujer, cariñosa, aunque ausente de lágrimas. El director de fotografía compone un plano sobresaliente, admirable, con Bond y Paris de pie, cara a cara, cuerpos en contacto, en la habitación del hotel, él acaba de deslizar suavemente su vestido, ella de espaldas, ambos escorados a la derecha de la imagen, envueltos por una luz cálida y tenue. Las escenas de acción con el coche y la moto se englobarían entre las mejorcitas de la saga y, en general, la narrativa se desarrolla con fluidez y solvencia, para una historia de las míticas. Una complaciente aventura de 007, en definitiva… Qué más se puede pedir.


Julián Valle Rivas

Carta abierta al Alcalde de Lucena y a la ciudadanía, por la Mesa Unidad Ciudadana Lucena por su Hospital

alcalde lucena aurelio fernández garcíaHoy, 27 de junio de 2025, se cumple un año de la última concentración que se celebró en la Plaza Nueva para reclamar las mejoras sanitarias que nuestra ciudad necesita. Después de ese lapso de tiempo, la situación que vivimos en Lucena, está peor pese a la lucha de la mayoría de los lucentinos y las lucentinas.


Lucena es una ciudad valiente. Lo es cuando ves como gracias al esfuerzo de sus hombres y mujeres se ha convertido enuna referencia industrial para toda Andalucía. Se ve la valentía cuando mantiene y defiende sus tradiciones sin dejarse influir por modas ajenas a la ciudad que sí se están haciendo notar en otros lugares. Es valiente cuando se crean eventos e iniciativas gracias al empuje de colectivos que luchan para que disfrutemos de actividades sin parangón en otros puntos del país.


Ahora nos toca ser valientes en la lucha por nuestra Sanidad. Una lucha en la que nos va la vida. La nuestra y la de nuestros seres queridos. La Junta de Andalucía ha decidido que nuestra ciudad siga siendo de Segunda o de Tercera, en lo que a servicios sanitarios se refiere. Después de un año, para lo único que se dieron prisa fue para anunciar el traslado de las Urgencias, haciéndolo coincidir con la puesta de largo de nuestro movimiento en un claro intento de desactivación, que les ha vuelto a retratar, porque como anunciamos no cumplirían los plazos y a día de hoy no se sabe cuando se llevará a cabo el traslado.


La situación es peor, porque además de que la Junta de Andalucía siga sin escuchar a nuestro colectivo, tampoco lo hace con los representantes de nuestro Ayuntamiento. Ya va para año y medio esperando una cita con la Consejera de Salud, sin que haya habido hueco en su agenda, mientras la situación se deteriora más. Y sobre todo, la situación es peor porque se ha roto la unidad que había en esa concentración hace un año. De esa foto se ha caído el alcalde de nuestra ciudad junto con todo el Partido Popular.


Su ausencia en la reivindicación colectiva, la primera vez en casi 20 años de lucha en Lucena, que un alcalde da la espalda a la sociedad civil organizada en lucha por mejoras sanitarias, no es más que una estrategia de división y desgaste. Pese a nuestras reiteradas invitaciones y solicitudes para que se ponga al frente de este movimiento, éstas no han sido escuchadas.


Su ausencia no es baladí ni carente de tacticismo. Su negativa a estar con la ciudadanía organizada desvirtúa nuestro movimiento, acusándolo de politización. Da gasolina a tertulianos interesados, de bar, medios de comunicación y de redes sociales, que invierten su tiempo en acusar con falsedades en defensa de otros intereses que desde luego nada tienen que ver con la defensa de la Sanidad. Aquéllos que nos acusan de politización, dígannos, ¿Qué se hace cuando se invita por activa y por pasiva a alguien y rechaza la invitación para poder mantener una coartada que defienda los intereses de su partido?


La negativa del Alcalde, provoca desafecto, provoca que tengamos que dedicar esfuerzos en defendernos de ataques en lugar de usar ese tiempo en construir. Provoca, que en una ciudad valiente hayan personas y colectivos que no quieran dar un paso adelante en la lucha colectiva que vivimos por miedo a perder subvenciones y apoyos institucionales. Todo eso provoca una desunión que ni hemos buscado ni pretendemos mantener.


Lucena necesita la valentía de sus ciudadanos y ciudadanas en lucha por lograr unos servicios sanitarios dignos. Necesitamos dejar de mendigar y exigir dignidad. Necesitamos un alcalde valiente, que como han hecho otros alcaldes del Partido Popular, Écija, Herrera, Algámitas..., se enfrente a Juanma Moreno cuando es necesario porque con la salud de sus ciudadanos no se juega. Necesitamos acabar con la división y tener a toda una ciudad peleando por lo que es de Justicia. A otras ciudades se lo regalan, nosotros vamos a conquistar nuestros derechos. En Lucena no asustan los retos.


La Mesa de Unidad Ciudadana, seguirá luchando como siempre. Con esfuerzo voluntarioso de hombres y mujeres que sacan tiempo de dónde no lo hay para luchar por la Sanidad. Con falta de recursos económicos que nos permitan afrontar grandes acciones que nos reclaman nuestros vecinos y vecinas, como volver a llenar la ciudad de banderolas en cada balcón reivindicando nuestro hospital. Seguiremos trabajando con prudencia y tacticismo pues sabemos que hay quien celebraría el más mínimo fallo por nuestra parte y sería una fuente de ataques por su parte.


Pasos cortos pero firmes. Vamos a seguir luchando todo el tiempo que sea necesario. Y esperaremos que en un año nuestro mensaje a la ciudadanía sea más positivo y desde luego que la desunión se haya acabado.


Alcalde, Aurelio, ¿Por qué no luchas con nosotros?

Mesa Unidad Ciudadana Lucena por su Hospital

El dedo y la luna, por Pepe Morales

Hacen mirar al dedo para ocultar la luna. No les basta con que la luna tenga una cara oculta porque el periodo de rotación sobre su eje es el mismo que el de traslación alrededor de la Tierra: quieren que no se vea, hacer como que no existe. Agitan el dedo índice para señalar, acusar y acosar, como un anzuelo para atraer la mirada boba y la boca incauta del pez que acabará siendo un pescado. Quien mira el dedo no ve las algas, insectos, larvas, gusanos, crustáceos, detritos orgánicos y plantas acuáticas que son el alimento real: sólo el anzuelo.


Los programas electorales del bipartidismo son como la cara oculta de la luna, un corta y pega que quieren ocultar porque, una de dos: o son mentira o, peor, son verdad. Por eso agitan los dedos señalando fruslerías que no alimentan al pez pero son cebos que atraen su atención para pescarlo. Los mejores cebos que utilizan los pescadores de votos son medios dóciles, togas militantes y el río revuelto de las redes sociales. Cuando algún sabio señala la luna, el narcotizado electorado, besugos de hecho y merluzos de derecho, mira al dedo.


El dedo índice se agita al ritmo que marcan las cotidianas noticias manipuladas, los rumores continuos sin confirmar y los peligrosos desatinos judiciales, como el tambor de las galeras, como el péndulo oscilante durante un show de hipnosis delante de un público que nunca se plantea la veracidad del espectáculo. El método es de radiofórmula: un tema comercial, sin importar la calidad, es emitido por los medios bien regados con publicidad institucional y repetido por un coro de tertulianos y opinólogos. Funcionan bien los importados de EE.UU.


Nunca espere que un embaucador le hable de Sanidad, Educación, Pensiones, Vivienda o Dependencia… para eso tiene su dedo señalando los asuntos de interés para usted y la sociedad: le hablará de la corrupción ajena, no de la suya, del terrorismo, no del franquismo, de la Patria, no del país, de enemigos, no de convecinos, de invasores extranjeros, no de personas, de okupas, no del atraco habitacional, de negocio, no de sanidad, de odio, no de convivencia. Y usted mirará el dedo asintiendo y canturreará el estribillo sin analizar la letra.


Los dedos señalan el caos y un país colapsado, un estado que no funciona y su ruptura, la ruina y la debacle económica, la hecatombe y el apocalipsis, el armagedón. En la superficie lunar, el Ibex 35 iguala los 14.000 puntos de 2008 tras alcanzar sus empresas un récord de beneficios de 62.724 millones en 2024 (31.768 para la banca, el mejor año de su historia), el independentismo ha caído al 40%, hay un récord de 21,8 millones de trabajadores, el paro ha bajado a niveles de 2008 y la economía encabeza el crecimiento en toda la eurozona.


Se comprende que quieran ocultar la luna. Es incomprensible, o tal vez no, que la mayoría no quite ojo a los dedos que señalan lo que señalan y magnifican los voceros mediáticos y togados deformando la realidad en un esperpento digno de un espectáculo, un negocio o la realidad virtual. Analizando TikTok, Instagram, Facebook, Twitter, Youtube o Telegram, se explica que parte de la juventud entregue su voto (y su futuro) a defensores del fascismo y delincuentes. Analizando los programas de más audiencia de TV, se explica lo inexplicable.


El congreso para que Ayuso releve a Feijóo al mando del PP servirá para dar un repaso con el dedo al gobierno causante de la pandemia, la erupción del volcán palmero, la guerra de Ucrania, el apagón en Europa o la parada de la red ferroviaria. Los dedos señalarán a ETA y Venezuela, a Begoña y Ábalos, a la inmigración de patera y a los okupas. Los Peinados y Marchenas, los 7.291 cadáveres del covid y los 228 de la dana, los entornos de Ayuso y Feijóo, Mazón y la Gürtel, Page y Susana, quedarán, de nuevo, en la cara oculta de la luna.

Pepe Morales

Saga Bond: Pierce Brosnan (I), por Julián Valle Rivas

goldeneyeArrastré (juro lo preciso del verbo) a mi buen amigo el poeta Manuel Guerrero hasta el mítico cine local Palacio Erisana para ver mi primer estreno en pantalla grande de una película de 007. Aquel adolescente de quince años se agitaba enfebrecido no por el ardor hormonal, sino, entendido como excepción a ese estado natural, por el ansia de la novedad cinematográfica, magnificada por la coyuntura del gigantismo de la proyección. Se había estrenado la última aventura de James Bond cuando todavía tenía nueve años, edad insuficiente para disfrutar de la experiencia. Pero, en aquellas inciertas fechas de 1995 o 1996 (irrumpió en España durante los albores de las Navidades de 1995, y quizá llegaría a la ciudad con retraso), el cartelón a las puertas del Palacio era una tentación fascinadora a la que me subyugaría cualquiera que fuera o fuese el precio. Y arrastré conmigo, entonces, a mi amigo Guerrero, quien, como amigo, pletórico de resignación, comprensión o condescendencia, se dejó llevar por la vorágine de locura e ilusión emanada por mi persona. Y, así, vi o vimos, aunque seguro que con desigual ánimo, convirtiéndome en moroso en una deuda de amistad que no podré satisfacer jamás, el entreno en cine de «GoldenEye».


    En principio, para 1989, los planes continuaban en marcha. Timothy Dalton protagonizaría la tercera de las entregas para las que había sido contratado. Sin embargo, durante el primer semestre de 1990 todo se truncó. La eterna fragilidad o inestabilidad económica que identificó a Metro-Goldwyn-Mayer desde las postrimerías del pasado siglo infectó a United Artists, distribuidora de la saga, repercutiendo o contagiando a Danjaq, titular de los derechos fílmicos. La productora europea Pathé adquirió el consorcio MGM/UA bajo un estudio de mercado que preveía la venta a saldo de derechos de distribución de un paquete de películas del estudio, incluidas las dieciséis de 007, razón por la cual los guiones se tornaron más jurídicos que cinematográficos, condicionados por la tormenta del litigio, cuyos plazos abocados a la desesperante dilación atestiguaron la extinción por caducidad del contrato con Dalton. En el ínterin, Albert R. Broccoli, sometido a un arrebato de estresante delirio, despidió a los veteranos o fraternos Richard Maibaum (fallecería en enero de 1991) y John Glen, para rondar los jardines de John Landis o Ted Kotcheff, con un guión de Michael G. Wilson y Alfonse Ruggiero Jr. Los pleitos, no obstante, tecleado queda, arrasaron con todo.


    Superada la fase judicial, tocaba reactivar la franquicia. Martin Campbell era un director neozelandés que se había profesionalizado en la televisión británica y adentrado en los vericuetos del largometraje con relativo o fluctuoso éxito. Nadie dudaba, pese a, de su rigor y eficiencia. Había compaginado la dirección con la producción, reconociéndosele sus dotes para controlar a un numeroso grupo de trabajadores dentro de los márgenes de un presupuesto. Hombre intenso, manejaba con la diestra al equipo técnico y con la siniestra, al artístico. Ante la delicada salud de Broccoli (su acreditación fue de presentación y su injerencia, consultiva), Michael G. Wilson y Barbara Broccoli afrontaron la primera línea de la producción. Conservaron a su lado a los viejos Peter Lamont, en el diseño de producción, y también a Tom Pevsner y Arthur Wooster, ahora, como productor ejecutivo, uno, y director y fotógrafo de la unidad adicional, otro; y concedieron libertad a Campbell, quien reclamó la intervención del director de fotografía Phil Meheux, curtido profesional con el que había trabajado en varios filmes. El guión, cuyo título homenajeaba a Ian Fleming, al asociarse con una de sus misiones y al nombre de su finca en Jamaica, se escribió a partir de una historia original de Michael France, quien se había dado a conocer con la película de Sylvester Stallone «Máximo riesgo» (Renny Harlin, 1993). De este modo, fueron contratados Jeffrey Caine y Bruce Feirstein, para desarrollar dicho guión. Caine, inquilino del medio televisivo, debutaba en el cine; mientas que Feirstein, después de haberlo ganado todo o casi todo en el ámbito publicitario, se había dedicado a escribir artículos como autor independiente para los más reputados periódicos y revistas estadounidenses, ocupación que asaineteó con esporádicas participaciones en producciones televisivas de asimilada notoriedad. Sindicado a Luc Besson, el músico francés Éric Serra, que mediaba la treintena, gozaba del necesario bagaje; si bien, a algunas piezas de la banda sonora les acopló tonos electrónicos o de sintetizadores que, aun tendencia del momento, hacen rechinar los dientes a quien subscribe. La celebérrima Tina Turner afamó la canción de cabecera compuesta por Bono y The Edge.


    Sugiero al fiel lector que, almidonado con nobleza y esperanza, persevere en los modestos artículos de esta saga indague en la hemeroteca de la casa. Recordará que Pierce Brosnan estaba en el visor de los productores desde que acudió al rodaje de «Sólo para sus ojos» (John Glen, 1981), donde actuaba su difunta esposa Cassandra Harris. Años más tarde, los tejemanejes de la competencia televisiva obstaculizaron su oportunidad. El 4 de junio de 1994, ante unos doscientos cincuenta periodistas, se presentó a Pierce Brosnan como el nuevo actor que interpretaría al Agente James Bond, 007. Reunía Brosnan el físico, esa presencia en pantalla, y ese carácter pícaro e irónico, ese toque de humor, y esa sofisticación, ese porte, que habían imprimido al personaje los dos abanderados de la franquicia: Sean Connery y Roger Moore; junto con la destreza actoral de Timothy Dalton (no entraremos en comparativas con el pobre George Lazenby, que tuvo bastante). Debía ser un Bond aclimatado a los nuevos tiempos y a la nueva realidad histórica, tras la desaparición de la Unión Soviética, que no podía permitirse olvidar sus raíces, aquellos malhechores y aquella Guerra Fría no tan lejanos. El resto del elenco fue arribando con naturalidad. Famke Janssen, modelo reconvertida a actriz, con sus pinitos en el cine, se superó en su papel de villana desorbitada y orgásmica. Izabella Scorupco, otra modelo adaptada y adoptada por el cine (corrió diferente suerte en el mundillo), cumplió con solvencia su condición de mujer independiente, con iniciativa propia y, en cierta medida, arrojada. Sean Bean ya era un actor de carrera en el cine y la televisión británicas, de cualidades indiscutibles, que ha salvaguardado hasta la actualidad. La apuesta de la entrega, revolucionaria para la etapa, fue, desde luego, Judi Dench, veterana actriz de reconocido prestigio, para el papel de una M obligada a potenciar su liderazgo en un ambiente predominantemente masculino. Reflejo de esta apuesta, el histriónico Alan Cumming. Secundarios de lujo, Gottfried John, Robbie Coltrane y Joe Don Baker. Samantha Bond, quien había compartido tablas con Dench, encarnaría a Moneypenny y nadie podía ni podrá arrebatarle el papel de Q a Desmond Llewelyn.


    Los efectos digitales calaban con fluidez en la industria cinematográfica de mitad de los noventa, pero los productores de la saga Bond confiaban ciegamente en la técnica artesanal, en un equipo decano capaz de lo máximo. Peter Lamont y Martin Campbell sabían que el estudio de 007 en Pinewood no podría albergar la monumentalidad del proyecto, por lo que se fueron hasta Leavesden (hoy se localizan allí los estudios de la Warner Bros.), donde se hallaba una antigua fábrica militar de helicópteros de la Rolls-Royce cerrada, que revertieron en estudio para el largometraje, con los diversos platós y escenarios y, en su exterior, recrearon los edificios y las calles de San Petersburgo, donde no obtendrían los permisos de las autoridades para la escena de la persecución con el tanque. Enmascararon como tren blindado soviético una locomotora British Rail Class 20 y un par de vagones Mark 1. Utilizaron en empréstito tanto el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, como el prototipo número 1 (había cuatro) del helicóptero Tigre de Eurocopter (hoy, Airbus Helicopters), que no entraría en servicio hasta principios de los años 2000. La producción, en consecuencia, fue una manufactura tradicional, con miniaturas, decorados y efectos especiales y visuales clásicos, del personal de Chris Corbould, Steve Crawley, Steve Hamilton, Andy Williams o el miniaturista Derek Meddings, habitual de la saga, que fallecería en septiembre de 1995 sin sazón de comprobar los resultados de su trabajo (a su memoria, la película). Y anecdóticos toques digitales para un presupuesto modestísimo para la época de unos sesenta millones de dólares. El triunfo del filme lo es (y siempre lo fue en la saga), en parte, por la pericia y el talento de sus especialistas. Wayne Michaels mantuvo con el corazón en un puño al director de la segunda unidad Ian Sharp y su equipo, para la escena del salto en la presa, como lo hicieron Jacques «Zoo» Malnuit y el renombrado BJ Worth, para el salto al avión sin piloto. Prodigios todos ellos que tampoco habrían sido posibles sin la consagración al proyecto de Albert R. Broccoli, sin su convicción y empuje, sin su pasión y empeño, legando la eternidad de unas obras y la posteridad de un personaje cinematográfico. Murió el 27 de junio de 1996, para él, «GoldenEye» sería la última entrega de la saga.


    Año 1986. La URSS todavía es la URSS. Los soviéticos son los malos de la película y, simulada entre los hormigonados muros de una presa en Arcángel, se oculta una industria de armamento químico. El familiar juego de enfoques y sombras de la cámara marca la figura de un hombre que recorre veloz el camino de la cima de la instalación, para realizar un salto con liana que le permitirá adentrarse en las entrañas de la mole a través de una rendija. Los agentes del Servicio Secreto Británico, 007, James Bond, y 006, Alec Trevelyan (Sean Bean), asaltan la factoría con la misión de destruirla, contadores de las bombas a seis minutos. El militar encargado, coronel Ourumov (Gottfried John), les echa encima un batallón defensivo, que apresa a 006 y lo ejecuta. Bond reduce los contadores a tres minutos y, escudado de las balas enemigas tras un bidón cargado de algún producto altamente explosivo, huye en una avioneta a la que sube en pleno salto al vacío. Nueve años después, en 1995, 007 se halla en Montecarlo, sobre los pasos de Xenia Onatopp (Famke Janssen), expiloto de cazas soviéticos y miembro del sindicato criminal Jano, dedicado al tráfico de armas, quien ha seducido a un almirante de la Marina Real Canadiense con el fin de asesinarlo en mitad de acto sicalíptico y suplantarlo por un perfecto doble criminal. La aleve treta les permitirá robar el helicóptero Tigre, última generación impune a los ataques electromagnéticos, sin que Bond, que ha descubierto la marrullería demasiado tarde, haya podido evitarlo. Ya en la sede del MI6 en Londres Bond investiga la fechoría, y la trama aprovecha para introducir los tradicionales diálogos devaneadores con Moneypenny (Samantha Bond), que ella solventa con mayor prestancia y seguridad que antaño, durante el breve trayecto hasta la sala de satélites desde donde tratan de averiguar el paradero del helicóptero, el cual es localizado en una estación siberiana de seguimiento en Severnaya. Allí, mediante narración en paralelo, han aterrizado Ourumov y Onatopp, quienes se hacen con los mandos de control del GoldenEye, arma satelital de la extinta URSS capaz de lanzar pulsos electromagnéticos, no sin antes ametrallar a todos los trabajadores de la estación y programar el arma para arrasarla. Sólo se salvan de la masacre los informáticos Boris Grishenko (Alan Cumming) —poco después se revelará su condición de traidor— y Natalya Simonova (Izabella Scorupco), quien emergerá de los escombros hacia el gélido paisaje de su entorno. La secuencia de acontecimientos es observada desde la sala del MI6, así que M (Judi Dench) asigna la misión a 007, con preceptiva visita a Q (Desmond Llewelyn). El jefe científico surtirá a Bond de artilugios tan molones como un bolígrafo explosivo (se activa y desactiva con tres pulsaciones del botón de muelle) y un cinturón de rápel (el reloj láser vendría de serie), sin obviar el BMW Z3 equipadísimo (o eso garantizan, pues queda para un anecdótico uso ordinario). San Petersburgo reúne a Natalya y a Bond, cada cual por su lado, aún. Ella contacta con Boris, cuya corrupción le hará secuestrarla, al ser una peligrosa testigo de las fechorías del grupo Jano. Por su parte, 007 enlaza con el agente de la CIA Jack Wade (Joe Don Baker), quien le recomienda que negocie con Valentin Zukovsky (Robbie Coltrane), rival directo en el tráfico de armas, con el que Bond tuvo un encuentro en el pasado poco afortunado para el ruso. La cuestión es que, entre dimes y diretes con Zukovsky y tentativa de los mismos con Onatopp, Bond se cita con Jano, quien resulta ser Alec Trevelyan. Descendiente de cosacos rencoroso con el estado británico, conspiró fingiendo su propia muerte, aunque, al adelantar Bond los contadores de las bombas, sufrió quemaduras que desfiguraron la mitad de su rostro. Las irreconciliables posturas de los viejos amigos provocan que Bond abandone su estado de inconsciencia atado dentro del Tigre, programado en modo autodestrucción, acompañado de Natalya como copiloto. El sistema de eyección libra de la muerte a la pareja, que es detenida por el Ministro de Defensa Dimitri Mishkin (Tchéky Karyo). Durante el interrogatorio, Natalya desvela todo el entramado criminal, al tiempo que Ourumov irrumpe y mata al ministro, al saberse desenmascarado. 007 y Natalya intentan escapar, pero ella es capturada, situación que el agente británico no va a consentir, razón por la cual, haciéndose con un tanque, persigue por las calles rusas el coche de los secuestradores. Sin embargo, no puede evitar que Natalya caiga en las manos de Trevelyan, cuyo tren de transporte consigue Bond embestir con el tanque; pese a, se verá atrapado junto a Natalya en un vagón con los contadores de los explosivos a seis minutos, según le advierte Trevelyan (giño, giño; o sea, a tres minutos). Entretanto Bond urde una fuga con su reloj láser, la destreza informática de Natalya triangula el origen de la señal de control del GoldenEye en Cuba. En la isla caribeña, la pareja localiza el escondrijo de la organización Jano, en el que, una vez que acaba con Onatopp, que ha ido en su busca, se introduce procurando una discreción inútil, puesto que ambos son detectados y cazados, no sin antes reprogramar Natalya el GoldenEye para una reentrada atmosférica que lo desintegre o estrelle e imantar Bond un puñado de bombas estratégicamente repartido. Claro que Trevelyan desactiva las bombas (conoce las funciones remotas del reloj del espía) y explica todos los pormenores de su plan, destinado a robar el Banco de Inglaterra y eliminar los registros financieros del país, abocado, con ello, a la debacle económica, y el rastro de su actividad malhechora. El muro de códigos de seguridad creado por Natalya pone nerviosos a los presentes, incluido Boris, quien, en la trifulca causada por los intrusos, ha cogido el bolígrafo especial de Q con el que juguetea activándolo y desactivándolo mientras Bond computa de soslayo, hasta que, de un certero manotazo, lo envía al rincón propicio para la explosión del lugar. 007 se apresura hacia la antena y la sabotea, iniciándose una lucha a muerte con Trevelyan… a muerte para este último. Finalmente, cómo no, desmoronamiento de la guarida villana, baño de Boris en nitrógeno líquido y reencuentro amoroso de 007 y Natalya, interrumpido (los cánones de la saga lo mandan) por Wade y su equipo de marines.


    Suele comentarse, en los más simplones mentideros cinematográficos, que cada espectador tiene su James Bond preferido, coincidente o no con un sesgo generacional. Yo alabo el conjunto, con sus oscilaciones, y tengo, al menos, una favorita, la mejor, de cada uno de los actores protagonistas, lo que adiciona (lo he admitido) la única de George Lazenby. Me gustan prácticamente todas las de Daniel Craig, quien representó a un 007 distinto, a la par, muy efectivo o contundente, y muy ajustado en su temperamento al escrito por Fleming (llegará su turno). Sin embargo, el Agente James Bond, 007, es Pierce Bronan, pues se aúnan en él cada uno (o la mayoría) de los rasgos del personaje, los cinematográficos y los literarios (ese aire de masculinidad, esos ojos claros, ese flequillo de pelo negro…). Considero a Brosnan como el prototipo de Bond, y tal vez por eso cautivó o embelesó a aquel joven que asistió a la proyección de «GoldenEye» en el cine Palacio Erisana. Hasta que el portento de Tom Cruise no estrenó esa asombrosa «Misión imposible: Sentencia mortal» (Christopher McQuarrie, 2023), ni había visto ni vi secuencias de acción más grandiosas o que funcionaran tan bien como los dos saltos de la introducción de «GoldenEye» (sí, de acuerdo, aventaja Cruise por prescindir de dobles). Luego está la interpretación de Brosnan, el perfil de los variados personajes, la narrativa de la trama y el mimo al detalle. La encantadora belleza de Izabella Scorupco (¡cómo no salir enamorado del cine!), conciliada con esa fortaleza que brota de su personaje. La fotografía de Phil Meheux, que enmarcaría los fotogramas del salto de la presa a través de ese filtro a la cámara, el vuelo del avión a ras de las llamas en la industria química y el atardecer en la playa de Puerto Rico. Han pasado treinta años y, salvedad hecha a algún efecto digital que provocaría el chasquido de lengua, la película luce espléndida, con una dignidad absoluta. Entretenida e interesante. Destacable en la saga.


Julián Valle Rivas

Melody, por Pepe Morales

“Currante” vale para definir a este producto del show business. Su currículo reza: cantante, compositora, actriz, modelo, productora y presentadora. En el tajo desde que El Fary la apadrinó a los 9 años, en 25 ha compaginado escenarios e industria musical con estudios de canto, guitarra clásica, piano e interpretación. Ejemplo de emprendedora, empoderada si se quiere, es una mujer hecha a sí misma que también encaja en los viejos tópicos del refranero: “aprendiza de mucho, maestra de nada” o “quien mucho abarca, poco aprieta”.


Pocas como ella, en cuanto a tenacidad y preparación, sobreviven buscándose la vida en la vorágine del efímero panorama del espectáculo que traga y excreta divos y divas por un día con la fluidez de las especies carroñeras. Existen voces virtuosas, instrumentistas virgueras, letristas inmortales y linajes que dan acceso al Olimpo pasajero de la popularidad y exigen un trabajo continuo para mantenerse arriba. Quienes carecen de estos dones suelen recurrir a atajos como el trabajo en la carretera o cualquier otro que les garantice audiencia y tirón.


Las comparaciones son odiosas, pero basta comparar a Ana Belén, Carmen París, Rozalén o Rosario Flores con Melody para ver que la valía y el esfuerzo siguen caminos diferentes en cada caso. Melodía Ruiz debe esforzarse el doble, o más, para obtener la mitad o echar mano de ardides para llamar la atención y hacerse un hueco. “El baile del gorila” la colocó en radio, televisión y conciertos y lo aprovechó para aprender maniobras de acceso veloz a la fama, como enseñar carnes si eres mujer, arreglos disco en la música y letras pegadizas.


Los pies de barro juegan malas pasadas a dioses y divas. Es habitual que un ídolo caiga cuando se engorila y piensa que cualquier locura que haga o dislate que diga lo celebrarán el público en general y sus fans en particular. Sentirse por encima del bien y del mal es a la vez tentación y error humano. Una persona mal amueblada recurre al Ikea del pensamiento, un catálogo de ideas “asépticas” y aceptadas sin cuestionar qué porcentaje de su éxito responde a la calidad y cuál a la publicidad. De igual manera funcionan los argumentarios.


La derecha populista ha implementado eslóganes de gran éxito entre una ciudadanía harta de los tejemanejes del bipartidismo: “ni de derechas ni de izquierdas”, “opinar (en su contra) es ideología” o “mostrar desacuerdos (con ellos) es hacer política”. La galaxia del glamur es consciente del hartazgo popular hacia la clase política y el famoseo ha encontrado en estos clichés una forma de nadar y guardar la ropa, ocultar su penuria intelectual, proteger el negocio para no perder audiencia de ninguna clase y, en definitiva, soplar y sorber a la vez.


Al ser preguntada “¿Qué opinas del genocidio de Israel en Gaza?” Melody responde “Sobre política no voy a pronunciarme. Lo mío es el arte”. “Voy a dar mi opinión como artista, de la otra parcela no voy a hablar porque no es la mía”. No es el primer caso, ni el único, ni el último. Es una artista, otra más, contagiada por el virus inhumano e insolidario que afecta a una sociedad corresponsable de más de 50.000 asesinatos, niños y mujeres en su mayoría, un genocidio que ha competido por la audiencia diaria con el Benidorm Fest y Eurovisión.


La diva “valiente y poderosa” ha pisado a Gaza para brillar, ha acallado su voz (¿qué más da?) y ni siquiera es libre para opinar como un pez en una pecera. La diva “apolítica” mira por su negocio y, amortizada la inversión de RTVE en el producto Melody, no ha dudado en venderse al mejor postor, una cadena, ¡cómo no!, privada y de derechas. Ella, empresaria de sí misma, es consciente de que su actitud la hace aspirante preferente (o juguete roto, que todo es posible) a Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid o Bandera de Andalucía.

 

Pepe Morales

Destacados

Lucena Digital

Prensa independiente. Lucena - Córdoba - España

Aviso Legal | Política de Privacidad | Política de CookiesRSS

© 2026 Lucena Digital, Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización