Era el aniversario de la saga, veinticinco años, y 1987 no podía transcurrir sin una nueva entrega, la número quince, nada menos. La etapa Moore se había cerrado. Sin un sustituto elegido, el trabajo debía ir adelantándose. Richard Maibaum y Michael G. Wilson se pusieron manos a la obra con el guión. Partieron del relato homónimo de Ian Fleming, que rezuma en la primera escena postintroducción, para construir toda una historia. Ignorando todavía qué actor encarnaría al Agente 007, había que moldear un personaje neutro. Sin duda, existía el acuerdo unánime de rebajar la sucesión de chascarrillos hacia el originario periodo Connery, y se rebajaría más… Pero no adelantemos.
Lo primero era lo primero: el actor protagonista. En la famosa prueba de cámara que recreaba la escena del encuentro en la cama del hotel entre James Bond y Tatiana Románova de «Desde Rusia con amor» (1963), Sam Neill contó con el beneplácito general. Sólo Albert R. Broccoli torció el gesto: no terminaba de encajarlo. Pierce Brosnan había encontrado hueco en el rodaje de la temporada de la serie «Remington Steele» (1982-1987) y, durante tres días, participó en pruebas de cámara y ensayos. Entonces, la productora estadounidense lo reclamó y los británicos decidieron esperarlo, sería cosa de unas semanas. Sin embargo, la cosa se alargó, los estadounidenses multiplicaron la programación de rodaje y ampliaron metraje. Parecía que no estaban dispuestos a deshacerse de Brosnan, ni a permitir que compaginara interpretaciones. Broccoli se exasperó y enfadó con el retraso impostado. Brosnan quedó descartado.
Timothy Dalton se había sentado frente a Broccoli y Saltzman allá por 1968, para enfundarse la piel de James Bond en «007 al servicio secreto de su Majestad» (1969). Había destacado en varios largometrajes con solvencia. Además, era un actor serio, responsable y maduro (lo contrario a lo que sería George Lazenby, o sea), al extremo de reconocer ante los productores que, con poco más de veinte años, era demasiado joven para personificar al Agente Bond. Ahora, a las puertas de finalizar el rodaje de «Brenda Starr» (1989) —tanto que salió de uno y entró en el otro con el único paréntesis del viaje entre localizaciones—, aceptó el ofrecimiento. Hombre algo tímido, se sintió abrumado por la insistente atención pública. Quizá por su natural carácter, se aferró a las relecturas de las novelas de Fleming, sugiriendo un perfil más humano, afrontando los comunes conflictos internos y sensaciones de vulnerabilidad; ello, sin olvidar que el día ordinario de un doble cero podía ser su último día, lo que le conferiría una pátina de dureza y frialdad. Maibaum y Wilson matizaron, pues, al protagonista según las ideas de Dalton, repercutiendo en un muy inferior porcentaje de gracietas. Otra cualidad que se vieron obligados a rediseñar fue la imagen de mujeriego del espía. La segunda mitad de los años ochenta reclamaba un concepto más monogámico, más moderado o formal en su relación con las mujeres. La faceta de seductor del personaje sería narcotizada o sumergida en un tanque de bromuro.
Maryam d’Abo acudió, por consejo de Barbara Broccoli, quien comenzó a ejercer como coproductora asociada junto con Tom Pevsner, para participar en una de las pruebas de cámara de los actores llamados a ser 007 en el filme. Al equipo satisfizo tanto su trabajo que no perdió el tiempo en buscar a una actriz protagonista: la tenían encuadrada en cámara. Jeroen Krabbé, entusiasmadísimo con la proposición, se mostró encantando con representar a uno de los villanos. Como Joe Don Baker, quien tampoco se lo pensó dos veces. El exbailarín alemán Andreas Wisniewski poseía el físico adecuado para el papel del asesino Necros. Los cumplidores secundarios John Rhys-Davies y Art Malik eran una apuesta segura. Ineluctablemente, había llegado el turno de sustituir a Lois Maxwell. Caroline Bliss, a sus veinticinco años, procedía del mundillo televisivo, y no hizo ascos al papel de Moneypenny. Robert Brown llegó para quedarse y Desmond Llewelyn era eterno, o inmortal.
El equipo técnico, prácticamente, se conservó en su integridad, garantizando la continuidad, con John Glen en la dirección y Arthur Wooster en la segunda unidad como director y fotógrafo. Sí se recuperó a Alec Mills como director de fotografía, aplicando una paleta de color más apagada o contenida. En el apartado musical, John Barry defendió su feudo y con Paul Waaktaar compuso la canción de los créditos iniciales, pieza ejecutada por la banda noruega A-ha, impropia, según mi opinión, para la saga, al menos, superados los primeros acordes.
Los plazos iban apurados, así que las unidades se dividieron para un rodaje casi a la par. Mientras Dalton hacía acto de presencia y asumía (empecinado) algunas de las escenas de acción, los especialistas aéreos Jake Lombard y BJ Worth había grabado el salto inicial en paracaídas, con la dificultad del viento y el aterrizaje en un terreno tan escarpado como era el del peñón de Gibraltar. Más arriesgada fue la escena de la lucha aérea con la red de carga y el peligroso zarandeo de la misma. John Richardson y su equipo fueron probando modos de destruir el Land Rover del prefacio, puesto que, en el desierto de Mojave, el impacto por caída libre lo transformó en una plancha de diez centímetros. El acantilado del cabo Beachy resultó ser la ubicación idónea para lanzarlo por medio de un cañón de aire con un maniquí con paracaídas controlados por remoto. Sin escatimar escenarios reales (la mansión de Whitaker perteneciente al millonario Malcolm Forbes o el mítico parque de atracciones Prater de «El tercer hombre» —Carol Reed, 1949—, que ilusionó al elenco), el capítulo de maquetas y miniaturas no deja de sorprender. Desde el jeep que abandona el avión hasta las aproximaciones aéreas, pasando por el primer plano del puente afgano y su escala de un cuarto, con agua y rocas auténticos, para la secuencia de su destrucción, o los fondos montañosos para los primeros planos de la pelea aérea con los actores asidos a la red de carga. Ingenioso fue el uso de un camión de mudanzas con su trasera disfrazada de cola del Hércules, para la entrada por la rampa del jeep con el avión en marcha. Y envite chiflado de John Glen, el estuche del chelo en modo trineo (aterradora experiencia para los actores). En el estudio desértico de Ouarzazate, donde se construyó el impresionante aeródromo, fue una celebridad el doctor James D’Orta, primo de Broccoli, con sus pequeñas intervenciones quirúrgicas gratuitas, aunque sufrió el susto de operar, en mitad de dicho entorno, la arteria radial seccionada de un especialista, asistido por Barbara Broccoli. Finalmente, en Pinewood, el equipo recibió la vista del Príncipe Carlos y Diana de Gales, que disfrutaron como niños disparando cohetes (él) y rompiendo botellas (ella) de falso cristal en cabezas ajenas (la de él). La producción de «007: Alta tensión» no pudo tener mejores padrinos.
El MI6 es elegido para intervenir en unas maniobras destinadas a probar la vigilancia y defensa del SAS en una estación de radar ubicada en Gibraltar (sí, tampoco era español en aquellos años). Los agentes 002 (Glyn Baker), 004 (Frederick Warder) y 007 (los primeros planos lo enfocarán de espaldas, tensando la presentación del nuevo rostro) representarán al Servicio Secreto durante el simulacro. 002 es abatido (simulacro) al instante, provocando que el espectador enarque una ceja, al preguntarse quién fue el listo que concedió a tamaño patán el estatus de doble cero. 004, por su parte, es asesinado (realidad) por un infiltrado que le ha lanzado una nota cuyo contenido no es revelado a cámara. Bond, testigo de la muerte, cerciorado de la aleve agresión, trata de dar caza al impostor encaramado al techo del Land Rover cargado de material explosivo con el que huye raudo por los estrechos pasos rocosos del peñón. Incapaz de detenerlo, el asesino morirá al explotar el vehículo mientras cae por un acantilado. 007 salva la vida gracias a su paracaídas, aterrizando en un lujoso yate ocupado, oh bendita casualidad, por una bella mujer sola y aburrida en medio del estrecho, de la que deberá aceptar, como marcan las normas marítimas de cortesía y protocolo y como buen comandante de la Marina Real británica, la insinuante hospitalidad sicalíptica que le brinda. Faltaría más. Dios salve a la Reina, etcétera. Con la misión de asegurar la deserción del general soviético Georgi Koskov (Jeroen Krabbé) dirigida por el agente Saunders (Thomas Wheatley), asiste Bond a un concierto en Bratislava, donde se fija en la chelista. Será ella la que intentará hacer fracasar la deserción actuando como francotiradora durante la salida de Koskov del auditorio, acción interrumpida por Bond con un certero disparo al arma que hiere el brazo de la mujer. Objetivo intencionado, guiado por la intuición de 007, que es recriminado por Saunders. Logran que Koskov traspase las fronteras del bloque soviético introduciéndolo en una cápsula impulsada a presión a través de la tubería de conducción del gas (la edición se podía haber ahorrado unos planos del circuito de la tubería en ángulo de noventa grados que aplastan la credulidad del recorrido de la cápsula de escape). En la sede del MI6, Bond repasa con Q (Desmond Llewelyn) la lista de asesinas soviéticas, sin éxito, cuando Moneypenny (Caroline Bliss) le comunica, entre coqueterías y flirteos mutuos, que ha sido convocado por M (Robert Brown) en la mansión campestre del Servicio, y Bond le pide que investigue a la chelista con discreción. En la pequeñita y acogedora casita de campo, se reúnen con el Ministro de Defensa (Geoffrey Keen) y Koskov, mientras la trama va insertando escenas de cómo un misterioso asesino, Necros (Andreas Wisniewski), allana el recinto rústico. Deserta el soviético a causa del general Leonid Pushkin (John Rhys-Davies), sucesor del general Gogol (ha sido reubicado en Asuntos Exteriores), quien ha activado la orden «Smiert spionom» (Muerte por espía) y entrega la lista de espías británicos (incluye a 007) y estadounidenses a liquidar, lo que degeneraría en una catastrófica guerra nuclear. Disuelta la reunión, irrumpe Necros aniquilando al personal, distrayendo con botellas de leche explosivas y secuestrando a Koskov. Con la muestra de que el mensaje en poder del cadáver de 004 contenía escrito «Smiert spionom», la prioridad es eliminar a Pushkin. Es la misión de 007, quien comparece ante M, aunque duda el Agente, como dudó con la chelista, retracción de la que está informado M, sugiriendo que podría encargársela a 008. No le queda otra, así que visita la sección de Q donde recibe un molonísimo llavero universal con mando a distancia que tanto explota como expulsa un gas aturdidor, en función de la melodía que se silbe. Flipante. Con mayor o menor grado de flipe, el Aston Martin V8 que Bond toma con el (consabido por todos inútil) ruego de Q de devolvérselo intacto. La chelista es Kara Milovy (Maryam d’Abo) y, pese a que las pistas apuntan hacia Tánger, 007 debe viajar antes a Bratislava, a fin de aclarar la implicación de la mujer. Allí se planta el Agente Secreto, con su discreto Aston Martin en territorio satélite soviético (el guión no se detiene en precisar cómo ha cruzado el Canal de la Mancha). Así, descubre que Milovy es una suerte de protegida y/o amante de Koskov, con quien colaboró en teatralizar la falsa deserción, cuyo objetivo no era otro, en principio, que conspirar contra Pushkin. Precisamente, la chelista ha sido detenida por éste durante veinticuatro horas para ser interrogada, por lo que Bond fingirá ser un amigo de Koskov para ganarse su confianza y sacarla del país hasta llegar a Viena entre añagazas al Servicio soviético, artificios del coche tuneado por Q, vaivenes con el chelo, reconversión de su estuche en trineo, autodestrucción fulminante del Aston Martin y cargos a cuenta del MI6. En el ínterin, Pushkin visita en Tánger a Brad Whitaker (Joe Don Baker), un traficante de armas con delirios de grandeza, aficionado a la guerra, para anular un negocio. Ahora Whitaker, compinchado con Koskov y Necros, ocultos en su residencia, es quien les plantea matar a Pushkin, si no lo hace Bond. Se evidencia, pues, que los villanísimos pretendían completar una inmensa venta de armas generando un conflicto bélico con Pushkin como pantalla. La estancia en Viena de la pareja recuperará la trama de Saunders, de quien Bond necesita documentos identificativos de Milovy, para escenificar su asesinato a manos de Necros y dejar el mensaje «Smiert spionom» escrito en un globo que flota liviano por el lugar. Arribados en Tánger, Bond confirma sus sospechas: Pushkin es la víctima de un complot urdido por Koskov y Whitaker, por lo que unirán fuerzas simulando el asesinato de Pushkin a manos de Bond antes de que lo ejecutara Necros. Sin embargo, Milovy, que, engañada, todavía confía en la bondad de Koskov, traiciona a 007 y ambos son apresados para volar hacia una base militar soviética en Afganistán, donde Koskov los aprisiona por la muerte de Pushkin. En el país afgano, Koskov está enredado en el tráfico de drogas (medio de financiación óptimo de sus trapicheos), que paga con diamantes, peligrosa actividad delictiva la del narcotráfico que el Agente Secreto deberá abortar. Para ello, echa mano (era hora) del artilugio de Q, cuya funcionalidad lo libera de sus carceleros y de sus esposas, contando, eso sí, con el inestimable apoyo de Kara Milovy y un preso que resultará ser el líder rebelde Kamran Shah (Art Malik), quien, además, se aliará con la pareja (¡cómo cambiará la historia años después!) y le pondrá a disposición su guerrilla para fastidiar el negocio estupefaciente de Koskov. Mimetizado entre los porteadores de la droga, 007 aloja una bomba en el avión de transporte. Al ser descubierto, arranca una larga escena de acción a lo largo de la base aérea, con disparos, explosiones y persecuciones por doquier. Bond y Milovy despegan el avión sin percatarse de que Necros ha subido en el último momento. La chelista ha accedido por la rampa de carga conduciendo un jeep con una destreza que se significaría inusitada, si no fuera porque, transcurridos unos segundos, se manifiestan sus dotes como piloto, cuando 007 le cede los mandos del avión como si nada para gestionar con vehemencia la desactivación de la bomba. La tarea no será sencilla, con la irrupción salvaje de Necros y la consecuente lucha entre los dos hombres, hasta quedar suspendidos en el aire, asidos con desesperación a la red de carga del avión, que permanece amarrada a su cola. Necros, claro, caerá al vacío. 007 desactiva la bomba, pero, comprobado el apuro que sufren los amigos rebeldes afganos, asediados por las tropas soviéticas, la suelta sobre un puente, cortando el avance enemigo. Que el combustible se agote es la excusa perfecta para estrellar el avión con los paquetes punibles, que siempre queda muy aparente en pantalla. Bond y Felix Leiter (John Terry) organizan una incursión nocturna a la estrambótica guarida de Whitaker, donde el apañado mando a distancia de Q vuelve a demostrar su utilidad práctica para acabar con la vida del traficante de armas. Detenido Koskov por Pushkin, se barrunta que será el MI6 el que promocione la carrera artística de Kara Milovy con una gira solista inaugurada en Viena y felicitaciones del propio M, el general Gogol (Walter Gotell) y Kamran Shah, de quien se conoce entra y sale de Afganistán a gusto y recorre el mundo con desparpajo. Ah, la felicidad de Milovy no es plena: una nueva misión ha impedido a James Bond asistir al concierto. Se aísla, afligida, en su camerino, donde, ¡sorpresa!, la espera 007 acomodado para el tradicional cierre romántico.
Siento proclamar que el apabullante despliegue técnico y la fantástica proyección de la acción no compensan los reiterativos picos de aburrimiento de la historia y la falta de empatía (o credibilidad) con el actor protagonista. No me refleja Timothy Dalton, en esta entrega, la figura de James Bond, siquiera la literaria. Carece del carisma de Sean Connery y del pícaro gracejo de Roger Moore. Ni su apariencia física ni su aptitud me convencen como propuesta para el personaje. No exterioriza la expresividad emblemática de Bond, su modo de encarar la vida y las situaciones en las que se ve envuelto. No es frío, salvo digna excepción, es glacial. Sin amago de sensibilidades o sentimientos que puedan ser captados por el espectador o que le permitan identificarse con o identificar al simbólico personaje, enarbola con orgullo la bandera de la sosería más recalcitrante. Tal vez se deba a la ausente dirección de actores (Maryam d’Abo va justita y los intérpretes villanos se exceden) o injerencia de los productores; o se deba a aquella neutralidad del personaje con el que concibieron el guión originario, en espera de la elección del actor, que se aplanó con el decidido enfoque del escogido; porque Dalton es, por supuesto, un grandísimo actor, pero no un buen James Bond en «007: Alta tensión».
Julián Valle Rivas
Leo en la prensa que Mazón y Vox (valga la redundancia) cancelan cuatro de los programas con más audiencia de À Punt, como preludio del asalto conjunto a la radiotelevisión pública valenciana. El día que murieron 227 personas ahogadas por la dana, Mazón negociaba lo mismo en El Ventorro, pero solo, sin Vox. Tras años de denuncias de injerencia partidista sobre el ejercicio profesional de los trabajadores de la radio y la televisión gallegas, Rueda prepara una ley que le permitirá nombrar por mayoría simple al director general de la RTVG.
Lo mismo ocurre con Telemadrid y todas las televisiones públicas del país, convertidas en aparatos de propaganda del partido gobernante en cada momento, olvidando su labor como Servicio Público. Una vergonzosa tradición que seguirá sucediendo mientras el miserable bipartidismo reciba los votos de una mayoría ciudadana lobotomizada. Las televisiones privadas se pliegan al interés de sus grupos empresariales, posicionándose políticamente como una porción sustancial del negocio. En cualquier caso, la que pierde es la audiencia.
Por circunstancias que no vienen al caso, he sufrido, como espectador, un fin de semana de Canal Sur. Imposible de apartar de mí ese amargo cáliz, la experiencia ha sido agotadora, estresante, a un tris de un ataque de ansiedad, a pesar de saber lo que es la televisión pública andaluza bajo la manipulación del PP o del PSOE, que tanto monta… Llevan lustros los trabajadores del ente autonómico reclamando unas condiciones laborales dignas y un respeto a sus tareas profesionales dentro de unos parámetros mínimamente democráticos.
El viernes, tocó lidiar un party tabernario, pagado con el dinero de toda Andalucía, bajo la batuta de Bertín Osborne (señoro engominado), con el Sevilla (otrora juglar irreverente, hoy bufón paniaguado), Susana (esposa de Joaquín, el del Betis), Laura Gallego (cantante sin bolos) o María José Suárez (rabanera impostada). Como persona, busqué refugio en la indiferencia; como andaluz, la vergüenza evocó en mí la imagen de un avestruz metiendo la cabeza bajo tierra. Parece que a estos y a otros bribones la audiencia les importa un carajo.
El sábado, un cambio radical de formato anunció en Los Reporteros una pieza sobre el delicado tema de los temporeros que recolectan frutos rojos en tierras onubenses. Después de noticias recientes que hablan de asentamientos de migrantes arrasados por el fuego en Huelva, de un empresario detenido por la desaparición de un temporero migrante (o dos) en Jaén, de la esclavización de migrantes por patriotas sin escrúpulos en Sevilla y de la epidemia racista y xenófoba que infecta al país, creí que abordarían el asunto íntegramente.
Bastaron apenas un par de minutos para caer en la cuenta de que la línea editorial de Canal Sur la dicta ahora el Partido Popular. Ni rastro de los problemas apuntados. Desde el inicio, quedó claro que se trataba de un panegírico sobre las bondades del programa GECCO (Gestión Colectiva de Contrataciones en Origen), permitiéndose usar el argumentario de la ultraderecha para hablar de migración “ordenada” y “segura". Entrevistas a empresarios y trabajadores muy agradecidos y nada sobre abusos laborales y/o sexuales. Todo en orden.
Acabó el sábado con Tierra de Talento, donde destacó el enorme talento de Manu Sánchez para presentar el programa y mitigar los daños colaterales de un formato que prima la competitividad sobre la calidad de intérpretes y actuaciones. El jurado sobra: están ahí para rendir tributo a una fama tan efímera como petulante. Manu bastó y sobró para corregir el papel de cuatro estrellas decadentes a la vez que presentó artistas y espectáculos de forma magistral. Espero que Moreno Bonilla no cancele a Manu por reivindicar la Sanidad Pública.
Pepe Morales
Si usted no es millonario/a, no le dé más vueltas: usted no se ha esforzado; o, dicho de otra manera, ha elegido la holgazanería como modo de vida, así que no se queje y agradezca a cualquier millonario su esfuerzo para mantener a tantos millones de maulas que no merecen el traje que los cubre y la mansión que habitan, el pan que los alimenta y el lecho en donde yacen. Si su frente es una catarata de sudor y, a pesar de ello, no llega a fin de mes, sepa que es por su culpa, por su culpa, por su gran culpa, y ruegue a vírgenes, ángeles y santos.
Usted sabe que todo esfuerzo tiene su recompensa, pero tal vez ignora la sufrida tenacidad del millonario, no del desahogado o del rico, que esas dos categorías están al alcance de cualquier mindundi con un poco de vista y suerte, no: del mi–llo–na–rio. El millonario es persona de esfuerzo comedido, se podría decir que trabaja en un horizonte de mínimos si se compara con el multimillonario, categoría máxima que escapa a la capacidad cognitiva del resto de los mortales. Se podría inferir que el multimillonario es un millonario inasequible al desaliento.
Quien no es millonario no se puede hacer una idea de las kilocalorías que consume un cuerpo durante el proceso de despido de 3 ó 4.000 personas para que las cuentas luzcan beneficios espectaculares, ni podrá imaginar el insoportable dolor articular inferido por el desalojo de cientos de familias para dedicar sus viviendas a alojamientos de temporada, ni conocerá nunca los vértigos sufridos por quienes multiplican por 700 en el lineal del súper el precio pagado por la cosecha al agricultor, ni sufrirá por cargar los beneficios caídos del cielo sobre sus espaldas.
Quien es de origen plebeyo seguramente no comprenda que la riqueza, como la nobleza, también puede ser hereditaria. Existen millonarios de cuna, estirpes cuyas fortunas hunden sus raíces en actividades llevadas a cabo a lo largo de generaciones con variedad de esfuerzos no siempre legales que el paso del tiempo acaba legitimando. Hubo tiempos en que el mundo abundaba en hijosdalgos (nobleza no titulada) e indianos (emigrados a América para buscar fortuna que allá se hicieron ricos). Suelen ser haciendas libres de impuestos, ética y esfuerzo.
Quien no es millonario no comprenderá que las necesidades humanas son oportunidades de negocio, como la salud, la educación o la vivienda… como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto. Los esfuerzos para vender la naturaleza suelen abusar de la colaboración pública y privada, privatizando beneficios y socializando pérdidas. La ignorancia tiende a equiparar el esfuerzo del científico descubridor, inventor y/o desarrollador con el del programador de obsolescencia, pero no: a quien se reconoce el esfuerzo suele ser éste último.
Quienes no son millonarios aplauden con envidia a quienes les han programado la vida para que se sientan reyes del mambo con un sofá por trono, un móvil por cetro y el consumo por corona. Tienen mérito los millonarios que consiguen llenar los hogares de paquetes de Amazon, poner la mesa con Glovo o cobrar por ver la tele y lo hagan sin que su agotada clientela cuestione el precario sistema que hace posible tal prodigio: contratos precarios, esfuerzo mal pagado, derechos recortados y orinar en botellas bajo el ojo fiscalizador del esforzado CEO.
Quien no es millonario no valora los riesgos inherentes a su actividad cotidiana como el de padecer melanoma por sobreexposición a rayos UVA en una cabina de bronceado o en las Maldivas, el de sufrir lesiones de espalda esquiando en Saint Moritz, el de ser fulminado por un infarto, el de sucumbir a una toxicomanía, el de ser agredido por algún damnificado de sus actos o el de contraer artritis en los dedos por pelar marisco. Todo ello sin menoscabo de padecer los avatares y padecimientos que pueden afectar al más mísero (y vago) de los mortales.
Pepe Morales
Conviene mirar al pasado para comprender el presente. Las personas adultas pueden hacerlo desde la atalaya de la memoria, pero es aconsejable contrastar, con precaución, los recuerdos acudiendo a fuentes fiables como estudios, monografías o hemerotecas. La memoria joven debiera recurrir a memorias de confianza y extremar las precauciones ante los cantos de sirena de las redes sociales e influencers sin escrúpulos. En todo caso, mirar al pasado o al presente con el cristal inamovible de la soberbia es poner vendas en los ojos.
Ayuda también a comprender el presente analizar quiénes toman posiciones a favor o en contra de determinados comportamientos ante los que la equidistancia supone una toma de partido. Es habitual que las posiciones conservadoras se opongan a las que miran al futuro, al progreso. Es lícito, y hasta conveniente, preguntarse qué pretenden conservar unos y a qué tipo de futuro apuntan otros. Si lo conservador atiende a privilegiar a unas personas sobre otras, la desigualdad es el precio a pagar. Todo progreso deberá buscar la igualdad.
Cada vez que las posiciones conservadoras ven zozobrar ciertos privilegios, hay feroces ataques a la igualdad con el fin de impedir el avance social, el progreso. Los ataques suelen ir acompañados de campañas que ensalzan, edulcorando o negando las consecuencias de la desigualdad, unas supuestas ventajas del privilegio para la víctima. Aunque existe en muchos niveles de las relaciones sociales, es en el binomio hombre/mujer donde mejor se ejemplifica históricamente la dialéctica privilegio/igualdad que enfrenta tradición y progreso.
Hoy se está produciendo un ataque furibundo a la igualdad entre hombres y mujeres, entre mujeres que quieren la igualdad y hombres que quieren conservar sus privilegios. Mirar al pasado puede dar pistas sobre cómo la tradición asigna una supremacía al hombre desde el derecho civil y el canónico, ideados e impuestos por hombres. La memoria, los estudios y la hemeroteca ilustran sobre cosas de anteayer, como la “licencia marital”, el Patronato de Protección a la Mujer o la Sección Femenina, que explican los ataques conservadores hoy.
Observar quiénes abanderan y protagonizan estos ataques también ayuda a comprender qué posición del tablero social ocupan. Es habitual que el supremacismo machista vaya acompañado de la supremacía racista, homófoba, cultural y religiosa, un kit imprescindible para librar la guerra cultural desde la trinchera conservadora. Es el mismo armamento que siempre le ha dado buenos resultados, y buenos dividendos, a una extrema derecha capaz de mentir y manipular para conseguir su objetivo de enfrentar al pobre con otro más pobre.
Aspirar a la igualdad es muy distinto a imponer los privilegios, es la diferencia entre apostar por el progreso y hacerlo por la desigualdad. Para imponerlos, la ideología conservadora se vale de artimañas como pedir la mano hincando la rodilla y ofreciendo un anillo para cerrar el trato como en una operación comercial. La mujer se deja seducir, y comprar, por un apuesto príncipe de cuento de hadas como sucede en Blancanieves, Cenicienta o Barbie, icono tóxico de la feminidad machista que prima curvas, pasta y postureo sobre el intelecto.
Cualquiera tiene una madre que puede evocar la España de los 60 y 70, cuando al príncipe se le iba la mano con ella y el deseo con otras. Cualquier abuela puede evocar rapados, ricino, violaciones, fusilamientos y robo de hijos y cualquier bisabuela su reconocimiento como persona y la conquista del voto. Es importante para la ideología conservadora borrar a la mujer de la historia y recluirla en el ámbito privado bajo tutela. El refranero conservador lo recoge en “La mujer y la sartén en la cocina están bien” y “En casa con la pata quebrada”.
Pepe Morales
La cosa está muy revuelta desde que la derecha “sin complejos”, la que exigió Aznar, se ha venido arriba de la manera que lo está haciendo, en muchos casos “sin ética ni vergüenza” y muchas veces “sin piedad”. Se ha venido tan arriba que un comando ultra y malafollá ha tenido la desfachatez de asaltar el teatro Falla en un alarde de extrema ridiculez para mostrar su posición ideológica y su carencia racional ante un público que no le ríe la gracia a esa derecha heredera y reivindicadora de aquella que prohibió los carnavales en España.
Pero la cosa es seria, seria en extremo, y va más allá de la chirigota negacionista; tan seria como que payasos del circo parlamentario nacional, como Abascal y parte del PP, aplauden nada menos que los gestos y la ideología que reivindican la vuelta al nazismo de la mano amenazadora del matón sectario Trump, la mentira de Wall Street y la manipulación de Silicon Valley. Pero, mientras nos llevan a la guerra el enemigo norteamericano y la derecha armamentística europea, echemos un vistazo al carnaval político de la Junta de Andalucía.
El presidente Moreno Bonilla se ha disfrazado y presume de ser más andalucista que Blas Infante. Desde que llegó al poder, con Vox de punto de apoyo y Ciudadanos de muleta, no ha parado de apropiarse de la simbología andaluza, aunque ese disfraz no le basta para enmascarar su práctica neoliberal respecto a los servicios públicos. A la vez que inventa el día de la bandera para el 4 D, bandera en la que no cree su derecha desacomplejada, se dedica a desnudar a seis provincias para vestir de plata y oro a su Málaga y a su Sevilla.
El carnaval de Moreno Bonilla tiene fechas señaladas, una de ellas el 28F. De 2017 a 2024, sólo nombró a Lola Flores Hija Predilecta de Andalucía, el resto fueron hombres, en la línea del PSOE (excepto con Griñán). Este año ha nombrado a Pilar Manchón Portillo, experta en IA, junto a Jesús Navas, experto en el pateo de balones. Las Medallas de Andalucía, en cambio, son un cajón de sastre en el que los otorgantes (del PP o del PSOE, da igual) ejercen el populismo al por mayor, con un revoltillo de folclorismo y talento difícil de asimilar.
Como medallista de Andalucía 2025, la astrofísica cordobesa Casiana Muñoz Tuñón le ha dicho al presidente “que hay que saber, que hay que conocer, que hay que investigar y que hay que hacer ciencia”, discurso revolucionario en tiempos de negacionistas, antivacunas y terraplanistas tan del gusto de esa derecha sin complejos disfrazada de andalucismo. El medallista Manu Sánchez aprovechó la mascarada para espetarle a quien está demoliendo la Sanidad Pública andaluza: “mimemos, cuidemos y protejamos nuestra sanidad pública”.
Después de don Carnal, llegará doña Cuaresma. Ya se verá si la máscara blanquiverde tapa el desvío de dinero público a bolsillos privados o la tendencia a amañar contratos públicos con tufo a convoluto. El viacrucis judicial tiene estación de penitencia en los contratos a dedo del SAS acogidos a un decreto derogado, en el agujero de 1,2 millones sin justificar en ayudas a hoteles afectados por el Covid-19, o en el fraccionamiento indebido y fraudulento de contratos con farmacéuticas, como la que paga a su mujer, para eludir la Ley.
El disfraz moderado tampoco tapa los ramalazos de Moreno Bonilla al estilo Milei, metiendo la motosierra al Parque de las Ciencias de Granada o a las universidades públicas mientras bendice universidades privadas, de esas que se localizan en bajos y centros comerciales y que cuentan con un capital social de 3.000 €. Y, como el retardado mental porteño, alguien en la Junta ha preguntado sin inmutarse “¿para qué quiere un niño con autismo personal técnico en integración social, para que le enseñe a mover la lengua enfrente del espejo?”.
Pepe Morales
Cuando se complica el dar con un actor de la edad adecuada como para encarnar un villano que desafíe de un modo creíble al héroe, se sinceraba Roger Moore unos quince años después, honesto, y cuando las protagonistas femeninas tienen la edad que tenía tu madre al comenzar la saga, sabes que ha llegado el momento de dejarlo. Y había llegado el momento de dejarlo, decisión que los productores comprendieron. «Panorama para matar» (1985) sería la última película de 007 protagonizada por Roger Moore, séptima en su filmografía personal, y aún no superada en número… Y todos tan amigos.
Albert R. Broccoli se seguía enorgulleciendo de disponer de un producto que, pasadas más de dos décadas, todavía era demandado por el público. Algo deberían estar haciendo bien. Y no le faltaba razón. Por su parte, Michael G. Wilson, ascendido a coproductor, al flanco de su padrastro Broccoli (no se cuestionaba quién sería su legatario), se arrogaba el reto como una reválida bianual, a merced del voto del público.
Adaptados a ese peculiar método de construcción del guión, el director John Glen y Wilson viajaron por el mundo para seleccionar localizaciones, a partir de las cuales iban ideando escenas para la historia. Un guión, como venía siendo habitual desde que entraron en los setenta, formado de retazos que luego Wilson y Richard Maibaum, guionistas oficiales, cosían hasta confeccionar un largometraje, como una modista cosía las piezas de tela hasta confeccionar un traje y el doctor Frankenstein cosía los fragmentos humanos hasta confeccionar a su monstruo. O sea, el método, si bien se podía tildar de eficaz, era susceptible de arrastrar consecuencias positivas y negativas. Con independencia de ello, para la decimocuarta entrega, sólo conservaron el título de un relato de Ian Fleming, al extremo de ser la única película que abre con un descargo de responsabilidad en torno al nombre de Zorin, el cual entraría en conflicto con una empresa de Silicon Valley o con el diseñador Zoran Dobric (crimen nefando, sumaría yo, desdeñar afección a Thorin Escudo de Roble). Ejemplo de esa sumaria improvisación en la guionización fue el personaje de Tibbett, reescrito al completo cuando Barbara Broccoli se empecinó en incluir a su amigo Patrick Macnee, conocido por su serie «Los vengadores» (1961-1969), a quien unía también la amistad con Moore, al rodar en platos vecinos sus respectivas series en aquellos años sesenta.
Anclado el apartado interpretativo, Christopher Walken parecía no demandar credenciales: había ganado un Óscar por «El cazador» (Michael Cimino, 1978) y estrenado «La zona muerta» (David Cronenberg, 1983). Tampoco la bellísima Tanya Roberts, que había sustituido a Shelley Hack en la última temporada de «Los ángeles de Charlie» (1976-1981), y en el contexto de aquella especie de reciclaje de actrices que padeció la producción con frecuencia. Grace Jones ya era un personaje «per se», muy popular en aquella mitad de los años ochenta. En cambio, Alison Doody, contratada para el papel secundario de Jenny Flex, no adoptaría uno principal hasta interpretar a Elsa Schneider, en «Indiana Jones y la última cruzada» (Steven Spielberg, 1989). Los míticos Desmond Llewelyn y Lois Maxwell (sin el parche de la asistente) tenían sus parcelas reservadas, Robert Brown consolidó plaza. Maud Adams, de visita, fue extra en la escena del mercado de San Francisco y un veinteañero Dolph Lundgren consta acreditado como uno de los guardaespaldas del general Gogol.
La producción no quedó exenta de percances. Agendado el plató 007 de los estudios Pinewood para cuando Ridley Scott concluyera sus escenas de «Legend», sufrió un incendio que lo arrasó, ante la desesperación del diseñador de producción Peter Lamont, cuyo programa de trabajo quedó desquiciado. La decisión de Broccoli fue indiscutible: se reconstruiría el plató. Arqueados por los cálculos de un mes para limpiar los escombros y tres meses para levantar el nuevo plató, el director principal, John Glen, y el de la segunda unidad, Arthur Wooster, dejaron a su suerte a Willy Bogner para que rodara sus locuras sobre la nieve, auspiciado por el especialista Ed Lincold, a quien le sobró con encañonar los patines frontales de una moto de nieve para sugerir usar uno como «snowboard». En París, los inconvenientes fueron reiterativos, dadas las localizaciones. La mediación del productor asociado francés Serge Touboul ganó voluntades, confianzas y permisos, los cuales se pusieron en riesgo cuando la moda de los saltos en paracaídas desde edificios emblemáticos (y una probable filtración de la producción) hizo que una pareja saltara desde la Torre Eiffel. Hubo que reconquistar voluntades, confianzas y permisos, y discurrir al milímetro el salto de BJ Worth y su coordinación con Wooster, por la figura pseudopiramidal de la Torre, matematizada por Wilson (un tipo apto para todo). Grabada una buena toma a la primera, Broccoli se negó a repetir el salto, y aquí aparece Don Caltvedt. Era el paracaidista preparado para eso, para repetir el salto detrás de Worth, y se quedó con las ganas, por lo que, ni corto ni perezoso, al día siguiente, se plantó en la Torre, desconociendo que el equipo seguía trabajando. No le importó y, ante la estupefacción de Glen, Wooster, Broccoli y demás, realizó su salto desde la Torre Eiffel. La estúpida chiquillada casi le cuesta a la producción el rodaje en París. Caltvedt, quien, más tarde, contaba con franqueza la anécdota (despreocupación inexorable dosificada de orgullo y reconocimiento de culpa), fue fulminantemente despedido por Worth. Tercera conquista de París tocaba. Muchísimo menos quisquillosos los de San Francisco, encantados con la producción en y promoción de la ciudad. Su alcaldesa, Dianne Feinstein, no escatimó atenciones ni concesiones. Ni para que Wooster rodara durante varias noches la persecución policial, ni para utilizar un camión de bomberos, ni para aprovechar el levadizo del puente, ni para incendiar el Ayuntamiento… Lo que hiciera falta. Con lo que el equipo debía gestionar el máximo cuidado era con el Rolls-Royce manejado por Tibbett, propiedad, oro en paño, de Broccoli. Productor que disfrutó de su protagonismo y homenaje, cuando se inauguró con pompa el nuevo plató en Pinewood, al cual se le dio el nombre de «Albert R. Broccoli 007».
En la actualidad, los efectos digitales dominan la industria cinematográfica, relegando al polvo del olvido a los efectos especiales. La informática ha suplido a la artesanía. Sin embargo, en aquellos años ochenta, la saga se vanagloriaba de sus efectos artísticos y especiales, que, en cada entrega, derrotaban a los de la anterior. Aquí, Peter Lamont y John Fenner culminaron unos interiores en plató magníficos, con esa mina que John Richardson y su equipo inundaron con miles de litros de agua, salpicados de cortocircuitos. Rémy Julienne y los suyos lograron lo imposible en la persecución en coche por París. Maquetas a escala del helicóptero, el zepelín y el puente de San Francisco; reproducción de la sección superior de uno de los pilares del puente. El batiscafo camuflado de iceberg. La localización del palacio y caballerizas de Chantilly, de tamaña inmensidad que apenas encaja en plano. Diseños y efectos vigentes hoy, con cuarenta añazos, en su plenitud, brillantes y plausibles, paradigmáticos. No iban en zaga la fotografía de Alan Hume o la música de John Barry. Sí desentona, para mi gusto, la canción principal de la banda Duran Duran, que califico como de las peores de la saga, por muy en boga que estuviera el grupo durante el estreno de «Panorama para matar», en 1985.
A la búsqueda de 003, James Bond, 007, encuentra su cadáver bajo una cegadora capa de nieve siberiana, y recupera, del cuerpo inerte, petrificado de congelación, de su compañero, un microchip. En la sede del MI6, escena precedida de una vibrante persecución por la nieve de la que Bond sale airoso del mortal hostigamiento del temible ejército soviético (con catorce películas, el espectador sabe que el Agente británico es el mejor esquiador del mundo) y de un coqueteo marca de la casa con Moneypenny (Lois Maxwell), entre M (Robert Brown), el Ministro de Defensa (Geoffrey Keen) y Q (Desmond Llewelyn), esclarecen a 007 que el microchip es una réplica exacta de un modelo resistente al pulso electromagnético que para el Gobierno británico está desarrollando una empresa presidida por el francés Max Zorin (Christopher Walken), de manera que debe haber un espía infiltrado en la compañía, probablemente, soviético. La misión de Bond será investigar a Zorin y su empresa. Para un primer sondeo, el grupo acude a la carrera de caballos Royal Ascot, pues Zorin es un aficionado y reconocido criador de estos animales, ardid que servirá para la toma de contacto. Allí, M presenta a sir Godfrey Tibbett (Patrick Macnee), agente y experto en caballos, quien colaborará con 007 y que informa de que tiene a un detective investigando sobre el terreno y de que, además, Zorin es sospechoso de dopar a sus caballos. Reunido 007 en el restaurante de la Torre Eiffel (París, claro) con el detective Achille Aubergine (Jean Rougerie), éste es asesinado por May Day (Grace Jones), estrambótica secuaz y lugarteniente de Zorin, tercio entrenadora, tercio amante y tercio sicaria, sin desvelarle poco más que unos orígenes alemanes y la ausencia de pruebas sobre el dopaje. Consumado el chascarrillo de rigor, sale presto 007 tras May Day, quien salta en paracaídas desde la Torre, planeando sobre la ciudad y el Sena. Bond inicia, entonces, una trepidante y espectacular persecución en coche por la orilla del río, tratando de dar caza a la asesina sin conseguirlo. Así, Bond asumirá el rol de un aristócrata interesado en la compra de caballos de raza, para, acompañado de Tibbett, asistir a la venta que Zorin ha organizado en su palacio con caballerizas (un cotijillo en mitad de la campiña francesa). Se detiene aquí la trama para avanzar con pausa, cómo Bond y Tibbett descubren la sala oculta de dopaje, mediante la inserción quirúrgica a los caballos de una inyección que se inocula con un remoto incorporado al bastón de Zorin; cómo se introduce en la narración la historia de la bella y enigmática Stacey Sutton (Tanya Roberts), y el talón que Zorin le extiende; cómo Bond y Tibbett son desenmascarados; cómo el primero, esperanzado en una vana coartada, disfruta de una noche sicalíptica con May Day, y el segundo, pretendiendo comunicarse con el MI6, perece en las asesinas manos de la misma; cómo Bond cae en la trampa de Zorin, en una carrera de caballos amañada y un animal operado con un activador manipulado por el villano y, creyéndose liberado, termina inconsciente junto al cadáver de Tibbett en el Rolls-Royce empleado por ambos para su tapadera; cómo los malísimos hunden el coche con los cuerpos en un lago y 007 recupera la consciencia bajo el agua, sale del vehículo y se mantiene inmerso aguardando a que sus verdugos se retiren mientras aspira el aire de uno de los neumáticos. Ciertamente, Zorin es un agente del KGB, aunque transmite al propio general Gogol (Walter Gotell) su abandono del servicio, lo que enfurruña al viejo general, quien espiará al renegado a través de la agente Pola Ivanova (Fiona Fullerton). En el ínterin, Zorin explicará a sus nuevos socios su plan maestro «Hallazgo principal» (acabar con Silicon Valley, para hacerse con el mercado mundial de microchips), que cada uno habrá de financiar con cien millones, aquél que se niegue dispone de salida directa de su zepelín a los cielos. Sobre la pista de los tejemanejes de Zorin en San Francisco, viaja Bond hasta la ciudad, donde el agente de la CIA Chuck Lee (David Yip) le entera de que el francés es, en realidad, el resultado de unos experimentos genéticos llevados a cabo por el doctor nazi Carl Mortner (Willoughby Gray), de ahí su condición psicopática. Con una seductora añagaza, Bond hurta a Ivanova la conversación grabada que revela que la ejecución del plan de Zorin será inminente, por lo cual visita el Ayuntamiento de San Francisco para obtener datos de la actividad de Zorin, cuya central petrolera bombea agua, operación beneficiosa para la ciudad que escama al Agente británico. Éste se percata que en el Ayuntamiento trabaja Stacey Sutton, geóloga cuya fortuna familiar ha sido arrebatada por Zorin, quien todavía la acosa para que le venda sus acciones petrolíferas. Precisamente, 007 la protegerá de una incursión de los mercenarios de Zorin en su casa y la auxiliará para escapar de la enésima trampa del malvado, la cual supone asesinar al funcionario del Ayuntamiento e incendiar el edificio con ellos atrapados dentro. A fin de evitar perder el tiempo con aclaraciones a la policía, Bond y Stacey cogerán en empréstito un camión de bomberos, recreando para el espectador otra vertiginosa y emocionante persecución por las calles de San Francisco, con mucho coche patrulla destrozado y el levadizo del puente implicado. En esto, se destapa el objetivo de Zorin: llenar de agua las fallas y, con una fortísima explosión, provocar un terremoto que inunde todo Silicon Valley. Y allá que irán Bond y Stacey, dispuestos a abortar el proyecto, adentrándose en la mina del réprobo. Gracias a la inestimable cooperación de May Day, que acomete con su vida la redención, traicionada por la obstinación psicopática de Zorin, al anegar la mina y aniquilar a cualquier persona sin miramiento, la bomba explota fuera del subsuelo e impide la tragedia. Zorin, ciego de ira, secuestra a Stacey con su zepelín. Una acrobacia circense, una dosis de arrojo y el apoyo del emblemático puente de San Francisco valdrán a Bond para rescatar a Stacey y finiquitar definitivamente al reducto villanesco. Se antoja redundante dilucidar, en este punto de cierre, la última escena del filme. El compromiso impone narrar que Gogol, adunado con M, va a entregar la Orden de Lenin a Bond, convirtiéndose en el primer ciudadano no soviético en recibirla. ¿Dónde está 007?, se preguntan, intrigados. La cuestión revierte en Q, que se halla vigilando la casa de Stacey y se los tropieza (o su sistema de videocámara)… bueno… acarameladitos en la ducha.
«Panorama para matar» es la acción artesanal a la enésima potencia, es el diseño de producción y el artístico meritorios, es el conjunto de chascarrillos medidos, es un Moore en su papel y es una trama inteligente y poderosa, contemporánea, en su época, como acostumbra la saga. Las críticas negativas he de endosárselas (otra vez, apostillaría) al desarrollo narrativo del guión, a esa jaquecosa manía de escribirlo a fracciones, dificultando su afianzamiento y firmeza, su compactibilidad (esas líneas en las que se constriñe el título de la película lo rematan); a la penosa, desafortunada, funesta interpretación de Tanya Roberts, que ni transmite, ni emite, ni gesticula, ni matiza, y que contrasta con momentos de histrionismo fatídico (histrionismo que sí se ajusta al personaje de Grace Jones, aunque agota y satura); a ese Christopher Walken de complementación curricular; y a unas escenas de acción rodadas tan al detalle que el protagonismo de los especialistas es axiomático y su presencia en pantalla, identificable. No obstante, «Panorama para matar» resulta un largometraje visual, frenético y complaciente, continúa ofreciendo a la saga algunas las cardinales premisas características, y una despedida para Roger Moore, quien borró aquella aterradora o alarmante aura de mitificación de Sean Connery, aceptable.
Julián Valle Rivas
