Periodismo futbolero, por Pepe Morales

Si el fútbol es el deporte más popular en España, tanto en número de seguidores como de practicantes, la sección “deportes” de cualquier medio de comunicación debería priorizar las noticias más relevantes relacionadas con este deporte. Pero no es así. Los medios informan poco de fútbol y mucho del negocio y los chismes que generan 2/3 clubes de la 1ª división.

Nada debiera ser más relevante que los partidos de la selección nacional, durante la fase de clasificación o cuando gana un torneo, y la información que fluye en torno a dichos partidos, desde la convocatoria hasta el pospartido. Pero no es así. Los medios dedican sus portadas a la selección masculina antes, durante y después del partido y sólo dedican, de pasada, los minutos de la basura a las campeonas del mundo y de Europa de fútbol femenino.

A nivel de clubes, nada hay más relevante que participar y ganar la Copa de Europa (¡manda narices la sumisión cultural de la “champions”!) que genera información para cubrir toda una temporada o lo que dure el equipo en las series clasificatorias. Pero no es así. Al equipo campeón de Europa de fútbol femenino apenas se le dedica un escaso minutaje en los informativos a partir de los cuartos de final y raramente es noticia de portada.

La relación de un equipo con la afición del pueblo o la ciudad debiera ser un lazo cómplice forjado entre el vecindario, las amistades y la parentela, que comparten sufrimientos y alegrías en la grada durante el partido, y quienes juegan. Pero no es así. La información en los medios fomenta el seguimiento a 2/3 equipos masculinos de 1ª que, en provincias, son animados por parte de la afición local, ambos equipos con un 75% de guiris en sus filas.

La verdadera afición futbolera debiera disfrutar de la técnica, la táctica y el juego, individual y/o colectivo, desplegado sobre el terreno de juego por veintidós deportistas sin atender a otras circunstancias extradeportivas. Pero no es así. Los medios fomentan que una parte de la “afición” disfrute si gana “su” equipo y pierde el contrario. Esa misma “afición” sufre si pierde “su” equipo y gana el rival. Ni los unos disfrutan de Cristiano ni los otros de Messi.

Cualquier deporte debiera proyectar, en la sociedad en general y en la afición en particular, una serie de valores intachables, identificables y asumibles sin fisuras por el conjunto de la afición y de la ciudadanía, sobre todo por el sector más joven de la misma. Pero no es así. Los clubes miman a grupos de “aficionados”, marginados sociópatas, que airean en la grada su misoginia, su racismo, su homofobia o directamente su fascismo. Jugadores “famosos” promueven el consumismo o la ludopatía en una rentable publicidad. UEFA, FIFA y RFEF prohíben la simbología “política” donde incluyen brazaletes LGTBI o banderas palestinas, pero admiten a Israel en competiciones europeas y simbología nazi y franquista en la grada.

Un gran partido de fútbol es aquél en el que ambos equipos despliegan un juego individual y colectivo al mismo nivel de excelencia. Pero no es así. Los medios sólo informan de los partidos de 2/3 equipos masculinos de 1ª, jueguen como jueguen, excusando siempre las derrotas, cuestionando a jugadores, entrenadores y árbitros y magnificando las victorias.

Las tertulias futboleras, como las políticas, son veneno. Están especializadas en vender odio, guerracivilismo, camisetas, chismorreos y todo lo relacionado con los 2/3 equipos masculinos de la 1ª división y los jugadores de moda que deciden en cada temporada. Cristiano Ronaldo en Arabia y Mbappé en Francia han tenido muchos más minutos en los últimos años que las campeonas del mundo y de Europa. Poco fútbol y mucho negocio.

Pepe Morales

Abrazafarolas, palmeros y palmeras, por Pepe Morales

El ingenio popular es único a la hora de definir conceptos y situaciones en una sola palabra con gran precisión, a veces con cierta retranca jocosa, sin tener que recurrir a circunloquios y perífrasis. “Abrazafarolas” es un insulto liviano, no admitido aún por la Real Academía, que la Fundación del Español Urgente registra con validez para definir a quienes van muy borrachos y a quienes muestran una afabilidad impostada a todo el mundo en espera de obtener algún beneficio. El segundo caso encaja, no exclusivamente, en el ámbito político.

El tránsito de persona normal a abrazafarolas es tan evidente como perjudicial para la estima que la sociedad tiene hacia el personaje en cuestión. Previa a esta mudanza, el aspirante pasa por una fase en la que comienza a incubar el virus de la notoriedad pública, habitualmente en la barra del bar o en la cola del Mercadona, rodeado por otra especie conocida como “palmera”. En esta fase, quien se postula para abrazafarolas muestra mayor agresividad, emulando a sus ídolos tertulianos de la televisión, que habrá de ir puliendo.

Dominar las pulsiones agresivas es básico para sus aspiraciones en el seno de la manada, así como convertir las zarpas en aterciopelados guantes. Conseguido esto, se puede decir que empieza la nueva vida del abrazafarolas centrando su actividad moderada en eventos públicos concurridos de público y medios de comunicación previamente convocados: teatro, conciertos, deportes, exposiciones (sólo inauguraciones), pregones, procesiones, romerías, bodas, bautizos, comuniones, entierros y un etcétera tan largo como ansia de poder tenga.

Especialmente activo se muestra el abrazafarolas cuando se fija como meta conseguir o conservar el poder, ya sea poder público o privado. Son momentos en los que recupera la agresividad contenida durante mucho tiempo para hacer daño a sus oponentes como forma primitiva de supremacía. La ciudadanía lo contempla con el apasionado fanatismo de quien ha tomado partido y exige sangre con el pulgar hacia abajo, como en el circo romano, a lo que responde con una panoplia argumental a la medida de un público con sed de violencia.

Durante el proceso de transformación, estas personas adquieren una súbita inmunidad que las faculta para renunciar a la modestia, el decoro, la honestidad y/o la decencia. No les importa mentir, desvariar, disparatar o medrar, se ejercitan para ello y cuentan con asesores y voceros para sostener una cosa y la contraria. Sus abrazos todo la sanan, todo lo blanquean, todo lo justifican, de todo los redimen, de todo los exculpan, hasta tal punto que hay ejemplares que se abrazan a otro partido si no encuentran acomodo en el que militan.

La escuela es la misma para toda esta fauna, habite el corral que habite. Así, no es extraño que un alcalde saliente y otro entrante compartan los mismos argumentarios desde el poder o la oposición en temas que afectan gravemente a la ciudadanía, abrazada por ambos en momentos diferentes, a los que nunca dieron solución. Tampoco extrañe verlos compartir atril y palio, tal vez con sincera devoción hacia los ídolos procesionados, en representación de un estado laico y aconfesional como hacían y hacen a título privado, que sería lo suyo.

Es lo que hay. Unos más, otros menos, unos con agresividad, otros con vaselina, unos de forma discreta, otros descaradamente, la mayoría está siempre presta a estrechar entre sus brazos a cualquiera que se cruce en su camino, ilumine o no, que no hacen ascos a nadie. Lo mismo se aplica a ellas, a las candidatas al ascenso político y a las que pretenden mantener la cota alcanzada. Por su parte, muchas farolas gustan de dejarse abrazar por estos sucedáneos de famosos, hacerse la foto y exhibirla: son los palmeros y las palmeras.

Pepe Morales

Saga Bond: Sean Connery (V), por Julián Valle Rivas

solo se vive dos vecesQue la serie de animación «Los Simpson» adapte la principal escena de acción en uno de sus episodios revela (quizá) la especial trascendencia del quinto largometraje de la saga, protagonizado, a base de reuntar la mano con manteca verde, por Sean Connery, quien estaba hasta la coronilla clareada del personaje, hartazgo que hacía público sin dolerle prenda alguna. En cuestión de cinco años, su físico (reconozco que puede ser una impresión muy personal) había experimentado una metamorfosis kafkiana, y el 007 que había desafiado al Doctor No se antojaba una figura pleistocénica, en comparación; no simplemente pretérita, sino pretérita pluscuamperfecta, práctica autoinfligida de deglución.


    Lo cierto es que la producción de «Sólo se vive dos veces» (1967) andaba muy apurada de tiempo, empachada de retrasos. Desde «Goldfinger» (se había anunciado en sus créditos finales), los productores recreaban en torno al desarrollo de «Al servicio secreto de Su Majestad», sin llegar a prosperar, sobre todo, por los exteriores nevados. El contrato de Connery se aproximaba con fatalidad a su fin y el guión ni siquiera se encontraba cerrado. Para dar forma a la idea original de Geoffrey Jenkins (muy retocada o influida por Broccoli, opacada de la obra original), se contrató a un viejo amigo de Ian Fleming, Roald Dahl, famoso por sus relatos y novelas de corte infantil y juvenil, quien no supo dar ese toque de adultez extrema a un trabajo que hubo de ser apuntalado por Harold Jack Bloom. El inesperado éxito de la comedia «Alfie» (1966) abrillantó las credenciales de Lewis Gilbert para la dirección, pero las hojas del calendario caían y urgía una segunda unidad solvente que rodara las escenas de acción. Durante el viaje a Japón en busca de localizaciones, se toparon con Peter Hunt, conocido de la producción, a quien se le propuso supervisar de nuevo la edición y asumir ahora la dirección de la segunda unidad. Por su parte, la base secreta de SPECTRA en el interior extinto del volcán implicó un doble reto. Ken Adam, diseñador de producción, maquetó un inmenso escenario con falsa laguna como techumbre retráctil presupuestado en un millón de dólares, que Broccoli aprobó sin pestañear. De inmediato, se inició en Pinewood la construcción de la mole, mientras se dudaba acerca de si Freddie Young, director de fotografía, sería capaz de iluminarla… Cerró muchas bocas o las abrió de puro pasmo.


    El rodaje de la película no estuvo exento de problemática. En tanto continuaba la construcción en Pinewood, el aterrizaje de Connery y su esposa en Japón fue un acoso de prensa constante; corrió, además, el bulo de que la producción no asumiría determinadas deudas en el país; Diane Cilento, esposa de Connery, rotando en disfraces, acabó interpretando a todas las nadadoras o buceadoras de la secuencia pesquera; el cámara aéreo John Jordan perdió un pie durante la grabación del combate de los helicópteros; las actrices japonesas, a quienes se pagó un viaje a Gran Bretaña al objeto de aclimatarse al idioma, no terminaban de cubrir sus papeles (sólo la amenaza del honorable suicidio persuadió a Gilbert); y los primeros minutos de metraje con Jan Werich, actor checo contratado para interpretar a Blofeld, fueron descartados por el director, pues su perfil se le manifestaba bonachón en exceso. Donald Pleasence se convirtió, así, en recurso de última hora. Al menos, la canción de Leslie Bricusse a la voz de Nancy Sinatra maquilló el reflejo chirriante de los créditos de apertura.


    Cuando una nave espacial desconocida captura a otra estadounidense que gravita por el espacio sideral, las alarmas de la Guerra Fría resuenan por doquier, al culparse a los soviéticos. El Servicio Secreto Británico ha hallado indicios de ubicación de la nave enemiga en el mar de Japón. Hasta allí se envía a James Bond, quien fingirá su muerte, con mucha pomposidad de exequias marinas y marítimas, con el propósito de infiltrarse por la zona (lo que torna en sinrazón la publicación de su foto en las esquelas de los periódicos). Será el contacto del Servicio Secreto en el lugar, Dikko Henderson (Charles Gray), antes de ser asesinado con alevosía, quien pondrá a 007 tras la pista de una empresa japonesa y convendrá su reunión con el jefe del Servicio Secreto Japonés, Tanaka (Tetsuro Tamba), a través de Aki (Akiko Wakabayashi). La empresa sospechosa resulta ser Industrias Químicas Osato, de donde Bond, en una meteórica incursión, extraerá un puñado de documentos que vinculan a la empresa con un encargo portuario de oxígeno líquido, compuesto empleado en las naves espaciales. Citado en las instalaciones de la Osato, 007 conocerá al propio dueño (Teru Shimada) y a su asistente, la bella Helga Brandt (Karin Dor). Al cabo, ambos se desenmascararán agentes de la organización SPECTRA, que planea su enésimo caos mundial, desestabilizando la carrera espacial de las potencias. Seguir a Osato lo conducirá hasta una isla que Bond explorará en modo aéreo sirviéndose de una suerte de autogiro customizado con los más punteros sistemas de armamento proporcionado por Q (Desmond Llewelyn) en persona, y que nos dará una interesante secuencia de acción aérea, en la que el retroproyector hace hoy de las suyas en los primeros planos de Connery. El caso es que, superados varios intentos de asesinato (uno de ellos costará la vida a Aki), con la intención, supuesta intención, de pasar desapercibido, Tanaka hace caracterizar a Bond como un japonés y organiza su boda ficticia con la agente Kissy Suzuki (Mie Hama). Descubierta la base secreta volcánica de SPECTRA, sede del contraataque terrorista aeroespacial, por Kissy y Bond, éste se adentrará en ella, después de ordenar a Kissy que se marche para avisar a Tanaka. Pronto, Bond es apresado y puesto ante la presencia del malvado y verborreico, amante de los gatunos blancos, Ernst Stavro Blofeld (Donald Pleasence), quien, agotado por la decepción, ha alimentado a sus pirañas con Helga Brandt. Con la irrupción de Tanaka y su equipo, se montará un espectacular enfrentamiento entre los dos bandos, plagado de ninjas escaladores, disparos, puñetazos y explosiones, del cual logra escapar Blofeld… En fin, la base se destruye emulando una erupción volcánica y Bond y Kissy (por descontado, han quedado solitos a la deriva) son rescatados por un submarino japonés en cuyo interior los esperan M (Bernard Lee) y Moneypenny (Lois Maxwell).


    Todavía me hace rechinar los dientes, no lo puedo evitar, esa ridícula caracterización de Bond como un japonés (¡era un peludo hombretón de metro noventa!). Por lo demás, «Sólo se vive dos veces» termina siendo un largometraje de entretenimiento eficaz, que soporta en cierta medida el paso de los años, muy meritorio en sus escenas de acción, sin escatimar ideas y medios (entrevistado Lewis Gilbert afirmó que, si el filme salía mal, no sería por culpa de los productores); y, sin embargo, no copó la recaudación de su antecesora, aunque la moda del espía saturaba ya el mercado cinematográfico; no en vano, aquel mismo año de 1967 se estrenó esa versión apócrifa, esperpéntica y alucinógena, proyectada bajo los efectos de la psicodelia, que fue «Casino Royale». De cualquier manera, «Sólo se vive dos veces» será recordada por la postrera retirada en falso de Sean Connery, un paréntesis inesperado abierto en la ignorancia de ínfulas desmembradas por el destino.


Julián Valle Rivas

El negocio de la fe, por Pepe Morales

"A propósito del artículo 'El desmadre de las primeras comuniones', de Alfonso Jiménez, y del comentario de una lectora que aparece en su blog 'La carpintería'". 

 

Está la Jerarquía Católica tan alejada de la feligresía como los barones y las momias del PSOE del socialismo o la banda de Génova del bienestar de la sociedad. Son las tres patas del banco donde la ciudadanía se sienta a verlas venir y apoquina lo que pidan por sus boquitas la Conferencia Episcopal, la FAES o Ferraz. Hay religiones donde abunda un clero con callos en las manos que gana el pan con el sudor de la frente en trabajos asalariados y con horario, personas normales, con esposas, maridos y familia como cualquier cristiano.

La Iglesia Católica es más de clero bigardo con estómago insaciable y ancha manga para pedir, aunque menudean curas obreros, que se arremangan para cosechar, colocar ladrillos, amasar pan o mancharse de grasa, pero son mal vistos por la Jerarquía. La sospecha sobre las religiones, todas, hunde sus raíces en la Historia, siempre buscan la riqueza y están dispuestas a vender una cruz, media luna o una estrella bajo la amenaza de una espada, un chaleco bomba o un genocidio. Imperios y religiones tienen ambición de poder y de riqueza.

El negocio de la fe es de los más rentables en la historia del mundo. La Biblia generó, en 2016, 378.000 millones de dólares en plataformas de EE.UU, más que Microsoft y Apple juntas. El Vaticano es propietario de 4.051 edificios en Italia y unas 1.120 propiedades urbi et orbi. El ladrillo y otros negocios nutren las arcas opacas del Instituto para las Obras de Religión tras dejar el Banco Ambrosiano un reguero de corrupción y cadáveres hasta 1982, con más de 1.200 millones de dólares de procedencia desconocida. Era el Banco de Dios.

La Iglesia española obtuvo en 2022 unos ingresos por patrimonio y otras actividades de 120 millones de euros y cuenta con más de 29.000 inmuebles repartidos por todo el país. A esto hay que añadir los privilegios heredados de la dictadura, IBI y mamandurrias, ampliados con las inmorales inmatriculaciones de Aznar, las subvenciones de los gobiernos de la derecha, también de los del PSOE, los PGE, las donaciones y “herencias”. El trasfondo económico del mediático caso de las monjas de Belorado no es el único ni el peor. Sólo es uno más.

España ha actualizado el “Panem et circenses” con fútbol, cañitas, procesiones y romerías por un tubo. El pueblo llano participa en el negocio de la fe católica a través de la llamada BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones), tradición exitosa practicada por la Iglesia Católica que se remonta a la leyenda de Moisés montando en cólera porque el pueblo elegido eligió al Becerro de Oro “in sæcula sæculorum”. Fue Aarón quien dijo: “Aparten los zarcillos de oro que sus mujeres, sus hijos y sus hijas llevan en las orejas, y tráiganmelos” (Éxodo 32:2).

Un somero repaso por cualquier iglesia dará cuenta de los becerros y las becerras de oro que ocupan altares y hornacinas, a pesar de lo escrito en la Biblia al dictado de Dios: “No hagáis conmigo dioses de plata, ni dioses de oro os haréis” (Éxodo, 20:23). Vengan contables a valorar los ajuares de cristos y vírgenes, cada pueblo su becerro y su becerra, donde el oro y la plata abundan en mantos, palios, tronos, joyas y otros elementos de alarde desafiante a los preceptos cristianos exigidos por la Jerarquía a la feligresía con hipocresía.

Viendo la conducta que observa la Jerarquía Católica, no es de extrañar que el pueblo se sume a esas pompas y esos boatos al festejar los sacramentos de la BBC. Cualquier hijo de vecino tiene el mismo derecho que obispos y cardenales a hacer ostentación pública de su estatus y a santificar el consumo derrochador en los altares, en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, de la Virgen Santa y del sagrado cepillo parroquial. La BBC infringe los preceptos cristianos, pero la aprovechan para falsear el concepto de católico practicante.

Pepe Morales

EL DESMADRE DE LAS PRIMERAS COMUNIONES, por Alfonso Jiménez

El altar estaba bellamente adornado de flores.  El templo hervía con el bullicio de un público muy diverso, pero todos, eso sí, de espléndido estreno: desde el chupete del recién nacido hasta el bolso de la abuela. Había tanta expectación como impaciencia y alboroto.  Por fin, desde la sacristía aparecieron dos filas de niños y niñas que se situaron en torno al altar. Todos iban perfectamente vestidos. De nata.


      Dos fotógrafos oficiales tomaron posiciones para hacer su trabajo.  Bastantes familiares se apañaban como podían para captar con sus cámaras de vídeo todos los detalles. Crecía el jaleo y el cura esperó unos minutos para ver si se callaban. Luego rogó:
      - Por favor, guarden silencio. (El ruido era tal que estas palabras nadie las pudo oír). Por eso, el cura volvió a repetir:
      - Un poco de silencio, por favor, para que podamos comenzar.


     Los que ocupaban la nave central se comenzaron a calmar, pero las naves laterales parecían un mercadillo. Se había improvisado un pequeño parking de cochecitos de bebés, en donde cada familiar jaleaba los encantos de su parentela. Hasta se hablaba del partido del Real Madrid. El pobre cura tuvo que decir ya  en plan irónico;
      - Comprendo que muchos de los presentes no estén acostumbrados, pero si no guardan silencio no podemos comenzar la ceremonia.
    Todo seguía igual. Cuando el cura comprendió que nunca iba a calmarse el vocerío, entre el desaliento y el bochorno, empezó:
       - Hermanos, nos hemos reunido aquí para............


    Después, ritualmente se fueron cumpliendo cada uno de los actos ensayados las semanas anteriores.  Pocos asistentes seguían con devoción la ceremonia: alguna madre emocionada y el grupo de catequistas.   


   Entre los nuevos comulgantes había de todo: unos se mostraban atentos;  otros, nerviosos; algunos, sólo estaban pendientes de las cámaras. Al lado, en los laterales, el barullo continuó hasta el final.

  • Podéis ir en paz, aleluya, aleluya  --concluyó el sacerdote. Y el templo se fué quedando libre de aquellos asistentes que, entre achuchones, dejaban la iglesia para coger un buen sitio en el convite, al que seguiría una fiesta con payasitos y todo.  Noté cierta tristeza en el sacerdote oficiante y me dio por pensar que nos estábamos pasando con el tema de las comuniones. Que no tenía sentido tanto lujo, tanto jaleo, tanto desmadre, en un acto religioso que, en definitiva, consistía en recibir por primera vez a Jesús, aquél que no tenía en donde reposar su cabeza.

alfonjimenez.blogspot.com

Aceite y aceituneros, por Pepe Morales

El titular de la noticia de Cordópolis que informa sobre la Feria del Olivo de Montoro es un epítome de lo que está ocurriendo con el precio del aceite: «El ‘tesoro’ del aceite de oliva: el sector descubre que el consumo no ha caído tanto como han subido los precios». Y el subtitular concreta: «Una mesa redonda analiza la ‘asombrosa reacción del consumidor’ que ha hecho abrir los ojos a los olivicultores ante el producto que manejan». Los conceptos ‘tesoro’, ‘descubre’ y ‘asombrosa’ llaman a una atenta lectura circunspecta del artículo.

En el cuento de Alí Baba, el protagonista es un personaje humilde, generoso y simple que se esfuerza sin éxito para mantener a su familia. Cuando “descubre" por casualidad un “tesoro", la ética de Alí se derrumba y se apodera de riquezas que pertenecen a una banda de ladrones. El jefe de los ladrones, camuflado como comerciante de aceite, esconde en tinajas a su banda para matar a Alí Babá, pero el plan fracasa y los ladrones, ocultos en las tinajas, mueren al ser llenadas con aceite hirviendo. Así se cuenta en Las mil y una noches.

Productores y recolectores de aceitunas llevan siglos esforzándose con escaso éxito para mantenerse mientras terratenientes e intermediarios se han hecho de oro cosecha tras cosecha. En los últimos años, la sequía y las olas de calor han reducido un 50% la cosecha y como fórmula mágica para evitar el desabastecimiento han tirado de neoliberalismo hasta lograr que el precio en origen –¡ábrete sésamo!– pase de 1,90 € en 2022 a 9 a primeros de 2024 y a 7,50 hoy. En el súper, usted que lee sabe mejor que nadie a cómo paga el litro.

A los propietarios e intermediarios reunidos en Montoro, sus cuentas de resultados les han dicho que el consumo apenas ha caído un 30% y hablan de “la asombrosa reacción del consumidor” ante una de las mayores crisis de producción de la historia al encadenar dos pésimas campañas. Se llama “asombroso” a cualquier hecho que produzca gran admiración o extrañeza, sea en el mundo real o en el territorio de la fabulación, sea mostrando que las leyes de la economía son un cuento o sea abusando del consumidor con brutales subidas.

Dicen quienes viven de la producción, venta y comercialización del aceite de oliva que “El consumidor nos ha dado una lección magistral que nunca debemos olvidar. [...] Tenemos un tesoro entre las manos que ni nosotros mismos sabíamos que teníamos”. Algunos llegaron a decir que el sector debe aprender para que cuando lleguen buenas cosechas “sepamos disponer de esa renta que el consumidor está dispuesto a dejarnos porque tenemos un producto único […] muy poco sustituible en los hogares que el consumidor va a necesitar”.

Y, venidos arriba, han rematado la faena: “Tenemos la oportunidad para seguir valorizando el aceite de oliva y convertirlo en un producto de demanda y no de oferta”. A pesar de la ignorancia economicista del vulgo, se intuye que –¡ábrete sésamo!– convertir el aceite en ‘producto de demanda’ es sacarlo del lineal del garrafón y colocarlo en el selecto expositor donde convive con Chanel nº 5, The Macallan 78 y otras delicias de dioses; o sea, mantener un precio prohibitivo para el populacho. Por lo pronto, ya han puesto alarmas a las botellas.


Es de imaginar que habrá corrido el Dom Perignon para celebrar el descubrimiento de tan asombroso tesoro que ha hecho abrir los ojos –¡ábrete sésamo!– como platos a propietarios e intermediarios. Como siempre, a los olivos los sigue levantando gente humilde, generosa y simple, emigrantes muchos, que se esfuerzan sin éxito para mantener a su familia, gente excluida del festín y retratada en 1937 por Miguel Hernández en su poema Aceituneros: “No los levantó la nada, / ni el dinero, ni el señor, / sino la tierra callada, / el trabajo y el sudor”.

Pepe Morales

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