Pues resulta que tengo un doble pululando por la zona. Y no se trata del doble mental de Dostoyevski ni del doble teórico de Spinoza o Schopenhauer ni del doble robótico de Ibáñez Serrador (¡a partir del relato de Ray Bradbury!), ni siquiera de Danny DeVito, notorio aunque desconocido (al menos, durante unos años) gemelo de Arnold Schwarzenegger. Me refiero a un doble real, de esos que, por abracadabrante capricho combinatorio genético, dicen que cualquiera de nosotros puede toparse transitando por el mundo. De esos que, al enfrentarte a él, cual cruda certeza de tu amargo reflejo, corres el riesgo de entrar en choque.
Me llegó la primera noticia de su existencia hace muchos lustros, cuando deambulando por un centro comercial de la ciudad, más atento a quemar minutos que a malgastar dinero, un dependiente se me acercó sorprendido por mi extraordinario parecido con un amigo suyo. En aquel momento no le di demasiada importancia, al margen de la mera curiosidad, pues las apreciaciones físicas no dejan de ser determinaciones subjetivas que no sólo varían según el observador, sino que fluctúan en el mismo según su estado de ánimo o la natural evolución humana. Y quizá mi sorpresa fuera mayor que la del cordial dependiente, al descubrir con tristeza que un careto como el mío podía replicarse con tamaña facilidad, cual psicodélica plaga invasora.
El caso es que ahí quedó el tema, hasta que un tiempo después (y no demasiado) familiares muy cercanos, de aquéllos que me vieron nacer y crecer, me afearon el pasearme por las calles de la mano de una señorita morena, sin mostrar interés alguno en presentarla formalmente a la familia. Por mucho que negué la escena, y ciertamente no andaba yo entonces con ninguna joven morena, los susodichos familiares no creyeron mis argumentaciones, las cuales tacharon de infames excusas, orientadas a eludir el compromiso de la presentación debida, como un vil descastado carente de educación o respeto. Porque, sin duda, el suertudo que rondaba por el municipio tan ricamente acompañado era yo, como apodíctica era la Santísima Trinidad o la Inmaculada Concepción de María… Y que, por supuesto, ninguna de las peregrinas explicaciones que yo pudiera o quisiera endosarles con sibilina imaginación tendría entidad suficiente como para contrarrestar la fuerza demostrativa de sus infalibles ojos.
Amén de desvirtuar mi confianza en el valor probatorio de los testigos de cargo, apiadándome de quienes fueron condenados por la candidez de una declaración errónea, la aparente seguridad de la aseveración familiar incrementó mi intriga, puesto que catalizó mi avidez por conocer al personaje, a la par que plantó la semilla de la preocupación. Para trastornar de tal modo la convicción de familiares cercanos, no se reducía el asunto a una evidente semejanza entre los feos caretos, la trama implicaba el aspecto general, como podía ser altura, corpulencia, corte de pelo o afeitado de barba. Y claro, rondando a lo largo del municipio, las repercusiones de las actuaciones realizadas por uno u otro, la manera en la que afectarían a terceros comprometidos por el despiste del parecido (¡identidad!), resultaban, cuando menos, ilustración delicada.
Transcurrieron los años y una amiga, quien, esta vez sí, consiguió distinguirnos, me advirtió de la asombrosa similitud del otro con el que se había cruzado recientemente. Desde aquel instante, han sido varias las personas, anónimas para mí, que me han saludado con entusiasmo, como si nos conociésemos de toda la vida, y a quienes, quizá por resignación, por dejadez, por costumbre o por cortesía, les he devuelto el saludo con igual calor. Por ejemplo, he ido en habitual carrera, ensimismado en mis cuitas, cuando alguien en sentido contrario me ha lanzado efusivos ánimos, recordándome que nos veríamos horas después. También me he hallado en la situación de ir caminando tranquilamente, de nuevo abstraído en mis paranoias, cuando una pareja me ha rebasado y, fijándose en mí, me ha preguntado, con amable confianza y cotidianeidad, cómo me encontraba, deseándome que siguiera bien. Posiblemente, en muchas, o en todas, de aquellas ocasiones, debí corregir a los interlocutores que, confundidos, creyeron dirigirse a otra persona. Habría sido lo honesto, lo correcto. Sin embargo, no siempre obramos consciente o adecuadamente, ni reaccionamos como habría sido lo obligado. Y no hay razón alguna que defienda el comportamiento, simplemente, dejamos que ocurra. Por fortuna, todavía no he sufrido la tribulación de llevarme un revés a mano vuelta, lo que, en parte, se antoja consolador, y revela el conjunto atisbos de dignidad en mi espejo.
Poca información adicional he recibido en relación con mi doble, salvo que, presumo, tiene nombre de monarca. Pero supondría una experiencia fascinante el conocerlo personalmente. Comprobar en primera persona el perfil de sus rasgos, las muecas de su conducta, la sintonía de su estilo. Acreditar la precisión de aquella tradicional máxima que garantiza, ya lo aludía líneas arriba, que todos tenemos un doble compartiendo época en este mundo.
Julián Valle Rivas
Cuando en los años cincuenta nació el mercado único europeo quedó claro que no se podía ignorar la dimensión social de aquel proyecto. Este mercado único favorecía a las grandes empresas y el capital, que podían moverse por el continente sin limitaciones, pero ¿qué pasaría con los trabajadores? Si no se compensaba el enorme poder que los anteriores actores iban a adquirir, apoyando al factor trabajo, existía el riesgo de lo que el presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, llamó “una carrera hacia el fondo”, una competencia a la baja de los Estados miembros del mercado único en derechos de los trabajadores, y en protección social, es decir, en subsidios de desempleo y pensiones .
Para evitar este riesgo potencial se elaboró la Carta de Derechos Fundamentales de los Trabajadores, que estableció los requisitos mínimos para todos los países miembros de la Unión Europea en materia de remuneraciones dignas, protección social, derechos sindicales, jornada laboral máxima, vacaciones pagadas, igualdad entre hombres y mujeres, seguridad y salud en el trabajo, prohibición de explotación de niños y ancianos, facilidades en caso de discapacidad, etc. Pero, sobre todo, la también llamada Carta Social se basaba en la libertad de movimientos y el derecho a residir y trabajar en cualquier país de la Unión, sin permiso previo de sus autoridades ni discriminación con respecto a los nacionales del país receptor. Esta disposición sería el núcleo de la posterior ciudadanía europea reconocida en el Tratado de Maastricht . Aquella Carta Social hoy forma parte integrante de la Carta de Derechos Fundamentales del Ciudadano Europeo aprobada por el Tratado de Lisboa, que garantiza nuestro modelo social europeo .
Este modelo está basado en el consenso y diálogo entre trabajadores y empresarios, sindicatos y patronales, en la justicia, la cohesión social y la solidaridad, pero también en la eficiencia del mercado y la libertad empresarial. La consigna que se esgrimió en los debates fue “que nadie se quede atrás”.
Pero actualmente el modelo europeo enfrenta dos graves problemas: la globalización económica y el envejecimiento de la población.
En un mundo global las economías emergentes suponen una enorme competencia comercial para la Unión Europea. Los BRICS (China, India, Brasil) y otros, tienen unos costes laborales mucho menores y carecen de las cargas sociales (impuestos, regulaciones medioambientales, derechos laborales, etc.) de un Estado del Bienestar desarrollado como el nuestro, lo que hace excesivamente difícil competir con ellas en igualdad de condiciones. Pueden ofrecer productos mucho más baratos que los nuestros poques sus costes son hasta diez veces menores. Ante esta situación nos debemos plantear la pregunta: ¿Tendremos que abandonar nuestro Estado del bienestar, o reducir drásticamente sus gastos, para poder competir y mantener nuestro nivel de riqueza y calidad de vida? Porque si nuestra economía se queda atrás, que nadie dude de que viviremos peor que ahora.
El segundo problema que afrontamos los europeos es el envejecimiento de la población. La esperanza de vida media europea ronda los 80 años y la tasa de natalidad está por debajo de la tasa de reposición de la población, dos hijos por mujer. El número de jubilados y ancianos dependientes aumenta y la población en edad de trabajar no será suficiente para mantener con sus cotizaciones las pensiones y gastos de sanidad de nuestros mayores. Habrá que aumentar la edad de jubilación y seguirá siendo insuficiente.
Por lo anterior la Unión Europea necesita adoptar medidas inmediatas si queremos mantener nuestro modelo social. Algunas propuestas básicas podrían ser :
• Aumentar nuestra competitividad con productos de calidad y alta tecnología. Para ello es imprescindible invertir en investigación e innovación. La inversión en I+D+I, pública y privada, debe alcanzar porcentajes superiores a los actuales con respecto al PIB de los Estados miembros. Los sistemas educativos europeos deben atender menos a factores ideológicos y atender más a las necesidades que nuestras economías tienen para ser más competitivas.
• Reformar el Estado de Bienestar, las pensiones y subsidios por desempleo. Tenemos que hacerlo menos costoso y que sea capaz de incentivar más el trabajo y menos la dependencia económica de la población. En lo que respecta al sistema de pensiones se han hecho ya propuestas de carácter público-privado y la famosa “mochila austríaca”. La modificación del sistema de pensiones exigirá un sacrificio inevitable a las generaciones que soporten el cambio, pues se verán obligadas a cotizar más de lo que recibirán cuando se jubilen. En cuanto a los subsidios por desempleo también se ofrecen modificaciones que postulan contraprestaciones de los trabajadores desempleados a la sociedad. ¿Tendremos los europeos gobiernos capaces de abordar estos cambios asumiendo el coste político que ello conllevará? ¿Arriesgarán su permanencia en el poder por el interés general o dejarán que nos “ahoguemos” con una defensa a ultranza del Estado de Bienestar actual?
• Aceptar más inmigrantes cualificados para aumentar la población trabajadora, teniendo en cuenta las necesidades de la industria y el tejido productivo europeo. Si esto no se hace bien se corre el riesgo de aumentar la bolsa de población dependiente del Estado y por tanto multiplicar el gasto social para unas economías nacionales en déficit y endeudadas. ¿Sería discriminatorio decidir que tipo de inmigrantes debemos aceptar?
• Tener más hijos aumentando el crecimiento natural de la población. Para ello son necesarias políticas de familia y programas de atención a la infancia y cuidado de los hijos, que incentiven el aumento de la natalidad. Entonces, ¿Qué hacemos con las leyes del aborto?
A los dos problemas analizados tenemos que sumar la crisis económica que se atisba para 2023, con la subida de tipos de interés del Banco Central Europeo y su cese en la compra de bonos de los Estados miembros, la dependencia energética de Europa, y la invasión rusa de Ucrania. Esta claro que vivimos un cambio de época, vienen tiempos duros que ponen en una encrucijada al Estado Social europeo, y su continuidad dependerá de que podamos adaptarlo a los nuevos tiempos. La tarea es faraónica y ya vamos tarde.
Fernando M. García Nieto
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/d/delors.htm
Tratado de Maastricht (europa.eu)
text_es.pdf (europa.eu)
3 cuadernillosRETIRAS.indd (politicaexterior.com)
Al cineasta napolitano Paolo Sorrentino se le puede adorar, pero nunca odiar; se le puede ignorar, pero nunca condenar. Sus obras no son de las que se admiran o aborrecen, no se trata de un cineasta de los que gustan o no.
Sorrentino es cine, y su filmografía puede generar emoción o indiferencia, nunca desprecio. Dependerá de las preferencias y del estado de ánimo de cada cual. Porque su cine no es sólo una historia, es una sucesión de sensaciones a través de imágenes que se deslizan ante los ojos del espectador, es una construcción de planos evocadores que penetran en su visceralidad, es un cúmulo de belleza que deslumbra su consciencia, revitalizando la inconsciencia. Porque su cine es luz hasta cuando la oscuridad sobrepasa los encuadres de la secuencia.
Aunque fascinado desde muy joven por el mundo de la cinematografía, encauzó sus estudios hacia el ámbito de la economía y el comercio, a cuyo abandono se vio abocado, incapaz de silenciar la llamada de la vocación. A los veinticuatro años se adentró en el mundillo por vía del cortometraje, escribiendo él mismo o participando en la escritura de los guiones, compromiso al que ya no renunciará. «Un paradiso» (1994), «L’amore non ha confini» (1998) y «La notte lunga» (2001) fueron sus primeras aportaciones al género. Coincidiendo con la última, debutó en el largometraje con «El hombre de más» (2001), protagonizada por quien será su actor fetiche: Toni Servillo; obra que le valió la felicitación de la crítica y el público, junto con tres nominaciones a los Premios David de Donatello. En 2004, saldó un débito con la televisión dirigiendo «Sabato, domenica e lunedì», a partir de un libreto del dramaturgo Eduardo de Filippo, con Toni Servillo al frente del reparto, con quien repitió aquel año en la gran pantalla estrenando «Las consecuencias del amor», drama con tintes mafiosos que le brindó el salto al mercado internacional, pues, además de ser galardonado con cinco Premios David de Donatello (mejor película, incluido), obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes y dos nominaciones en los Premios del Cine Europeo. Encadenó la cosecha de elogios y nominaciones con «El amigo de la familia» (2006) y amplió su presencia internacional con «Il Divo» (2008), un drama biográfico con aires de comedia negra, de nuevo con Toni Servillo, aquí, en el magistral papel de Giulio Andreotti, por el cual ganó los premios David de Donatello y del Cine Europeo a mejor actor. Asimismo, la producción logró un primer destello en Hollywood con la nominación al Óscar por su maquillaje. Tras una cuarta incursión en el cortometraje con «La partita lenta» (2009), su primera coproducción internacional aderezada por reparto de estrellas le llegó con «Un lugar donde quedarse» (2011), protagonizada por Sean Penn y Frances McDormand, que cosechó hasta seis Premios David de Donatello, aunque fue acogida con disparidad entre la crítica y el público. La gloria la encarnaría «La gran belleza» (2013), egregio filme, emblema de la maestría cinematográfica, oda a Roma y homenaje al amor, a la madurez y a la belleza; otra vez con un portentoso Toni Servillo encabezando el cartel; película laureada con el Óscar, el Globo de Oro y el BAFTA, entre otros. Participó, en 2014, en un fallido puzle de historietas amorosas brasileñas, frívolo batiburrillo de directores, guionistas y nacionalidades, titulado «Rio, eu te amo»; para recuperar su esencia y mejor versión con «La juventud» (2015), espléndida coproducción protagonizada por Michael Caine y Harvey Keitel, en la cual ahonda en la recurrente exploración de la madurez y del cansancio de la propia existencia, como algunos de los temas principales de su filmografía. En 2016, Sorrentino demostró que también podía ser grandioso en la producción televisiva, para ello, creó, dirigió y coescribió la serie «The Young Pope», joya del microcosmos del autor, con Jude Law y Javier Cámara, que tuvo su continuación en 2020 con «The New Pope», a la que se sumó John Malkovich. Mientras, mantuvo su afecto por el cortometraje con el publicitario «Killer in Red» (2017) y con «Piccole avventure romane» (2018), para volver al largo con otra biografía política en «Loro» (2018), estrenada en dos partes, si bien, al menos en España, se concentró en una entrega, «Silvio (y los otros)», en torno a la figura de Silvio Berlusconi, interpretado, cómo no, por Toni Servillo.
El pasado mes de diciembre, Sorrentino nos regaló (¡vísperas de Navidad!) su último prodigio cinematográfico: «Fue la mano de Dios». Película de corte biográfico, ambientada en la Nápoles de finales de los años ochenta, coincidiendo con el fichaje de Maradona (personaje recurrente en su filmografía) con club de fútbol de la ciudad (deporte igualmente muy presente en su obra), en la cual aborda, o quizá mejor, revela al espectador aquellos condicionantes de su creación: la idealización del padre, la decepción por la infidelidad paterna, la frugalidad del amor, la pérdida de los progenitores, la importancia de la relación familiar y de la amistad, la crudeza de la madurez, el culto a la vejez, la belleza que atrapa en cualquier rincón, la angustia casi depresiva de los periodos de decadencia, el deseo hacia la hermosura de la opulencia, la calma de la destrucción, el equilibrio del exceso.
Y, por supuesto, la mirada del cine, de su cine. Aquél que mece y consuela, que seduce y retiene, que transciende y rememora, que maravilla y magnifica, que estremece y abruma. Aquél que hace adorar a Paolo Sorrentino.
Julián Valle Rivas
No se elaboró una lista de bajas, ni tampoco interesó elaborarla, por lo que, nada más se conoció la desastrosa y trágica noticia en la península, cientos de madres, hijas, hermanas, esposas y novias se embarcaron rumbo al Rif. Allí, recuperadas las posiciones entre septiembre y noviembre de 1921, todas enlutadas, comitiva fúnebre en pena, con el alma destrozada, recorrieron los campos de las batallas en busca del cadáver de ese hijo, ese padre, ese hermano, ese marido o ese novio, cuya desventura ignoraban, aunque tan sólo pudieran recuperar una medalla o una reliquia que devolver a casa.
Las cifras oscilaron entre los diez y los doce mil muertos. Con tamaña catástrofe, se demandó una profunda instrucción que investigase los hechos y determinase responsabilidades. Para ello, se designó al general Juan Picasso González, militar de reconocido prestigio en el Ejército (y primo del padre del famoso pintor), quien concluyó la misión encomendada con un exhaustivo Informe, resultado de un complejo y voluminoso Expediente.
Seguro de su lógico proceder durante la contienda en el Rif, el Alto Comisario Dámaso Berenguer fue el primero en apelar por la instrucción, en la creencia de que no le alcanzaría. Cuando Picasso le requirió los planes operacionales dirigidos al general Fernández Silvestre y sus tropas, presionó al Ministro de Guerra Juan de la Cierva, quien ordenó a Picasso dejar al margen la actuación de Berenguer, limitándose a los jefes, oficiales y tropa en el cumplimiento de sus obligaciones militares. Picasso no se arredró, tomó declaración a casi ochenta personas y, después de nueve meses de trabajo, cerró su Expediente de unos dos mil quinientos folios. Tres meses más tarde, el 18 de abril de 1922, Picasso entregó su Informe en el Ministerio de Guerra. Cuando se reveló la constancia en el Informe tanto de la negligencia de los generales Berenguer y Navarro como de la temeridad del general Fernández Silvestre, sin obviar las vergüenzas del sistema que destapó, Picasso fue poco menos que repudiado en el Ejército.
El Consejo Supremo de Guerra y Marina y la Fiscalía Militar hallaron indicios de responsabilidad penal y se procesó a treinta y nueve militares, incluyendo a los treinta y siete oficiales responsabilizados en el Informe Picasso, el general Berenguer entre ellos. Más bochornosa fue la Comisión Parlamentaria que pretendió depurar responsabilidades políticas y que, con encendidas acusaciones (el nombre del Rey salió a colación en varios momentos), escándalos y filtraciones, saltó a una segunda Comisión Parlamentaria. Trabada en su exigencia de documentación militar a la Junta de Defensa Nacional (y con el nombre del Rey de nuevo pululando), decidió convocar al Pleno de la Cámara, para celebrar votación general el día 2 de octubre de 1923. Sin embargo, el 13 de septiembre, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, dio un golpe de Estado, disolvió las Cortes y proclamó la dictadura, con el beneplácito del Rey. El proceso de responsabilidad política se dio por finalizado.
La España de los años veinte del pasado siglo era una sociedad hundida en una profunda crisis general, era una sociedad errática, muy convulsa, dueña de un sistema desestructurado y corrupto, quebrado en todas sus formas y manifestaciones. España no era una sociedad del siglo XX, era un caos a punto de estallar. Repercutir la responsabilidad del Desastre en una o varias personas, aun siendo sobre un Rey, sería un parche defectuoso. Desde luego que la inconsciencia del Rey y la negligente soberbia de sus generales fueron culpables de la calamidad española en el Rif, pero condensar esta culpa en ellos supondría velar el contexto socio-político preponderante.
Porque, cuando las primeras noticias del Rif iban llegando a la península, la población se puso a ello, dejando en evidencia al Estado y delatando la corrupción subyacente. Se organizaron rifas, tómbolas, suscripciones y colectas; los toreros, terminada su faena, ponían el capote en mitad de la plaza, rogando donaciones al público; en Bilbao, se compró un tanque; jóvenes por miles se acercaron voluntarios, ansiosos de venganza, a las oficinas de reclutamiento (se conformaría una expedición ulterior), también médicos; se intentó componer un Tercio de Voluntarios Catalanes en Barcelona; provincias compraron aviones y, en Zaragoza, se anunció colecta para comprar el avión, las bombas y los gases; los funcionarios contribuyeron con días de sus pagas; invirtiendo cuatro días, un diputado, sabedor de la inutilidad de las ametralladoras, compró seis fusiles ametralladores en Francia y, presentándolos en Melilla, se preguntó la razón por la que el Ministerio o el Estado no se agenciaba cientos; se acumularon cuarenta mil soldados voluntarios en Melilla, en espera de la reconquista del territorio, sin lugar donde hospedarse, dormían en la calle, de modo que la marquesa de Urquijo adquirió y envió cuatro mil colchonetas, que se entregaron en dos días; se importaron mil caballos, cuando los mandos y sus familias galopaban airosos por España…
En fin, dedico los últimos tecleos de este amargo relato a los miles de españoles forzados al servicio, víctimas del tiempo que les tocó vivir; a quienes, faltos de instrucción, de vida y de mundo, murieron huyendo, presas del pánico; a quienes, instruidos y ordenados, dieron su vida en defensa de sus compatriotas… y también a quienes sobrevivieron, que fueron entrando en Melilla durante los días y las semanas posteriores, consumidos por el hambre y la sed, por el miedo y el estrés, por la penalidad y el martirio. Imagen a la que el general Picasso, testigo compungido, se refirió como «el goteo de muertos».
Julián Valle Rivas
Desde finales de julio, el 24, catalizada por la ofensiva a Nador, la sublevación rifeña había explotado, la cuenta atrás se había consumido y la sedición indígena se había propagado por el campo de operaciones.
Con Monte Arruit a la vista, se desató en el arranque de la columna española en repliegue una estampida descontrolada. La soldadesca, gente de leva y sin instrucción militar, echó a correr despavorida. Algunos oficiales trataron de restituir el orden, encontrando la muerte a manos de sus propios soldados delirantes. En retaguardia, con las municiones agotadas, el empleo de la bayoneta era el único medio de defensa, baldío frente al fuego enemigo, falleciendo el capitán Arenas de un disparo en la cabeza a las puertas de Monte Arruit. Por su parte, Navarro se adentró en la posición con novecientos hombres, cuatrocientos habían quedado por el camino, cuando la posición la ocupaban unos dos mil. Ésta tenía un perímetro de quinientos metros, con la aguada fuera, a otros tantos, y sin víveres ni municiones. Desde Melilla, de donde procedió la orden, se intentó aprovisionar el campamento mediante pasadas aéreas que soltaban bloques de hielo limitados en número, algunos de los cuales caían fuera del perímetro. Los soldados, absolutamente trastornados, sucumbían a las añagazas rifeñas que prometían en clamores agua, alimento y salvación, saltaban el parapeto y corrían para morir acribillados por el fuego enemigo, y también por el amigo, imperante por las ordenanzas.
El 2 de agosto, los rifeños atacaron frontalmente la entrada de Monte Arruit, temerosos a la aparición de refuerzos, dada su proximidad a Melilla, siendo rechazados por los atrincherados españoles. Pero, precisamente desde Melilla, el Alto Comisario Berenguer era consciente de su impotencia para atender a la aportación de refuerzos, al disponer de mil ochocientos hombres, reclutas o administrativos, en su conjunto, sin una división completa de socorro anclada en costa, por lo que autorizó entablar negociaciones. Era el día 6 de agosto, habían pasado cuatro días desde el ataque a la posición y la vía ferroviaria que comunicaba con Melilla había desaparecido.
El día 8 de agosto, los sitiados en Monte Arruit seguían sin agua ni víveres. Abd El-Krim había ordenado respetar la rendición, bajo pena de muerte, y Berenguer remitió mensaje por heliógrafo a Navarro: «Si no han llegado emisarios, le autorizo a tratar con enemigo que le rodea, a base de entrega de armas, pues mi principal deseo, una vez extremada la defensa al punto que lo han hecho, es salvar la vida de esos héroes en los que tiene puesta la vista España entera, que los admira»… Vale.
Así, Navarro, quien ya había advertido que lo que se concentraba extramuros no era más que chusma de inmerecida confianza, comisionó al comandante Jesús Juan Villar Alvarado, mando de la columna que fue a Abarrán a montar el parapeto, a parlamentar con los rifeños. Todavía el día 9, un grupo de cabecillas indígenas manifestó su interés en negociar con Navarro la entrega del campamento, con unos acuerdos mínimos: los españoles no serían hostilizados en su salida, se facilitaría transporte para los heridos y los más graves se quedarían custodiados por una guardia de cincuenta hombres en la posición y se entregarían todas las armas, a excepción de las pistolas de los oficiales. Condiciones que se aceptaron.
Habían entregado las armas los soldados y partían en columna hacia Melilla, cuando los rifeños, de repente, los atacaron a través de dos filas armadas parapetadas a la espera, que empezaron a fusilar a los españoles, quienes se dispersaron, huyendo frenéticos por el terror. Los rifeños, entonces, emprendieron la caza al hombre, a tiros o apuñalándolos, mientras se multiplicaban apareciendo por doquier para matar y matar a los españoles enloquecidos y en fuga. Ávidos de sangre española, los rifeños asaltaron la posición de Monte Arruit, entrando a degüello, sin respetar hombres desarmados ni heridos, en una matanza indiscriminada. El general Navarro fue hecho prisionero, junto a seiscientos hombres, siendo el resto masacrado. Unos dos mil cuatrocientos muertos, en total.
Aunque, de vuelta al sito de Annual, hubo quien sobrevivió, un exiguo número, por supuesto. Hombres solos, en parejas o en reducidos grupos, que lograron ocultarse por los campos, atravesándolos hasta posiciones amigas. Otros caminaron hacia el sur, siendo asilados en territorio francés, tras inoportunas reticencias.
A lo largo de aquellas interminables semanas de desastre, espanto y atrocidad, Melilla sintió el aliento de la toma muy de cerca. El pánico se adueñó de la población civil, que reclamó, descorazonada, armamento para su defensa. Como también ocurrió en otras posiciones. En Zeluán, por ejemplo, al noreste de Monte Arruit y estación ferroviaria, el 3 de agosto, unos quinientos hombres, entre destinados, Guardia Civil y fugados del Desastre, se hicieron fuertes en la alcazaba, resistiendo diez días de asedio. Rematados los víveres y las municiones, plantearon conversaciones con los rifeños, por las cuales acordaron entregar la plaza, a cambio de permitirles viajar hasta Melilla. Suscrito el pacto y desarmados los españoles, los rifeños los mataron, quemándolos después, hasta una suma de cuatrocientos. Más al norte, en Nador, a unos diez kilómetros de Melilla, atacada el 24 de julio y muy desguarnecida por la estrategia de retaguardia planificada por el mando, se llamó a cualquiera capaz de portar un arma, organizándose una defensa con doscientos soldados y paisanos que se atrincheró en la iglesia y la fábrica de harina, primero, hasta que hubo que evacuar la iglesia y sólo quedó la fábrica, la cual fue acribillada los días de sitio. Con cincuenta bajas a sus espaldas, los sitiados trataron la rendición con los rifeños, el desarme y la entrega de la posición, concediéndoles la marcha a Melilla con la familia. Trato que en esta ocasión sí fue respetado, quizá por la cercanía con la ciudad española, fortísima posición histórica amurallada que Abd El-Krim no llegó a atreverse a atacar.
Julián Valle Rivas
“El vivir mismo y el vivir bien es conveniente al hombre de dos modos, uno temporal o intramundano, y otro eterno, o como se acostumbra a decir, celeste. Y porque este segundo modo de vivir, a saber, el eterno, no lo pudieron persuadir por demostración la universalidad de los filósofos, ni es de las cosas manifiestas por sí mismas, por eso no se cuidaron de legarnos aquellas cosas que se hacen en fuerza de ese modo. Pero del vivir y del bien vivir o de la vida buena según el primer modo, el terrestre, y de las cosas que son necesarias para él, los filósofos ilustres tuvieron conocimiento por demostración de modo casi perfecto.” Marsilio de Padua, El defensor de la paz.
El siglo XIV que vivió Marsilo de Padua (1275-1342), es un periodo convulso en Europa por las difíciles relaciones Iglesia-Estado. En él tiene lugar un enfrentamiento entre el Papado y el Emperador por la supremacía del poder político en el seno de la cristiandad. Esta será la causa de sucesivos enfrentamientos armados y de numerosas intrigas políticas.
El detonante del conflicto entre el Imperio y el Vaticano fue la existencia de dos candidatos al trono del Sacro Imperio Romano Germánico, Luis de Baviera y Federico de Habsburgo, y la pretensión del Papa Juan XXII de designar al sucesor al trono imperial y de gobernar los territorios imperiales de Italia. El Papa excomulgó a Luis de Baviera y este a su vez, siguiendo el consejo de nuestro autor, hizo destituir al Papa y se coronó Emperador por aclamación del pueblo. El conflicto duró veinte años.
Durante este siglo se libra en Europa la Guerra de los 100 años entre Francia e Inglaterra, en Portugal y Castilla se estaban produciendo sendos enfrentamientos civiles, e Italia estaba dividida en bandos, a favor y en contra del Imperio, en una lucha por el poder entre los Estados ciudad que componían dicho territorio. Además, la peste bubónica recorre el continente en 1348.
Al mismo tiempo la supremacía universal pretendida en occidente por ambos poderes iba quedando cada vez más lejos. Los Estados nacionales se habían fortalecido en los siglos inmediatamente anteriores, y la influencia sobre los monarcas por parte de estos era cada vez menor, quedando reducida, en el caso del imperio, en simple cortesía y respeto hacia la institución en los reinos más fuertes.
Los teóricos de la época, en sus conclusiones, prepararán la definitiva separación de la Iglesia y el Estado, característica definitoria de los Estados Modernos a partir del S. XV. Y es aquí donde encaja el texto anterior y la influencia política de su autor. El fragmento indicado pertenece a su obra más importante, el “Defensor Pacis” (1324), un tratado que escribe con la intención de acabar con las contiendas y difundir la paz.
Este pensador nace en Padua, en la actual Italia, de familia burguesa, gente de leyes. Estudia en su ciudad Derecho, Medicina y Filosofía, y allí tiene contacto con filósofos averroístas de los que tomará “partes” para su pensamiento político. El averroísmo establece la relación entre la Filosofía y la Fe, de modo que ambas son dos niveles de una misma sabiduría, dos formas de llegar al conocimiento divino, otorgando un mayor rango a la razón (Averroes, Discurso Decisivo, S. XII). Esta idea resultará capital en el establecimiento de un pensamiento y una política laica en la Europa de los siglos posteriores.
Por su averroísmo, y por la crítica al poder temporal del Papado, tendrá que exiliarse buscando el amparo de Luis de Baviera, a quien dedicó esta obra. Fallece siendo miembro de la corte imperial de Múnich.
Siguiendo el pensamiento de Aristóteles, explica que la comunidad civil tiene como fin “el vivir bien”. Pero esto, en nada guarda relación con la vida eterna según la fe, sino con lo mundano y temporal. La buena vida se alcanza mediante el uso de la razón. Los “antiguos filósofos” enseñaron, desde la experiencia, que para lograr esta vida plena se precisa que los ciudadanos vivan en armonía, libres de toda opresión, que se respete la Ley y la Justicia, y que estén cubiertas las necesidades básicas y la seguridad de los individuos.
La Ley a la que se refiere el autor del texto no es la ley de Cristo, sino la ley de los hombres. En una interpretación averroísta de Aristóteles, está convencido de la distinción entre lo que podemos creer según nuestra fe, y lo que podemos conocer mediante el uso de la razón, ambas realidades igualmente ciertas, pero en planos distintos.
Y para que la comunidad viva en armonía y se respete la Ley y la Justicia, es necesario que la sociedad cuente con gobernantes, legisladores y jueces, es decir, reyes que gobiernen con templanza, representantes del pueblo elegidos por este que redacten las leyes, y jueces que castiguen su incumplimiento. También será necesario que las necesidades básicas vitales y la seguridad estén garantizados por los distintos oficios y el ejército respectivamente. Pero no siempre es necesario contar con sacerdotes.
La función de estos últimos será guiar espiritualmente a la sociedad, enseñar que hacer o no hacer para alcanzar la vida eterna, y lo que hay que creer según la fe. Y esto tiene que ver con el modo de “vivir bien” eterno que el paduano menciona en el texto del inicio.
Esta separación de lo eterno y lo mundano bien puede tener un antecedente en la obra de San Agustín, la “Ciudad de Dios” escrita en el siglo V. El obispo de Hipona realiza en ella una primera separación de ambas realidades al exponer su pensamiento político, basado en la existencia de una “ciudad celestial” que vive en paz eterna, como peregrina en este mundo o “ciudad terrenal”.
Posteriormente fue Dante (1265-1321) el que en su defensa del imperio a través de la obra “De Monarchia”, expresa que el Emperador depende inmediatamente de Dios, y que el Papa debe abandonar sus pretensiones de controlar el gobierno político, ya que Cristo apartó a sus apóstoles del poder temporal. La misión de la Iglesia es otra, según el florentino, y consiste en llevar a los hombres a la vida eterna, quedando por tanto el Emperador libre de la influencia pontificia y la sumisión a esta.
Esta visión es compartida por el contemporáneo de Marsilio, Guillermo de Occam (1295-1350), el cual defiende en su obra “Sobre el Gobierno Tiránico del Papa” que la misión del vicario de Cristo no es dominar ni aterrorizar, ya que su autoridad es espiritual y no ha de mezclarse en asuntos temporales.
El “Defensor de la Paz”, como hemos explicado, además de un impulso para la paz, es una declaración de la independencia y legitimidad del pensamiento laico, que ya no necesitaría aprobación de la Iglesia. Es decir, una política, una legislación y unos valores que no tienen que coincidir con la ley de Cristo ni con la voluntad de la Iglesia.
Fernando M. García Nieto
