En Dar Drius, Navarro empezó por desarmar a las cabilas amigas, que todavía no se habían enterado de la escabechina, y evacuar los puestos que dependían de aquella posición, misión que encomendó al Regimiento Alcántara, que había venido protegiendo a la columna (dentro del margen de sus posibilidades) desde el mismo Annual.
Empero, la mayor preocupación de Navarro era que, rebasada la noticia, estallara la revuelta en aquella retaguardia dispersa y en manos de cabilas de dudosa lealtad (recuérdese la estrategia en retaguardia estipulada por el mando español), quedando aislados de Melilla. Con ello, en la madrugada del 23 de julio, Navarro ordenó enviar a los Regulares a Nador para que fueran desarmando a las cabilas, y él mismo se movió con el resto de la columna hasta Batel, a unos veinte kilómetros al este, cruzando el río Igan, y próxima a la cabecera de la vía ferrovial.
Con tropas de defensa en vanguardia y retaguardia, la columna de repliegue partió de Dar Drius, iniciándose, presto, el tiroteo rifeño sobre ella. La columna aceleró el paso mientras los heridos se iban quedando atrás, cayendo en manos rifeñas, para morir, la mayoría, bajo agónicas torturas. Más adelante, los indígenas obstaculizaron el camino, por primera vez, con caballería, que cargó contra la masa humana, defendida en sus flancos por el Regimiento Alcántara, que hizo lo indecible por contener el ataque.
Aquel 23 de julio, a la altura del río Igan, un cauce por aquella época seco, el Regimiento de Caballería Alcántara aún contaba con unos de seiscientos jinetes cohesionados e instruidos y, en palabras del mismo teniente coronel Primo de Rivera, en aquella hora crítica, no quedaba sino cumplir con la Patria y el sacrificio. Alrededor de la zona, multitud de rifeños emboscados acechaban la oportunidad, así que era perentorio cubrir los flancos para que la columna vadeara la dificultad del cauce. Primo de Rivera reagrupó a sus hombres, arengándoles: «¡Soldados, ha llegado la hora del sacrificio! Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacemos, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. ¡Vamos a demostrar que no lo somos!». Tras lo cual, pistola en mano, cargó junto con sus hombres contra los rifeños. Y volverían a cargar hasta en siete ocasiones más, cada vez con menos hombres y caballos, más heridos, cansados y sedientos todos, entre la infinita pedrea de balas. La última carga con los caballos ya al paso, y a pie la marcha por la ladera arriba, al arma blanca. Cargaron los soldados y el muchacho del cornetín de órdenes. Cuando faltaron hombres para cerrar las filas, cargaron los tres alféreces veterinarios, el teniente médico y el capellán, para hacerlo, finalmente, los catorce maestros herradores y los trece jóvenes de la banda de música del Regimiento, y morir todos. Al anochecer, sólo sesenta y siete supervivientes, agotados y desbordados de heridas, consiguieron ganar la posición de Batel con sus caballos agarrados por las bridas. Primo de Rivera murió más tarde, ya en agosto, en la posición de Monte Arruit, víctima de las heridas, al haberle extirpado un cañonazo uno de sus brazos el 31 de julio.
En la reducida posición de Batel, campamento sin permanencia para servir la cabeza ferroviaria, pronto Navarro se percató de que no podría acoger a la totalidad de la columna española que se acercaba, sin obviar la inexistencia de depósitos de agua, víveres y municiones. Era un campamento vacío. En tal situación, a unos dos kilómetros al sureste se hallaba la posición de Tistutin, punto de partida ferrovial, por lo que decidió dividir la columna, enviando a un bloque hacia allí y cobijando el otro en Batel.
Erraría el lector al identificar la referencia ferroviaria con un imponente, tal vez mediano o utilitario, tren de transporte de mercancías y personas. Lo que solía partir de Tistutin era un aparatejo adaptado a la vía férrea conocido como tractorrail. De cualquier modo, el auxilio ferroviario se barruntaba en cuenta atrás. Los españoles podrían disponer de él, fuera como fuera, el periodo de tiempo vacante hasta que la noticia se expandiera por la zona. En el ínterin, en Batel, sin provisión alguna, simultáneamente a la llegada de hombres desfallecidos por la sed, se recibió una comunicación de Melilla que ordenaba replegarse hasta la posición de Monte Arruit, a más de quince kilómetros al noreste y a unos treinta al sur de Melilla.
La madrugada del 29 de julio marchó, pues, la columna hacia Monte Arruit, procurando colocar a los heridos en el centro del despliegue, con Navarro a pie en vanguardia y el capitán Félix Arenas Gaspar cerrando la retaguardia. El castigo rifeño fue, por supuesto, inmediato: muchos indígenas aguardaban parapetados a la salida, tornándose de una intensidad insostenible con las primeras luces del día y deshaciendo la columna española, hasta el punto de que, en retaguardia, se luchaba cuerpo a cuerpo. A sumar, el grupo de la Policía indígena que hasta aquel segundo se había mantenido fiel, percatándose del oscuro escenario, volvió las armas contra los españoles, rematando a los heridos del camino. Aquella concentración de fuego rifeño contra los heridos, con el habitual apoderamiento de botín y material bélico, concedió, triste resulta teclearlo, una necesaria tregua a la unidad de Arenas, que se recompuso.
Julián Valle Rivas
“A no ser que los filósofos sean los reyes en los Estados o los actualmente llamados reyes y soberanos sean filósofos en verdad y con suficiencia, y no se vea unida una cosa a otra, el poder político y la filosofía, y a no ser que una ley rigurosa aleje de los asuntos públicos a esa multitud de individuos a los que sus talentos les llevan exclusivamente a una o a otra, no habrá remedio, querido Glaucón, ni para los males que devastan los Estados ni incluso, creo yo, para los del género humano.” Platón: La República.
El texto anterior es un fragmento del diálogo “La República”, que trata sobre un tema central en el pensamiento político de Platón; el gobierno del rey filósofo y la necesidad de unir política y filosofía.
Platón (428-347 a.C.) nace en Atenas de familia aristocrática durante la primera fase de la guerra del Peloponeso que enfrentaba a Atenas con Esparta y que se saldó en el 404 a.C. con la derrota ateniense. Sirve como soldado de caballería en los últimos compases de esta contienda.
Tras la victoria espartana se instaura en Atenas el gobierno de los treinta tiranos, de tipo oligárquico, del que Critias, pariente de Platón, formaba parte. Se siente tentado por la vida pública, pero descarta la posibilidad de dedicarse a la política por la tiranía de aquel gobierno. Al año siguiente se produce el golpe de Trasíbulo y la vuelta de la democracia ateniense.
El caos moral que caracteriza al sistema democrático reinstaurado y la injusta condena a muerte de su maestro Sócrates, le hacen desistir definitivamente de la vida pública para dedicarse a la filosofía. Tras años de viajes, en los que toma contacto con la escuela pitagórica, retorna a Atenas donde funda la Academia para escribir y enseñar filosofía. Albergaba el propósito político de formar a las élites para intentar la regeneración de su ciudad.
Como hemos dicho, este filósofo es discípulo de Sócrates, principal protagonista de “La República”, pero esto es decir poco. Hoy conocemos el pensamiento de Sócrates a través de la obra de Platón, principalmente por medio de sus primeros diálogos. Por tanto, la principal influencia sobre Platón es la que recibió de su maestro en Atenas.
En “La República”, Platón plantea la naturaleza de la justicia como la base de la convivencia política, y proyecta una ciudad ideal organizada racionalmente hasta el extremo. Esta organización de la polis griega recuerda de algún modo el régimen político de Esparta. En este modelo de Estado incardina el gobierno del rey filósofo, como el ideal, pues sólo los sabios conocen la verdad y están libres de ambiciones, siendo ellos los únicos capaces de conducir a la felicidad y lograr el bien común para la comunidad mediante el ejercicio de la virtud y del buen gobierno.
El resto de los sistemas de gobierno basados en la aristocracia, la oligarquía, la timocracia, democracia y tiranía, están influenciados por las pasiones del hombre y son imperfectos, y por tanto son rechazados en este primer modelo de “La República”.
Pero en la evolución de su pensamiento político, y en su posterior diálogo “Las Leyes”, termina aceptando como forma de gobierno a la mezcla de monarquía y democracia, siempre que no fuera posible el modelo de rey filósofo. En esta obra, se observa una pérdida de confianza en que los gobernantes puedan llegar a ser verdaderos filósofos, sabios que tomen la razón y la virtud como guía de sus actos. El ateniense acabaría aconsejando el sometimiento de estos a la Ley, como instrumento imprescindible para lograr el bien común.
Este modelo del gobierno de los sabios es una constante en la vida de Platón y aparece en sus obras posteriores. En la práctica, intentará implantarlo en Siracusa aconsejando al tirano Dionisio II, lo que le costó la libertad temporalmente y casi la vida.
Posteriormente, tras su muerte, sus discípulos de la Academia, Aristóteles incluido, intentarán llevar este modelo de gobierno a otras ciudades griegas.
Una versión de esta idea platónica la volvemos a encontrar en la obra del pensador árabe Al-Farabi, “La Ciudad Ideal”, un tratado político del siglo X. En su concepción jerárquica de la realidad social, compara la sociedad con el cuerpo humano, estableciendo una similitud entre el jefe del estado y la cabeza, como órgano más perfecto, que organiza al resto de miembros corporales. Atribuye al gobernante la función de organizar el funcionamiento de la sociedad. Para ello este deberá generar hábitos que la conduzcan a la perfección, convirtiéndose en ejemplo a imitar por el resto de los ciudadanos. El mejor gobernante será aquel capaz de gobernarse a sí mismo apartándose de las pasiones y los placeres, y guiándose por la razón.
De este modo llegará a la cima del conocimiento humano, con la ayuda divina, quedando así capacitado para su importante tarea.
Igualmente encontramos otra adaptación del “rey filósofo” en la obra de Averroes “Exposición de la República de Platón”, en el S. XII. El cordobés explica, en el tratado primero de la obra, como el hombre es incapaz de vivir aislado, y que es en sociedad donde únicamente puede satisfacer todas sus necesidades. La sociedad perfecta requiere de la especialización y la división del trabajo en función de las capacidades de sus individuos. Y es por esta misma razón que los gobernantes se han de guiar por los principios de la sabiduría. Para ello es indispensable que los sabios filósofos ocupen el poder, y que descubran las capacidades de cada ciudadano para asignarle la tarea que mejor convenga a la comunidad. Expone también que el “jefe supremo de la ciudad” habrá de elegirse entre los más sabios y virtuosos amantes del bien común, que no se dejen coaccionar ni seducir por los deseos o las pasiones.
El pensamiento político renacentista también recibe influencias del modelo platónico de gobierno. Esta etapa está caracterizada por la proliferación de teorías sobre la sociedad ideal. Las obras de Tomás Moro, “Utopía”, Campanella con “La Ciudad del Sol”, y Francis Bacon, están influidos por el pensamiento platónico. A modo de ejemplo, podemos citar la obra de este último, “Nueva Atlántida”, que nos muestra una sociedad en la que los sabios y hombres de ciencia son los más poderosos y regulan el funcionamiento de la ciudad.
La influencia de Platón y su modelo de gobierno filosófico en el pensamiento político universal llega hasta nuestros días. Quizás podamos encontrar alguna relación entre el gobierno de los sabios que propuso el griego y los gobiernos de tecnócratas expertos reclamados en algunas sociedades en estos últimos años de crisis mundial. Esta relación la podemos establecer, con las necesarias adaptaciones a nuestra época, en el uso de la ciencia y el análisis científico, es decir, de la sabiduría y la razón, para la resolución de los problemas políticos.
Hoy, sin embargo, encontramos numerosas evidencias de que la forma de gobierno propuesta por Platón en la Antigüedad está siendo trascendida por decisiones políticas adoptadas desde parámetros postmodernistas, basados en los sentimientos y las identidades individuales. El tiempo dirá cuál es el camino correcto en la forma de gobernar y hacer política, pero la actualidad no se presta al optimismo si observamos el ambiente de crispación social y radicalidad que estamos viviendo.
Fernando M. García Nieto
Annual era una hoya rodeada de montes y de alturas no dominadas, con la aguada fuera de un campamento español diseñado con insuficiente fortuna defensiva y ofensiva, plagado de ángulos muertos, sin hospital de campaña ni establecimientos de reservas de agua.
Desde el repliegue del último convoy de socorro a Igueriben y la llegada del puñado de soldados que logró alcanzar la posición de Annual (para morir tras el esfuerzo), el caos allí era evidente. La preocupación y el miedo se iban manifestando en la soldadesca española a medida que se reunían muertos, heridos y fugitivos en torno a la tienda del General. La moral se hundía progresivamente de manera irremediable.
La madrugada del 21 al 22 de julio fue todo lo tranquila que cabía esperar, dadas las circunstancias. Pero los víveres, el agua y las municiones se habían agotado, por lo que aquella noche Fernández Silvestre reunió a sus jefes para trazar un plan de actuación, que el General orientó hacia una retirada rápida e inmediata, esto es, por sorpresa. Ante las preguntas de los oficiales en demanda de una detallada planificación, Fernández Silvestre respondió: «Aunque la operación nos cueste un 50% de bajas, será preferible a quedarse aquí, de donde no saldremos ninguno». Hubo quien propuso aguardar refuerzos, a lo que el General replicó: «Ni serán eficaces ni llegarán a tiempo».
La idea, entonces, era que la retirada fuera cubierta por el Regimiento de Caballería Alcántara y las mías de la Policía indígena. Aunque, claro, con el sitio asediado, las altas temperaturas, la escasez de víveres, agua y soporte armamentístico y sanitario, retirarse, en el Rif, no era como avanzar. «Yo asumo la responsabilidad de la operación —se plantó Fernández Silvestre— y la de ordenar la evacuación de estas posiciones. De ello voy a dar cuenta al Gobierno, y de todo respondo yo con mi persona y empleo. Y acuérdense de esto el día de mañana».
La mañana del 22, todavía algunos jefes discutían, en la misma puerta de la tienda del General, el tema de la evacuación. Entre ellos, el coronel Francisco Manella Corrales, jefe efectivo del Regimiento Alcántara, y también de la posición de Annual, de ahí que hubiera sido suplido en la labor de control sobre el Regimiento por el teniente coronel Fernando Primo de Rivera. El caso era que Manella protestaba, al haber sido el único que votó en contra de la evacuación de Annual, gritando que estaba dispuesto a suicidarse, cuando tal desatino ocurriera. Así que un capitán le reconvino, pues con tales declamaciones sólo lograría deprimir a la tropa, a lo cual Manella espetó: «¡No me importa!». El descontrol, por ende, y la falta de lógica se patentaban ya en la oficialidad.
Aquella mañana del 22, la columna inició la salida de la posición como pudo. Los heridos montados en artolas cargadas por mulos apenas dirigidos; los jefes desconcertados, lanzando órdenes contradictorias, solapadas por los rumores de que el General, que había sido visto enloquecido y presa del pavor («¡Corred, corred, soldaditos, que ese diablo está a punto de llegar!»; otra versión apunta: «¡Corred, soldaditos, que viene el coco!»), se había pegado un tiro con su pistola (su cadáver nunca se encontró, y existen variadas explicaciones sobre su final)… Sin orden ni concierto ni planificación, los sitiados iban saliendo al descubierto, en campo abierto, conforme tenían la oportunidad, flanqueados por el Regimiento Alcántara. El pánico, guiado por la ausencia de una organización coordinada, presidida por una fuga por sorpresa, comenzó a adueñarse del lugar, fustigado por un contagio de suma rapidez. Los soldados tomaban caminos y se adentraban en desfiladeros desguarnecidos, mientras quedaban ocupados por los rifeños, quienes todavía no habían lanzado un solo disparo.
Fue una marabunta y una avalancha. Ante la estrechez del desfiladero de Izumar, las unidades españolas, en huida y confusas, se fueron agolpando (a pie, a caballo, vehículos, heridos en bestias), al tiempo que hombres, animales y máquinas se despeñaban a lo largo de los barrancos laterales. La columna se desbarató y, desde aquel instante, ya fue imposible recomponer una unidad siquiera; de hecho, muchos oficiales se arrancaron u ocultaron sus divisas, al objeto de no ser señalados.
Colapsado el paso de Izumaz, quienes consiguieron superarlo o sortearlo se encaminaron, rumbo sureste, hacia Ben Tieb, base de la Legión y esperanza de salvación. Sin embargo, la Legión se había trasladado a Ceuta para realizar una serie de operaciones. Durante el camino, los rifeños recogieron armamento y animales abandonados, e incluso se hicieron con soldados demasiado extenuados como para oponerse. Otros, directamente, atacaron a los españoles, disparándoles, golpeándolos hasta la muerte y mutilándolos, entre el terror y el sufrimiento de los soldados (me ahorraré el detallado tecleo del ensañamiento rifeño, resultando fácilmente localizable con una somera investigación).
En Ben Tieb, donde no se hallaba la Legión, pero se disponía de municiones para hacerse fuertes y esperar a los refuerzos, se extendió la noticia de que el general Navarro había enfilado con tropas hacia la siguiente posición: Dar Drius, a unos quince kilómetros. De tal forma, los españoles, hostigados y aniquilados continuamente por acciones de violencia y horror por parte de los indígenas, atravesaron Ben Tieb sin detenerse. Cierto que Dar Drius era una posición bien fortificada; además, estaba abastecida de agua, víveres y munición. No obstante, la columna en fuga, conformada por hombres locos y desesperados, carecía de dominio. El teniente coronel Eduardo Pérez Ortiz, al mando de Dar Drius, necesitó horas para detenerlos, algunos de los cuales fue imposible y siguieron adelante.
Julián Valle Rivas
La realidad internacional está cambiando constantemente. En los últimos veinte años hemos sido testigos de la conformación de un Sistema Internacional estructuralmente nuevo, más complejo y dinámico, fruto de la transformación de un sistema contemporáneo que se originó a partir de la caída del Muro de Berlín en 1989, y en el que aún no ha quedado establecido un equilibrio duradero.
Recapitulemos. En la Historia han existido diversos sistemas internacionales, la situación actual de cambio no es algo nuevo. La configuración del sistema mundial ha estado siempre inmersa en un proceso de cambio continuo y constante. A partir de la Paz de Wesfalia en 1648, Europa se estructura en base a un esquema de lucha de poder entre los nuevos Estados Modernos. El resto del mundo, o estaba por descubrirse o estaba colonizado por las potencias europeas, así que la realidad mundial se instituye a imagen y semejanza del Viejo Continente.
A continuación, a partir de la Primera Guerra Mundial y bajo la tutela de la Sociedad de Naciones, se inicia un proceso descolonizador que introduce cambios estructurales y nuevos actores en el sistema internacional. Las potencias coloniales son derrotadas y naciones no occidentales ganan relevancia internacional. Posteriormente, finalizada la Segunda Guerra Mundial, el sistema mundial queda dividido en dos bloques, el occidental liberal capitalista, con una economía de mercado, y oriental comunista, una dictadura del proletariado con una economía planificada, enfrentados ambos en un “equilibrio del terror” condicionado por la carrera armamentística nuclear entre las dos potencias hegemónicas, EE. UU. y la URSS. Esta situación constituye un sistema internacional polarizado con dos extremos identificados con las dos superpotencias.
La etapa contemporánea comienza con el derrumbe del bloque comunista y la desintegración de la URSS. Asistimos en este periodo a la desaparición de la bipolaridad y la configuración de un sistema internacional bajo el control del hegemón estadounidense. Este sistema contemporáneo tiene como eje a la Globalización y está caracterizado por la existencia de un sistema social de alcance planetario donde la inclusión, la interdependencia y la movilidad son sus rasgos más destacados. El desarrollo tecnológico permite una mayor movilidad de personas, bienes y servicios, ideas e imágenes, y con ello se configura un nuevo mundo más virtual y menos territorial, donde las fronteras físicas pierden gran parte de su sentido. Existen diferencias económicas y sociales entre los distintos Estados y esta desigualdad provoca un aumento de las migraciones. La Globalización ha provocado la relativización de la soberanía de los Estados-nación, que ceden autonomía política y económica a instituciones internacionales, que a su vez están influenciadas por los intereses de los Estados más fuertes, y a distintas corporaciones transnacionales que imponen su visión económica del mundo.
Pero en las últimas décadas el proceso se ha acelerado y múltiples cambios en el poder relativo mundial están haciendo inestable el equilibrio anterior. Esta transformación de la realidad internacional y por consiguiente de la estructura de poder mundial, se origina a partir de diversos cambios en los factores geográficos, económicos, demográficos, tecnológicos, militares, políticos, ideológicos, sociales y culturales, que determinan el sistema internacional. De este modo, la crisis financiera de la primera década de este siglo, el progresivo envejecimiento de la población, más acusado en los países occidentales, la puja tecnológica y sus consecuencias en el mercado internacional, la reactivación de conflictos territoriales enquistados entre diversas naciones, la carrera armamentística y las diferencias entre las políticas nacionales de defensa, la desigualdad, mayor en los países del sur, el avance del populismo y de un nacionalismo reforzado en las naciones democráticas occidentales, y la reciente pandemia del coronavirus y sus efectos derivados para la economía, están produciendo el cambio acelerado del sistema internacional.
Además, desde que el avance comunista dejó de ser motivo de preocupación en los países capitalistas occidentales, han ido surgiendo otros problemas sistémicos en su génesis y en sus resultados. En estas últimas décadas los intereses nacionales han sido superados en la agenda de los Estados por problemas de carácter global como son; el cambio climático, la seguridad alimentaria, las nuevas fuentes de energía, el acceso al agua potable, los cambios demográficos, las migraciones, el crimen organizado y el narcotráfico internacionales, la proliferación de armas nucleares, y la fractura entre culturas, etnias y religiones, además del mantenimiento de la paz, la seguridad y la estabilidad internacional. Pero estas nuevas cuestiones dominantes de carácter global requieren de consensos mayores para resolverse, porque ningún país tiene, por el momento, influencia y poder suficiente para resolverlos en solitario. Por ello resultaría determinante el papel de las organizaciones e instituciones internacionales como el G-20 y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Es decir, ahora se requiere una nueva arquitectura de gobernanza global que está aún en fase de reconstrucción tras la pérdida de la hegemonía por Estados Unidos. Pero ¿se están teniendo en cuenta estos cambios? Los mandatarios mundiales siguen anclados en los esquemas anteriores. Las amenazas se están procesando con el filtro nacional, estigmatizando al “otro” en un afán de preservar el viejo orden anterior al actual sistema postoccidental y posthegemónico. Lo hemos visto recientemente con la pandemia mundial que nos ha tocado vivir, en la que se habló del “virus chino” y distintas naciones se embarcaron en una “guerra de vacunas” tratando de superar al resto de países en la consecución de la vacuna del coronavirus para la obtención de estratégicas ventajas políticas y económicas. Por tanto, se observa debilidad en la estructura institucional planetaria y regional ante la falta de un Estado hegemónico que imponga su modelo, y el fortalecimiento de diversos nacionalismos y secesionismos, en un escenario de incertidumbre y desconfianza.
Los principales actores de las relaciones internacionales son los Estados, junto a otros como las organizaciones internacionales, las empresas transnacionales, los medios de comunicación internacionales, los movimientos sociales, la opinión pública mundial, los grupos terroristas transnacionales, el crimen organizado internacional y algunos individuos con influencia mundial. Y todos influyen de un modo u otro en la conformación y el cambio de la realidad internacional. El objetivo externo principal y más antiguo de los Estados es su protección externa y la ampliación de su esfera de influencia y poder. Pero el actual sistema, por su interdependencia, ha obligado a los gobiernos a enfocarse también en detener las amenazas globales derivadas de los problemas citados anteriormente, que son el resultado de un mundo más globalizado, en el cuál “lo que le pase al vecino tiene cada vez más consecuencias para nosotros”.
Las estrategias que siguen los Estados para el logro de sus objetivos externos en sus relaciones con el resto de países son tradicionalmente: la diplomacia, coercitiva en muchos casos, la influencia en organizaciones internacionales e instituciones globales, imposición de sanciones y políticas económicas proteccionistas, y como último recurso el uso de la fuerza, que puede adoptar formas híbridas, entendidas como aquellas estrategias militares que utilizan toda clase de medios y procedimientos, ya sea la fuerza convencional o cualquier otro medio irregular como la insurgencia, el terrorismo, la migración, los recursos naturales, o cualquier otro que sirva para desestabilizar al enemigo.
La crisis económica y financiera global de 2008 tuvo impactos muy fuertes en el plano político, económico y social, a nivel planetario. Las potencias occidentales, con EE. UU. a la cabeza, se han visto superadas, incapaces de dar solución a los problemas derivados de la crisis, mientras otros actores como China o la India, que no siguen los modelos democráticos y liberales de occidente, han superado el trance sin mucha dificultad. El debilitamiento de Estados Unidos y sus aliados occidentales subsiguiente, y la fortaleza de estos nuevos actores emergentes provoca la reconfiguración del sistema internacional, ahora multipolar muy distinto del anterior.
El AUKUS es una consecuencia de la reconfiguración del poder relativo mundial. Estados Unidos ha sellado un acuerdo con Reino Unido y Australia, que es una alianza estratégica militar para la región del Indo-Pacífico (septiembre, 2021). Estados Unidos y el Reino Unido ayudarán a Australia a obtener submarinos de propulsión nuclear. Aunque en el anuncio conjunto no mencionaron ningún otro país por su nombre, fuentes anónimas de la Casa Blanca han alegado que el Aukus está diseñado para contrarrestar la influencia de China en la región del Indo-Pacífico. Este convenio incluye la cooperación en "capacidades cibernéticas, inteligencia artificial, tecnologías cuánticas y capacidades submarinas adicionales". Australia adquirirá nuevas capacidades de ataque de largo alcance para su fuerza aérea, marina y ejército. El pacto se centrará en la capacidad militar, separándolo de la alianza de intercambio de inteligencia “Five Eyes”, que también incluye a Nueva Zelanda y Canadá. Estados Unidos está perdiendo su interés por Europa, está desplazando su fuerza militar y su poder de influencia al Indico- Pacífico, donde Taiwán, aliado estadounidense, observa con preocupación el despliegue de instrumentos comerciales y militares del gigante asiático.
Francia, aliada de los tres países, retiró a sus embajadores de Australia y Estados Unidos; el ministro de Relaciones Exteriores francés calificó el pacto como una "puñalada por la espalda" tras la cancelación por parte de Australia de un acuerdo para la adquisición de submarinos franco-australianos por valor de 56.000 millones de euros sin previo aviso. Ahora los franceses están intentando presionar a los países de la Unión Europea para la creación de un ejército europeo, lo que no parece muy descabellado teniendo en cuenta el despliegue ruso en la frontera de la Unión y los recientes ataques híbridos en la frontera de Polonia por el aluvión de migrantes promovido y facilitado desde Bielorrusia.
Mientras tanto, se ha llevado a cabo la retirada total de Afganistán de las tropas internacionales, estadounidenses principalmente, y se ha hecho de una forma precipitada y desordenada, lo que ha permitido a los talibanes recuperar el completo control del país. Para nada ha servido la inversión millonaria occidental y las bajas sufridas en casi 20 años de guerra con el objetivo de implantar un gobierno democrático en la zona.
La situación geopolítica y estratégica que estamos describiendo, ha sido bautizada en algunos medios como la “Segunda Guerra Fría”, y está caracterizada por la tensión entre dos grandes bloques de poder e influencia opuestos. Por un parte, Occidente y la OTAN, liderados principalmente por EE. UU. y Reino Unido, en el que la Unión Europea tendría un papel secundario. Y, por otra parte, Oriente, bloque integrado por China y Rusia, que podrían ocasionalmente tener intereses similares o ir por separado. En este escenario se llevan a cabo acciones propias de guerra híbrida, como ciberataques, o el uso de los migrantes para desestabilizar a países vecinos, así como “guerras subsidiarias”, como las de Libia, Siria o Ucrania. La rivalidad es geopolítica, pero también es de carácter económico, militar, cultural y tecnológica, con escasa influencia de las organizaciones internacionales en la resolución de los conflictos y problemas más urgentes, y tiene lugar en un marco de anarquía internacional generalizada, donde los Estados más fuertes van por libre sin ser capaces de llegar a verdaderos consensos que beneficien a todos, embarcados en una particular lucha por el poder y la influencia mundial.
Fernando M. García Nieto
Desde su cómoda butaca melillense, el 7 de junio, Fernández Silvestre ordenó al general Felipe Navarro, a quien le había correspondido apostarse en Annual en aquel momento, que preparase una operación para enviar a un destacamento de unos cuatrocientos hombres del Regimiento de Infantería de Ceriñola con el objetivo de tomar el monte Igueriben. En principio, el cuerpo estaría comandado por Francisco Mingo Portillo, si bien, antes de la partida, Mingo sería sustituido por el comandante Julio Benítez Benítez, quien se había destacado en Sidi Dris, tras contener a los rifeños que habían marchado desde el monte Abarrán, al tiempo que había adquirido fama de quejicoso (detalle que reluciría semanas después). Y, desde luego, en esta ocasión, el total de la tropa estaría formada por soldados españoles, a fin de que no se repitiera la traición rifeña de Abarrán ante una inminente derrota.
La posición —se adelantó en la entrega anterior—, se hallaba dominada por una superior al oeste-noroeste, la Loma de los árboles (la que, en realidad, de haber sido buena idea, debía haberse tomado). Además, curiosos detalles tácticos, por incompetentes, para una posición avanzada, la aguada más cercana se localizaba a más de cuatro kilómetros del monte, de manera que el destacamento español lo tomó pertrechado únicamente con el agua que pudo transportar; asimismo, el camino desde Annual lo conformaba una sucesión de quebradas y sendas tortuosas, rodeadas por un entorno de barrancos y alturas de dominio. Como ocurriera en Abarrán, la fortificación se erigió con sacos terreros y dos simples hileras de alambre de espino extendidas muy cerca de los parapetos por las acusadas pendientes inmediatas a ellos.
El 14 de junio, Igueriben sufrió el primer ataque rifeño de intensidad, aunque la artillería apostada en Annual ayudó a dispersar a los asaltantes. El 16, una columna interminable de harqueños, en organizada fila y sin obstáculo alguno, se instaló en la Loma de los árboles, controlando el campo bélico, y colocó allí los cañones españoles que se consiguieron en Abarrán, iniciando un permanente hostigamiento artillero a placer, que la unidad de Igueriben, emplazada en ángulo más bajo, sólo podía limitarse a recibir.
Fernández Silvestre, colmado de malas noticias, entendió como mejor opción estratégica reforzar el sitio de Annual mediante el traslado de la retaguardia apostada desde Melilla en adelante, vaciándola; a la par que su hijo, destinado en Annual, llevaba a cabo el trayecto contrario en coche.
Los postreros días de junio fueron tranquilos, si es que encaja el término en el contexto. Se aprovechó en Annual para conceder permisos, incluso, hábito en el lugar, algunos se escaparon a Melilla sin ellos, oficiales en su mayoría. Entrado el mes de julio, el día 2, volvieron los ataques rifeños con su furor original, los cuales se centraron ahora en los convoyes de suministro, quedando la línea prácticamente anulada. En tal extremo, la unidad atrincherada en Igueriben bajo el fuego enemigo, imposibilitada para alejarse, pronto se encontró sin agua, obligada, pues, a recurrir a patatas machacadas y al líquido de los botes de conservas, y con posterioridad, a la colonia, el vinagre y la tinta hasta que no les restó otra cosa que los propios orines mezclados con azúcar; algunos realizarían hoyos en la tierra para lamer la humedad de las piedras enterradas.
A partir del 16, se quedó también sin provisiones y sin munición. El comandante Benítez remitió un mensaje a Annual por heliógrafo: «Falta la munición del cañón. Escasea la del fusil. Tenemos pocos víveres. Estamos sin agua». El 17 de julio, se desplazó a una columna desde Annual, integrada por regulares, al mando del capitán de caballería Joaquín Cebollino von Lindeman, que, pese al castigo, logró alcanzar la posición de Igueriben. Sin embargo, la columna de socorro sufrió tanto fuego que las barricas de agua resultaron agujereadas, perdiéndose por el camino. Desgracia a la que se le hubo de sumar la conciencia de los auxiliadores de que tocaba volver por la misma ruta infernal. El 18, se produjo un ataque nocturno que acarició el parapeto español y derivó a un puñado de enfrentamientos cuerpo a cuerpo, que finalmente rechazó a los rifeños. Benítez, bastante alarmado, despachó nuevo mensaje por heliógrafo: «No podremos seguir la resistencia, si no envían recursos urgentemente. Necesitamos agua, víveres, munición y tropas para reponer las bajas». El 19 de julio, dos aviones españoles (probablemente, los únicos operativos) atacaron las posiciones enemigas, pero, claro, dado lo precario de su estado, que tiraban las bombas con las manos, el daño fue irrisorio. Intentó salir de Annual un nuevo convoy de socorro, que apenas cruzó las puertas hubo de regresar, tal fue la respuesta rifeña y, sobre todo, su ocupación del perímetro y el incremento de las adhesiones, lo que no auguraba nada bueno.
La desesperación en Igueriben era absoluta. A temperaturas de cuarenta grados, los soldados se enterraban bajo tierra para combatir el calor y la necesidad de agua era vital, de modo que se ideó un plan arriesgado: mandar hasta Igueriben a una compañía de regulares a la carrera en la que cada hombre portara tres cantimploras sin contemplar el retorno a Annual, es decir, para permanecer en la posición del monte. Sin embargo, el fuego enemigo era tan grande que debieron volver sobre sus pasos con idéntica velocidad. Los rifeños copaban ya todas las alturas, haciendo ilusorio el movimiento, y el último convoy de socorro se disolvió con ciento cincuenta y dos muertos en escasas dos horas.
En el ínterin, como por la zona del Rif la cosa iba estupendamente, Navarro pasaba unos días de permiso en la península. Debidamente avisado, mientras en Melilla Fernández Silvestre manifestaba evidentes síntomas de bipolaridad, el 20 de julio, Navarro entró en Annual con refuerzo de policía indígena y, tras sesión informativa con el Estado Mayor, comprobó lo delicado de la situación y se le notificó que se pensaba mandar un convoy de socorro a Igueriben con tres mil hombres, lo que desguarnecería a Annual. Por su parte, Fernández Silvestre, altivo, remitió carta en la que aseguró que se personaría en Annual junto con el Regimiento de Caballería Alcántara, liberando Igueriben a primera carga.
En Igueriben, entretanto, la indisciplina era el resultado de la desesperanza y la locura. Benítez comunicó a Navarro: «Parece mentira que dejéis perecer a vuestros hermanos y españoles delante de vosotros». Respondió Navarro, persuadido por la fama quejicosa de Benítez: «Resistid unas horas más, pues lo exige el buen nombre de España». Esa noche del 20, atacaron los rifeños, alcanzando el estruendo a Annual, desde donde se transmitió: «Resistid esta noche, y mañana os juramos que seréis salvados o todos quedaremos en el campo del honor».
Cuando Fernández Silvestre se plantó en Annual con los refuerzos el 21 de julio, constató que en Igueriben era baldío cualquier intento de romper las líneas rifeñas. Viendo los cercados que estaban perdidos, decidieron salir y tratar de llegar a Annual cada uno por su cuenta, y que Dios repartiera suerte. Así, lanzados por el heliógrafo varios llamamientos de socorro sin respuesta, dieron el siguiente: «Los de Igueriben mueren, pero no se rinden. Tengo doce disparos de cañón, cuéntenlos. Cuando oigan el último, hagan fuego sobre la posición, pues estaremos revueltos con los moros». El comandante Benítez ordenó evacuar la posición, cubriendo él y sus oficiales la salida de los soldados hacia Annual y a los heridos y enfermos que allí se quedarían, y destruyendo e inutilizando todo el material existente en el interior. La salida se tornó una huida caótica. De los once que lograron adentrarse en Annual, sólo dos sobrevivieron a las heridas y a la deshidratación. Benítez y sus oficiales fallecieron, salvo uno, el teniente Luis Casado, que fue capturado… Sin duda, el peor presagio para los cuatro mil hombres acampados en Annual.
Julián Valle Rivas
El Rif se componía de setenta y una cabilas, que engendraron a los mejores guerreros de África (fama o estatus compartido con los eritreos), insumisos, por ancestral tradición, ante cualquier forma de potestad o intromisión extranjera. Su medio millón de habitantes, aproximadamente, vivía en condiciones de subsistencia, con turnos de riegos para proporcionar una alimentación básica de leguminosas y hortalizas ínfimamente desarrolladas por la escasez de agua, completada por la caza de circunstancias y la pesca marina de orilla; y sólo cuidaban y destinaban la mayor parte de los recursos a los manjares de lujo: olivos, higueras y almendros. Pese a no ser fanáticos religiosos, su consigna bélica era sin prisioneros, sin cuartel. Feroces, mimetizados con el entorno, vengativos, tiradores de élite, sin piedad ni perdón. Lo tecleado, auténticos guerreros… Y en tan agradable teatro de operaciones incursionaron los españoles.
